Donde nace el cielo Capítulo 29.
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Capítulo 29.

Uxmal. Aunque lluevan piedras

Uno sabe cuándo mete la pata, aunque el otro no lo diga. Lo que había empezado como una mañana esperanzadora en mis expectativas de encaramarme a la cintura de Oriol y acariciar el cielo con las manos pronto se había torcido. Mi maldita curiosidad me había jugado una mala pasada.

—¿Estás molesto? —le pregunté después de un desayuno a toda prisa donde prácticamente no había dicho ni una palabra.

Acabábamos de recoger nuestras cosas del hostal y nos disponíamos a emprender la marcha hacia Uxmal.

Le vi negar con la cabeza y esbozar una sonrisa de circunstancias.

Supe al instante que, aunque dijera que no, sí lo estaba.

Seguramente se había sentido presionado ante mi insistencia para que compartiera conmigo lo que le preocupaba.

Porque si algo me quedaba claro es que había algo que a Oriol le quitaba el sueño.

—¿Te importa si esta vez conduzco yo? Conducir me ayuda a pensar… —en la pregunta había una súplica camuflada, pero su tono era imperativo.

Resignada, le tendí las llaves.

Poco quedaba del Oriol de la noche anterior en la piscina. Se había obrado un cambio en su talante. Me preguntaba si el hombre que estaba hacía un rato en el saloncito de la habitación siguiéndome la corriente con tono jocoso y aquel chico desgreñado con el ceño fruncido eran el mismo.

Entre nosotros volvía a levantarse una barrera. Oriol había vuelto a refugiarse detrás de sus murallas y había cavado un foso gigantesco para imponer un abismo de distancia que me mantuviera alejada de sus asuntos.

Le observé conducir en silencio. Me inspiraba una ternura que no comprendía. Sentía la necesidad de resguardarle de todos sus males.

Anhelaba resquebrajar esa coraza de fortaleza detrás de la que se escondía y que me mostrara sus debilidades.

Sabía que uno solo conoce de verdad a una persona cuando lidia con sus sombras.

Estaba dispuesta a enfrentarme a su lado oscuro, aunque tuviera un millón de defectos algo dentro, muy en lo profundo, me decía que lo bueno que había en él merecía la pena.

El silencio puede ser el peor de los castigos. Cuando no sabes cómo romperlo se hace insoportable.

Oriol seguía conduciendo ensimismado en sus pensamientos y no parecía tener intención de conversar.

Suspiré. Era como si en el aire que salía de mi cuerpo estuviera escrita mi angustia.

Él me miró como si supiera lo que pasaba en mi interior.

En su mirada supe que volvía a verme. Sus ojos rasgados habían perdido la dureza de hacía un rato y sin esperarlo sentí que Oriol posaba su mano sobre la mía unos segundos en un gesto que indicaba sin palabras que todo volvía a estar bien entre nosotros.

Sentir el contacto cálido de su mano me tranquilizó y la desazón se relajó poco a poco. Oriol seguía en silencio, pero ahora sabía que debajo de la coraza todavía quedaba un resquicio de esperanza para mí. Sonreí y él me devolvió la sonrisa.

—Hay cosas que no puedo explicarte, Álex. Asentí sin decir nada.

A pesar de que me moría de ganas de indagar y meter el dedo en la llaga para descubrir qué se escondía detrás de su hermetismo, sabía que no era el momento.

Esta vez fui yo quien puso la mano sobre la suya, él la dejó muy quieta sobre la palanca de cambios. Permanecimos así varios minutos. Luego, con ternura cogió mi mano suavemente y, llevándosela a los labios, la besó con un roce ligero.

Otra vez aquel maldito aleteo. Me había sonrojado y él al encontrarse con mi mirada había bajado los ojos. Los dos nos habíamos quedado con la sonrisa pintada en el rostro.

Creo que durante los siguientes quince minutos no fui capaz de ver absolutamente nada del paisaje. El mundo giraba demasiado rápido, yo solo podía sentir aquel cosquilleo en la boca del estómago. Todo se había tornado blanco alrededor.

Aquello tenía que ser amor. ¿Qué podía ser si no?

Cuando pude reunir fuerzas suficientes volví a mirar a mi compañero de viaje. Seguía conduciendo callado, tenía las dos manos posadas sobre el volante. ¿Cómo podía estar tan guapo?

Oriol miraba al frente, aunque había vuelto a sumirse en el más completo silencio seguía sonriendo.

No me atreví a volver a tocar su mano. Aunque deseaba su contacto sabía que cualquier paso en falso podía volver a romper la magia. Me gustaba sentir aquella electricidad flotando en el aire.

Puse música y me recosté en el asiento. Tenía que dejar que todo

fluyera. Forzar las cosas no iba a servirme de nada.

Hay amores que se cuecen a fuego lento, hay que tejerlos despacio, al ritmo que marca la vida, sin sucumbir al impulso de las ganas y haciendo oídos sordos al corazón que late desbocado.

Volví a suspirar. ¿Por qué suspiraremos tanto los enamorados?

Seguramente sea el alma que necesita salir a tomar el aire, o tal vez sea para aliviar la calentura...

¡Oriol estaba para comérselo y yo me moría porque me comiera entera!

De momento, no me quedaba otra que conformarme con tirar de imaginación.

Canturreé en bajito el estribillo de una canción de Leiva que sonaba en la radio.

A ratos miraba por la ventanilla y observaba cómo a los lados de la autovía la selva crecía en todas direcciones.

El vuelo de los pájaros sobre los árboles y el sonido de la naturaleza que se ocultaba entre la maleza me sobrecogía.

Aquel era otro mundo, diferente a todo lo que había conocido hasta entonces.

Llevábamos en el coche poco más de una hora cuando ante mis ojos se hizo visible el pico de una pirámide que sobresalía sobre las copas verdes. La voz de Oriol me sacó de mi asombro.

—Ya estamos llegando. Es la pirámide del adivino —dijo señalando hacia el lugar donde mis ojos se habían perdido en el infinito—.

Es impresionante, ¿verdad? Mide más de treinta metros, antes se podía subir arriba, pero ahora, a consecuencia del turismo masivo, está prohibido encaramarse a las ruinas.

Algún que otro turista tropezaba al subir y se partía la crisma.

Ahora pagamos todos por la torpeza de unos pocos.

Se supone que es para proteger las ruinas, pero llevan ahí miles de años y no parecen resentirse por el paso del tiempo, cada vez prohíben más cosas.

Va en la línea general del mundo, contemplar de lejos en lugar de disfrutar…

¡Dentro de poco habrá que ver las ruinas desde fuera del recinto!

—¿Por qué te molesta tanto? Parece que te irrita que gentes de todo el mundo vengan a admirar vuestras ruinas. Hasta donde yo sé, el turismo es la principal fuente de ingresos de la Riviera Maya, no entiendo tanta animadversión, la verdad.

Sus palabras al hablar del turismo me habían espoleado.

Oriol tendía a utilizar un tono despectivo que me hacía sentir molesta. Al fin y al cabo, yo formaba parte de ese tumulto que a él parecía irritarle sin medida.

—El turismo solo enriquece a unos pocos, Álex. Al resto solo nos obliga a subirnos a la rueda y cada vez nos hace más pobres.

—¡Sin el turismo no tendrías trabajo! —repuse malhumorada.

—Sin el turismo muchos mexicanos seguirían en sus aldeas, viviendo como siempre lo han hecho y sobre la base de sus costumbres y ritos.

El turismo ha destrozado nuestras vidas, ¿sabes?

¡No es oro todo lo que reluce, Álex! —hablaba con rabia y me atacaba con saña—.

¡Eres demasiado básica para comprenderlo!

Como todos los que os creéis que conocéis un lugar solo por ver lo que las guías os recomiendan —Oriol escupía fuego por la boca y yo le dejé desahogarse sin intervenir—.

¡La Riviera es mucho más que las ruinas, los resorts y las playas…

! ¿Quieres saber qué es de verdad para mí el turismo?

Muchos de nuestros oficios han desparecido, multitud de aldeas se han quedado sin habitantes jóvenes, en nombre del progreso se han destrozado zonas de reserva y desplazado a la población indígena y a los animales que vivían en la selva.

Lo que pasa es que los que venís a la Riviera os creéis con derecho a ser el ombligo del mundo, pensáis que por comprar una hamaca artesana o dejar vuestro dinero en un puesto callejero estáis contribuyendo a la economía de los pobres diablos que poblamos el país, pero en realidad solo nos estáis convirtiendo en eslavos.

El turismo nos ata a un estilo de vida que no es el nuestro.

¡Nos venden que se está construyendo el progreso y lo único que se está haciendo es destrozar lo que siempre ha sido nuestro para que unos pocos saquen provecho de ello!

Se privatiza lo que siempre ha sido del pueblo y se creen que con hacernos un descuento en las entradas a los monumentos ya está todo el mundo contento.

Guardé silencio. Oriol había ido subiendo el tono hasta perder los estribos y terminar su exposición casi gritando. Me sentía atacada, pero mantuve el tipo.

—¿Cuánto hace que no follas? —le miré a los ojos y me mordí el labio al hacer aquella pregunta.

Él encajó el contraataque con sorpresa y aproveché su silencio para seguir hablando—.

Tanta ira y tensión solo pueden ser producto de la falta continuada de sexo.

Creo que lo que necesitas es que alguien te meta una buena follada.

—Y tú te ofreces voluntaria… —Tenía la mirada inyectada en fuego. En sus pupilas dilatadas refulgía la irá mezclada con el deseo.

—Si es por relajarte un poco, puedo hacerte el favor. —Sonreí retadora.

Yo también estaba cabreada y eso hacía que me envalentonara y no pusiera freno a mis instintos.

Oriol había aparcado el coche en el recinto habilitado que precedía a la entrada a las ruinas y los dos nos habíamos bajado del vehículo dando un portazo a nuestra espalda.

Ahora estábamos de pie, cara a cara, tan cerca que podíamos sentir el calor de la respiración del otro en la piel. Era difícil determinar si estábamos a punto de liarnos a ostias o íbamos a comernos a besos.

Noté que la voz de Oriol se había vuelto ronca. Sus labios se habían curvado en una sonrisa que trataba de disimular sin éxito.

—¿Tú todo lo arreglas follando? —preguntó sin dejar de mirarme los labios.

—Casi todo. —Oriol se había acercado a mi cuerpo y había colocado su boca a dos centímetros escasos de la mía. Noté el calor que se arremolinaba entre mis muslos. A mí también me costaba hablar—. Si un buen polvo no lo arregla es que no tiene arreglo…

—Pues sí que eres básica, sí…

—No entiendo por qué nos empeñamos en complicar las cosas. Su risa sonó alta y fuerte.

Se había apartado de pronto y noté que el aire volvía a correr entre nosotros.

—¡Vamos, anda! —dijo agarrándome de la mano y tirando de mí con fuerza.

Me revolví al sentir como entrelazaba sus dedos con los míos y todo comenzó nuevamente a girar.

—¿A echar un polvo? —pregunté poniendo ojitos.

—¡A ver las ruinas! —Ahora era él quien se mordía el labio. Me estaba provocando y a mí me gustaba el juego—. ¿No es eso lo que hacéis los guiris de mierda?

—También follamos con los idiotas del país.

—No piensas rendirte, ¿eh?

—Ni aunque lluevan piedras.

Se detuvo en seco y llevada por la inercia casi chocó con él.

El corazón me latía como una taladradora dentro en el pecho. Oriol había desatado en mí una furia que pocas veces antes había sentido.

Aquel fuego que me hacía bullir la sangre tenía algo de adictivo. Me excitaba el riesgo del juego, con él todo era fácil y difícil a la vez.

—Sabes que me muero por besarte, ¿verdad?

—Y entonces… ¿por qué cojones no te callas y me besas?

Noté su respiración espesa. Acerqué mi boca. Sabía que acababa de derribar sus barreras. Sentí como Oriol se debatía entre el querer y el deber. Por un segundo vi que se rendía y casi canté victoria.

Casi. ¡Puta palabra! El que la inventó seguro que estaba a un centímetro de la boca de la persona que amaba cuando esa persona dio marcha atrás.

—No podemos, Álex… Lo complicaría todo. No puede acabar bien. Es mejor dejar las cosas como están —la voz entrecortada de Oriol me devolvió a la realidad una vez más.

—¿Sabes qué? —le grité furiosa—. ¡Vete a la mierda! No me extraña que no folles… ¡Que te jodan!

Esta vez no pude reprimir a mis demonios.

Me había rechazado. Otra vez. Estaba enfadada. Dolida. Me sentía avergonzada y a la vez cabreada.

Airada, empecé a caminar por el sendero que me llevaba a la pirámide del adivino.

Me giré cuando había interpuesto entre nosotros distancia suficiente para no sucumbir a las ganas de engancharle por el cuello y comerle la boca.

—¡Nos vemos en el coche dentro de dos horas! Mientras tanto, puedes hacerte una paja, yo me voy a ver Uxmal sola.

—¡Idiota, que eres un idiota! —añadí por lo bajo una vez que lo perdí de vista.

Tenía los ojos arrasados por las lágrimas.

Esta vez me dolía el alma más que el orgullo.

Las palabras me brotaron solas y se escaparon de mi boca como la espuma de cerveza de una jarra recién servida—. Te quiero, imbécil.

Lo había dicho en alto. Nadie me había oído, pero había pronunciado aquellas dos palabras a viva voz. Ahora sí que la había jodido. Estaba perdida.