Capítulo 34. #3
—La serpiente repta pirámide abajo en los equinoccios de marzo y septiembre debido a un efecto visual provocado por las luces y sombras de las aristas de los escalones de la pirámide. Cada lado del castillo se construyó con noventa y un escalones, así que si lo multiplicamos por cuatro
—representando cada uno de sus lados— y añadimos el escalón que falta que es el que nos lleva al templo superior, nos da trescientos sesenta y cinco escalones, el número de días que tiene un año. La pirámide es un gran calendario.
Dicho esto, y sin saber de qué podía servirnos anoté el número trescientos sesenta y cinco junto al número trece que había obtenido del recuento de tortugas del templo de homónimo nombre en Uxmal.
—Sigo sin saber a dónde nos conduce esto —dije encogiéndome de hombros—. Será mejor que sigamos con la visita. Todavía te quedan fotos por hacer para incluir en tu trabajo.
Álex se había quedado pensativa y estuvo todavía unos minutos contemplando la pirámide, después pareció darse por vencida y entrelazando sus dedos con los míos comenzamos a pasear sin prisa por la parte derecha del complejo que todavía no habíamos visitado.
En el paseo, la arrastré hasta el observatorio. La estructura de roca estaba bastante destruida, pero todavía podía apreciarse parte de la cúpula y de la escalera que le daba el nombre popular del caracol.
Después fue ella la que tiró de mí como si una lucecita se hubiera encendido de pronto en su cabeza.
—¡Mira! Es igual que la pirámide de Kukulcán, solo que tres veces más pequeña. —Se trataba del Osario, la tumba del gran sacerdote. Una pirámide muy semejante al castillo donde destacaban sus frisos dedicados al dios Chaac.
De pronto comprendí lo que quería decir. Álex era un genio. Tal vez Kukulcán solo era una distracción y mi padre quería que llegara a esa conclusión. Álex señalaba sonriente las figuras esculpidas en el friso del templo.
—¡Son serpientes emplumadas!
Sin darnos cuenta habíamos empezado a rodear la tumba del gran sacerdote y enumerábamos en alto cada uno de los relieves que representaban a Kukulcán.
—¡Trece! —gritamos al unísono.
¿Otra vez el mismo número? ¿Significaba eso que íbamos por el buen camino?
Después de la alegría inicial y de saltar como niños por la emoción, los dos nos habíamos quedado en silencio.
—Está claro que tiene un significado —dijo ella poniendo de relieve mis propios pensamientos.
—Eso parece… Pero ¿cuál? —grité impotente encogiéndome de hombros.
—Tal vez sea necesario visitar las cuatro puertas para desentrañar el misterio —afirmó ella con aquella seguridad que me hacía sentir más calmado.
—Es posible. Pero hay algo que no me cuadra. Estoy seguro que estoy pasando por alto algo importante.
—Anoche dijiste que creías que parte del misterio estaba en el agua.
—¡El cenote! ¡Claro! Si hay un pozo con especial significado para los
mayas es el cenote sagrado, y… ¿adivinas dónde está?
—¡Allí delante mismo! —dijo ella dando saltitos nuevamente y señalando la flecha de madera donde podía leerse claramente «cenote sagrado
– 1500 m».
—¡Eureka! —grité yo contagiado por su energía.
—¿Eureka? ¡Esa expresión es del pleistoceno! ¡Madre mía, me has recordado a mi padre!
Los dos caminamos entre risas hasta el cenote a cielo abierto de más de sesenta metros de diámetro.
Pronto nos encontramos en el borde de paredes verticales donde a más de quince metros hacia abajo la superficie azul brillante del cenote sagrado reflejaba el sol vertical del mediodía.
—¿Piensas bajar? —preguntó ella preocupada al ver la altura y el cartel que indicaba que estaba terminantemente prohibido el baño.
—Dudo que pueda encontrar ninguna pista desde aquí arriba
—maticé.
—Pero ¿cómo vas a hacerlo? Hay vigilantes por todos lados. Es imposible saltar sin que te vean.
—No si entro por otro lado. ¿Sabes bucear, princesa?
—He hecho algunas inmersiones, pero siempre en lugares a cielo abierto, no me gustan los sitios cerrados.
—Casi nadie sabe que hay otro cenote en el complejo: El cenote Xtoloc. ¿Y sabes qué es lo mejor?
—¡Sorpréndeme!
—¡Está comunicado por galerías subacuáticas con el cenote sagrado!
Con equipo y pericia esa es la puerta de entrada que buscamos.
¿Tú no querías algo interesante sobre Chichen Itzá para tu reportaje?
¿Qué mejor que enseñarles a todos la boca del pozo?
Eso es precisamente lo que da nombre a estas ruinas, solo tenemos que alquilar el equipo y hacernos con una cámara de fotos acuática desechable. ¿Qué me dices, preciosa?
—Sabes que no me gustan demasiado los espacios estrechos y cerrados, ¿verdad?
—Te prometo que es más fácil de lo que parece —dije guiñándole un ojo.
—No sé por qué, pero creo que ya he escuchado eso antes —dijo ella recordando las peripecias para saltar el vallado en Uxmal.
La vi pasarse las manos por el pelo con ansiedad y dar varias vueltas con paso errante.
Álex parecía reticente, pero finalmente se encogió de hombros y
aceptó mi propuesta.
—Está bien. ¡Hagámoslo! —dijo al fin.
La besé guiado por un impulso difícil de explicar.
No sabía entonces que en lugar de meternos en la boca del pozo estábamos entrando en la boca del lobo.
Debí haber intuido que el hecho de que el teléfono de Enrico diera tono era en sí una mala señal.