Capítulo 23. #2
Marcos quería un reportaje sobre la Riviera de verdad.
Quería que me adentrará en la reserva de la biosfera de Sian Ka’an, que hablara de la vida de las comunidades autóctonas y que le mandara un reportaje con fotos y experiencias en lugares genuinos y sin adulterar que le diera a cualquier viajero que quisiera adentrarse en la auténtica cultura maya una idea de por dónde empezar.
Me esforcé sin éxito en olvidarme del encargo. Sarah y yo habíamos salido para visitar las ruinas de Cancún y estaba tan absorta en mis pensamientos que había pasado prácticamente todo el trayecto en silencio.
Habíamos llegado hasta las ruinas a pie, no quedaban muy lejos del ático de Odalis en la ciudad. Durante el camino, yo trataba de organizar mentalmente las ideas y de parar la vorágine que me hacía imposible concentrarme y disfrutar la visita.
Paseamos en silencio entre los restos de las ruinas mayas del Rey, un complejo situado cerca de la zona hotelera de la ciudad y que me sorprendió por su escasa afluencia.
Caminando sobre su calzada de piedra, podían apreciarse a los laterales unas plataformas donde se levantaban los restos de los que fueron cuartos residenciales.
Eran todas diferentes y con detalles que las hacían particulares.
Después de caminar por la calzada de norte a sur y viceversa, nos sentamos a la sombra en el suelo en una de las plazas de los extremos. Estábamos prácticamente solas. Sarah parecía estar concentrada en su teléfono móvil.
En silencio, observé el cielo azul. Me embebí de la quietud, deleitándome con las iguanas que, ajenas a nuestra presencia, calentaban su sangre fría al sol, inmóviles sobre las piedras.
Sarah seguía a lo suyo, teléfono en mano.
Mi cabeza no tardó en volver al problema del reportaje.
¿Cómo iba a hacerlo? ¡Si me agobiaba conducir en Sevilla cuando tenía que ir a algún lugar que no conocía!
¿Perderme en mitad de la selva yo sola en México?
¿En qué estaba pensando cuando acepté aquel trabajo?
Inspiré y expiré profundo en un gesto que tenía automatizado y que repetía con frecuencia cuando empezaba a notar que la tensión me atenazaba el pecho.
Por suerte, Sarah volvió de los mundos de yupi para socorrerme.
—Necesitas un guía —sentenció cuando le conté lo que me preocupaba.
—¿Y dónde demonios encuentro yo un guía?
—¡Ahora verás! —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Sabes que creo que ya tengo padre para mi boda con Odalis? —anunció cambiando de tema.
Levanté las cejas con sorpresa.
—¿Cómo que ya tienes padre? ¿Sigues pensando en seguir con esa
locura de buscarte un padre ficticio?
—He puesto un anuncio, estoy haciendo el casting. —Y, acto seguido, empezó a enseñarme fotos en el móvil—. Con lo del guía haremos lo mismo.
—¿Buscar un guía ficticio?
—¡Qué va, mujer! ¡Poner un anuncio! Las dos reímos al unísono.
La verdad es que no era mala idea. Al parecer, en México era habitual utilizar páginas de anuncios para buscar trabajos puntuales.
Sarah había puesto un anuncio para actores y trataba de encontrar entre los candidatos —que, para mi sorpresa, eran muchos y variopintos—, alguien que encajara en el papel de padre el día de su boda.
Era toda una experta en estos menesteres.
Tardó menos de diez minutos en redactar un nuevo anuncio para mí.
—¿Qué te parece? —preguntó antes de darle a publicar.
«Periodista busca guía experimentado para viaje de dos semanas por la reserva de la biosfera de Sia’an kan y periferia. Imprescindible ser autóctono de la Riviera y conocer la zona. Salida inmediata. Condiciones a negociar. Abstenerse curiosos. Anuncio serio».
Era escueto, pero claro.
Asentí esperanzada, aunque nunca creí que pudiera resolver el problema tan rápido.
Cuando al final de la tarde escuchamos el sonido que indicaba en el teléfono de Sarah que había recibido una notificación, no me lo podía creer. ¡Alguien había respondido al anuncio!
—¿Qué hago? —le pregunté a mi amiga con un nudo en el estómago.
—¡Quedar con él ahora mismo! ¿No necesitas irte mañana? ¡Pues no te lo pienses mucho, no vaya a ser que se arrepienta! Déjame, yo me encargo de negociar —pidió visiblemente emocionada.
Me arrancó el teléfono de la mano y después de quince minutos de mensajes de ida y vuelta me informó que habíamos quedado con el guía en la puerta de un conocido hotel que no quedaba muy lejos de allí en menos de media hora para cerrar los pormenores.
—¿Cómo sabremos que es él? ¿Te ha dicho cómo se llama al menos?
—interrogué con la lengua fuera a Sarah que, más que caminar, casi corría sobre el acerado como un galgo con aquellas piernas kilométricas que Dios le había dado.
—Upsss… Pues no se lo he preguntado, pero, no te preocupes, seguro que lo encontramos —dijo guiñándome un ojo.
La vi encogerse de hombros y sonreír como una niña, meneé la cabeza contagiada por su sonrisa.
Envidiaba su determinación. Aquella impulsividad que la llevaba a actuar sin demora. Era algo que a mí siempre me había faltado.
Me concentré en seguirle el paso. Me fallaba el resuello, y no solo por la caminata infernal a la que Sarah me estaba sometiendo, estaba tan nerviosa que parecía que iba a reventarme el pecho.
—¿No decías que estaba cerca? ¡Podíamos haber cogido un taxi!
—¡Acelera, hermosa! ¡Y deja de pensar tanto, que te sale humo por las orejas!
Sudaba tanto que el vestido se me había pegado al cuerpo y bajo los sobacos notaba un incómodo cerco. Me había quitado la pamela rosa dejando a la vista el pelo húmedo, relamido y apelmazado. ¡Menuda pinta debía tener!
Resoplé resignada. Al menos al guía de rigor no le parecería atractiva.
¡Mira que si acababa metiéndome en la boca del lobo yo solita!
—¿Y cómo sabemos que no es un pervertido? ¿O un depravado, o un asesino en serie…?
—¡Tú solo confía en mí! Tengo buen ojo para estas cosas.
—¡Pero si todavía no has visto a ese tío!
No había terminado la frase cuando el corazón empezó a latirme desbocado en el pecho. Sarah había aminorado la marcha y pronto sus pasos se detuvieron bajo la escalera de acceso al hotel.
«Hotel Royal Park», rezaba el letrero dorado al que acompañaban cinco estrellas igualmente doradas. Bajé la mirada hacia la entrada.
Junto a la puerta acristalada, de espaldas, la silueta de un chico alto con el pelo largo y negro que esperaba inmóvil me hizo comprender sin necesidad de voltearse de quién se trataba.
¡No podía creérmelo! ¡El guía era Oriol! A mi cara de sorpresa se sumó la suya.
Sarah, visiblemente divertida, se descojonaba de la risa y daba saltos. Seguramente ella había atado cabos antes de llegar, de ahí que estuviera tan tranquila en el trayecto.
—Parece que volvemos a encontrarnos —dijo Oriol tímidamente sin apartar la mirada de mis ojos.
—Dicen que no hay dos sin tres —acerté a decir casi sin aliento.
Caminamos en silencio dejando que Sarah llenara el espacio con su charla desenfadada. Nos habíamos sentado en una terraza cercana y tratábamos de esbozar una ruta que incorporase todo lo que Marcos me había reseñado como imprescindible.
La idea era alquilar un coche por la mañana y empezar a recorrer el Yucatán los dos juntos.
—Pero no revueltos —aclaró él sin delicadezas.
—Es trabajo, Oriol. Soy una profesional. Solo te contrato como guía, si quisiera un gigoló se me ocurren mejores opciones.
Su risa sonó alta y fuerte.
Sarah y yo la secundamos con una carcajada ruidosa que como de costumbre nos hizo ganarnos las miradas reprobatorias del camarero.
Miré a Oriol encandilada. Me encantaba la expresión de su rostro y el sonido de su voz cuando reía.
—¿Estás segura de que es buena idea? —me preguntó él muy serio después de que hubiéramos repasado los pormenores del trato.
—¿Que si estoy segura? ¡Es una puta locura!
—respondí haciendo alarde de mi nerviosismo y acompañando mis palabras con una risita histérica—.
Pero al menos contigo me siento segura. Creo que puede funcionar.
Si quieres lo dejamos todo por escrito para evitar malos entendidos.
Firmaremos un contrato. —Su sonrisa abierta me animó a seguir bromeando—.
¡Total, ya debes estar curado de espanto!
¡Me has visto borracha y con el sobaco sudado!
—¿Te han dicho alguna vez que estás como una cabra?
—¡Alguna vez…! —reconocí encantada—. Al cosmos le gustan los locos.
Oriol asintió sin dejar de sonreír.
La electricidad volvía a estar ahí, intacta entre nosotros.
Me miró la boca y miles de mariposas revolotearon en mi estómago
—¿o tal vez fue en mi entrepierna?—. No pude evitar que, una vez más, mi sonrisa fluyera sola.
—Entonces… ¿hay trato? —pregunté expectante.
—¡Hay trato! —contestó él removiéndose en la silla.
Comenzaba la aventura. El viaje al vacío, el camino a lo desconocido. Cabía un mundo de sucesos impredecibles en el espacio en blanco que nos quedaba por delante. El universo había vuelto a girar. Era su
segunda vuelta aquel día.