Capítulo 25.
Mérida. La caja de Pandora
Hay secretos que están mejor guardados. Cosas que es mejor no saber. A veces el pasado solo nos complica el presente. Abrir la caja de Pandora y liberar todos sus demonios puede ser el detonante que dinamite nuestra vida.
Si lo hubiera sabido de antemano, tal vez nunca hubiera realizado aquella búsqueda en Internet.
Desde que habíamos llegado al aeródromo de Mérida un mal presentimiento me atenazaba la garganta.
Hay cosas que uno sabe sin saberlas. A pesar de no tener ni idea de qué era lo que aquella llave ocultaba sentía la certeza de que abrir la puerta a los fantasmas del pasado solo podía traernos problemas.
Todavía no tenía consciencia de las dimensiones de lo que estábamos a punto de descubrir. Aún tardaría un tiempo en averiguarlo.
Observé a Oriol. Tenía el gesto serio y el rostro contraído. Le vi tomar aire antes de meter la llave en la cerradura.
—Encaja… ¡No me lo puedo creer! Es aquí… —exhaló con fuerza y giró sin atreverse a tirar de la portezuela que había cedido.
Su expresión se había ensombrecido, como si él también presintiera la tormenta que se cernía sobre nosotros.
El ruido del motor de una avioneta en la pista de aterrizaje distrajo mi atención.
Vi maniobrar al aparato hasta tomar tierra y deslizarse por el asfalto hasta quedar a escasos metros de la cristalera que separaba el pequeño edificio en el que nos encontrábamos del entramado de pistas que se perdían en la lejanía.
En el hangar varios aeroplanos reposaban esperando que los sacaran a volar.
El cielo azul e inmenso era un buen reclamo.
El Real aeródromo de Mérida era una instalación de pequeñas dimensionas ubicada junto al aeropuerto internacional de la ciudad.
Había conducido hasta allí sin pasar por el centro urbano, pues el semblante de Oriol me indicaba que averiguar si su llave se correspondía con aquella taquilla era prioritario para él.
Nunca antes las necesidades de alguien a quien apenas conocía me habían hecho reaccionar como si no existiera nada más en el mundo. Dentro del pecho, mi preocupación por aquel hombre no dejaba de crecer.
El corazón me latía desbocado y un instinto animal de protección había despertado dentro de mí y me había hecho su presa.
Estaba enamorada hasta las trancas. No podía explicar por qué, pero aquel sentimiento había anidado en el seno de mi alma y desplegado sus alas.
El aleteo me hacía cosquillas en el estómago, por mucho que quisiera evitarlo no podía abstraerme de aquella sensación, mezcla de vahído y euforia, que me provocaba dentro.
Me perdí en la mirada atenta de Oriol cuando con manos firmes
extrajo de la taquilla una bolsa de deporte azul marino.
Por un momento pensé que se trataba de la ropa sucia de su amigo, pero al verlo sujetarla pronto comprendí que albergaba en su interior algo más pesado. Ni siquiera la abrió. Creo que estaba tan azorado que no podía.
—Ya está —dijo hablando a duras penas—. Podemos irnos. Yo solo asentí.
Comprendía que quería ver el contenido en un lugar más privado, seguramente prefería hacerlo a solas.
Sonreí comprensiva y él me devolvió la sonrisa, en su gesto todavía pesaba la tensión.
Le seguí a paso ligero hasta la salida y con un ademán de la mano me despedí de la mujer que guarecida detrás de un mostrador custodiaba la entrada sin demasiado rigor.
Oriol parecía completamente sumido en sus pensamientos, como si la bolsa que llevaba entre las manos y que abrazaba contra el cuerpo le hubiera abducido.
Decidí que era mejor no romper el silencio. A veces basta la compañía para demostrar que uno está presente.
Antes de entrar de nuevo en el coche le puse la mano sobre el hombro y él la acarició con la suya. Reprimí las ganas de abrazarle. Sentía con ferocidad la necesidad de resguardarle. Intuía el abismo dentro de él, como si al mirarle viera el mío propio, como en un espejo.
Siempre he pensado que vemos en el otro lo que albergamos dentro de nosotros. Es ese hilo invisible el que nos une, lo que crea las conexiones especiales entre las personas. Tenemos la capacidad de reconocernos por debajo de la piel, como si fuéramos solo distintas partes de un todo.
El ambiente enrarecido nos acompañó junto al silencio más absoluto hasta que llegamos a Mérida.
Una vez en la ciudad el ruido de las calles llenas de gente y los pitidos del tráfico consiguieron devolvernos a la realidad y que aquella atmósfera extraña se disipara.
—He encontrado en Internet un hostal cerca del centro que tiene buena pinta —dije dejando en el aire la frase—. Además, tiene piscina…
—Me parece bien —afirmó encogiéndose de hombros—. Donde tú
quieras estará bien —reiteró conforme con el gesto ya más relajado.
Volvimos a quedarnos en silencio.
Le vi de soslayo mirarme con aquella expresión indescifrable que provocaba que el resto del mundo despareciera ante mis ojos.
—Gracias, Álex. Es importante para mí —añadió señalando la bolsa que llevaba en el regazo y que no había soltado desde que la sacara de la taquilla.
—Lo sé —dije sin más. Sobraban las palabras.
Otra vez la conexión. Aquel silencio que hablaba sin necesidad de decir nada. La electricidad que me erizaba la espalda.
Tragué saliva. Necesitaba digerir la bola de sensaciones que crecía sin freno dentro de mi pecho.
Me concentré en seguir las indicaciones del teléfono para llegar hasta el alojamiento. Estaba cansada. Las horas de carretera empezaban a pasarme factura y solo deseaba llegar, pegarme una ducha y salir a caminar un rato.
Mérida parecía una ciudad amable, mientras conducía por sus calles me iba dejando seducir por el ambiente casi festivo y sus colores.
Pronto la gran avenida franqueada a los lados por casas coloniales de estilo palaciego dio paso a una zona más modesta donde imperaban las casas bajas. En las calles, corrillos de niños jugaban ajenos a los turistas que paseaban curiosos.
El navegador me indicó que torciera a la derecha y me introduje en una calle angosta con edificios de tres o cuatro alturas.
Habíamos llegado. El letrero del hostal nos saludó en la fachada de una construcción de ladrillo insípida y sin ningún encanto.
Aparqué el coche fuera, había encontrado un hueco casi en la puerta.
—Ventajas de tener un coche pequeño —le dije a Oriol, que seguía en silencio.
—Te manejas bien —reconoció señalando el navegador. Hasta yo estaba sorprendida de mi propia destreza.
La verdad era que si me lo hubieran contado unos días antes no me hubiera sentido capaz de tamaña hazaña.
Me gustaba conducir, pero me ponía nerviosa hacerlo por lugares que no conocía. Era la presencia de Oriol a mi lado la que me volvía valiente. Quería demostrarle que era una mujer capaz de valerme sola.
Después de bajarnos del coche entramos en el edificio. Dentro parecía que estuviéramos en otro lugar. Nada más verlo comprendí las recomendaciones que había leído en Internet. La fachada era precisamente eso, una fachada.
En el interior nos dio la bienvenida una recepción que daba a un patio fresco y repleto de vegetación donde en el centro había una piscina. Alrededor, se levantaban tres pisos de habitaciones a las que se accedía a través de una escalera y un pasillo exterior.
Le mostré al hombre que regentaba el mostrador la reserva que había hecho desde el teléfono y no tardó en indicarnos cuál era nuestro alojamiento.
Corrí las cortinas del gran ventanal cuando estuvimos dentro. Había reservado una habitación con dos camas y dejé que Oriol eligiera cuál prefería.
Me dejé caer en la otra de espaldas y miré alrededor.
Al lado de la cristalera que daba a la piscina y era la única fuente de luz —no tenía ventanas al exterior—, había un sofá colorido de dos plazas y un mueblecito con una tele antigua hacía las veces de salita.
Un baño con una ducha de escasas dimensiones completaba el espacio.
Era pequeño, pero agradable y limpio. Por el precio que iba a pagar estaba mejor que bien.
—¿No vas a abrirla? —interrogué a Oriol señalando la bolsa de deporte.
Él cogió aire y negó con la cabeza.
—Dentro de un rato. Necesito un poco de tranquilidad… —Su expresión me decía que lo que necesitaba era estar solo. Pude adivinarlo sin necesidad de que lo dijera expresamente —. ¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó enarcando la ceja.
—Creo que voy a darme una ducha y a salir a dar una vuelta por la ciudad. Puedes quedarte si quieres.
La sonrisa había brotado en sus labios sola y me cogió de improviso
¡Se le iluminaban los ojos cuando sonreía! ¿Cómo podía estar tan guapo?
—¿De verdad no te importa que me quede?
—Supongo que tú ya conoces Mérida de sobra. Quiero hacer turismo
—ofrecí, sabiendo que era necesario que le dejara su espacio—. Quiero ver la catedral y la Casa Montejo —aclaré—. Cuando hemos pasado por el centro había ambientazo en la plaza. Si quieres, a la vuelta compro algo para cenar.
No le di tiempo a contestar.
Su expresión de alivio me decía que había atinado con la propuesta. Empezaba a ser capaz de descifrar sus silencios y me gustaba la sensación de comprenderlo.
—¿Alguna sugerencia? —pregunté antes de marcharme cuando estuve lista para salir.
Oriol había sacado de la bolsa el contenido y sobre la cama pude ver una caja de madera y un montón de documentos que en su mayoría parecían fotos y cartas.
—Date una vuelta por el paseo Montejo, sus mansiones son una pasada y al final de la avenida tienes el «monumento a la patria» y, si está abierta, entra dentro de la catedral de San Ildefonso, suele abrir para la misa de las ocho y la entrada es gratis, es bonita, tiene unas capillas curiosas…
Creo que te gustará —apuntó casi sin mirarme mientras revolvía entre la montaña de papeles que reposaban sobre la colcha—.
Si vas a traer cena, te recomiendo la cochinita pibil del puesto de las flores, lo verás en la plaza grande, es el mejor, la carne lleva picante, pero es una de las comidas típicas yucatecas —añadió.
—Me gusta el picante —dije, sonriente, dejando velado el doble
sentido en la afirmación.
Esperaba una respuesta ocurrente, pero Oriol estaba tan concentrado en sus cosas que no pareció captar la intención.
Salí con presteza dejándole la intimidad que pedía a gritos. Le miré sobre la cama, absorto en lo que parecía una carta manuscrita, antes de cerrar la puerta de la habitación a mis espaldas.
Lo dejé allí, con sus secretos y sus fantasmas, y con aquella camiseta azul celeste que le marcaba el torso y le quedaba de muerte.
Una vez en la calle el calor me abofeteó en la cara.
Tuve que llevarme la mano a los ojos para soportar la luz blanca y potente que me cegaba y que contrastaba con lo sombrío del interior del edificio.
Ni qué decir tiene que seguí todas sus recomendaciones: Recorrí con tranquilidad los rincones de aquella ciudad donde se mezclaban las raíces mayas prehispánicas con el colonialismo español y me embebí de la mezcolanza de las tradiciones con el progreso.
Hay pocos lugares donde ambas se combinan en armonía, Mérida era uno de ellos.
Sentada en la plaza grande me deje sorprender por el atractivo de la música tradicional y los chales bordados de flores sobre los hombros de las mujeres, por el imponente aspecto de los edificios que en otros tiempos albergaron parte de la historia de la ciudad, por el olor a especias de los puestos callejeros, por el trajín de vendedores ambulantes, por las risas de los visitantes que con respeto transitaban por las calles abarrotadas…
Y en todas y cada una de las cosas que me hicieron sonreír le eché de menos. A él, a Oriol.
Con su presencia callada, Oriol había colonizado mi espacio igual que los españoles colonizaron aquel enclave en el pasado.
Llevaba ya más de tres horas fuera cuando decidí regresar a la habitación.
A medida que mis pasos me acercaban al hostal, los latidos de mi corazón se iban haciendo más y más fuertes. Tomé aire antes de entrar.
—¡Ya he vuelto! —dije tratando de controlar el temblor nervioso de mi voz a la par que franqueaba la puerta de la habitación—. ¡Y traigo «cochinita pibil» caliente! —añadí sonriendo como una niña.
Oriol guardó con rapidez las cosas que había sobre la cama nuevamente en la bolsa. Observé su rostro pálido y comprendí al instante que lo que había encontrado allí dentro le había golpeado duramente.
Sus ojos parecían tristes. Tuve que contener las ganas de abrazarle. Le observé abatido, con los párpados enrojecidos y el pelo revuelto.
Lo único que yo deseaba era arrancarle aquel dolor de la mirada a base de caricias y besos sobre la piel.
Nunca en mi vida había anhelado de aquella manera el contacto de un cuerpo. No sabía que en realidad lo que ansiaba era desnudarle el alma.
Me senté junto a él en la cama en silencio.
Fue él quien se resguardó en mi hombro. Le rodeé con mis brazos y me quedé inmóvil, embebiéndome de su olor y del tacto cálido de su cuerpo junto al mío. Sus ojos me imploraban ayuda, podía sentir sus pedazos rotos.
No sé si fui yo o fue él. Sus ojos se pasearon por mi boca.
Su mirada se había vuelto feroz, como la de un animal herido.
Sentí su respiración agitada sobre el hueco de mi cuello, el tacto de la yema de sus dedos al acariciarme el rostro...
De pronto, nuestros labios casi se rozaron. Estuve a punto de sucumbir al deseo.
Me aparté de golpe, sintiéndome caer al vacío.
Yo deseaba más que Oriol aquel beso. Notaba el alma inflamada y delirante, podía sentir tanto amor que se me escurría entre los dedos. Pero no podía. No quería. Así no. No aprovechándome de aquel Oriol vulnerable.
Si iba a besarme, necesitaba que lo hiciera con su fortaleza y no para paliar aquella debilidad que evidentemente le hería en lo más profundo. Dentro de mí se había encendido la alarma. La luz roja que chirriante me gritaba que no era el momento.
A veces las decisiones que se toman en un instante marcan todo lo que sucederá en un futuro. Aquella noche marcaría un antes y un después.