Capítulo 28.
Detrás de los muros
Hay historias que no se cuentan. Todas se esconden detrás de los muros.
Acostumbrado a estar rodeado de ruinas y huesos no entiendo por qué me extrañó tanto que mis personas más allegadas guardaran bajo llave una verdad oculta a la vista.
Lo llevaba en los genes, en la historia que corría por mi sangre y en años de herencia cultural.
El pasado era un misterio que tenía que resolver para seguir adelante. Necesitaba encontrar respuestas.
El profesor me había aceptado como pupilo porque le unía una relación de amistad con mi padre.
Aquella revelación aún me escocía en el orgullo.
Con su carta entre las manos trataba de comprender los detalles que se me escapaban.
Había muchas lagunas en aquella confesión tardía, todas las certezas se escabullían y me resbalaban entre los dedos.
En la penumbra de la habitación Álex todavía dormía. Aún me removía su voz hablando sobre amor y sueños.
La miré en silencio amparado en la oscuridad y no pude evitar sonreír.
Un regusto agridulce me explotaba en la boca.
En aquel rompecabezas sin sentido, ella había aparecido como un rayo de luz.
Bastaba su presencia para iluminarme el ánimo, hasta ese momento no había comprendido que hay personas que son capaces de encender el mundo solo con su mirada.
Observé las fotos revueltas dentro de la bolsa de deportes que permanecía sobre una silla y se me ensombreció el gesto. Después, con sigilo me acomodé en el sofá y volví a releer la carta aprovechando la quietud que me envolvía.
Querido Oriol.
Si estás leyendo esta carta es que has encontrado el pasado que te pertenece.
No esperaba menos de ti. De ahora en adelante puede que ya nada sea igual, espero que no me odies después de conocer la verdad, en cierto modo has sido para mí como una redención a mis pecados.
El principal y más grave de todos ha sido y sigue siendo mi cobardía.
Aún ahora, mientras escribo estas líneas, tiembla mi mano como si fuera un zagal asustado.
Espero que no me juzgues por mi huida, ya estoy viejo para la lucha.
Ahora te corresponde a ti decidir qué hacer.
Pero empecemos por el principio. Tal vez lo mejor es que te lo cuente siguiendo el orden cronológico de las fotos. Como verás, no hay muchas. Debo buscar la manera, no es fácil, discúlpame por mi torpeza.
La foto del marco que te dejé colgada en el despacho es la primera de esta historia.
Antes tu padre y yo tuvimos otra. Una llena de expediciones, excavaciones, borracheras a base de mezcal y una camaradería que se convirtió en amistad.
Pero eso podemos dejarlo aparte, podría escribir un libro entero con nuestras andaduras, pero no tengo tanto tiempo.
Me temo que tú tampoco. ¡Eres igualito a él!
Te reconocí nada más verte aquel día en la laguna negra junto a Enrico.
Llevabais una pila de cráneos rescatados de una poza y no tuve ninguna duda de que eras su hijo.
Permíteme que te diga que mi afecto hacia ti siempre fue sincero, a pesar de todas las mentiras —u omisiones para ser más exactos.
La foto. Me voy por las ramas. Es nostalgia de viejo…, los años empiezan a pesar. O tal vez sea la conciencia. Nunca pensé que llegaría el momento en que tendría que volver a remover el fango. Me hubiera gustado que todo fuera diferente. Pero volvamos a la foto.
Esa foto es del día que conocimos a tu madre.
Fue a nuestra llegada a Punta Allen. La sociedad de arqueología nos estaba financiando un proyecto para desenterrar ruinas mayas en la selva y montamos el campamento base cerca de la aldea.
Marita nos impresionó de tal manera que los dos nos enamoramos de ella al instante.
Destilaba fuerza y dulzura, por entonces era solo una muchacha que caminaba descalza y pedía permiso a la naturaleza cada vez que se adentraba entre los manglares.
Su belleza serena y exótica nos impactó.
La conocimos por casualidad, un día después de nuestra llegada, mientras buceábamos en el pozo chico.
Ella andaba sola y sin temor alguno, bañándose y lavando ropas, y aunque nos trató con recelo al principio, pronto nos ganamos sus simpatías.
A pesar de su falta de formación y de la férrea oposición de tu abuelo, ella nos hizo de guía en muchas de nuestras incursiones sobre el terreno. Así fue como la conocimos de a poco y estrechamos lazos.
Tanto Oriol como yo bebíamos los vientos por ella y Marita no tardó en decantarse por tu padre.
Yo me moría de celos cuando veía cómo ella le miraba embelesada y un poco despechado tomé distancia en cuanto tuve oportunidad y busqué la manera de adherirme a otra excavación más al norte, en la zona de Santa Elena.
Oriol ni siquiera se dio cuenta de que lo que me llevaba a tomar distancia era el desamor, loco como estaba por tu madre, no tenía ojos para nada más en el mundo.
Pasaron unos pocos meses y fue entonces cuando sucedió el desastre.
Tu padre encontró algo que no debía haber encontrado nadie.
Su descubrimiento lejos de llenarlo de gloria le arruinó la vida.
Arruinó también la vida de tu madre, aunque las pocas veces que pude hablar con ella después siempre dijo que no se arrepentía de nada.
Pero ¿qué encontró mi padre?, te preguntarás.
Encontró los huesos, los mismos que has encontrado tú, pero no estaban en el fondo de un cenote como ahora.
Oriol dio en la reserva con la entrada a la ciudad de los muertos, la ciudad sagrada oculta de los mayas.
Nada más hacer el hallazgo me lo hizo saber, pero yo rehusé con una excusa infame volver a Puta Allen con él para que pudiera mostrármela.
De ahí que desconozca su ubicación exacta.
No saber dónde se encontraba fue lo que me mantuvo a salvo cuando fueron a por él.
Creo que fui un poco culpable de su destrucción.
Yo me moría de envidia, no soportaba verlo con tu madre y egoístamente sentía celos de su éxito, en lugar de esperar a que él hiciera oficial el descubrimiento por el cauce acostumbrado, mediante la asociación de arqueología y paleontología y por escrito, tal y como debía hacerse, lo aireé sin discreción a través de mis colegas en la comarca.
Pronto todo el mundo comentaba que Oriol había descubierto unas ruinas en la reserva.
Reconozco que lo hice por despecho, dejando a tu padre en un lugar que no se merecía y haciendo que los demás dudarán de la grandeza de lo que había encontrado.
No imaginaba que había otros intereses más fuertes en juego.
El turismo ya había eclosionado y en la zona había previsto un proyecto hotelero de gran envergadura que no podría realizarse si las ruinas salían a relucir.
Fue ahí cuando después de desacreditarlo empezaron a perseguirlo.
Oriol y Marita me buscaron en Mérida para pedirme ayuda.
A tu padre lo habían acusado de vender restos mayas de gran valor arqueológico e histórico en el mercado negro y pesaba sobre él una orden de captura nacional.
Yo les di asilo durante unas semanas, pero cuando las cosas empezaron a ponerse feas, sutilmente les pedí que se marcharan.
No estoy orgulloso de cómo actué entonces.
Vinieron a mi casa y me pusieron entre la espada y la pared.
Falté a mi amistad con tu padre y me vendí para mantener mi carrera a salvo.
Nunca quise perjudicarle, pero no podía permitir que me arrastrara en su caída.
Lo cogieron dos semanas después, en Puerto Lagartos. Marita estaba con él. La usaron como moneda de cambio para chantajearle y él terminó accediendo a firmar su culpabilidad y guardar silencio a cambio de que la dejaran al margen.
Después estuvo casi un año en prisión. Aprovecharon su cautiverio para desacreditarle públicamente y hacerle parecer un mercenario, un ruin ladrón que se enriquecía con el expolio de restos en tierras extranjeras.
Yo siempre supe que todas las acusaciones eran falsas, pero, por cobardía, guardé silencio.
Me consta que en ese tiempo Marita le visitaba cada dos o tres meses en la cárcel.
Ella se escapaba de Punta Allen para ir en su busca.
Su padre la había prometido con Eduardo Rey, un terrateniente de la zona que se había lanzado al negocio de la construcción y que había pedido su mano.
La boda nunca llegó a celebrarse, tu madre se negó a casarse y tu abuelo no consiguió obligarla.
De la historia de amor que hubo entre tus padres no puedo contarte mucho más.
No conozco los detalles, tampoco quise conocerlos en su momento.
Lo que sí que puedo decirte con seguridad es que Oriol no sabía que tenía un hijo, de haberlo sabido, no te hubiera abandonado, aun no comprendo cómo consintió marcharse sin Marita.
Tu padre provenía de una buena familia y su padre, un burgués catalán, consiguió por mediación del consulado español que lo excarcelaran y lo deportaran a España con la condición de que no pisara suelo mexicano nunca más.
Tenía vetada la entrada al país de por vida.
Unos meses después, Oriol me hizo llegar varias cartas para tu madre y yo, por la amistad que nos había unido en el pasado, me aventuré hasta Punta Allen a buscarla para hacérselas llegar.
Nunca supe que había tenido un hijo, ella no me lo dijo.
Tampoco me atreví nunca a abrir las cartas.
Tu madre me pidió que me las llevara. Me dijo que no las quería, que Oriol nunca había existido para ella.
No supe qué hacer, y terminé por escribir de mi puño y letra a tu padre para pedirle que no importunara más a Marita.
Le mentí. Le dije que ella había rehecho su vida y le trasladé el mensaje de que tu madre no quería saber nada más de él.
Las cartas están en la bolsa. Te las dejo a ti, son tuyas. Te pertenecen. Ojalá puedan darte las respuestas que estás buscando.