Donde nace el cielo Capítulo 34.
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Capítulo 34.

Chichén Itzá.

La boca del pozo

Nos levantamos antes del alba. Aún se vislumbraban las estrellas más brillantes en el firmamento al oeste, por el este en cambio el cielo empezaba ya a clarear.

Llevaba despierto más de una hora. Álex dormía a mi lado.

No parecía resentirse del lecho duro bajo su espalda.

A pesar de la hierba mullida, el suelo estaba lleno de piedras, lo que dificultaba que el sueño fuera placentero.

Si a eso le sumábamos el incesante silbido de los mosquitos alrededor podía decirse que la noche no había sido precisamente buena.

La verdad es que me costaba comprender cómo Alejandra era capaz de seguir durmiendo a pierna suelta en aquellas circunstancias.

¡Yo llevaba media noche con un ojo abierto!

—¡Si estoy cansada soy capaz de dormirme en el palo de un gallinero!

—había dicho ella cuando el sueño empezaba a vencernos.

Daba fe de que sus palabras eran ciertas.

La miré durmiendo ajena al mundo y me deleité en su perfil de rasgos

equilibrados.

Estaba preciosa con el pelo revuelto y aquella expresión de paz pintada en los labios.

Álex me encantaba. Me gustaba su cuerpo suave, su risa que sonaba a alegría y aquella frescura a la hora de decir lo primero que se le pasaba por la cabeza.

Sonreí mientras la zarandeaba con saña y ella protestó medio dormida.

—¡Vamos, dormilona! ¡Hora de levantarse!

Me daba pena despertarla, pero me apremiaba la urgencia de continuar con el viaje.

A pesar de que mis pesquisas nocturnas en el cenote de la tortuga habían sido infructíferas, algo me decía que en el agua estaba la clave que necesitaba descifrar para dar con la ubicación de la ciudad de los muertos.

Por si acaso me equivocaba, había decidido seguir con las visitas a las ruinas.

Además, Álex tenía también que incluirlas en su reportaje.

—¿Qué nos toca hoy? —preguntó ella con los ojos todavía soñolientos.

—¿Qué le parece a usted si nos vamos al mítico Chichén Itzá, señorita?

—Vale, pero antes necesito saciar otras necesidades. ¿Qué hay de desayuno?

—¡Aire! Me temo, princesa, que no hay desayuno. Habrá que esperar a llegar a la civilización, no nos queda nada para comer.

—¿Estás seguro? Mira que cuando tengo hambre me pongo de muyyyy mal humor. —Álex me miraba con ojos de pícara y yo empezaba a derretirme.

—Y ¿qué propone usted? —pregunté casi ronroneando.

—A falta de café no estaría mal un polvo mañanero.

No tuvo que insistir. Era una proposición difícil de rechazar.

Tardé en quitarme la ropa la mitad de lo que había tardado en ponérmela y sin demora me perdí en su boca con avidez.

Me enredé entre sus piernas y le hice el amor despacio, sintiendo cada palmo de su piel y derramándome entero, hasta que me faltó el aliento.

No era solo sexo. Por mucho que me dijera a mí mismo que aquello era una aventura de verano, mi corazón se negaba a aceptar que Álex pronto se iría para no volver nunca más. Ella, tan llena de vida. Yo, tan lleno de ella.

¿Qué me estaba pasando? Alejandra, con su cucharita, poco a poco, había escarbado palada a palada sin que me diera cuenta y había abierto un agujero debajo del muro. Se había colado dentro, enseñándome con su presencia que a veces «lo imposible» puede ser el único camino a transitar.

Amar es imperativo cuando el corazón lo pide a gritos.

Hay que vivir, aunque sea sabiendo que la felicidad tiene un final inevitable.

Hay personas con las que merece la pena arriesgarse.

Álex, sin duda, era una de ellas. Estuvimos abrazados mientras la magia tejía el manto invisible que nos conectaba en aquel mundo propio que albergaba un «nosotros»

que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.

Creo que esa fue la primera vez que me encontré en sus ojos, y entonces supe a ciencia cierta que estaba perdido. Uno pertenece siempre a la persona que le roba el alma.

Álex paseaba despacio sus dedos por mi espalda con una sonrisa pintada en los labios. Me quedé embobado viendo la luz reflejarse en su pelo y no pude evitar sentir una punzada muy adentro. Suspiré resignado.

—Joder, Alejandra… Vas a ser mi perdición. ¿Qué cojones estás haciendo conmigo? —Me hundí en el hueco de su cuello y aspiré su olor dulzón.

Tuve que ahogar un «te quiero».

Ella solo sonrió. Hubiera dado mi vida entera porque aquella sonrisa no dejara de fluir nunca en sus labios.

Dejamos que hablara el silencio y volvimos a enredarnos carne con carne. A veces el cuerpo dice lo que las palabras callan y uno sabe, aunque se haga el tonto. El lenguaje de la piel puede ser más elocuente que el mejor discurso.

Después de deleitarnos en el juego de los amantes, recogimos las cosas y caminamos casi en silencio hasta Uxmal.

Sentía el tacto de sus dedos entrelazados con los míos y eso era más que suficiente para darle sentido a todo. Álex apretaba mi mano con fuerza y yo quería alargar aquel momento para siempre.

«Si pudiera, no te soltaría nunca…», pensé un poco melancólico.

Luego aparté los pensamientos lúgubres de la cabeza. Aún nos quedaba tiempo, la despedida estaba todavía flotando lejana en la distancia.

El sol lucía como un disco blanco circular en el cielo cuando llegamos a la zona de las ruinas y aún no eran ni las nueve de la mañana. El bochorno empezaba a ser asfixiante.

Si bien salir del recinto saltando el vallado había sido fácil, al contrario, era algo imposible, así que tuvimos que dar un rodeo para llegar al coche que seguía aparcado en la explanada donde lo habíamos dejado la jornada anterior.

Chichén Itzá quedaba a tres horas largas de viaje, así que debíamos ponernos en marcha cuanto antes.

Desayunamos antes de partir. Álex había pedido tortillas de trigo como para un regimiento y café.

—¡Menudo estómago tienes, princesa! ¿Dónde lo metes? —Nunca había visto a nadie desayunar con tanto apetito—. ¿Quieres que pida unas pocas para el camino? ¡Viendo lo visto creo que es mejor tenerte bien alimentada no vaya a ser que te dé un ataque de hambre y decidas comerme a mí!

—¡Ya te gustaría, bonito! —Me enseñó su dedo índice haciendo una peineta y yo me lo metí en la boca y lo chupé con alevosía—. ¡Follar me da hambre! Que sepas que las ganas se sacian comiendo.

—Entonces mejor no pido nada. Si te da el hambre a medio camino tengo envuelta una salchicha bien calentita y siempre en su punto.

Su risa sonó con fuerza y despertó la mía.

—¡Sigue soñando, cariño! —Me repasó con la mirada la entrepierna y me sacó la lengua—. ¡Anda semental, vámonos, que a este paso nos van a cerrar las ruinas! ¿Dónde ha quedado tu «juntos, pero no revueltos»?

—Lo he cambiado por un «rascar, comer y follar todo es empezar».

Soy un hombre de inercias, ahora te va a costar pararme.

—Suena bien. —Se había aproximado a mi cuerpo y me acorraló contra el coche frotándose contra mi cuerpo y hundiendo su boca en la mía.

Tuve que reprimir las ganas de meterle la mano por debajo de la falda que se había puesto y hundirle dos dedos dentro.

—Señorita, sabe usted que las manos van al pan, ¿verdad? —dije con el ánimo otra vez en alto mientras desplazaba mis manos desde su cintura hasta sus nalgas.

—¡Pues mejor que vayan al volante, cariño! ¡Que a este paso no llegamos!

Se separó con brusquedad de mí y después de darme un casto beso en los labios me palmeó el culo.

Yo sonreía como un imbécil.

Sin protestar cogí las llaves del coche que me tendía y traté de enfriarme.

Volvían a dolerme los huevos, pero esta vez sabía que mi sed de ella podía ser saciada en cualquier momento y eso me hacía sentir jodidamente bien. ¡Es increíble lo rápido que se acostumbra uno a la sensación de pertenencia!

Nos pusimos en marcha de inmediato. Conduje en silencio la mayor parte del trayecto. Como no podía ser de otra manera, nada más entrar en la autovía Álex se quedó dormida. Se despertó casi a la entrada de las ruinas.

Por detrás del vallado que delimitaba el recinto podía verse, si mirabas a la izquierda, la parte superior de la pirámide del castillo con su templete para los ritos sobre el último escalón. A la derecha se adivinaba el conjunto formado por la pirámide de ceremonias, el osario y el observatorio.

Esta última construcción era una de mis favoritas.

Me fascinaba que los antiguos mayas hubieran sido capaces de predecir a partir de sus observaciones cómo visualizar al menos veinte de los fenómenos astronómicos posibles entre eclipses, equinoccios y solsticios.

Lo hacían a partir del seguimiento de Venus y sus movimientos en el cielo.

Ya entonces sabían que cinco ciclos de Venus equivalían a ocho años solares.

Alejandra se desperezó en un santiamén y salió del coche de un salto.

Antes de que pudiera darme cuenta habíamos pasado los tornos que nos daban acceso al recinto.

La seguí unos pasos por detrás, caminaba a paso ligero directa a la pirámide de Kukulcán —o el castillo, como se conocía popularmente.

—¡Ey, princesa! No hace falta que corras, el castillo no va a moverse de ahí.

Se volteó y me sacó la lengua en un gesto tan suyo que siempre me recordaría a ella. No disminuyó el ritmo de su paso, sino que aceleró todavía un poco más.

Una ráfaga de aire requemado sopló de frente y la vi llevarse la mano a la pamela rosa para que no saliera volando

«¿Acaso no iba a quitarse nunca ese ridículo sombrero?». Meneé la cabeza de lado a lado y no pude evitar sonreír.

Cuando llegué a su altura observaba boquiabierta la talla de la cabeza de Kukulcán que deslizándose por el lateral como una serpiente reptando hacia abajo reposaba a la altura del suelo en una de las aristas de la pirámide sin perder ni un ápice de su magnificencia.

—¡Es impresionante! —exclamó encantada mientras fotografiaba la escultura desde diferentes ángulos—. ¡Así que esta es la serpiente emplumada sagrada maya!

Al escucharla recordé de inmediato que debía averiguar qué pista estaba escondida en el recinto para desentrañar el misterio de la ubicación de la ciudad de los muertos.