Donde nace el cielo Capítulo 33. Serendipia
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Capítulo 33. Serendipia

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté llevada por la emoción cuando conseguí superar el estado de ensimismamiento que me había dejado el baile de las mariposas.

Oriol me miraba con una expresión difícil de desentrañar.

En sus ojos se dibujaba la sombra de algo distinto a lo que había hasta entonces.

Comprendía al mirarle que las cosas habían cambiado entre nosotros.

Una energía intangible nos conectaba. Poco a poco, Oriol iba abriéndose a mí.

Sabía que aún me quedaba mucho para desnudar su alma, pero haber conseguido que se rindiera al deseo de la piel era un buen principio.

Sujetó mi mano y me invitó a seguirle nuevamente. Se esforzaba para sorprenderme y eso me llenaba de felicidad.

Entrelacé mis dedos con los suyos y comencé a caminar a su lado todavía en una nube.

—Vamos a uno de mis lugares favoritos. Puedes incluirlo en tu reportaje, pero sin dar la ubicación exacta. Por nada del mundo quiero que se llene de gente.

—¿Te han dicho que eres un poco sociópata?

—¿Y a ti que eres como un grano en el culo?

Mi risa sonó alta entre los árboles. Le saqué la lengua y él meneo la cabeza riendo también. Nuestros ojos se encontraron y fluyó mi sonrisa. Nuestras miradas decían lo que nuestras bocas callaban. Los dos bajamos la mirada, creo que me sonrojé.

Habíamos ralentizado el paso y Oriol tiró de mí para que acelerara. Seguimos caminando abriéndonos paso entre la maleza que volvía a espesarse.

Al poco le escuché suspirar y susurrar muy bajito.

—Ay, Álex… ¿qué estás haciendo conmigo?

Sus palabras se me clavaron dentro y mi ritmo cardiaco se aceleró nuevamente.

No era una pregunta que esperase una respuesta, así que guardé silencio. Un remolino de sensaciones había anidado en mi pecho.

No entendía qué me estaba pasando, pero sí sabía que no quería detenerlo.

Me dejaba llevar. Volaba como una cometa guiada por un hilo invisible, no me importaba que el golpe al caer pudiera hacerme pedazos.

Quería disfrutar de aquella ligereza que me elevaba por el aire como si no existieran cuerdas.

Volar. Solo eso. Sin pensar en nada más.

Miré a Oriol mientras avanzábamos. Sentía curiosidad por saber a dónde me llevaba, pero lo que más me espoleaba era la necesidad de descifrar al hombre que se escondía debajo de aquel torso perfecto y aquel culito prieto.

Me sorprendí mirándole de forma lasciva. ¡Qué le íbamos a hacer, una tenía sus necesidades y la imaginación era gratis!

Oriol se había quitado la camiseta y unas abdominales de infarto habían quedado al descubierto.

No era un machirulo de gimnasio al uso, pero aquellas líneas bien marcadas en la zona de su ombligo que se perdían por debajo de la cinturilla del pantalón estaban como para pasar la lengua por ellas hasta sacarles brillo.

¡Uff! Solo pensarlo me estaba calentando yo solita. Tuve que abanicarme con la mano. Creo que la humedad que notaba entre las piernas no era solo por efecto del calor ambiental.

«¡Céntrate, Alejandra!», me gritó mi cabeza siempre dispuesta a jorobarme la diversión.

Oriol era mucho más que unas abdominales bien puestas. Me atrapaba el halo de misterio que le envolvía. Era difícil desentrañar lo que escondía detrás de aquella sonrisa comedida. Hubiera dado un riñón por saber lo que pensaba en aquel momento.

Oriol era como una cebolla de mil capas, resguardado del mundo en lo profundo, y yo estaba dispuesta a despegar cada estrato, aunque tuviera que refregarme los ojos entre las lágrimas al hacerlo.

Ahora que había conseguido acercarme no pensaba dejar que volviera a alejarse.

No iba a rendirme. Acababa de encontrar la pieza central del puzle, me quedaba el trabajo más pesado: montar alrededor el resto de las piezas para poder ver el dibujo al completo.

—Es allí —dijo señalando un punto indefinido entre la vegetación y sacándome de mis cavilaciones.

Levanté las cejas. No veía nada aparte de aquel manto exuberante por todos lados.

Él parecía disfrutar con mi desconcierto. Tiró nuevamente de mi brazo y vi que le brillaban los ojos como a un niño.

—La primera vez que vine aquí tenía unos diez años. Me trajo Marita. Yo aún creía que ella era mi hermana. Enrico venía con nosotros. Fue uno de los días más felices de mi vida. Este lugar me abrió la puerta a un mundo que no sabía que existía.

Mi expectación creció con sus palabras. Contuve las ganas de interrogarlo sobre Marita y ese tal Enrico. Era la primera vez que se abría y compartía conmigo su pasado.

Guardé silencio, algo dentro me decía que si le dejaba continuar seguiría hablando. No me equivoqué.

—Crecí creyendo que había algo malo en mí y que por eso nadie me quería.

El que pensaba que era mi padre me evitaba, nunca me dio una muestra de afecto, creo que en toda su vida no me dirigió más de veinte palabras.

La que creía que era mi madre era mi abuela, pero yo no lo sabía.

Me trataba como si yo fuera una maldición, no entendí hasta mucho tiempo después que ella estaba convencida de que mi venida al mundo había arruinado la vida de Marita.

—Volvió a quedarse en silencio y yo le apreté la mano con cariño.

Parecía buscar las palabras. Creo que le costaba compartir aquello.

Por fin continuó hablando y yo exhalé con alivio.

Sin darme cuenta había contenido la respiración—.

Pero Marita siempre estuvo a mi lado. Aunque lo hiciera como una hermana.

Se desvivía por mí, ella fue quien me trajo aquí.

Recuerdo que discutió con mis abuelos para que nos dejaran marchar.

Ellos no estaban de acuerdo, pero ella se empeñó y esa misma madrugada Enrico y yo, agarrados de su mano, nos montamos en aquel colectivo que nos trajo hasta Uxmal.

Fue el mundo que se esconde debajo el que me salvó la vida y le dio sentido a todo.

En el fondo del abismo encontré una razón para vivir —su sonrisa se había vuelto melancólica y en sus ojos se adivinaba la emoción que lo embargaba—.

«A veces la respuesta a los problemas se esconde debajo de la superficie».

Marita me enseñó aquella frase y yo la convertí en mi mantra.

Nunca pude darle las gracias. Uno piensa que va a tener todo el tiempo del mundo con las personas que quiere y precisamente por eso a veces calla lo importante, pero en ocasiones lo que no decimos no vuelve a encontrar nunca el momento de convertirse en palabras.

Yo no pude decirle a Marita cuánto la quería.

Asentí sin saber que decir. Un silencio largo siguió a sus palabras. Oriol me mostraba su fragilidad, me hacía partícipe de sus heridas.

Pasé mi mano por su cara en una caricia y él descansó su pómulo sobre mis dedos. Le vi coger aire y volver a sonreír, tenía los ojos húmedos. El ambiente se había tornado pesado y la luz empezaba a languidecer.

—Quiero enseñarte lo que hay debajo. Parece un agujero corriente, pero a veces las apariencias engañan —dijo señalando hacia el suelo.

Ante nosotros se había materializado un hueco de un metro y medio de diámetro que oculto por la maleza no se apreciaba a simple vista.

—¿Me estás diciendo que hay que entrar ahí? —pregunté señalando la boca angosta a nuestros pies.

Noté como empezaba a sudar.

El agujero era estrecho y estaba oscuro, no estaba segura de querer hacer aquello.

Sin darme tiempo a pensarlo Oriol se había agazapado y tanteaba con las manos en busca de algo suspendido en el hueco. Pareció dar con ello.

—¡Vamos! Es más fácil de lo que parece, te prometo que vale la pena bajar. Dormiremos aquí esta noche.

Inhalé con fuerza y exhalé despacio.

Después me senté sobre el suelo a ras del hueco. Oriol se había encaramado a lo que parecía una escalera de mano hecha con palos y cuerdas de forma bastante rudimentaria y ya solo podía ver su coronilla.

Con él dentro del agujero los sonidos de la selva empezaban a resultarme amenazantes. No tenía opción. Si tenía que elegir, era mejor seguirle que quedarme sola a la intemperie en mitad de la nada con la noche que caía a pasos agigantados sobre nosotros como única compañera.

—¡Espérame, Oriol!

—No te preocupes. Tú solo sujétate fuerte. Yo voy debajo y te agarro si lo necesitas.

«¿Sujetarme? ¡Pensaba asirme a aquella trampa mortal de escalera como si fuera una lapa! Si se me ocurría soltarme iba a pegarme el tortazo del siglo. ¿Cuánto medía aquel boquete? ¡Por Dios! ¡Si no llegaba pronto abajo iba a darme un colapso!».

Habíamos descendido cerca de cuatro metros cuando mis pies tocaron por fin tierra firme. Me temblaban las rodillas y las piernas casi no sujetaban mi peso.

Me senté en el suelo de golpe y porrazo. Oriol se había adelantado. Estaba tan asfixiada por los nervios que tardé un tiempo en tranquilizarme y mirar alrededor.

Ante mis ojos, que tardaron en acostumbrarse a la penumbra, como una visión, apareció un cenote que parecía sacado de un cuento de hadas. Sobre nuestras cabezas, la selva continuaba con su vida inmutable.

Aquel agujero era la puerta a otro mundo, un mundo subterráneo donde la belleza del agua y la vegetación exuberante lo llenaba todo.

La cavidad formaba una cueva abovedada de cuyo techo colgaban lianas repletas de flores.

Había una zona resguardada, donde la hierba crecía fresca y abundante formando un prado de un verde intenso y luego, en el fondo del hueco, a un metro hacia abajo aproximadamente, estaba el agua.

Un pozo de aguas turquesas, límpidas y trasparentes que formaba un círculo prácticamente perfecto.

Me sorprendió que a pesar de ser casi de noche todavía pudiera verse el color azul del agua con claridad.

Oriol se quitó los pantalones y las zapatillas deportivas que calzaba. Se le notaba nervioso. Hizo el amago de acercarse y cuando estaba a solo unos pasos pareció cambiar de opinión y dio la vuelta. Parecía indeciso.