Capítulo 34. #2
Si bien el animal predominante en Chichen Itzá era la serpiente, algo me decía que lo que tenía que buscar se alejaba de la figura de Kukulcán. Estaba seguro de que mi padre no iba a dejar una pista sobre algo tan obvio.
También estaba convencido de que en aquellas ruinas podía desvelar una parte importante del jeroglífico, sabía sin lugar a dudas que Chichen Itzá se trataba de otra de las puertas del «axis mundo».
Uxmal era la puerta hacia el oeste, Chichen Itzá marcaba el norte. Pero
¿cuál de los tres animales restantes que estaban grabados en el amuleto debía buscar y en qué sentido marcaban el camino?
Me senté en el suelo sobre el césped y observé el medallón con atención mientras Álex rodeaba la pirámide y sacaba las fotos para su reportaje.
Llevado por un impulso saqué el teléfono y lo encendí.
Lo llevaba apagado para ahorrar batería.
Volví a marcar el número de Enrico. Lo hacía varias veces al día, con un gesto mecánico, con la esperanza de que en algún momento diera señal, pero hasta el momento no había tenido éxito.
Por eso, cuando al otro lado de la línea sonó el tono de llamada el corazón me dio un vuelco.
¡Llamaba! ¡El móvil de Enrico daba señal! El teléfono sonaba, pero nadie descolgaba.
Me puse en pie de un salto y marqué con histerismo una y otra vez llevado por una certeza que me decía que si el teléfono volvía a funcionar era porque Enrico seguía vivo.
Tuve que obligarme a calmarme cuando Alejandra volvió a mi lado. No quería compartir con ella mi desasosiego, pues eso suponía tener que darle explicaciones acerca del embrollo en el que andaba metido.
Había marcado más de veinte veces con idéntico resultado: Enrico no contestaba. Así que guardé el móvil y lo dejé encendido esperando que mi primo me devolviera la llamada.
Álex no tardó en fijarse en el medallón, estaba tan concentrado tratando de localizar a Enrico que había olvidado guardarlo.
—¿Qué es? ¿Es parte del misterio que tenías que resolver? —preguntó señalando el objeto que sostenía entre mis manos.
¡Chica lista! estaba claro que me escuchaba cuando hablaba. A pesar de su aparente frivolidad, a Álex no se le escapaba una.
Asentí tratando de pasar por alto el tema de Enrico y de volver a centrarme en el amuleto y sus relieves.
Decidí compartir con ella parte del asunto.
Le conté que creía que se trataba de un ideograma para encontrar unas ruinas desconocidas hasta entonces —no quería hablarle de la ciudad de los muertos— y le relaté mis revelaciones acerca del «axis mundo» y que creía que las cuatro puertas estaban representadas por las cuatro grandes civilizaciones mayas y marcadas por su localización geográfica.
También le expuse mis dudas acerca de los relieves de los cuatro animales tallados sobre el medallón que creía se relacionaban cada uno con una puerta.
Obvié parte de la verdad, no quería entrar en los pormenores escabrosos relacionados con Chancho Moreno, el asesinato del profesor —cada vez estaba más seguro de que lo habían quitado de en medio— o la misteriosa desaparición de mi primo.
—¿Entonces crees que la inscripción y los relieves del amuleto son pistas para encontrar esas ruinas misteriosas? —preguntó visiblemente emocionada.
Asentí en silencio.
Tenía una sensación incómoda en el estómago. No estaba seguro de que compartir aquella información con Alejandra hubiera resultado una buena idea.
En cualquier caso, ya estaba hecho. Ella me había resultado de gran ayuda para encontrar la taquilla del profesor, tal vez con sus conocimientos sobre investigación fuera capaz de hacerme ver algún detalle que yo había pasado por alto.
Nos sentamos juntos a la sombra de uno de los escasos árboles que se esparcían por el recinto y volví a releer la inscripción para ella.
—«En la piedra quedó escrita su historia, ellos te mostraran el camino a Xibalbá» —recité en voz baja.
Cuantas más veces leía aquella frase más me costaba encontrarle el sentido.
Álex la repitió en un susurro y meneó la cabeza como si aquellas palabras no le dijeran absolutamente nada.
Me concentré en las figuras de los animales. En los relieves estaban tallados claramente la tortuga y el mono. Sabía que la primera correspondía a Uxmal y el mono hacía referencia casi con total seguridad a las ruinas de Cobá donde el animal vivía en grupos numerosos. Pero ¿y los dos restantes?
—Seguramente el bicho con plumas se refiere a la serpiente de la pirámide —dijo Álex señalando a Kukulcán —parece lo más obvio.
Me fijé con más detenimiento en el objeto circular. Cualquiera de las dos figuras que quedaban podía hacer referencia a Chichen Itzá. Aparte de la tortuga y el mono, había tallado un animal emplumado y algo que parecía un jaguar.
Pensar en Kukulcán, la serpiente emplumada, como indicio plausible, me rechinaba tanto que casi la había descartado.
Tal vez me había precipitado al hacerlo.
El jaguar por su parte también estaba relacionado con aquellas ruinas.
Sabía que en el interior del castillo se había encontrado un templo dedicado al animal.
¿Cuál de los dos sería el que me diera la pista para resolver el enigma?
Me sentía impotente. Por muchas vueltas que le daba no encontraba la evidencia que buscaba. Daba palos de ciego. Tal vez lo más inteligente era recorrer todo el recinto con Álex y ver si entre las ruinas me alumbraba algún otro indicio.
Después de un rato divagando Álex me pidió el medallón.
Habíamos caminado por el juego de pelota y observado detenidamente el pequeño templo del jaguar.
Después habíamos visitado el templo de los guerreros y el de las mil columnas —que, por cierto, distaba bastante de contar con semejante número de pilares, aunque era verdad que había un par de cientos—.
Finalmente habíamos vuelto sobre nuestros pasos y nos habíamos parado frente al castillo nuevamente.
—¿Y has dicho que la estructura representa el «axis mundo»? —preguntó enarcando una ceja y señalando el amuleto circular.
—¡Norte, sur, este y oeste! —aclaré.
No estaba seguro de que Alejandra supiera a qué me refería con eso del Axis mundo.
—Y Uxmal… ¿Qué puerta se supone que es?
—La puerta del oeste.
Giró el medallón y colocó la figura de la tortuga en la dirección de
Uxmal.
—Oeste… —dijo señalando el caparazón de la figura que representaba a la tortuga—. Este… —dijo señalando el mono—. Norte —dijo pasando su dedo sobre el símbolo del animal emplumado— y Sur —dijo señalando el símbolo que quedaba y que representaba el jaguar.
¿Cómo no me había dado cuenta? Estaban en orden y marcaban los cuatro puntos cardinales. Las cuatro puertas. Y Chichen Itzá era la puerta del norte.
Ya no había duda, lo que tenía que buscar era el bicho con plumas.
Me quedé absorto auscultando palmo a palmo la serpiente de piedra ¿Se referiría mi padre realmente a Kukulcán?
Tal vez, precisamente por la obviedad había utilizado aquella pista.
Sabía que era tan simple que ocasionaría desconcierto.
—¿Qué sabes sobre ella? —preguntó Álex buscando formas de arrojar algo de luz sobre el asunto—. Tal vez en su historia encontremos alguna pista.