Donde nace el cielo Capítulo 24.
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Capítulo 24.

Dejarse llevar (suena demasiado bien)

El claxon de un Hyundai Atos amarillo chillón me sobresaltó mientras miraba la foto que el profesor Emeterio me había dejado en su despacho. Eran las nueve de la mañana. Esperaba sobre la acera, en una Alameda paralela a la Avenida Kukulkán. Doblé la fotografía en cuatro partes y

volví a metérmela en el bolsillo junto a la llave.

Alejandra llegaba puntual, sin saber por qué había esperado que llegara tarde.

Aquel viaje era una locura, no conocía a aquella mujer en absoluto, y, sin embargo, todo me resultaba sencillo, como si de alguna manera todo me fuera familiar.

—¿No has encontrado un coche más feo? —pregunté cuando se asomó sonriente por la ventanilla.

—¡Este coche es perfecto! Además, es el que se ajusta al presupuesto.

—Pues no sé si será muy adecuado para caminos de tierra.

¿Cada cuántos kilómetros hay que repostar?

Parece tener un depósito pequeño. Bueno, en realidad ¡Todo él es pequeño…

! —dije dando una vuelta alrededor del mini coche.

Llevaba detrás bien visible la pegatina del rent a car—.

¿Cuánto te han cobrado por este cacharro? ¡Seguro que encima te han timado!

Ella me enseñó desafiante su dedo corazón en alto sin perder la sonrisa y la sensación extraña en mi estómago volvió a asaltarme.

—¿Tienes algún problema con los coches pequeños? Dicen que los

hombres los prefieren grandes cuando necesitan suplir otras carencias.

Me sonrojé al ver que me miraba con descaro la bragueta y no pude evitar responder con chulería a su comentario mordaz.

—Yo de cosas grandes voy sobrado.

—¿Lo dices por tu gran sentido del humor?

No encontré nada que responder y me conformé con poner cara de nabo.

Álex me regaló una risotada abierta y ufana. Ella había ganado este round. Su presencia me azoraba. Me costaba pensar.

Había aparcado en doble fila y se había bajado del vehículo para despedirse de Sarah que parecía haberla acompañado a alquilar el coche.

Las vi darse un abrazo largo. Luego Sarah desapareció girándose de vez en cuando y haciendo aspavientos. Álex la miró alejarse sonriente. Me quedé prendado de su sonrisa.

Tenerla al lado con aquel vestido corto de flores que dejaba sus piernas morenas al aire era demasiado para cualquiera. Tendría que haber especificado en el contrato que quedaba prohibida la ropa sexy durante el viaje.

¡Madre mía! Estaba como para parar el coche en la primera cuneta y darle un revolcón.

—¿Nos tomamos un café primero? —la escuché preguntar sin poder apartar los ojos de sus piernas.

Asentí conforme. Necesitaba algo que me espabilara.

Había pasado la noche casi en vela. No había sido capaz de encontrar de dónde demonios era la llave que el profesor había dejado escondida para mí.

Había probado en las consignas del aeropuerto, en la estación de autobuses, en el club marítimo, en el museo, preguntado en el banco…

¡Hasta había visitado todos los gimnasios a los que don Emeterio podría haber acudido en busca de una taquilla donde aquella dichosa llave encajara! Todo había sido en vano.

Nos sentamos en una terraza a la sombra. A pesar de ser temprano, hacía ya un sol de justicia.

Habíamos pedido un café con leche y un café solo doble. El camarero tardó en traernos las bebidas a pesar de que el local estaba casi desierto.

—He estado dándole vueltas… He pensado que deberíamos dedicar al menos un par de días a visitar Chichén Itzá y Uxmal.

Marcos no quiere un reportaje al uso, pero creo que si voy a hablar de la Riviera Maya esas ruinas no pueden faltar.

Además, estaban dentro de mis planes de vacaciones y no me gustaría perdérmelas.

¿Te parece bien que empecemos por ahí y que después vayamos a visitar la reserva de Sian Ka’an?

La verdad es que prefería ir directamente a Punta Allen.

Ese era el motivo principal por el que había aceptado el trabajo.

Aunque después de pensarlo mejor, vi ventajas en el cambio de ruta.

Aún necesitaba averiguar qué escondía la llave del profesor, ir primero a Chichén Itzá me daba unos días de margen para volver a pasar por Cancún a la vuelta si era necesario.

Álex me miraba atenta esperando una respuesta. Sus ojos color miel, llenos de matices, sopesaban mis gestos en busca de algún indicio que le indicara que estaba conforme con el cambio de plan.

Me perdí en su mirada. Solo pude sonreír y asentir.

—Tú mandas. Eres la jefa...

—Ummm, eso suena bien.

Aquella sonrisa otra vez. Sus labios. Su voz suave paladeando cada sílaba.

¡Ya estábamos otra vez! ¿Por qué todo en boca de Álex me parecía una insinuación?

—Álex… Me refería al viaje.

—Yo también —aseguró ella muy seria, aunque su expresión divertida decía otra cosa.

Bajó la mirada y jugueteó con la cucharilla del café que por fin nos

habían servido y que estaba casi frío.

Cuando Jimena me había llamado la tarde anterior para contarme que su amiga Odalis le había mandado un mensaje preguntando si conocía a alguien que pudiera trabajar de guía para hacer un reportaje en la reserva, casi no podía creérmelo.

La suerte me acompañaba una vez más. Decidí de inmediato dejarme llevar.

Por supuesto, sobra decir, que por nada del mundo esperaba encontrarme con Alejandra detrás de aquella inusual oferta de empleo.

Me sorprendió descubrir que era periodista y que estaba en la Riviera por trabajo. Desde el principio había pensado que viajaba por placer en busca de sol y playa, y tal vez de algún rollo de verano. Ahora me cuadraba que estuviera sola en el hotel.

—¿De dónde es? —preguntó Alejandra señalando la llave.

Yo llevaba un rato abstraído, jugueteando con ella en la mano.

Sin darme cuenta, la había sacado del bolsillo y me había perdido en mis cavilaciones.

—No lo sé —reconocí—. Me la ha dejado un amigo, pero no tengo ni idea de dónde puede ser.

—¿Y por qué no se lo preguntas?

—¡Porque no puedo! ¡Está muerto! —solté de sopetón. Un silencio largo siguió a mis palabras.

Alejandra parecía turbada. Creo que por primera vez no sabía qué decir.

—Vaya… Lo siento.

Su cara había palidecido y mostraba un gesto afectado.

Álex me miraba con ojos comprensivos, seguramente trataba de averiguar hasta qué punto me dolía la pérdida. Todavía no había tenido tiempo de asumir la muerte de don Emeterio y su ausencia me pesaba en el pecho.

Acarició mi mano en un gesto de condolencia, seguramente había notado que mis ojos se habían humedecido. Me dieron ganas de dejarme arropar por sus brazos, pero me contuve.

Me gustaba el contacto de su piel, tenía las manos bonitas, pequeñas y suaves.

—¿Es importante? La llave…, quiero decir —preguntó con tiento después de otro largo silencio.

Había cambiado de tono y ahora hablaba seria y pausada, como midiendo las palabras por miedo a que pudieran hacerme daño.

Yo solo asentí.

—Parece de una taquilla, como las consignas de las estaciones o las de un gimnasio —continuó hablando ella.

—Eso mismo pensé yo, pero no he encontrado de dónde es. No tiene nada que me indique de dónde puede ser. Solo el número y el llavero, nada más.

—¿Puedo? —Había señalado la llave.

Yo se la tendí y la vi observarla con detenimiento tal y como yo llevaba haciendo desde el día anterior.

Después sacó el teléfono y le hizo una foto.

—Voy a filtrarla en un buscador. A ver si nos da algún resultado

—aclaró.

La miré sorprendido, no se me había ocurrido buscar coincidencias en Internet por imágenes.

Al instante, cientos de llaves parecidas aparecían en la pantalla del móvil.

—Afinaré la búsqueda un poco más…

La vi ojear varias fotos y finalmente enarcó una ceja como señal inequívoca de que podía haber encontrado algo.

—¿Tu amigo era aficionado a los aviones?

—¿A los aviones? ¿El profesor? —pregunté instintivamente repitiendo para mí lo que Álex me preguntaba. Hice memoria y de pronto recordé algo al respecto—. Creo que una vez me comentó que quería sacarse el título de piloto de avioneta.

—Real club Aeródromo de Mérida, entonces. Alejandra me tendió la llave y su teléfono.

—Es de(e)fecto profesional…—aclaró satisfecha con el descubrimiento.

Boquiabierto, miré con los ojos como platos la foto de un hombre, vestido con chaqueta de aviador y gorra, que sujetaba una llave idéntica a la mía al lado de una taquilla abierta.

A su lado, detrás de una cristalera se veía borroso un hangar.

Era una foto de su Instagram y tenía la ubicación

activada en Mérida. «A volar», decía el pie de foto.

—Nos queda de paso, podemos probar… —la escuché decir encogiéndose de hombros.

Juro que en aquel momento la hubiera besado.

El sol incidía en su pelo llenándolo de destellos rojizos y sus ojos destilaban dulzura. La brisa suave ondeaba la falda de su vestido de flores y en mi pecho crecía a juego la primavera. Con ella todo era fácil.

—¿Nos vamos? —preguntó risueña después de apurar el café.

Caminamos por la plaza arbolada hasta el otro lado de la avenida donde el engendro amarillo seguía aparcado en doble fila con las luces de emergencia puestas.

—¡Al menos me dejarás conducir…! —protesté cuando llegamos y la vi encaminarse a la puerta del conductor.

—¡Ni hablar! El trayecto es todo autovía. ¡Tú relájate y disfruta! Puedes echarte una cabezadita si quieres. Te aviso cuando estemos cerca.

—Entonces, ¿vamos a Mérida?

—¡Claro! Si es importante para ti mejor hacerlo cuanto antes. Buscaremos alojamiento para esta noche y después podemos ir a probar tu llave. Si nos da tiempo, por la tarde podemos visitar la ciudad.

La miré embelesado. ¿Cómo podía ser todo tan sencillo a su lado?

—¿En serio no prefieres que conduzca yo? Son más de tres horas de

viaje… —insistí sin poder dejar de sonreír.

La verdad es que estaba impresionado. Alejandra rezumaba vida y mostraba una seguridad que me sorprendía. Me había hecho una impresión equivocada de ella al pensar que era voluble y caprichosa.

—Me gusta conducir —dijo sin más—. Tú solo déjate llevar.

Entré en el coche y me acomodé en el asiento del copiloto a su lado.

Tuve que flexionar las piernas para no darme con el salpicadero, el

espacio era limitado, pero tampoco era tan pequeño como había pensado.

Álex puso el motor en marcha, se la veía cómoda al volante de aquel cacharro.

«Tal vez en Sevilla tiene uno igual», pensé al ver que manejaba el coche con destreza.

De reojo observé la armonía de su perfil, después inevitablemente los ojos se me fueron a sus piernas.

¿Acaso no había encontrado un vestido más corto que ponerse?

El hormigueo que me indicaba que mi «amiguita» empezaba a ponerse flamenca entre las piernas me hizo apartar la mirada de la línea entre la tela del vestido y la carne morena y bien torneada de Álex.

¡Mierda, demasiado tarde! ¡Se había dado cuenta de que estaba babeando como un perro delante de un chuletón mirándole las cachas!

La miré avergonzado.

Ella se sonrojo y me sacó la lengua.

Aparté la mirada y de reojo la vi sonreír. Esta vez el hormigueo había subido hasta la boca de mi estómago. Creo que se me escapó un suspiro. Tardé un buen rato en abstraerme de aquella sensación edulcorada que me invadía teniéndola tan cerca. Me esforcé en dejar de mirarla y me

concentré en darle indicaciones para ayudarla a salir de Cancún.

Una vez que abandonamos la ciudad y tomamos la vía rápida apoyé la cabeza en la ventanilla y dejé vía libre a mis pensamientos.

La foto, la llave, el profesor y Enrico se adueñaron de mis cavilaciones. A mi lado, Álex seguía conduciendo en silencio. Poco a poco, el cansancio me fue venciendo y mis preocupaciones se difuminaron. Alejandra lo invadió todo con su presencia callada.

Dejarse llevar, había dicho ella un rato antes. ¡Como si fuera tan fácil!

Dejarse llevar implicaba soltar las riendas, confiar en el azar, rendirse a lo inevitable…

Uno nunca sabía dónde podía terminar si se dejaba llevar, tampoco donde podía empezar después.

Detrás de todos los finales hay siempre un nuevo comienzo.

Siempre había temido abrirme a los demás, dejar que las cosas fluyeran solas, permitir que alguien más me viera por dentro, por eso prefería la soledad.

Llevaba media vida escondido debajo de la piel, me había protegido del mundo y de todas sus mentiras.

La verdad es que, a pesar de todo, no me había ido demasiado bien.

¿Qué era lo peor que podía pasar si soltaba las velas y dejaba que el viento me empujara sin más?

Puede que dejarse llevar no fuera tan difícil. Tal vez ya era hora de cambiar. Tenía que dejar de intentar controlarlo todo.

«Dejarme llevar…», sonaba demasiado bien.