Donde nace el cielo Capítulo 22. #3
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Capítulo 22. #3

Respiré profundo y franqueé la entrada. Me sentía como si estuviera profanando un lugar sagrado, como si estar allí, hurgando en sus cosas, fuera una afrenta al recuerdo de don Emeterio.

Lo primero que llamó mi atención fue el sobre sobre la mesa visible a medias por debajo del teclado.

Dentro había un billete de avión a Miami a nombre del profesor.

Tendría que haber salido aquella misma mañana, lo que quería decir que el profesor no pensaba estar presente en la reunión conmigo aquella tarde.

También significaba otra cosa: don Emeterio pensaba estar vivo a esas horas. Si tenía planeado suicidarse…

¿qué sentido tenía comprar un billete de avión?

Apreté los dientes. Ahora estaba convencido de que habían sido los hombres de Chancho Moreno quienes lo habían quitado del medio. La muerte del profesor no podía haber sido un suicidio, tampoco un accidente.

Traté de tranquilizarme y pensar con la cabeza. Notaba la boca pastosa y los músculos entumecidos. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para vencer el embotamiento mental que me aletargaba los sentidos.

Ojeé alrededor sin saber muy bien qué buscaba. Esa primera certeza me llevaba a una segunda: Si don Emeterio tenía previsto huir de México a buen seguro había dejado preparado algo para mí antes de marcharse. Pero ¿qué era y dónde estaba?

Me senté en la silla que solía ocupar durante nuestras reuniones tratando de encontrar algo que me diera una pista.

Paseé la vista sobre el pisapapeles con forma de Kukulcan con el que tantas veces había jugueteado mientras conversábamos, miré distraído los documentos —en su mayoría presupuestos— que estaban debajo, abrí la caja de madera donde don Emeterio guardaba con mimo el cepillo y la espátula que usaba en las expediciones, revisé la agenda de cuero marrón y papel amarillento.

Nada. Todo estaba en el lugar acostumbrado y sin ningún indicio de contener un mensaje para mí.

Volví a echar un vistazo. Esta vez me centré en revolver los cajones de la mesa de trabajo del profesor y voltear los libros de la estantería, todo ello sin resultado alguno. Si había dejado algo oculto para mí no había sido en el despacho.

Iba a darme por vencido y marcharme por donde había venido cuando un flashazo me detuvo. Al fondo, en la pared, entre las múltiples fotos que el profesor tenía colgadas como recuerdo de expediciones y momentos gloriosos, había una diferente, una foto que nunca había visto antes.

Me acerqué a ella vacilante. El rostro de mi madre siendo solo una muchacha me miraba sonriente, junto a ella pude reconocerme.

Me costó entender que aquel chico de ojos vivos y pelo oscuro que pasaba el brazo por encima de los hombros de mi madre no era yo, sino mi padre.

A su lado, don Emeterio, con treinta años menos, los miraba, sombrero de ala ancha en mano, con complicidad.

Supe de inmediato que aquella foto no estaba colgada en la pared por casualidad. Aún me detuve un buen rato a mirarla. Pasé la yema de los dedos temblorosos por el rostro de Marita y tuve que reprimir las lágrimas.

Estudié con atención al hombre que me había engendrado y que siempre había estado ausente de mi vida.

Las palabras que el policía le había dicho a Adelina me vinieron a la cabeza de pronto.

—A veces creemos conocer a las personas, pero no las conocemos en absoluto.

Armándome de valor descolgué el marco, volteé la foto y entonces apareció lo que buscaba. Visible bajo la madera el profesor había escrito mi nombre. Desmonté la foto. Entre la lámina y el marco, pegada con cinta aislante había ocultado una llave.

El número 523 aparecía semiborrado en el llavero redondo y de color azul que la sujetaba.

No había en el objeto ningún emblema, ni nombre, ni signo que me permitiera identificar de dónde demonios era aquella llave.

La voz de Adelina avisándome de que no estábamos solos me sobresaltó de pronto.

—¡No pueden ustedes pasar! ¡El despacho del profesor es privado!

¡Son ustedes unos impresentables! ¡Llamaré a la policía! —gritaba histérica, creo que con la intención de que pudiera oírla.

Los pasos de varias personas que subían la escalera a la carrera me pusieron sobre aviso. ¡Tenía que poner «pies en polvorosa» y salir de allí ya mismo!

En un destello de lucidez, cogí la llave, doblé la foto y me las guardé en el bolsillo.

Recordaba que la escalera de incendios era accesible desde la ventana del despacho, el profesor y yo habíamos salido a tomar el aire al rellano algunas veces desde la puerta lateral que se encontraba al final del pasillo, y sabía que su ventana se suspendía a poco más de un metro sobre la estructura.

Me encaramé a ella y salí a la plataforma, bajé corriendo los escalones metálicos y en un santiamén di con los pies en el suelo fuera del edificio.

Me bastó mirar atrás una sola vez para confirmar todas mis sospechas: La muerte del profesor no había sido un accidente, mucho menos un suicidio.

En la ventana, la silueta inconfundible del perfil bigotudo de Chancho Moreno se dibujaba a contraluz. Por suerte, yo había sido más rápido. Ahora solo necesitaba averiguar qué secretos ocultaba la llave que tenía en mi poder.