Donde nace el cielo Capítulo 36. #2
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Capítulo 36. #2

No resultó complicado confundirse entre la multitud. Como si fuéramos una pareja más de luna de miel, nos perdimos entre las pirámides y templos agarrados de la mano. Caminábamos despacio, tratando de que no se notara que permanecíamos en alerta.

Eché un vistazo alrededor sin ver nada sospechoso.

Después nos sentamos en el césped frente a la pirámide de Kukulcán a disfrutar de la puesta de sol o al menos a aparentar que la disfrutábamos...

A los ojos de cualquiera que nos viera no parecería ni por asomo que estuviéramos huyendo.

Los dos habíamos convenido que la normalidad era nuestra mejor estrategia.

—No vas a librarte —dijo Álex muy bajito mientras el sol teñía de naranja las aristas de los escalones que conformaban el templo—. Quiero respuestas.

Suspiré y fijé la mirada en ella. Lo cierto era que yo tampoco tenía demasiadas…, preguntas tenía muchas, en cambio de respuestas estaba más bien escaso.

—Marita decía que para cosechar confianza previamente hay que sembrar verdad —dije al fin dispuesto a contárselo todo.

Álex desvió la mirada y por un momento me pareció percibir que ella también ocultaba algo. Lo cierto era que no sabía apenas nada de su vida en Sevilla.

Aparté aquel pensamiento de mi cabeza. Sabía que era especialista en buscar excusas para evitar hacer lo correcto cuando tenía dudas acerca de qué era lo correcto, no podía escudarme en elucubraciones.

Tenía que contárselo todo, sin reservas.

Confiar en ella. Romper el círculo que me mantenía a salvo, pero que también impedía que los demás traspasaran los muros que había levantado para protegerme.

La confianza es algo difícil de construir y fácil de romper.

Sus muros se levantan a base de hechos y no solo de palabras.

Puedes tardar años en conseguir que se convierta en un edificio sólidamente construido y, sin embargo, basta una sola mentira para destrozarla sin remedio y reducirla a escombros.

Lo peor de todo es que una vez rota, por mucho que intentes pegar los pedazos, nunca vuelve a ser lo mismo.

Era curioso que precisamente Marita, que me había engañado vilmente durante media vida, fuera quien me hubiera enseñado aquella frase acerca de sembrar verdades.

Es impresionante lo fácil que resulta utilizar palabras vacías de contenido.

Puede que mi madre tuviera sus razones para mentirme, pero desde luego se había comportado con una total falta de coherencia a la hora de dirigir sus acciones.

—Desde ahora no habrá secretos ni mentiras entre nosotros, Álex

—dije pensando en el daño que hacía la mentira a las relaciones—. Yo confío en ti y tú confías en mí, ¿de acuerdo?

La vi asentir despacio. En su gesto me pareció que se dibujaba algo sombrío.

Por un momento creí que iba a decir algo, pero finalmente pareció cambiar de idea y en su lugar apretó los labios y fijó la vista en un punto indeterminado delante de nosotros.

Durante unos minutos observamos el cielo en silencio. Se había teñido de rojo y el murmullo general había cesado dando lugar a un silencio extraño.

La mayoría de los visitantes se había callado de pronto, tal y como habíamos hecho nosotros se habían sentado sobre la hierba diseminados aquí y allá.

Disfrutaban de la magia de aquel atardecer que, con sus contrastes entre el gris de la piedra y los colores bermellones del cielo, pintaba un paisaje digno de postal.

—Creo que primero debemos concentrarnos en salir de aquí.

En cuanto veamos que la muchedumbre se pone en movimiento saldremos camuflados del recinto y caminaremos despacio hasta el coche.

Evita mirar a los lados y hacer cualquier gesto sospechoso.

Si los hombres del cenote están ahí no creo que sean capaces de reconocernos entre tanta gente.

Si vemos algún movimiento extraño corremos, ¿entendido?

Álex se acercó más a mi cuerpo y sus dedos apretaron con fuerza mi mano. En un gesto reflejo pasé mi brazo sobre sus hombros y ella se recostó en mi costado.

Nos pusimos en pie al cabo de media hora. La megafonía había indicado por los altavoces que el recinto estaba a punto de cerrar.

Caminamos en silencio. Álex me apretaba la mano con tanta fuerza que casi me cortaba la circulación, pero no estaba dispuesto a soltarla ni aunque a consecuencia de la presión tuvieran que amputarme los dedos.

El amarillo de nuestro pequeño utilitario se veía a pocos pasos. La verdad es que era el coche menos apropiado para pasar desapercibidos.

Álex pareció hacerse eco de mis pensamientos una vez más.

—Creo que al final tenías razón en cuanto al coche, pequeño, lento y amarillo. Si hubiera sabido en qué andabas metido hubiera alquilado un 4x4.

Sus palabras sonaban severas y yo bajé la cabeza.

—Por cierto, te recuerdo que aún no me has dado las explicaciones que merezco —me reprochó en un susurro.

—En cuanto nos montemos en el coche y estemos fuera de peligro te lo explico.

—¿Cuál es el plan después?

—Nos vamos directamente a Cobá. Creo que lo mejor es alejarnos de aquí. Conduciremos de noche. Podemos turnarnos para dormir un rato o parar en el camino dentro de unas horas.

Alejandra no tuvo que decir nada para mostrar que estaba de acuerdo. Había que reconocer que mi compañera de aventuras y desventuras los tenía bien puestos. Cualquier otra se hubiera apeado del tren nada más oler que mi compañía olía a problemas. Eran además problemas peligrosos.

La miré con admiración y creo que ella notó el matiz en mi mirada porque de inmediato se ensanchó su sonrisa.

Un instinto feroz de protección se había despertado dentro de mí. Me puse en alerta y seguí caminando sin perder de vista la periferia por el rabillo del ojo.

Notaba la respiración espesa y me ensordecía el latido en los oídos, pero seguía sin haber rastro alguno de nuestros perseguidores. Estábamos ya a unos pocos pasos del coche y todo parecía en orden.

El pitido del cierre centralizado que nos abría las puertas a la seguridad hizo que los dos exhaláramos con alivio al unísono.

No demoramos en meternos dentro. Arranqué de inmediato y, con cautela, intentando manejar el coche sin urgencia, y nos pusimos en marcha.

No paré de mirar atrás hasta que entramos en la autovía.

Ningún movimiento extraño hacía suponer que nos estuvieran siguiendo.

Definitivamente, parecía que los habíamos despistado.

Cuando me hube relajado miré a mi compañera de viaje. Con la tensión casi me había olvidado de ella.

Álex me miraba con expresión interrogante. No estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión. Quería saberlo todo y yo estaba decidido a contárselo.

—Soy todo oídos —la escuché decir en tono seco a la par que cruzaba los brazos sobre su pecho.

El sol había desaparecido ya en el horizonte. La noche extendía su manto sobre nosotros. Ocultaba también en su negrura a nuestros perseguidores.