Donde nace el cielo Capítulo 36.
55%

Capítulo 36.

Preguntas sin respuesta

—¿Me puedes explicar qué demonios está pasando? —Los ojos de Alejandra destellaban miedo. En su rostro contraído se leía la desconfianza y sentí una punzada de dolor en el pecho al verlo—. Oriol, ¿quiénes son esos hombres? ¿De qué cojones va todo esto?

Tuve que tragar saliva. Sabía que tarde o temprano aquel momento iba a llegar, pero hubiera preferido no tener que hacerle frente hasta más adelante.

—Álex, baja la voz —rogué en un intento de ganar tiempo para pensar que iba a contarle y que no—. Puede que todavía nos estén buscando.

Después de correr hasta perder de vista a nuestros perseguidores nos habíamos ocultado en una zona boscosa fuera del camino. Parecía que les habíamos despistado, no había ni rastro de ellos.

No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, pero tenía la esperanza de que los tres hombres ya se hubieran dado por vencidos y hubieran regresado a Xtoloc sobre sus pasos.

Trataba de pensar, pero la mirada acusatoria de Alejandra me dificultaba la tarea.

—Oriol… ¡No me des largas! —Su gesto agresivo al zarandearme por el brazo me había pillado por sorpresa—. ¡Mírame, joder! Tú ya habías visto a esos tíos, ¿verdad? ¿Te están buscando? ¿Eres una especie de prófugo y por eso hemos salido por patas?

—Álex, cálmate, por favor. ¡Por todos los santos, baja la voz! Puede que estén por aquí —dije en un tono que sonaba bastante a la defensiva y del que me arrepentí al instante—. Necesito pensar un momento, luego te lo explico todo, pero dame un poco de tiempo.

—¡¿Que me calme?!¡¿Que te dé tiempo?! —gritaba en susurros sin dejar de mirar a todos lados con los cinco sentidos en alerta—.

¡Ese tío tenía una pipa! ¡Una pipa! ¡Llevaba una puta pistola!

¡Joder, Oriol…! Creo que me merezco una explicación detallada.

¿Por qué cojones te persiguen? Si quieres que sigamos juntos en esto tienes que contarme la verdad.

Qué encontráramos esos huesos no ha sido casualidad, ¿no es cierto?

—Tal vez lo mejor es precisamente que no sigamos juntos en esto — solté sin pensarlo.

La mirada fría de Álex me taladró por dentro al escuchar mis palabras.

—¡Ni lo sueñes! ¿Piensas que vas a dejarme tirada? ¿Es eso? ¡Estamos en el mismo tren, Oriol! Solo necesito saber lo que está pasando. ¿Estás metido en un lío? ¿Te están buscando? ¿Has hecho algo malo?

—¡Joder, Álex! ¡Yo no he hecho nada malo!

Es difícil de explicar. Yo mismo no tengo muchas de las respuestas.

—Su ceja alzada me dejaba claro que no iba a darse por vencida.

Suspiré de mal humor y traté de resumir—.

He descubierto algo que alguien no quiere que salga a la luz, pero necesito llegar al final del asunto para poder hacerlo público antes de que me estalle en la cara.

¡Tengo que resolver el enigma y encontrar Xibalba!

—bramé de malos modos y luego aplacando mi enfado añadí—.

Pero antes hay que buscar la manera de llegar al coche y salir de aquí.

Si esos hombres son lo suficientemente inteligentes, y seguramente lo sean, sabrán que no hemos llegado a Chichen Itzá andando.

Lo más probable es que hayan dejado de perseguirnos para esperarnos en el aparcamiento. Eso es lo que yo haría si fuera ellos.

—Tienes razón, no había pensado en eso. —Álex tomó aire profundamente hasta llenarse los pulmones y después lo soltó despacio—. Busquemos la manera de salir de aquí, pero después me lo cuentas todo, ¿de acuerdo?

Solo pude asentir. Me sentía apesadumbrado, como si un ancla de tres toneladas me fondeara a las sombras que me crecían por dentro.

¿Qué demonios estaba haciendo? ¿De verdad iba a meter a Alejandra en todo aquel embrollo?

¡Por nada del mundo quería que ella sufriera ningún daño!

Si quería mantenerla a salvo lo mejor era que la dejara atrás y continuara yo solo con las indagaciones.

¡Si le pasaba algo no iba a poder perdonármelo nunca!

Cuando había visto a aquel hombre sacar la pistola había tenido miedo, pero no por mí, sino por ella.

¡Las cosas estaban tomando un cariz que no me gustaba ni un pelo!

No entendía cómo era posible que nos hubieran descubierto, estaba seguro de que en el cenote no nos habían visto y, sin embargo, parecía que nos estaban esperando al salir.

¿Acaso sabían los tres hombres que estábamos en Chichén Itzá?

¿Era eso posible?

Miré a Álex que trataba de tranquilizarse respirando profundamente.

Había cerrado los ojos e inhalaba y exhalaba despacio.

Su pelo, que se le había rizado al secarse al aire, le caía formando tirabuzones sobre los hombros.

Toda ella brillaba con luz propia, a pesar de las sombras y del miedo.

Contuve las ganas de dibujar el perfil de su rostro acariciándolo con las yemas de los dedos.

Un remolino de sensaciones ambiguas me azoraba por dentro. No podía permitir que le pasara nada malo. ¡Aquel era mi problema, no el suyo!

Por un momento pensé en salir corriendo y abandonar a Álex entre la maleza, pero mis pies parecían pegados al suelo, no me sentía capaz de separarme de ella a pesar de saber que hubiera sido lo más conveniente para protegerla.

«¡Déjala al margen! —me gritaba mi cabeza—. Ni se te ocurra abandonarla», me rogaba el corazón.

Había demasiadas preguntas sin respuesta. Suspiré tratando de calmarme yo también y tanteé las opciones.

Fue su voz la que me sacó de mis elucubraciones y disipó la duda.

—Bueno… No podemos quedarnos aquí para siempre.

Si lo hacemos, cuando el parking se vacíe no les costará adivinar cuál es nuestro coche.

En caso de que tengas razón y hayan ido a la entrada del complejo a esperarnos tenemos que actuar con rapidez y evitar a toda costa que sepan en qué vehículo nos movemos.

—Álex parecía más calmada. Su razonamiento era más que válido.

Necesitábamos encontrar la manera de marcharnos antes de que Chichen Itzá quedara desierto—. ¿Qué propones?

¿Entonces qué hacemos ahora? —preguntó agobiada.

—Tendremos que arriesgarnos —dije después de un rato barajando posibilidades—. Están buscando a dos personas y todavía es hora punta. Todos los turistas que visitan Chichen Itzá se apurarán para ver la puesta de sol desde las ruinas. Podemos aprovechar la marabunta a la salida para llegar al coche.

Por suerte, a pesar de la rápida huida, había tenido tiempo de echar mano de la mochila que el empleado del puesto de buceo ya había colocado sobre el mostrador cuando descubrimos a los tres hombres en Xtoloc. Si no hubiéramos estado perdidos.

Lo primero era recobrar el aspecto normal. Quitarse los neoprenos y cambiarse de ropa. Abrí la bolsa y le tendí a Álex sus cosas. Ella se vistió en un suspiro.

—Álex, tienes que dejar aquí el sombrero rosa… —dije al ver que se lo calzaba hasta las orejas después de ponerse el vestido.

Lo llevaba en la mano mientras corría y era lo suficientemente llamativo como para que los tres hombres hubieran reparado en él desde lejos. No podíamos arriesgarnos a que la dichosa pamela nos delatara.

—Es una broma, ¿no? —dijo negando con la cabeza—. ¡Es mi pamela preferida y además tiene valor sentimental!

—Pues si la aprecias más que a tu vida puedes quedarte aquí con ella.

¿Eres consciente de que el rosa chillón del sombrerito parece que grita:

¡«Ey, estamos aquí»!? —La vi quitarse la pamela y hacer un mohín mientras le daba un beso y la depositaba sobre la hierba con resignación.

El gesto hizo que me diera un ataque de ternura y anoté mentalmente que tenía que compensarla por la pérdida más adelante.

—¡Además, estás mejor sin ella! ¿No te ha dicho nadie que es fea de cojones? —añadí para animarla.

Su sonrisa me devolvió un poco de sosiego. Sin poder evitarlo la atraje hacia mí con un gesto y la pegué contra mi cuerpo. Mi boca no tardó en buscar la suya. Nos fundimos en un beso descarnado que me dejó sin aliento y aceleró mis latidos.

No, no podía dejarla atrás. Pero debía buscar la manera de protegerla. La preocupación que anidaba en mi pecho me indicaba que Alejandra me importaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Estaba hecho un lío, me costaba pensar con claridad.

¿Debía contarle todo lo que sabía y dejar que fuera ella quién eligiera si continuaba o no con la aventura?

Parecía lo más apropiado. El eco de sus palabras resonaba sin descanso en mi cabeza: «Estamos en el mismo tren».

Era ella quien lo había dicho. La estreché contra mi cuerpo con más fuerza.

Permanecimos unos minutos resguardados en el abrazo y me embebí de su olor dulzón hasta que estuve saciado de él. Después, entrelacé mis dedos con los suyos y volvimos a ponernos en marcha.

Caminamos unos quince minutos bosque a través. A pesar de intuir que nuestros perseguidores ya no estaban por allí no quería arriesgarme a darnos de bruces con ellos, así que evitamos el camino.

Cuando llegamos a Chichen Itzá pude comprobar que habíamos dado de lleno con nuestras suposiciones.

Las ruinas parecían un hormiguero. Miles de turistas paseaban recorriendo los caminos señalizados observando las construcciones y parándose a regatear con los vendedores que los asaltaban a cada pocos metros tratando de convencerlos para que se hicieran con todo tipo de souvenirs.

Paseé la mirada sobre la cúpula medio en ruinas del observatorio e hice un repaso visual de las construcciones más sobresalientes que quedaban a la vista desde donde nos encontrábamos.

Por primera vez desde que habíamos salido de Xtoloc sonreí abiertamente.

Las piedras permanecían allí. Colocadas unas sobre otras completamente ajenas a todas las tragedias humanas.

Como espectadores del tiempo. Era difícil saber si éramos nosotros quienes las admirábamos o eran ellas quienes nos observaban.