Donde nace el cielo Capítulo 28. #2
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Capítulo 28. #2

Cuando, años después, volví a Sian Ka’an y nos encontramos por primera vez, comprendí que Marita te había ocultado del mundo haciendo creer a todos que eras hijo de tu abuela.

Ella me rogó silencio y yo callé. En aquella ocasión le pregunté por qué no había rehecho su vida y ella me dijo que toda su vida eras tú.

Comprendí al verla y tratarla más seguido que seguía estando enamorado de ella. Le pedí matrimonio. Ella me rechazo.

Creo que siempre estuvo enamorada de tu padre. Oriol era un gran hombre. Fue mi único amigo.

Los huesos que encontrasteis tu primo Enrico y tú son de la ciudad de los muertos, creo que la están desmantelando — es solo una conjetura, pero parece obvio—.

El turismo crece y necesita más espacio.

Las viejas ruinas y los huesos van sobrando.

En su momento lo ocultaron, y ahora, con más razón, no dejarán que la verdad vea la luz.

Hay mucho en juego, Oriol, demasiados intereses.

No te fíes de nadie, la mayoría de las personas que podrían ayudarte son corruptas o fácilmente sobornables.

No hablamos de cualquiera. Las personas a las que te enfrentas son peligrosas.

Te dejo la caja que tu padre me pidió que custodiara cuando vino a Mérida con tu madre.

La he tenido oculta bajo llave todo este tiempo.

En ella encontrarás la forma de hallar la entrada a la ciudad maya.

Tu padre me dijo que dentro estaba la clave para dar con ella.

Antes tendrás que resolver sus enigmas, estoy seguro de que si lo intentas hallaras la forma.

Puede que contigo la vida sea más benigna, tal vez sea el momento de intentarlo de nuevo.

Solo espero que no te traiga a ti también la ruina.

Piénsalo bien antes de meterte en este lío, Oriol, lo que estás a punto de descubrir no es ningún juego.

Si quieres un consejo de amigo, lo mejor es que huyas lejos y te olvides del tema. Tu vida vale más que cualquier tesoro. A veces desenterrar el pasado no sirve para nada. Solo son huesos… La historia se esconde detrás de los muros.

Espero que puedas perdonarme. Con afecto.

D. Emeterio

El contacto de la mano de Álex en mi hombro hizo que casi me diera un infarto.

Con la cara desencajada pegué un bote que me hizo levantarme del sofá y casi me deja colgado de la lámpara, instintivamente protegí la carta con agresividad.

—Perdón. No pretendía asustarte —se disculpó azorada.

Yo seguía con la mandíbula apretada y la tensión en el cuerpo.

Cuanto más leía aquella carta, menos sentido tenía todo. Me esforcé en relajar el gesto.

—Me has asustado. No te he oído acercarte. ¿Qué tal has dormido? Sobraba la pregunta. Solo intentaba ser civilizado.

Alejandra tenía la cara descolorida. Creo que por un momento me había puesto tan a la defensiva que ella había temido que le lanzara un puñetazo. No me gustó ver el temor en sus ojos.

—Dormías como un lirón. ¿Sabías que roncas? —dije para suavizar el ambiente.

—Las princesas no roncamos, querido.

—¡Pues tenías que haberte escuchado! ¡Temblaba el suelo con tus

bufidos!

Misión cumplida. Alejandra volvía a sonreír y el día volvía a llenarse de luz.

—¿Te han dicho alguna vez que eres idiota?

—A diario. ¿Y a ti que estás preciosa recién levantada?

La pregunta se había deslizado por mis labios ella sola y sin permiso.

La sonrisa de Álex se ensanchó y sus ojos almibarados brillaron con fuerza.

—Estoy preciosa los cinco primeros minutos, después si no como algo me sale el ogro que llevo dentro.

—¡Creo que prefiero a la princesa!

—¡Pues la princesa tiene hambre!, así que voy a lavarme la cara y nos vamos a desayunar.

La vi perderse en el baño y aparecer cinco minutos después con la cara lavada, peinada y vestida.

—¡Deberían darte el premio a la mujer más rápida del planeta! Por dios, ¿eres una extraterrestre o algo así?

—Soy un Alien con tanta hambre que si no me llevas rápido a comer algo soy capaz de devorarte de un bocado y escupir tus huesos.

—Lo de dejarme devorar no suena mal del todo. —La vi ponerse zalamera y reculé de inmediato.

Pero ¿qué demonios estaba diciendo? ¡Lo que me faltaba, ahora era yo el que tonteaba como un crío!

—Anda, vamos, que te voy a enseñar yo lo que es un desayuno a la mexicana.

—¿Dentro o fuera de la cama? —Álex se había acercado a mi cuerpo y noté que me subía el «ánimo». El bulto por debajo de la fina tela de mi pantalón era más que evidente.

—Álex…

—¿¡Qué!? ¿Se te ha puesto juguetona? Te recuerdo que tú has empezado. —Había tanta familiaridad entre nosotros que me desarmaba.

Álex era pura magia. Era espontánea, natural, ocurrente…

Con expresión divertida me dio una palmadita en el culo y pasó de largo dirigiéndose hacia la puerta.

Meneaba el trasero de lado a lado en un contoneo que me hipnotizó.

—¡Que sepas que eso es acoso! —la reprendí entre risas—. Y que me pone —añadí sin poder controlarme.

Ufff, tenía que dejar el jueguecito o iba a terminar siendo yo quien la metiera en la cama. Llevaba puesto un pantalón vaquero corto que dejaba a la vista sus muslos bien torneados y aquel bronceado de niña rica.

—¿No tienes nada más corto que ponerte? Cualquiera diría que estás tratando de seducir a tu guía.

Su risotada me aligeró el alma.

—¡Ya te gustaría!

La verdad es que tenía razón. Me gustaría. Seguramente más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

«¿Qué demonios me estaba pasando? ¿Se me estaba yendo la olla por ella?».

—El día que de verdad te seduzca lo sabrás —me susurró al oído cuando la alcancé ya saliendo por la puerta.

Notaba la respiración espesa.

La cercanía de su cuerpo me desoriento, su pelo olía a limpio y su piel desprendía un olor dulzón. Tuve que contener las ganas de empotrarla contra la pared y meterle la lengua hasta la campanilla.

De pronto me clavó la mirada y endureció el gesto.

—Un día de estos tienes que contarme que te dice tu amigo en esa carta que has leído cien veces desde ayer. Hablar aligera la carga.

Su insinuación disipó la magia.

Todo lo que empezaba a girar se detuvo de golpe y la sensación de irrealidad se desvaneció haciendo que todo alrededor se volviera nítido otra vez.

Era demasiado pronto. No sabía que la diferencia entre «demasiado pronto» y «demasiado tarde» puede ser de tan solo un segundo. No me gustaba que se metieran en mis cosas.

El silencio se hizo entre nosotros. Álex todavía no había derribado mis barreras. Yo también me escondía detrás de los muros.