Capítulo 30.
Mares de sed
Tener el agua al alcance de la mano y no poder beber…
Noté la losa que volvía a crecer en mi pecho y me espesaba la garganta, hacía que sintiera el cuerpo pesado.
Seguí a Álex con la mirada mientras se alejaba como si se disipara el espejismo de un oasis en mitad del desierto.
Me moría de sed. Me ahogaba en la certeza de que solo el agua podía salvarme y, sin embargo, me negaba a beberla. Tenía miedo. Miedo de
probar el agua y darme cuenta de que ya no podía vivir sin ella.
Cuando estás muerto de sed, una gota de agua puede matarte.
En mi caso dentro se acumulaban mares de sed.
Océanos de ganas. Ganas de rendirme a los ojos almibarados de Alejandra, de atrapar con los dedos los reflejos rojizos de su pelo, de perderme con las manos por debajo de la tela del pantalón vaquero que dejaba al aire aquellas piernas que me moría por tener aferradas alrededor de la cintura.
Quería perderme dentro de ella. Bebérmela entera.
Sabía que solo ella podía saciar la sed que crecía y crecía hasta hacerse insoportable. Me pesaba la lengua dentro de la boca.
Dicen que nadie muere de amor. Puede que de amor no, pero de sed sí era posible morir. Aquellos mares de sed me nublaban la razón. Tenía que pensar con la cabeza. Álex y yo éramos un imposible. Pero ¿cómo se sobrevive a la certeza de que lo único que vale la pena es lo imposible?
No se puede. Sobrevivir y vivir no es lo mismo. Yo me conformaba con sobrevivir. Aunque fuera así, muerto de sed. Con aquellas olas que me golpeaban con rabia por dentro. Si probaba el agua que ella me ofrecía, sobrevivir ya no sería suficiente.
Pasé las manos por mi pelo y traté de controlar la desazón que me había dejado Alejandra por dentro. Era mejor así. Un rato de soledad no podía sentarnos mal a ninguno de los dos. El tiempo pondría todo en su sitio. Dos horas eran suficientes para que se enfriaran nuestros ánimos.
Me recoloqué la entrepierna en los gayumbos, llevaba tanto tiempo empalmado que me dolían los huevos. La verdad es que un polvo no hubiera estado nada mal.
—¡Céntrate, Oriol! —me reprendí a mí mismo. Estaba en Uxmal, justo donde necesitaba estar.
Me había guardado antes de abandonar el coche en el bolsillo el amuleto que contenía la caja de madera que don Emeterio me había dejado junto con las cartas y las fotos.
Era un medallón circular de piedra con varias figuras talladas en relieve.
La mayoría representaban a los animales sagrados.
Por detrás, una inscripción era la única pista: «En la piedra quedó escrita su historia, ellos te mostraran el camino a Xibalbá».
Xibalbá. El mundo subterráneo, el inframundo, el lugar donde descansan las almas.
Aquella inscripción solo podía hacer referencia a la ciudad de los muertos que mi padre había descubierto.
Pero ¿cuál era el sentido? no tenía ni idea de qué significaba.
Tampoco sabía qué tenía que buscar. Había leído la inscripción varias veces y llegado a la conclusión
—todavía no estaba seguro de si acertada o no— de que la primera pista me llevaba a Uxmal.
Hablaba de piedra, de ahí que hubiera pensado en las ruinas. La primera figura era una tortuga. Tenía su lógica. Para los mayas la tortuga era un axis mundi, uno de los ejes que sostenía la tierra. Era el símbolo de la estabilidad, la dirección y la vida.
La ciudad de Uxmal era una de las cuatro puertas que marcaban los puntos cardinales. Y la única que mantenía entre sus ruinas un templo custodiado por tortugas: La casa de las tortugas.
Intuía que, de alguna manera que no llegaba a comprender, allí encontraría la respuesta que estaba buscando.
Conocía bien el complejo, así que encaminé mis pasos hacia el palacio del gobernador. Había dejado a mis espaldas la pirámide del adivino y me giré en un gesto instintivo buscando con la vista a Álex.
No había ni rastro de ella, seguramente había rodeado la pirámide para admirar la fachada occidental que, mejor conservada, era la que daba acceso por una escalera que quedaba frente al sol en el solsticio de verano al templo achaparrado que se asentaba en la cima.
Me encogí de hombros. A pesar de que me esforzaba en pensar que hacer mis indagaciones solo era lo mejor, no podía evitar sentirme inquieto sin ella a mi lado.
En mi fuero interno deseaba compartir con Álex aquella búsqueda.
Tuve que esforzarme por hacer oídos sordos a la inquietud creciente y continuar hacia el norte.
Anduve sin prestar atención a los exquisitos relieves que adornaban el cuadrángulo de las monjas, aunque no pude evitar fijarme en los mascarones de Chaac esculpidos en la piedra y sonreír a mi paso.
Las ruinas de Uxmal eran las mejor conservadas de Yucatán y albergaban en su paisaje y sus templos una armonía que era difícil pasar por alto.
El estilo Puuc, sencillo pero muy elaborado, era patente en toda la ornamentación.
¡Era realmente una delicia perderse en los detalles con los que los antiguos mayas habían decorado los edificios!
Por suerte ya conocía la ciudad, la había visitado tantas veces que podía dibujar aquellos frisos casi de memoria.
Crucé el recinto del juego de pelota a largas zancadas y de frente quedó a la vista el palacio del gobernador. En la esquina, a pocos pasos, la casa de las tortugas con sus treinta metros de largo y su sobria fachada me saludaba casi desierta.
Me paré bajo su sombra. Ausculté con la vista la pared lisa y mis ojos se fueron directamente a las columnillas que decoraban la parte superior. En la cornisa, inmutables al paso del tiempo y mi presencia, las tortugas aparecían bien visibles.
Ojeé una vez más el amuleto. La tortuga tallada en el círculo del medallón era claramente una copia de las figuras del templo, pero ¿¡qué demonios significaba!
? No tenía ni idea. Rodeé el templo buscando alguna pista y volví a pararme en el mismo sitio después de completar la vuelta.
Todas las esculturas eran iguales, no había nada que me hiciera suponer que había algo reseñable en ellas.
Volví a dar la vuelta y las conté. Tal vez el misterio residiera en el número.
Trece tortugas. Sonreí al descubrirlo. El trece era uno de los números sagrados para los mayas.
Simbolizaba la conexión espiritual con el
universo.
Las trece lunas que marcaban el año, cada una de ellas con veintiocho días. Por eso el número trece se utilizaba con frecuencia en todo lo sagrado. Si había una ciudad de los muertos, estaba seguro que aquel número también estaría presente en ella.
Lo anoté mentalmente y me encogí de hombros. Lo cierto es que no era mucho, pero no sabía qué más podía buscar.
La voz de Alejandra a mis espaldas me sobresaltó de improviso.
—¡Estas ruinas son una pasada! —exclamó dando una vuelta de trescientos sesenta y cinco grados con los ojos abiertos como platos y los brazos en cruz—. Y tú aquí, mirando y remirando el edificio más feo. Si está claro que no eres normal.
Mi sonrisa se ensanchó nada más verla, noté como el aire volvía a entrar con normalidad en mis pulmones y se aliviaba la presión extraña que me había acompañado en su ausencia.
—¡Vaya hombre! Ya llego la señorita tocapelotas. Se acabó la paz y el silencio —dije en broma para mortificarla.
—Si quieres me voy por donde he venido. La vi fruncir el ceño y me anoté el tanto.
Estaba encantadora cuando se enfadaba, le brillaban los ojos y se comportaba como una cría, podía ver su esencia a través de los poros de su piel.
Me acerqué zalamero y, con un golpe de cadera, la empujé con cariño hacia un lado.
—¿Ya se te ha pasado el enfado? —pregunté. La vi morderse el labio.
—El calentón, querrás decir. ¡Pues sí! Ya se me ha pasado. Ahora si quieres algo conmigo vas a tener que rogarme de rodillas.
Me desarmaba su franqueza.
Vestía una sonrisa pícara en los labios y había meneado la melena a un lado dejando en el movimiento aquellos reflejos rojizos en el aire. Me gustaba su carácter, se enfadaba con facilidad, pero no era rencorosa y se desenfadaba con la misma rapidez.
—¡Vamos! Voy a enseñarte que tiene de especial este templo —dije cogiéndola de la mano.
Sentí como sus dedos se entrelazaban con los míos como si nuestras manos se conocieran desde siempre, el latido de mi corazón se hizo más fuerte.
—¡Por eso he venido a buscarte! ¡No vayas a pensar que es por tu cara bonita! Necesito un guía que me explique el significado y la historia de estas ruinas, no me vale solo con contemplarlas. Además, necesito datos que incluir en mi reportaje. Al fin y al cabo, para eso te pago.
—Me pagas para ir a la reserva y estamos en Uxmal —corregí.
—Tú estabas de acuerdo.
—Y lo sigo estando.
—Entonces ¿por qué me buscas la boca? ¡Mira que te dejo aquí tirado y me voy sola!
—Lo veo difícil, quien tiene las llaves del coche soy yo.
Álex me sacó la lengua y yo meneé la cabeza. A veces era como una niña.
Me perdí en el sonido de su risa y me contagié con ella. Habíamos hecho las paces. Todo volvía a fluir. El mundo que hacía un momento giraba a trompicones ahora lo hacía con suavidad, al ritmo de la cadencia de los latidos dentro de mi pecho.
¡Joder! Si seguía así iba a terminar por enamorarme. Álex era imperfectamente perfecta.
—¡Te has pasado la puerta! ¿No íbamos a entrar al templo? —gritó cuando dejamos el primer hueco atrás. Caminábamos al paso, yo delante y ella un poco rezagada, agarrados de la mano.
—Hay que entrar por la puerta correcta —maticé dejando atrás las tres puertas de la fachada delantera y rodeando el edificio para dar con el lugar por donde quería que entráramos.
No solté su mano cuando nos paramos delante. Ella tampoco soltó la mía.
—¡Entremos!
Rebasamos la puerta y Álex se paró en seco nada más traspasar el vano.
El sol incidía horizontalmente y en la pared interior las sombras dibujaban a contraluz reflejos imposibles.
La observé empaparse de la luz y el silencio.
Su expresión se había vuelto sobria y ella estaba preciosa, hacía juego con el ambiente del templo.
La piedra y ella hacían un contraste que me embelesaba.
La intensidad de Álex se contraponía a la pesada
carga de años de historia.
Estábamos en la sala del fondo. Era un espacio diáfano donde había esculpidas una especie de banquetas donde uno podía sentarse o recostarse. Aparentemente no tenía nada de especial, pero su encanto residía en su simpleza.
—El encanto de lo simple… —dijo ella como haciéndose eco de mis pensamientos.
Me había soltado la mano y se había dirigido a uno de los asientos. Me invitó a sentarme a su lado con un gesto.
Aquel era un espacio de recogimiento.
—Ahora entiendo a qué te referías —añadió después de un largo silencio.
Me refería precisamente a eso. A la capacidad para compartir sin palabras. A estar con alguien sin sentir la necesidad de decir nada.
La miré y sonreí. Esta vez fue ella quien agarró mi mano y yo me rendí al tacto suave de su piel y a aquella sensación de felicidad que lo inundaba todo.
Álex brillaba dentro de la casa de las tortugas más que el mismísimo sol fuera de sus muros.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí sentados uno junto al otro en silencio.
Nos rendimos al paso del tiempo, formando parte de algo más grande sin pretenderlo.
Uno puede comprender la historia de las piedras si se para a escuchar.
En ellas está escrita la historia del mundo.
También estaba escrita nuestra historia.