Donde nace el cielo Capítulo 31.
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Capítulo 31.

Sí a todo, si es contigo

Hay lugares especiales, pero sin duda lo que hace inolvidable a un lugar son esos pequeños instantes que van ligados a él.

Uxmal siempre sería para mi sinónimo de Oriol.

Aquellas ruinas estarían unidas de por vida a su persona, como si su perfil hubiera quedado grabado en cada piedra y en el viento hubiera prendida en la brisa cálida de la tarde una llama.

Se había encendido la chispa adecuada, la que hace arder el corazón y convierte el cuerpo en ascuas.

El calor de aquel fuego que crecía me reconfortaba por dentro y yo no podía dejar de sonreír. Me sentía liviana.

Todavía no me había abrasado. Aún no sabía que hay fuegos que te consumen hasta convertirte en cenizas. Tampoco que donde hubo cenizas siempre quedan brasas.

Miré a Oriol y noté aquella oleada de calor que me colonizaba hasta el tuétano. No quería poner freno a lo que nacía dentro de mí, me imponía la ausencia de control como bandera, quería dejarme llevar por aquella locura.

Me rendía a lo imprevisible, sin sucumbir el corsé de la cordura y dejaba que me inundaran las ganas. «Ganas», esa era la palabra.

Ganas de Oriol, de su mirada rasgada y de su boca carmesí, de su voz profunda, de sus manos suaves. Ganas de sentir su piel desnuda en contacto con la mía o, tal vez, eran ganas de sentir a secas. ¿Cuánto tiempo hacía que no sentía con aquella intensidad?

En aquel momento la palabra vida cobraba una nueva dimensión, se escribía con mayúsculas y bailaba alborozada, nunca hasta entonces había visto al universo girar con tanta nitidez, intuía que aquel era el lugar donde debía estar, con aquella precisión de reloj suizo que indica la hora exacta en el momento justo, el puzle donde todas y cada una de las piezas encajan.

Creo que hubiera podido levitar, sentía la tierra ingrávida.

Oriol me miraba embelesado y yo era capaz de reconocerme en el

reflejo de sus ojos.

En el silencio de la casa de las tortugas había sentido su alma. La mía sin duda había quedado al aire, flotaba indefensa y entregada al tacto de sus dedos entrelazados con los míos mientras caminábamos entre las ruinas.

Habíamos salido hacía rato del templo y me había acompañado a

visitar el complejo alumbrando todas mis preguntas con sus explicaciones. Volvía a ser el chico de la piscina, encantador y divertido. Yo sentía que flotaba a su lado, llevábamos más de una hora paseando por Uxmal

cogidos de la mano.

Nos habíamos perdido en el interior del palacio del gobernador y después habíamos salido a una especie de zona aterrazada.

Me había quedado asombrada con la panorámica que podía contemplarse desde la puerta del edificio.

Las copas de los árboles asomaban entre las construcciones que aún medio derruidas daban cuenta de lo que un día fueron.

Era sublime. Aquellas eran las vistas de la ciudad que el gobernador, en la antigüedad, disfrutaba cada día desde su casa.

Allí, a nuestros pies, la magnificencia de Uxmal quedaba al descubierto.

Después de contemplar la ciudad desde el altiplano Oriol me había destripado el sentido de los relieves en los frisos del cuadrángulo de las monjas.

Las figuras labradas en la piedra se conservaban intactas y me maravillé con la pericia de los mayas para trabajarla.

También me sorprendió descubrir que cada relieve guardaba un significado.

El simbolismo era uno de los pilares en la arquitectura de los antiguos moradores de Yucatán.

Corrimos entre risas como chiquillos pasándonos la mochila en una mala simulación dentro del recinto del juego de pelota. Nos tumbamos sobre el césped, jadeantes y exhaustos, uno junto al otro, tan cerca que nuestros cuerpos se rozaban.

El muro del campo de juego nos daba sombra. En una de sus esquinas, prácticamente intacto, el aro por donde había que colar la pelota parecía suspendido sobre la piedra. Me perdí en su contorno. Me hubiera quedado allí tumbada al lado de Oriol la vida entera.

Noté su mano que me rozaba el pómulo y me estremecí. Me sonrojé cuando me quitó del pelo una brizna de hierba que se había quedado enredada en un mechón. El calor de su aliento tan cerca hacía que todo alrededor se convirtiera en algo confuso.

Hablaba sin cesar, con aquella voz profunda que me hacía vibrar en cada sílaba y yo le escuchaba en silencio. Me quedé prendada de su boca.

¿Cómo podía gustarme tanto? Sin duda Oriol era diferente. Me hacía sentir algo que nunca antes había sentido.

Tuve que esforzarme para centrarme en lo que me estaba contando. Se notaba que disfrutaba hablando de la historia de sus ancestros. Era fácil abstraerse de todo estando junto a él.

Oriol me había explicado las reglas del juego de pelota.

Se trataba de una competición entre dos equipos contrincantes que se jugaba en honor a los dioses.

El cuero esférico que pesaba en torno a cuatro kilos representaba al sol y no podía tocar el suelo.

Los jugadores tenían que pasarse la pelota unos a otros con la cadera y tratar de meterla a través del aro.

Si lo conseguían se adjudicaban la victoria.

—Entonces, ¿el que ganaba era sacrificado después del partido? —

pregunté alucinada al hilo de sus explicaciones.

—Así es, los mayas jugaban a vida o muerte.

—Pero ¿no debería ser sacrificado el que perdía el juego? No tiene

sentido que maten al ganador. ¡Yo preferiría perder!

—Para ellos morir era un privilegio, se entregaban a los dioses y lo hacían como héroes. Ganar los hacía dignos de recibir la muerte en el altar central y delante de todo su pueblo. Era el mayor de los honores.

—¡Madre mía, qué masocas…!

Su risa sonó desenfadada y me contagié de ella.

Me miró enigmático, como si una idea hubiera tomado forma en su cabeza de repente y tuviera que sacarla de inmediato.

—Quiero enseñarte algo, pero tendremos que colarnos en una zona restringida —dijo sin más.

Yo solo asentí. En aquel momento me hubiera dejado despellejar viva si él me lo hubiera pedido. Si era con él, era capaz de cualquier cosa.

—Tenemos que ir hasta la casa de las palomas, después habrá que saltar el vallado con cuidado de que no nos vean los guardas.

Me mataba la curiosidad, Oriol parecía emocionado. Por nada del mundo quería que se desvaneciera la magia.

Notaba el corazón palpitar en mi muñeca mientras sujetaba su mano. Le seguía en ascuas, a zancadas largas camino arriba entre la maleza que en aquella parte del complejo se hacía más espesa.

El palomar estaba en una de las esquinas del conjunto arqueológico.

Era una de las construcciones más curiosas, sustentada por columnas sobre un muro se levantaban los restos de una crestería.

De ahí venía su nombre, pues era similar a una casa de palomas.

Los rayos del sol se colaban entre los huecos en la piedra y me maravillé con los matices que dejaba dibujados en la roca.

Me había detenido y Oriol volvió a tirar de mi mano.

—¡Vamos! ¡Es por aquí! —Parecía un niño con zapatos nuevos y yo no podía dejar de sonreír como una idiota.

Nos dirigimos a la parte norte del palomar y nos encaramamos a unas rocas. Desde la altura podía apreciarse a la perfección la vegetación selvática que rodeaba el altiplano.

Oriol miró a ambos lados antes de continuar y me indicó que esperásemos hasta que un grupo de turistas que merodeaba por allí se alejó lo suficiente.

Desde donde estábamos la valla que rodeaba las ruinas quedaba más baja y podía rebasarse con facilidad si se apoyaba el pie en un saliente y uno se daba impulso, después solo había que pasar la pierna por encima. Oriol parecía conocer el terreno y yo me dejé llevar.

—Ahora no hay nadie a la vista. Yo iré primero. ¡Tú, sígueme! ¡Haz lo que yo haga! Te ayudaré a bajar desde el otro lado.

Él fue el primero en pasar y yo le seguí obediente.

Una vez encaramada arriba de la estructura metálica, fui consciente de la altura.

Al otro lado del vallado el terreno caía en una pendiente que acentuaba aún más la sensación de estar colgada a una distancia considerable del suelo.

Empecé a ponerme nerviosa, no me gustaban las alturas y mucho menos la sensación de estar atrapada.

Oriol había pasado las dos piernas al otro lado y estaba sentado sobre el perfil metálico en un perfecto equilibrio sin inmutarse.

Yo temblaba aferrada como una lapa a lo alto con una pierna dentro del complejo y la otra fuera.

Le vi sonreír divertido, debía tener una pinta bastante cómica allí espatarrada.

Cogí aire y traté de recomponer el gesto.

Me miró con aquellos ojos oscuros y llenos de luz, había admiración en sus pupilas. Al instante recuperé el valor que había perdido.

—Ahora hay que saltar —dijo confirmando mis peores temores. Parecía hacerse eco de mis miedos—. Es más fácil de lo que parece, yo te sujetaré desde abajo cuando saltes.

Oriol saltó de inmediato.

Cuando le vi al otro lado sentí ganas de llorar. Estaba bloqueada y el acojone me atoraba la garganta. Tenía que haberle dicho que no era capaz, no sabía si iba a poder conseguirlo.

—Álex, ¿confías en mí? —preguntó al verme dudar.

Me sentía como una niña asustada. No me atrevía a hacerlo.

—No puedo —musité aguantándome las lágrimas.

—¡Sí puedes, claro que puedes! Tú solo mírame.

No lo pienses y haz lo que yo te diga, te prometo que voy a cogerte —Respiré profundo varias veces.

Si seguía pensándomelo iba a hiperventilar.

Reuní todo el valor que pude encontrar y asentí—.

Ahora siéntate sobre la valla. Pasa la otra pierna al otro lado. Ya estás… Ahora déjate caer.

—No puedo —sollocé a punto de rendirme.

El ruido de un silbato que pitaba estridente y se acercaba a toda prisa me avisó de que nos habían descubierto.

—¡Salta, Álex!

Era ahora o nunca. Cerré los ojos y me dejé caer.

Sentí las manos de Oriol que me sujetaban con fuerza, sus brazos me estrechaban contra su cuerpo, su respiración espesa se acompasaba a la mía. Y supe entonces que era capaz de saltar a cualquier abismo si él estaba conmigo para sostenerme.

Oriol me hacía superar mis límites, sacaba la mejor parte de mí y me enfrentaba a mis miedos.

—¿Estás bien? —preguntó levantándome la barbilla con suavidad con los dedos hasta dejar mi cara frente a frente con la suya—. ¿Ves como no era tan difícil? Te dije que te cogería.

Asentí.

Su sonrisa me desarmó y mis ojos se perdieron en la curva de sus labios.

Me acomodé entre sus brazos resguardándome en su pecho y tuve que retener una lágrima de alivio que pugnaba por salir por efecto de la tensión del momento.

Mi cuerpo me pedía de forma imperativa más contacto, pero no había tiempo.

Me mordí el labio hasta casi hacerme daño.

Él me miraba con las pupilas oscurecidas.

En ese momento no me quedaron dudas, el deseo era mutuo.

Fue Oriol quien tomó el control. Se separó de mi piel de golpe y tiró de mi brazo con presteza. El follaje se hacía más espeso a medida que corríamos. Pronto el ruido del silbato se había desvanecido en la distancia.

Dejamos de correr cuando la brecha que habíamos abierto entre

Uxmal y nosotros fue suficientemente grande.

La adrenalina bombeaba a borbotones. Una fuerza descomunal nos llevaba a lo inevitable. Nuestras pieles se buscaban como imanes que se atraen.

Las manos de Oriol se posaron en mi cintura y llevaron mi cuerpo hacia el suyo. Las mías rodearon su cuello y lo aprisionaron con contundencia, mi aliento se perdía en su nuca. No, esta vez no había marcha atrás, los dos nos habíamos rendido.

—No puedo más —balbuceó con voz ronca.

—Yo tampoco.

No me dejó terminar la frase. Su boca me besó sin previo aviso.

Sus labios se hundieron en los míos y me buscaron con anhelo. Me había arrinconado contra el tronco de un árbol y la corteza áspera me rascaba la espalda. Nada importaba.

Después solo aquel espacio en blanco donde el cosmos giraba en un vórtice infinito. Labios suaves, humedad, corazón desbocado… Su lengua explorando la cavidad de mi boca y aquel estallido violento en forma de beso que me dejó inflamada y delirante.

Ya estaba hecho. Habíamos abierto la puerta a lo imposible.

Nos separamos sin poder dejar de mirarnos a los ojos.

Él jadeante y con la mirada incendiada en llamas.

Yo perdida en el tacto de sus manos sobre mi piel, cayendo sin remedio en aquel abismo que me devoraba desde dentro.

Habíamos perdido el control. Enredé mis dedos en su pelo y él se pegó con más ímpetu a mi cuerpo. Nuestras bocas volvieron a buscarse.

Después el mundo se desvaneció alrededor.

El universo giraba y en el centro, inmóviles, solo estábamos Oriol y yo.