Donde nace el cielo Capítulo 23.
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Capítulo 23.

Principios universales

Es bien sabido por todos que existen una serie de principios universales que rigen el mundo. Todo, absolutamente todo, está conectado y es energía. Bailamos al son de una música invisible, y solo cuando nuestros pasos van acordes al ritmo de su melodía las cosas fluyen.

Yo también lo sabía. Pude sentir claramente que perdía el paso cuando Oriol se bajó del coche que Odalis conducía nada más llegar a Cancún.

Él había vuelto a salir corriendo a la primera oportunidad, parecía nuevamente impenetrable, como si la electricidad que nos había conectado durante el trayecto desde playa del Carmen se hubiera esfumado de repente.

Yo me había despedido con desgana, ignorando la desazón que me carcomía por dentro.

Aunque había deseado retenerlo, recreando en mi cabeza mil formas de propiciar un nuevo encuentro —tal vez una cita, un café o una cervecita aquella misma tarde—, en el momento crucial, cuando él se había apeado del coche, había sido incapaz de encontrar la forma de materializar todas esas situaciones imaginadas en algo tangible.

De mi garganta no había brotado palabra alguna, había sido incapaz de despegar los labios para proponerle volver a vernos.

Y allí estábamos otra vez, él huyendo de aquella energía que nos conectaba, yo viendo cómo su espalda desaparecía entre la gente en una calle adyacente.

Me había aprendido aquella espalda de memoria, como si mis manos la hubieran recorrido ya y llevaran su huella impresa en la piel de los dedos. Era algo extraño. Todo lo que sentía era una locura, y, sin embargo, parecía tener tanto sentido...

Pronto de él quedó solamente el calor que se desvanecía en el asiento vacío del coche y yo tuve que volver a la realidad.

Solo pude encogerme de hombros y suspirar. Parecía que entre él y yo el hecho de que saliera corriendo dejándome con las ganas se había convertido en una constante.

Por algún motivo que escapaba a lo racional estaba convencida de que aquella corriente que nos conectaba no se iba a disipar sin más, confiaba en el universo para que volviera a cruzar a Oriol en mi camino.

—¡Álex! ¿Por qué no le has dicho nada? —preguntó Sarah con los brazos en jarra desde su asiento después de que Odalis reanudara la marcha.

Me hice un ovillo en el asiento y cerré los ojos.

La música seguía sonando en la radio. Sin saber cómo ni por qué sentía que yo había recobrado el paso, a pesar del traspié seguía bailando. Todo fluía, podía sentirlo.

Volví a encogerme de hombros con resignación.

—Lo que tenga que ser será —dije sin comprender el sentido de mis propias palabras.

No sabía que con aquella afirmación estaba poniendo al universo a trabajar, me rendía a sus designios y caprichos.

Como un engranaje bien engrasado el mecanismo había comenzado a rodar, las tuercas y rodillos se empujaban unas a otras y su movimiento imparable ya no podía detenerse de ninguna forma.

A veces las palabras que pronunciamos abren la puerta a la magia y ponen en marcha resortes invisibles, arrastran en su sonido la energía para desencadenar las cosas.

Las palabras que nombramos en alto tienen el poder de transformar la realidad.

Uno debe cuidar aquello que dice, también las cosas que no dice.

Las palabras que no se dicen a veces nos pueden salvar, otras sin embargo solo nos condenan.

Uno nunca puede equivocarse cuando deja que hable el corazón. Y en el mío palpitaba un nombre: Oriol.

Ahora estaba segura que mi lugar en aquel momento estaba justo donde me encontraba, pues aquella energía que sentía alrededor me decía a gritos que no podía estar equivocada.

Seguramente fue por eso que no me extrañó la llamada de mi hermana que emocionada hablaba a voz en grito al otro lado del teléfono. Acababa de dar con la solución a la ecuación que resolvería todos mis problemas.

—¿Te acuerdas de mi amigo Marcos, el que estudiaba telecomunicaciones? —la escuché preguntar sin venir a cuento.

¡Claro que me acordaba de Marcos! Era vecino de nuestra abuela.

Un niño enclenque y blancuzco que se pasaba el día encerrado en casa delante del ordenador y hablaba en una jerga extraña y cansina.

Esther era de las pocas personas que encontraba interesante pasar un rato con él.

Se habían hecho muy amigos. Todos los domingos, después de comer donde la yaya, ella solía subir al cuarto piso y pasaba la tarde con Marcos en su casa.

Con el tiempo se fueron distanciando. No sabía que mi hermana aún tenía contacto con él.

Recordaba que Esther me había contado que al final Marcos se había matriculado en algo relacionado con la informática.

—¿Marcos? Sí, claro. El vecino de la abuela… ¿Qué pasa con él? ¿No irás a decirme que tenéis un lío?

—¡Que lío ni que ocho cuartos, Álex! ¡No digas tonterías!

—exhalé soltando todo el aire que había cogido con alivio.

No me imaginaba a Esther comiéndose la boca con Marcos por muy buena persona que ella dijera que era—.

Tienes que escribirle, Marcos tiene un trabajo para ti en la Riviera Maya —continuó ella—.

Resulta que tiene un blog de viajes y me lo he encontrado esta mañana en el súper cuando he ido a hacer la compra.

¡Llevaba un montón de tiempo sin verle! ¡Está genial el tío!

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? ¡Te juro que no entiendo ni una palabra! ¿Cómo que tiene un trabajo para mí? ¿Por qué no paras de mezclar peras con manzanas y te explicas mejor, hermanita? Su risa sonó como una bocanada de aire fresco, despreocupada y feliz.

—¡Ay, sí, perdona…! ¡Que me voy por los cerros de Úbeda! Nos hemos encontrado y hemos tomado un café. Hemos aprovechado para ponernos al día.

—¡¿Quieres ir al grano de una vez?! ¿Un trabajo para mí? No querrá que trabaje de puta, ¿no? Mira que Marquitos siempre ha sido un poco raro y alguna vez he pensado que lo mismo terminaba como proxeneta virtual —bromeé.

—¡Álex…! ¡No seas payasa! —protestó Esther. Luego siguió explicándose—: Marcos tiene un blog de viajes y un Instagram con más de dos millones de seguidores. Resulta que es influencer. ¿Te lo puedes creer?

No, no me lo podía creer. Me dio la risa floja solo de imaginarlo.

—¿Marcos? ¿Influencer? ¡Estás de coña!

—¡Que sí, que sí! Que yo tampoco me lo creía, pero es verdad, ahora te mando el enlace a su página.

¡No podía salir de mi asombro! Estaba claro que con la vida uno nunca sabía lo que podía pasar.

—Te cuento —prosiguió Esther—. El caso es que me ha preguntado por ti y le he contado que habías terminado Periodismo hace unos años y que acababas de quedarte sin trabajo, también le he dicho que estabas en la Riviera Maya de vacaciones tratando de averiguar qué hacer con tu vida.

¡Y ahora viene lo más increíble! ¡Resulta que Marcos a veces encarga reportajes a algunos colaboradores y me ha propuesto que si te interesa hacer un reportaje sobre México para él le escribas cuanto antes para cerrar los detalles!

¿Qué te parece? ¡Matas dos pájaros de un tiro, Álex!

Puedes quedarte en Riviera con los gastos del viaje pagados y el trabajo para Marcos te vuelve a meter en el mundo laboral.

—Mi hermana estaba tan contenta que casi podía verla sonreír y aplaudir detrás del aparato.

El universo acababa de girar, había dado su primera vuelta.

Y así fue como terminé trabajando para Marcos. Ahora tenía un motivo de peso para no regresar a Sevilla. Volvía a estar en el mercado, era lo que podría llamarse una reportera freelance.

Estaba eufórica al ver que un nuevo comienzo podía ser posible. Empezaba a sentir que el camino iba tomando forma bajo mis pies. Notaba como, una a una, las piezas de aquel puzle invisible iban colocándose en su lugar por sí solas.

—Entonces… ¿te quedas? —preguntó Sarah con una gran sonrisa nada más verme colgar el teléfono.

No se había despegado de mi lado en casi la hora y media que había estado hablando con Marcos vía Skype para cerrar los pormenores del trato.

—¡Me quedo! —afirmé dando saltos de alegría e improvisando una

coreografía ridícula a la que Sarah se unió entre risas.

Odalis se había marchado a trabajar y Sarah y yo habíamos decidido salir a visitar las ruinas mayas de Cancún. Después nos tomaríamos unos cócteles en la zona turística de la ciudad para celebrar que tenía un nuevo trabajo.

Necesitaba despejarme. Había decidido pasar el día de esparcimiento con Sarah y ponerme a trabajar al día siguiente.

Sabía que antes necesitaba esbozar un plan. Trazar una ruta y planificar el viaje. Si quería cumplir con el encargo de Marcos necesitaba organizarme, pero por ahora me sentía incapaz de tomar decisiones.

Sarah me prestó un vestido de algodón, con falda de vuelo y florecillas rosas. Anoté en mi lista de cosas pendientes que necesitaba comprarme algo más de ropa. Mi maleta seguía sin aparecer, parecía como si se la hubiera tragado la tierra.

Seguramente aquella tarde tendría oportunidad de ir de tiendas y hacerme con un par de conjuntos monos que sumados a la ropa de playa que había comprado en el hotel en Tulum completaran mi equipaje para los días de viaje que me esperaban.

Lo cierto es que no tenía ni idea de qué me iba a encontrar en mi periplo por la Riviera. Empezaba a estar un poco agobiada, tal vez aceptar el reportaje no había sido tan buena idea. La inseguridad empezaba a hacer mella y me dolía la tripa de los nervios.

Después de aceptar el trabajo que Marcos me ofrecía tenía un nuevo problema: No quería un reportaje al uso donde hablará solamente de las típicas, archiconocidas y cotizadas ruinas mayas de Chichén Itzá, Tulum y Ek-Balam, tampoco un reportaje para turistas donde se enumerasen opciones de ocio convencionales como parques temáticos y actividades guiadas.