Donde nace el cielo Capítulo 26.
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Capítulo 26.

Debajo de la superficie

¿Por qué juzgamos tan a la ligera a las personas? Tendemos a crearnos una opinión de la gente que conocemos basándonos solamente en las apariencias, en lo que vemos en la superficie, pero a veces esa impresión no se corresponde en absoluto con lo que se esconde debajo.

Mirando a Álex, era por primera vez consciente de cuántas veces había negado una oportunidad a las personas que se habían cruzado en mi camino guiándome solo por aquella primera impresión.

¿Cuántas veces habría errado en mi juicio?

Si el destino no hubiera insistido en ponérmela una y otra vez delante, hubiera tenido a Alejandra por una turista caprichosa, superficial y egocéntrica, una mujer más de esas que se creen que con un buen culo, un escote y una cara bonita pueden exigirle al mundo que se rinda a sus pies. Nada más lejos de la realidad.

Álex me desconcertaba a cada momento. Ella había demostrado que sabía ver más allá, que era capaz de comprender los problemas de los demás, de estar a la altura de las circunstancias.

Me gustaba su determinación, aquella impulsividad, su manera de hacer las cosas fáciles, que me hubiera acompañado con su presencia callada, que hubiera comprendido mi momento y me hubiera dejado espacio para poner mis cosas en su sitio a solas.

Había estado a punto de cagarla. Si la hubiera besado y ella hubiera secundado mis intenciones de aplacar aquel desasosiego que me inundaba por dentro con su cuerpo, a buen seguro ahora mismo estaría saliendo por patas de la habitación para no volver jamás.

Que me hubiera rechazado, en lugar de molestarme me había reconfortado. ¿En qué estaría pensando cuando había intentado besarla?

Una mezcla ambigua de sentimientos campaba a sus anchas por mi pecho y me llevaba a una convulsión caótica de pensamientos y sensaciones donde el centro de toda la vorágine era aquella mujer casi desconocida que un momento antes me abrazaba sobre la cama.

Estaba sorprendido por lo que había encontrado debajo de la superficie.

Tal vez por eso me había dejado llevar. No podía dejar de mirarla.

A pesar de saber que su calor no era suficiente para paliar el frío que me atenazaba los huesos por dentro.

Estaba demasiado dolido, demasiado confuso, demasiado ciego…

Y ella lo había visto claro, como si fuera capaz de verme por dentro.

¿Sería por eso por lo que me había rechazado o tal vez había perdido el interés por mí que mostraba al principio?

La duda me revolvía y hacía que la saliva se me espesara en la garganta.

Tal vez aquel «Juntos, pero no revueltos» que yo había mantenido como condición para aceptar el trabajo le hubiera dejado claro cuál era la línea que no podíamos rebasar.

Ahora no estaba tan seguro de que poner aquella condición hubiera sido tan buena idea.

Volví a mirarla, parecía una persona diferente a la que conducía el coche de camino a Mérida hacía tan solo unas horas.

O tal vez era yo el que la veía diferente.

¡Parecía mentira que yo fuera el buscador de huesos!

Toda la vida sumergiéndome por debajo de la tierra en busca de lo importante y era ahora cuando comprendía que lo más valioso de las personas muchas veces estaba oculto a la vista y alejado de las apariencias.

—La cochinita pibil se está enfriando… —Su voz me sacó de mis cavilaciones, había sonado dulce, no parecía molesta.

Había acompañado sus palabras con una sonrisa y sus ojos brillaban almibarados. Se había levantado de la cama y estaba sacando de la bolsa plástica la comida que había comprado.

Colocó la cena sobre la mesita en el recipiente de cartón que le habían dado en el quiosco y se sentó en el sofá. De inmediato me vino a la nariz el olor a las especias y se me hizo la boca agua. Tenía hambre.

—He traído agua fría, Coca-Cola y cerveza… No sabía qué querías beber.

—Sí… Gracias. Huele bien. Yo… —No estaba acostumbrado a disculparme. Me revolví incómodo sobre la cama. No sabía qué decir. Me sentía como un estúpido por haber intentado besarla.

Agradecí que cambiara de tema.

—¿Sabías que en Mérida hay cenotes dentro de la ciudad?

¡Me he quedado alucinada! Iba paseando y de pronto me he encontrado con uno.

Estaba debajo de los edificios y se entraba por la misma calle, solo había que bajar unas escaleras…

He bajado sin saber qué iba a encontrarme, solo por curiosidad, y de pronto…

¡wuala! Un pozo de agua azul y transparente en el sótano de la casa.

¡Me han dado ganas de tirarme de cabeza!

Creo que después de cenar voy a bajar a darme un baño a la piscina.

Álex hablaba sin parar. Creo que también estaba nerviosa.

No estaba seguro de si lo de bajar a la piscina después de la cena era una invitación o si estaba tratando de huir y lo que quería era estar sola.

Sentí que me sudaban las palmas de las manos. Tragué saliva y me centré en hablar de la ciudad. Era un tema que controlaba y la manera más fácil de destensar el ambiente.

—También hay túneles que conectan la ciudad… En Mérida, quiero decir… —mis afirmaciones sonaban rígidas.

Me sentía torpe. Seguía teniendo ganas de besarla.

Me estiré y fui al baño a echarme un poco de agua en la cara. Necesitaba despejarme antes de sentarme junto a ella. Proseguí con mis explicaciones.

—Las familias más influyentes de Mérida construyeron túneles que conectaban sus casas, por eso la ciudad está horadada por debajo.

Se dice que hubo una época donde la vida subterránea en la ciudad durante la noche superaba con creces la vida social en la plaza durante el día.

La clandestinidad permitía a estas pocas familias privilegiadas hacer tratos, cerrar negocios, tramar complots y tener amoríos a escondidas.

Al abrir los túneles, dada la naturaleza de las rocas, las aguas subterráneas emergieron en algunos puntos y de ahí que haya cenotes en Mérida.

—Me parece súper interesante. Creo que puedo incluirlo en el reportaje, no lo he leído en ninguna guía. —Álex tomaba apuntes en una libreta color turquesa adornada con catrinas que había comprado durante su paseo por la ciudad.

La miré mientras escribía concentrada.

Sacaba la punta de la lengua y la apoyaba sobre el labio en un gesto que me recordaba a la niñez y que me parecía completamente encantador.

Un pequeño cosquilleó se paseó por mi estómago y me esforcé en espantarlo de un plumazo.

Estaba claro que lo que había descubierto en la bolsa de don Emeterio me había dejado emocionalmente desequilibrado.

¡Se me estaba yendo la olla! Me costaba controlar el impulso que me apremiaba a acercarme a ella de nuevo y besarla.

El pelo le caía ondulado sobre los hombros y sentía con fuerza las ganas de enredar mis dedos en él.

Me imaginaba aferrando su nuca y atrayendo su boca hacia la mía.

La necesidad me quemaba dentro como nunca antes la había sentido. No sé cómo fui capaz de contenerme.

—Es curioso como a veces las cosas más bellas se esconden debajo de la superficie.

Alejandra dijo aquellas palabras después de un largo silencio.

Los dos nos habíamos quedado pensativos. Era como si pudiera hacerse eco de mis propios pensamientos.

Yo la miré y estuve de acuerdo.

Terminamos de cenar la cochinita casi fría. Nos habíamos dilatado en la conversación y parecía que la atmósfera entre los dos había vuelto a relajarse.

Después de apurar la comida, ella se conectó a internet para hablar con Marcos.

—Voy a mandarle el planning. Creo que ya tengo más claro como plantear el reportaje. ¿Cómo te ha ido con lo tuyo? —preguntó tímidamente señalando la bolsa de deporte sobre la cama.

—Más o menos —reconocí. Trataba de parecer despreocupado, pero creo que se me veía en la cara que estaba hecho polvo.

—Demasiada información —traté de resumir—. Cosas que son difíciles de digerir. No es fácil descubrir que llevas media vida viviendo en una mentira.

—¡Créeme que no es tan raro! Muchas veces nuestra vida no es en absoluto como creíamos que era… —Levanté la ceja invitándola a hablar, pero ella rehusó con un además de la mano—. Voy a hacer esa llamada, si quieres después bajamos a darnos un baño.

Esa fue la primera vez que fui consciente de que Alejandra también tenía un pasado. Una historia que no conocía. Todos, absolutamente todos, guardamos nuestros secretos. Ella no era una excepción.

Las cosas más valiosas están siempre guardadas debajo de la superficie.

Igual que los huesos y los restos que yo buscaba.

Los mayas lo sabían, por eso enterraban a sus muertos bajo el agua de los cenotes.

Creían que las pozas eran la entrada al inframundo y que los dioses del agua purificaban el espíritu.

Es en el agua donde todo comienza y termina. En nuestro caso, sería en la piscina.