Capítulo 32.
Lluvia de mariposas
No se puede evitar lo inevitable. Lo había intentado, pero al final aquella batalla entre la razón y el corazón la había ganado la carne. A veces entre arrepentirse o quedarse con las ganas no hay término medio.
Aún me quedaba en la boca el tacto suave de los labios de Alejandra.
Mis manos la habían recorrido sin pudor bajo la ropa.
Me gustaba la sensación de sentirla entregada a mis dedos.
Guardaría para siempre en la retina la imagen de su espalda arqueada de placer mientras el sol teñía de color tornasolado su piel.
Si había en el mundo una mujer capaz de enloquecerme, sin duda era ella.
Su cercanía me dejaba sin respiración. Había tenido que obligarme a dejar de buscar su cuerpo. Mi boca no se saciaba de ella, la quería entera, henchida de vida, llena de mí.
El deseo es una bestia difícil de dominar.
Por suerte había sido capaz de recobrar el sentido y regresar a tiempo de aquella incapacidad mental transitoria.
Había resultado de ayuda que justo en el momento cumbre unas voces que se acercaban hacia donde estábamos nos interrumpieran.
Maldije entre dientes y me recoloqué la ropa con rapidez.
Álex aún tenía las mejillas enrojecidas y las pupilas dilatadas.
Estaba preciosa con el pelo revuelto y la expresión almibarada, vestía una sonrisa traviesa que me excitaba y enternecía a partes iguales.
Todavía jadeaba cuando un grupo de excursionistas encabezados por un guía local llegaron hasta nosotros.
Los recién llegados nos miraron de soslayo a su paso.
Ella y yo no podíamos dejar de tocarnos.
Estábamos abrazados y tratábamos de recuperar la compostura.
La ropa arrugada y el fuego dibujado en la mirada nos delataban.
La electricidad suspendida en el aire no podía pasar desapercibida para nadie que observara.
Uno a uno, pasaron de largo balbuceando un frugal «buenas tardes».
Creo que todos se dieron cuenta de que se habían convertido en una presencia incómoda.
Pude apreciar alguna sonrisa comedida y más de una mirada indiscreta.
Nosotros aguantábamos el tipo. Nos habían pillado infraganti, pero ¿acaso importaba?
La risa alta y ruidosa de Álex me inundó cuando perdimos al último intruso de vista. Antes de poder darme cuenta, yo también reía como un crío.
—Y por eso no me gustan los turistas. ¡Uno no puede retozar tranquilo ni en mitad de la selva! —dije en tono jocoso ajustándome la entrepierna en su sitio.
El silencio se hizo entre nosotros. No era un silencio de los que incomodan. Era la complicidad que se vestía de gala y nos marcaba con su nombre para siempre.
Se puede ser amigo y amante, o solo amigo, o solo amante, pero cuando eres cómplice ya no hay nada que pueda salvarte.
Alejandra seguía sonriendo con expresión traviesa y yo sentía el corazón latir tan fuerte que se me salía por la boca. Me sentía lleno de algo desconocido para mí hasta entonces. Tuve que volver a esforzarme para aplacar aquel deseo de carne.
—Si no nos damos prisa nos perderemos el espectáculo —dije cuando me sentí capaz de pronunciar una palabra.
—Cuánto misterio. ¿Me das una pista? —Negué con la cabeza y ella hizo un mohín.
La curiosidad en los ojos vivos de Álex me llenaba de felicidad.
Me regocijaba en crear momentos para ella. La belleza es más bonita cuando es compartida.
Caminamos entre la maleza sin salir del sendero que serpenteaba y que a cada instante se hacía más estrecho.
Álex me miraba de reojo. Yo tenía que contener las ganas de detenerme y besarla en cada recodo del camino.
Una gran ceiba de tronco rojizo marcaba el punto donde teníamos que desviarnos y adentrarnos entre la vegetación.
A partir de allí había que caminar a ciegas.
La hierba a la altura de la pantorrilla impedía ver el suelo que pisábamos.
Noté cómo Álex se aproximaba más a mí en busca de seguridad y me gustó sentir su cercanía.
Las hiedras y plantas trepadoras que se encaramaban a los árboles y colgaban entre las copas formaban una visera natural tan densa que por momentos era difícil vislumbrar el azul del cielo.
El sonido de la fauna que se desperezaba del letargo provocado por el calor asfixiante al atardecer me hizo comprender que se acercaba la hora.
Álex dio un respingo cuando unos pájaros salieron volando de unos matorrales a nuestro paso y yo no pude evitar sonreír.
Me asombraba que me siguiera sin titubear.
El camino hasta allí no resultaba cómodo y los sonidos de la selva que despertaba podían resultar bastante amenazadores
para una chica de ciudad.
La observé en silencio mientras caminábamos.
Hacía aspavientos constantes para apartar la nube de insectos voladores que nos rodeaba y se frotaba las piernas arañadas por los zarzales.
Tenía el ceño fruncido y mantenía sus sentidos alerta, pero ni una sola queja había salido de su boca en todo el trayecto.
Aquella determinación por su parte me privaba de ejercer el papel de salvador de la dama en apuros, algo que para mi sorpresa me resultaba increíblemente gratificante.
—Hemos llegado —anuncié emocionado cuando identifiqué la
planicie.
Hacía mucho tiempo que no iba a aquel lugar y por un momento había temido no ser capaz de dar con el punto exacto.
Álex dio una vuelta alrededor y se encogió de hombros.
A la vista el llano rodeado de árboles de copas frondosas podía parecer como cualquier otro lugar de la zona. A las lianas que colgaban desde las ramas más bajas hasta el suelo se encaramaban flores moradas y naranjas
que adornaban con sus colores vivos la escena.
—Y ¿qué tiene de especial este lugar? —preguntó con la decepción pintada en la voz—. Es muy bonito, pero hemos pasado por otros lugares como este en el camino. ¡No hacía falta venir tan lejos!
Yo solo sonreí. Cogí una flor morada y se la coloqué detrás de la oreja,
después la besé en la frente y me senté en medio del claro.
—¡Después de la caminata hasta aquí creo que me merezco algo más que un beso en la frente…! —repuso ella zalamera.
Álex se había acomodado la flor con coquetería y me miraba con aquellos ojos llenos de reflejos color miel. Me sentí flaquear.
Con un gesto de la mano la invité a sentarse a mi lado.
—Ahora hay que quedarse quieto y estar en silencio. Levantó las cejas con sorpresa y asintió obediente.
Yo esperaba que el espectáculo no defraudara sus expectativas. El sol estaba ya bajo en el horizonte, era justo el momento.
Un ruido ensordecedor empezó a hacerse más y más fuerte. Sonaba como la chicharra a mediodía, pero era algo más sutil. Señalé hacia arriba y ella abrió mucho los ojos.
Desde el cielo y hacia abajo, un remolino de mariposas de colores aleteaba en círculos en una coreografía perfecta e hipnótica.
Había cientos, puede que miles. Aleteando rítmicas y coordinadas.
Las había del tamaño de la palma de una mano, con alas blancas y puntiagudas coronadas en las esquinas de un negro intenso, también las había pequeñas como una uña, de color violeta claro y de alas redondeadas, y luego estaban las más numerosas, amarillas y naranjas, con las alas de colores chillones adornadas de estampados geométricos de color grosella.
Cuando llegaron al suelo volaron durante varios minutos alrededor de nuestros cuerpos. Se posaban sobre nuestros hombros y sobre nuestros brazos. Revoloteaban curiosas entre el pelo y luego continuaban con su baile ajenas a nosotros o tal vez haciéndonos partícipes.
Álex, inmóvil, se dejaba acariciar la cara con las alas suaves, tenía pintada en los labios una gran sonrisa. Yo no podía dejar de mirarla.
El espectáculo duro tan solo unos minutos, después, como si algo les dijera que tenían que marcharse, las mariposas volvieron a formar una espirar ascendente y se perdieron por encima de las copas de los árboles para desaparecer entre ellas.
Vi como Alejandra no salía de su asombro y supe por su expresión que estaba encandilada.
—Ha sido precioso —dijo sin apartar la vista del último segmento de alas de colores que se desperdigaba en la lejanía hasta desaparecer—.
¡Gracias, Oriol!
Después de perder las mariposas de vista Álex aún siguió mucho tiempo en silencio sin moverse y con la mirada embelesada. Yo podía seguir sintiendo el aleteo en la boca del estómago al contemplarla.
Dicen que el vuelo de una mariposa aquí y ahora puede cambiar las cosas en la otra esquina del mundo.
No sabía si era cierto, pero lo que sí sabía con certeza es que aquel aleteo que sentía dentro sí era capaz de cambiarme a mí.
Me había enamorado sin remedio. El universo me enseñaba otra lección: Lo que es para ti siempre te encuentra. No se puede evitar lo inevitable.