Capítulo 33. Serendipia #2
Verle dubitativo me enterneció. Volvió a acercarse y se paró a solo unos pasos. Se mordía el labio y me miraba a los ojos. Yo, con todos los sentidos a flor de piel, no podía apartar la mirada de él. Estábamos solos, en aquel lugar de ensueño.
Se sonrojó al desnudarse por completo y yo noté como mi respiración se espesaba. El deseo callado se abría paso y colonizaba el espacio que quedaba entre nosotros.
—El agua está fría, pero te garantizo que el baño valdrá la pena. — Oriol tenía la voz enronquecida y aquella sonrisa de medio lado que me enloquecía dibujada en los labios.
No me dio tiempo a contestar. Con un movimiento rápido se sujetó a una de las lianas que colgaban de las rocas suspendidas sobre nuestras cabezas y balanceándose como un mono se dejó caer al agua en mitad del cenote.
Por su grito pude deducir que el agua estaba congelada.
Le observé nadar de espaldas con toda su desnudez a la vista. Aquello era un espectáculo en toda regla.
—Entonces, ¿viene usted, señorita?
El Oriol desenfadado y lleno de vida había vuelto, también mi sonrisa y aquel nudo que me apretaba en el estómago.
No estaba segura de si aquella invitación era solo una propuesta de baño o si incluía un revolcón, pero no pensaba dejar pasar la oportunidad de averiguarlo.
Me desnudé con los ojos de Oriol posados sobre mi cuerpo y disfruté de aquella sensación que me hacía sentir poderosa.
En mi caso, una vez más, el alarde de estilo a la hora de caer al cenote se quedó solo en un proyecto.
Había agarrado la liana con determinación, pero en el momento en el que el suelo desapareció bajo mis pies toda mi valentía se esfumó.
Me quedé colgada, con la planta que hacía las veces de cuerda balanceándose de un lado a otro sin atreverme a saltar hasta que la gravedad hizo de las suyas y mis manos cedieron.
Entré en el agua braceando como si me hubieran dado espasmos, con el culo por delante y los pies por detrás y salí tosiendo después de haberme tragado medio cenote.
—¡Coñooo, está congelada! —El agua estaba tan fría que al sumergirme había sentido como si miles de alfileres se clavaran en mi cuerpo.
Tardé en aclimatarme el tiempo que Oriol demoró en llegar a nado hasta mí.
Su sola presencia a mi lado ejercía como fuente de calor. Sus ojos oscuros se habían vuelto profundos, me clavaba la mirada hasta las entrañas y no me cupo atisbo de duda de que lo que quería clavarme dentro era otra cosa.
—Yo chita, tú Jane —dijo haciendo el mono y lanzándome agua a la cara de repente.
—Entonces estoy a punto de cometer un delito de zoofilia.
No le dio tiempo a huir, le sujeté con fuerza antes de que emprendiera la escapada a nado. Me urgía tenerlo dentro, piel con piel.
Mis palabras le hicieron sonreír. Era más que evidente que no pensaba oponer demasiada resistencia.
Se pegó a mi cuerpo y noté el calor que desprendía.
En un acto reflejo había enlazado mis piernas a su cintura. Sus manos resbalaron por mi espalda hasta rebasar la línea de mis caderas y asirse con fuerza a mis nalgas.
Hundió su boca en la mía con urgencia y me besó de una forma tan visceral que me dejó sin aliento.
Sus dedos buscaban entre mis piernas con pericia y pronto pude sentirle dentro.
Me poseyó con embestidas feroces, dejando las ganas salir a raudales y sin ponerles freno.
Después, ralentizó el ritmo. Los besos carnales dieron paso a besos suaves y lentos.
Me estaba regalando el alma con cada roce de sus labios y yo disfrutaba del elixir de la pasión en su boca.
Se movía despacio y con profundidad, haciéndome doblarme de gozo con cada movimiento.
—Espera… —dijo jadeando. Resultaba difícil seguir en el agua.
Mantenerse a flote a la par que uno follaba podía convalidarse por el primer curso de equilibrismo. Además, el agua congelada no ayudaba a mantener el tono.
—No pares —susurré entregada.
—Tengo los huevos en el gaznate. Necesito salir del agua —susurró mientras tiraba de mí sin desprenderse del todo de mi cuerpo.
—¿Los huevos en el gaznate? —me dio la risa.
Reía con la risa floja y Oriol me comía la boca entre medio ofendido y divertido.
—No te rías, princesa, que en cuanto esto vuelva a su lugar te voy a
meter una follada que vas a flipar.
—¿Quién eres tú y donde esta Oriol? —pregunté sorprendida por aquel nuevo tono.
Le vi tragar saliva y su mano se perdió bajo mi ombligo.
Las risas pronto dieron paso a los jadeos. Había metido sus dedos dentro de mí y los movía en círculos haciendo que muriera de placer.
Me llevó casi a rastras hasta una de las orillas de la poza y sin darme tiempo a más me encaramó a las rocas y se perdió con su lengua entre mis piernas.
Cuando me hizo perder el control subió hasta mi boca y me beso con vehemencia.
Se clavó en mí con el apéndice erguido como un palo y se quedó dentro completamente inmóvil mientras yo jadeaba al ritmo de las contracciones del orgasmo.
Luego volvió a moverse despacio, acelerando el ritmo hasta terminar con unas embestidas rítmicas y enérgicas que me hicieron gritar hasta tocar el cielo nuevamente.
—Ahora ya no te ríes tanto, ¿eh? —Sus ojos intensos me desarmaban.
Estaba completamente llena de él y lo peor de todo es que no me cansaba de sentirlo mío.
—¿Siempre follas así o es solo porque te he herido el orgullo? Ahora era él el que reía como un crío.
«¿Cuántos orgasmos seguidos pueden tenerse? ¡Joder con el sexo a la mexicana!».
Seguí jadeando como una perra en celo hasta que los dos quedamos exhaustos y colmados de placer.
Después me acarició el pelo con ternura y me resguardó entre sus brazos. Se había convertido otra vez en el chico tierno y me gustó el cambio. Me deleité con sus dedos suaves sobre mi piel y me dejé llevar por el momento.
Habíamos regresado a la zona de hierba aledaña a la poza y reposábamos desnudos sobre una toalla que Oriol llevaba en la mochila.
Fuera se había hecho de noche, pero en aquel mundo mágico y subterráneo las cosas parecían seguir un ritmo diferente. Dentro del agua unas fosforescencias iluminaban el fondo con claridad y en el techo de la cavidad pequeños puntos de luz iluminaban como velas el cenote.
Oriol me explicó que las fosforescencias se debían a unos microorganismos que se adherían a las algas en el fondo de la poza. Me acomodé con mi cabeza sobre su pecho y me quedé absorta siguiendo los puntitos de luz que suspendidos en el aire se movían de un lugar a otro.
—Luciérnagas —matizó él siguiendo mi mirada y apuntando hacia arriba con el dedo índice.
Se notaba que le costaba hablar y a mí me sucedía lo mismo.
—Es precioso —acerté a decir sabiendo que para Oriol aquel lugar
tenía, además, un significado ligado a su infancia.
—Sí que lo es —dijo él con la ternura pintada en la voz.
A veces sobran las palabras. Guardé silencio. Me embebí del olor de su piel y atesoré aquel momento como una fotografía en mi memoria.
—¿Te has dado cuenta que si te fijas bien desde aquí el cenote parece
una tortuga? —pregunté después de pasar un rato callados.
Oriol se incorporó de pronto. Tenía los ojos muy abiertos y parecía haber descubierto algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.
—¡Eso es! La tortuga. ¡Marita conocía este lugar! ¿Cómo podía ser posible que ella supiera de la existencia de este cenote? Solo hay una explicación. Había venido aquí con mi padre.
—Sabes que no te sigo, ¿verdad? —pregunté llamando su atención para intentar que me explicara a qué se refería.
—¿Te acuerdas que te dije que tenía que resolver un misterio? —preguntó sonriente.
Asentí confusa. Casi me había olvidado de ello.
—Pues acabas de darme una pista. ¡Así que era esto, la tortuga, no eran las ruinas, eran los cenotes! ¡Álex, eres un genio!
—Es serendipia —dije sin más.
—¿Serendipia?
—Sí, serendipia —repetí como una tonta. La cara de póker de Oriol me indicaba que no entendía a que me refería—. Serendipia: Hallar por casualidad algo valioso que no se busca —maticé.
—Se-ren-di-pia —repitió—. ¡Tengo que sumergirme, Álex! Creo que aquí está la respuesta que busco. Espérame, te prometo que no tardaré
—y dicho esto, Oriol se apresuró a tirarse al agua y desapareció en la cavidad.
¿Acaso pensaba que podía ir a algún sitio? Resignada me encogí de hombros.
Aquel no era el postcoito que había imaginado, pero estaba claro que con Oriol nada era predecible.
No tardó en emerger de nuevo. Al parecer, la poza era solo el principio de un entramado de galerías subacuáticas.
—No te preocupes, lo tengo todo bajo control —me avisó al ver que no le perdía de vista y seguía sus movimientos un tanto ansiosa—. Relájate y disfruta, voy a volver a meterme debajo. Tardaré un rato.
Al verle en el cenote podía comprender sin esfuerzo a qué se refería cuando decía que aquel mundo subterráneo le había salvado la vida. Se movía como pez en el agua, literalmente hablando. Su sonrisa brillaba más que las fosforescencias y las luciérnagas juntas.
Le observé bucear iluminado por la luz amarilla del fondo del cenote. Su pelo largo y negro se extendía en el agua y caía sobre sus hombros mientras sus piernas deslizaban aquel cuerpo de adonis griego a través de las profundidades.
—¡Pareces un «sireno»! —le grité divertida una de las veces que sacó la cabeza del agua para coger aire.
—¡Pues prepárese usted, señorita, porque este «sireno» te va a dar para el pelo en cuanto salga del agua!
—Umm, suena bien, pero primero tendrás que reponerte del baño, cariño —dije para picarle simulando con mi dedo un gatillazo.
—No te preocupes, princesa —dijo meneando la lengua—. ¡Esta está en plena forma!
No pude evitar reírme nuevamente. Tampoco sentir el calor que se arremolinaba en torno a mi sexo y hacía que mi saliva se volviera espesa.
A pesar de que me encantaba por fuera, sabía que lo más importante estaba dentro.
Él era mi serendipia. Sin buscarlo había encontrado de forma inesperada lo más valioso que alguien puede encontrar en el amor: la complicidad.