Capítulo 27.
Más allá de la piel
El agua de la piscina estaba caliente. No era una piscina climatizada, pero el calor acumulado durante todo el día la mantenía a temperatura templada también durante la noche.
Había tocado el agua con la mano al llegar y no demoré en quitarme la ropa. La dejé sobre una de las tumbonas que había colocadas alrededor. El recinto estaba vacío. Solo Oriol y yo parecíamos dispuestos a darnos un baño a aquellas horas.
De pie, al filo del bordillo, me ajusté la parte de arriba del bikini. Había observado que Oriol no dejaba de mirarme y quería lucirme con una zambullida de cabeza que me hiciera emerger como una diosa. ¡A poder ser, esta vez sin una teta fuera!
Eché un vistazo fugaz al hombre que me robaba el aliento antes de decidirme a saltar. Seguía con la camiseta puesta, sentado sobre la tumbona. El pelo oscuro le caía sobre la frente y en sus labios lucía una sonrisa.
Su expresión al mirarme había cambiado desde que habíamos llegado a Mérida, notaba en sus ojos una curiosidad creciente que me hacía estremecer. Aún no entendía como había sido capaz de rechazarle y no ceder al impulso de besarle cuando había tenido la oportunidad.
«Porque Oriol hacía un rato iba a besarme, ¿verdad?», la duda se había anudado a mi garganta como una corbata que me apretaba y me estrangulaba. El peligro de los «casi» es que uno nunca sabe si realmente existieron.
Tenía que repasar una y otra vez la escena de la habitación en mi memoria para convencerme de que no había sido todo producto de mi imaginación.
La voz de mi hermana Esther dudando de que las cosas fueran como yo las relataba resonaba en mi cabeza.
Había aprovechado que Oriol se había encerrado en el baño para darse una ducha antes de bajar a la piscina para mandarle un audio y ponerla al día.
Ella siempre decía que yo vivía en un mundo paralelo.
Para Esther las cosas que no podían tocarse no existían.
Solo los hechos tenían relevancia, y el hecho era que entre Oriol y yo no había sucedido absolutamente nada.
—«Pero ¿te ha besado de verdad? ¿Con lengua, o al menos con los labios? Álex, las cosas son lo que son cuando suceden y no antes. ¡No te montes películas que nos conocemos…!».
Siempre me ha sorprendido la cantidad de pensamientos fugaces que somos capaces de generar durante tan solo un minuto.
Estaba allí, sobre el bordillo de cemento blanco y áspero que me raspaba los pies a punto de lanzarme al agua y mi cabeza no dejaba de dar vueltas elucubrando sobre otras cosas…
Aparté a mi hermana Esther de un plumazo.
A veces mi hermanita podía ser una aguafiestas.
Supongo que aquella racionalidad era la herencia que aún cargaba de su antigua vida de abogada.
Volví a tocar el agua con la punta del dedo gordo del pie. El charco azul turquesa invitaba a zambullirse.
Vi por el rabillo del ojo como Oriol me daba un repaso con la vista sin cortarse y saber que seguía con atención mis movimientos me hizo venirme arriba.
Me atusé el pelo, me erguí como si me hubieran metido un palo de escoba por el culo, llevé los brazos arriba como una gimnasta de natación sincronizada y me dispuse a mojarme con estilo.
En realidad, hacía casi un millón de años que no me tiraba a una piscina de cabeza. El resultado fue un planchazo que esperaba que desde fuera no se hubiera visto tan patético como me había parecido a mí.
Me dolía la zona de la tripa del impacto, seguro que me había quedado la piel como si me hubiera acariciado con un papel de lijar… Aun así, me dispuse a hacer mi salida triunfal con el porte de una reina.
Emergí con todo el estilo que fui capaz de aparentar y me sujeté al bordillo con la cabeza fuera del agua, el pelo hacia atrás y el escote a la vista.
Sentí un poco de vergüenza ajena al contemplarme desde fuera. Me comportaba como una adolescente jugando a seducir. Supongo que el amor siempre nos vuelve un poco idiotas.
Oriol meneó la cabeza entre risas y se quitó la camiseta de un tirón.
Le observé como las vacas al tren, con la vista clavada en ese torso de estatua grecorromana que la naturaleza —o una genética muy generosa— le había dado.
Se acercó decidido al bordillo y saltó de cabeza.
«¡Él sí que tenía estilazo!». Había hecho un picado como Dios manda.
Aún babeaba cuando emergió a mi lado en el bordillo. Tuve que disimular que estaba encantada, pero no pude evitar que se diera cuenta de mi expresión embelesada.
Le vi sonreír con timidez. Estaba tan cerca que nuestras pieles podían rozarse. Se acercó más y creí que iba a morirme. Contuve la respiración.
En menos que canta un gallo, Oriol me había sujetado por la cintura y se había pegado a mi cuerpo.
Le vi morderse el labio. Estaba ya esperando que hundiera su boca en la mía tan húmeda como una perra en celo cuando de improviso me hundió en una aguadilla a traición.
¡El muy cabrón, en lugar de besarme, me había metido debajo del agua y yo había tragado media piscina!
Le escuché descojonarse de la risa mientras yo tosía como si fuera una vieja de ochenta años, fumadora y con solo un pulmón. Podría haberme cabreado, pero a mí también me dio por reírme.
—Así que esas tenemos, ¿eh? —dije con los brazos en jarras dentro del agua cuando conseguí reponerme y que el aire volviera a entrar con normalidad en mis pulmones.
Me había lanzado a perseguirle a nado con todas mis ganas.
Pensaba devolvérsela. Iba a hundirle en el fondo hasta que pataleara como una chiquilla pidiendo clemencia.
—¡Ahora verás! —advertí con el ceño fruncido y la sonrisa en los labios.
Oriol nadaba de un lado a otro con mucha más destreza que yo y conseguía escabullirse cada vez que lo alcanzaba. Al final, siempre era yo quien acababa con la cabeza debajo del agua. Los dos gritábamos, pataleábamos y reíamos a carcajadas. Me encantaba como sonaba su risa.
Estábamos montando tanto escándalo que algunos inquilinos no tardaron en asomarse al rellano de las habitaciones y el recepcionista terminó por llamarnos la atención.
Salimos de la piscina avergonzados, exhaustos y jadeantes. Ya en la tumbona nos dio un ataque de risa.
—La que hemos liado —acerté a decir.
—Ya te digo.
Otra vez el silencio. Su mirada conversando sin palabras con la mía.
Aquella electricidad.
—¿Prefieres el suelo o el cielo? —preguntó Oriol de pronto y sin
venir a cuento.
—El cielo, siempre el cielo —respondí sin pensar—.
Me encantaría alzar el vuelo…, poder sentir por un momento la ligereza y no el peso de este cuerpo formado a base de carne y huesos…
Soy amiga de lo etéreo. Siempre me ha gustado más lo intangible y lo invisible que aquello que vemos.
Me gusta pensar que detrás de las cosas que podemos tocar existe algo que va más allá.
A veces puedo sentir el cielo, aunque nunca llegue a alcanzarlo.
Oriol sonrió. Volvimos a quedarnos en silencio.
Nunca me había hecho a mí misma esa pregunta y, sin embargo, había tenido clara la respuesta.
Con Oriol era fácil desnudar el alma. Me sorprendió sacar de dentro algo tan íntimo.
No me daba miedo que pensara que estaba loca o que era una flipada.
Por primera vez en mi vida era yo misma sin fachadas.
Volvía a sentir con claridad que todo mi ser fluía.
—Y tú, ¿prefieres el cielo o el suelo? —pregunté sin darle tiempo a
pensar.
—El suelo, siempre el suelo... —Por algún motivo había esperado aquella respuesta y lo invité a seguir hablando con mi silencio—.
Me gusta sentir la firmeza bajo los pies, no soy amigo de la ingravidez.
Si bien bajo la superficie, en el agua, me siento a salvo, sobre ella solo puedo estar tranquilo si lo tengo todo controlado.
El cielo es bonito de lejos, pero abarca demasiado espacio.
Creo que volar no es lo mío, ni siquiera con la imaginación. Soy una persona práctica.
—Las personas prácticas también tienen sueños…
—Me basta con sobrevivir. Soñar sale caro y yo no tengo dinero.
—No hace falta tener dinero para soñar. Los sueños son el motor que hacen que la vida tenga sentido.
—Me gusta ir por la vida ligero de equipaje. Tanto las cosas materiales como los sueños te hacen esclavo. El peligro de los sueños es que son intangibles y anidan dentro sin permiso. Te encadenan a la esperanza con el peso de sus cadenas.
Aquella afirmación tenía sentido. Aunque yo no estaba de acuerdo.
—Todos estamos hechos de la misma materia que los sueños —dije citando a Shakespeare.
—Eso suena muy bonito, pero es poco práctico. No encontré nada que replicar.
Lo cierto era que notaba que entre nosotros el muro había caído y quería aprovechar que Oriol había bajado la guardia para conocer más cosas sobre él.
—Pareces dolido, como si recelases de todo… —observé sin ánimo de atacarle.
Su ceño fruncido me hizo comprender que aquello era territorio vetado. Iba demasiado rápido. Otra vez la luz roja en el semáforo, esa que me indicaba que era mejor parar y tomar otro camino.
Reculé a tiempo y reformulé la observación.
—¿De verdad tú no tienes sueños?
—Los tuve, pero la vida me enseñó que soñar no sirve para nada.
—Y… ¿qué soñabas?
—Soñaba con estudiar en la universidad, Arqueología o Paleontología, y pasarme el resto de mi vida haciendo lo que más me gusta hacer: bucear y buscar huesos.
—Vaya… Suena emocionante.
—Es más que eso… —Oriol volvía a sonreír y yo callé para que siguiera hablando—.
Cuando conocí al profesor Emeterio creí que lo conseguiría.
Él era historiador y paleontólogo. Mi primo y yo encontramos unos cráneos en un cenote y no dudé en presentarme ante él para enseñarle el hallazgo.
Empezamos a colaborar con sus investigaciones casi de inmediato, fue la época más feliz de mi vida.
No sabía entonces que el profesor tenía un interés personal en mí.
La vida es muy extraña. A veces nos coloca en encrucijadas que no sabemos que lo son…
—Y ¿qué paso? ¿Por qué dejaste de bucear y de buscar huesos?
—De la noche a la mañana suspendieron el proyecto de don Emeterio.
Le retiraron las subvenciones y él encontró trabajo en el museo de Cancún.
—Se había encogido de hombros y su sonrisa se había vuelto resignada—.
Yo no era nadie, solo un chico que buceaba y de vez en cuando le llevaba alguna reliquia.
Seguramente, si a don Emeterio no le hubiera unido una relación con mi padre, ni siquiera me hubiera prestado atención la primera vez.
Yo no sabía que el profesor formaba parte de mi pasado.
Creí que se relacionaba conmigo por mi valía y que habíamos forjado una amistad real, pero era todo una mentira.
Solo me tenía en cuenta porque sentía que estaba en deuda con mi padre.
—Eso suena injusto. Tal vez estés juzgando a la ligera, Oriol. Muchas veces malinterpretamos las motivaciones de los otros.
—Puede ser… Ya no estoy seguro de nada. Es como si el suelo que piso que siempre me ha sostenido se hubiera convertido en arenas movedizas. De pronto, todos mis pasos me parece que se tambalean. Estoy cansado de todas las mentiras.
—La bolsa…, la que encontramos en el aeródromo… ¿Era de él? ¿Del profesor? —Tragué saliva después de formular la pregunta.
Sabía que me movía en terreno farragoso, pero estaba consiguiendo que Oriol rompiera su hermetismo. Necesitaba seguir tirando del hilo…
Quería desentrañar el misterio que le envolvía, conocer lo que se escondía debajo del búnker que había construido para resguardarse.
Oriol solo asintió. Después volvió a quedarse en silencio.
Percibí que volvió a distanciarse y comprendí que había tensado demasiado la cuerda. La intimidad se había roto. Como un animalillo asustado Oriol había vuelto a resguardarse de cuerpo para adentro.
—Deberíamos subir… —dijo pasados unos minutos—. Si mañana queremos ir a Uxmal, estaría bien hacerlo a primera hora. Quiero enseñarte algo que casi nadie conoce. El Uxmal que está fuera de las guías
—aclaró—. Además, necesito resolver un misterio. Creo que allí puedo encontrar la respuesta que busco.
¿Un misterio? La carne se me había puesto de gallina y mi interior daba palmas al ritmo de la canción Monkey dance. Mi alma de periodista no podía resistirse a nada que sonara a aventura.
Oriol debía estar viéndome por dentro. Le miré sonreír y comprendí que no todo estaba perdido.
Subimos la escalera en silencio y después de turnarnos en el baño para cepillarnos los dientes cada uno se metió en su cama.
En la habitación la humedad convertía el aire en un horno.
Era raro. Estar allí, uno al lado del otro, intentando dormir.
Aquello era la mejor definición que se me ocurría de aquel «juntos, pero no revueltos» que Oriol había puesto como condición al contrato.
El problema era que yo deseaba estar juntos a secas.
Reprimía las ganas de levantarme, meterme en su cama y acurrucarme entre sus brazos.
Como si pudiera leerme el pensamiento Oriol rasgó el silencio con su voz en un susurro.
—El suelo y el cielo nunca se tocan.
Aquella afirmación me abofeteó y me dejo noqueada durante unos
segundos.
—¿Es una declaración de intenciones? —pregunté osada sin meditar la conveniencia de formular aquella pregunta.
—Más o menos… —reconoció Oriol entre risas.
—¡Pues te equivocas! —dije efusiva.
Había recuperado el sentido después del golpe y eché mano de la retórica. Al fin y al cabo, si algo se me daba bien era argumentar. Tenía la mala costumbre de querer tener siempre la última palabra.
—Hay un punto donde el suelo y el cielo se funden.
Había elegido la última palabra adrede y noté que la respiración de Oriol se volvía más espesa.
—¿Y cuál es ese punto, señorita sabelotodo?
—El horizonte. En la línea del horizonte el suelo y el cielo se pueden tocar.
—Pero el horizonte no existe, es una ilusión óptica.
—¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso has llegado alguna vez hasta él? El misterio de lo invisible está precisamente en que lo es. Lo invisible existe solo porque no se ve. Como la fe… O el amor…
Su risa sonó ahora alta y clara y yo la secundé.
—Ay, Álex… ¡Qué peligro tienes!
«No lo sabes tú bien…».
Notaba la humedad entre las piernas y hacía acopio de todas mis fuerzas para controlar las ganas que tenía de buscarle entre las sábanas.
Su voz ronca me indicaba que yo no le era completamente indiferente. Me anoté el tanto. Estaba pletórica.
Antes de dormir añadí algo más. La semilla que germinaría después, la que daría alas a nuestra historia.
—Entre el suelo y el cielo existe un espacio vacío donde florece la
magia. Es en él donde se materializan los sueños.
Oriol no contestó, pero pude sentir su sonrisa. La habitación, antes oscura, se había llenado de luz.
La calidez de las confidencias, la facilidad para hablar de lo intangible, las risas y los silencios compartidos… Notaba que empezaba a derribar los muros.
Es más difícil desnudar el alma que el cuerpo. Hay intimidad más allá de la piel.