Capítulo 35.
Sombras y huesos
—¡Está helada! —grité a viva voz nada más emerger del agua después del salto.
A pesar del neopreno de alquiler notaba como si millones de alfileres me laceraran el cuerpo.
Oriol apareció a mi lado con el resto del equipo pocos segundos después y me ayudó a ponerme la bombona y el respirador con pericia de experto.
Iba a necesitar un rato para aclimatarme y practicar antes de sumergirnos bajo la caverna que junto al agua turquesa conformaba el cenote y que estaba oculta debajo del pozo a cielo abierto.
Si bien para Oriol bucear era casi como respirar, para mí suponía un esfuerzo feroz. Por suerte estaba en buena forma. El maldito gimnasio de pijas al que iba en Sevilla había valido para algo después de todo.
Levanté la mirada hacia arriba. El enclave era precioso.
El sol de la tarde iluminaba todavía con fuerza.
Se colaba a través del follaje que rodeaba la poza, vistiendo las hojas de los árboles de colores anaranjados y amarillentos que se entremezclaban con el verde brillante de las plantas que crecían a ras de suelo donde los rayos no penetraban.
El baile de luz provocaba que las lianas que colgaban sobre el cenote se llenaran de matices.
Aproveché para sacar algunas fotos, estaba segura que la mayoría de las personas que visitaban las ruinas desconocía la existencia de aquella fuente de agua. El lugar poseía una belleza inigualable y el silencio lo convertía en una joya.
Habíamos llegado hasta allí en menos de media hora caminando por un sendero estrecho que partía del recinto central de Chichen Itzá.
A ambos lados del camino crecían árboles que nos habían cobijado del calor con su sombra de copas frondosas.
Había también restos de ruinas. Me había sorprendido un pequeño templo que era el que daba nombre al cenote.
Sus columnas permanecían todavía en pie ajenas al paso del tiempo, el resto del edificio en cambio había sufrido las inclemencias de un tiempo que no perdona y se ensaña con las debilidades.
En cada recodo del templo había iguanas que nos miraban sin dar aparentes muestras de curiosidad, impertérritas permanecían tumbadas sobre la piedra calentando su sangre fría con el calor que desprendían las ruinas.
Los animales me resultaban tan simpáticos que había sacado más fotos de las convenientes y Oriol había tenido que tirar de mí para que continuáramos caminando.
¡Aquel Chichen Itzá alternativo iba a ser una mina de oro para mi reportaje! Estaba segura que era precisamente a eso a lo que se refería Marcos cuando me había dicho que quería fotos del México maya más auténtico.
No habíamos tardado demasiado en llegar a la entrada del cenote y Oriol había arreglado sin dificultad los pormenores para alquilar el equipo de buceo.
Al parecer, al ser lugareño y tener carnet de buceador profesional disfrutaba de un precio mucho más comedido que el que cobraban a los turistas incautos que pagaban una pequeña fortuna por el mismo servicio sin pensárselo.
—¡Me siento como si estuviera en una peli de Indiana Jones! —le dije a Oriol medio en broma al ver la altura desde la que tenía que saltar al agua.