Capítulo 22. #2
Debían ser cerca de las cuatro cando llegué a la puerta del museo arqueológico de Cancún. El edificio blanco de una sola planta con base semicircular se veía en el altiplano.
Me resguardé entre las columnas de granito que daban acceso al recinto y miré alrededor sin ver nada extraño.
Luego me introduje a zancadas largas entre los muros a base de cuadrados abiertos que simulaban una red y que formaban un pasillo que desembocaba ante el edificio principal.
Pasé de largo la entrada oficial, donde se agolpaban una veintena de turistas esperando a que comenzara su visita, y me encaminé a la entrada lateral que, camuflada en la fachada, daba acceso a la zona de oficinas.
El rostro compungido de Adelina me hizo comprender de inmediato que no me esperaban buenas noticias.
Había abierto la puerta desde detrás del mostrador nada más verme y se abalanzó sobre mí con los ojos llorosos.
—Ay, Oriol, mijo, qué desgracia… Ay, qué desgracia, diosito mío
—repetía entre sollozos.
Observé a la mujer enjuta y entrada en años sin ser capaz de articular palabra.
Vestía con su habitual traje de chaqueta oscuro y llevaba el pelo cano recogido en un moño alto. Se quitó las gafas empañadas y las limpió en la solapa de la chaqueta.
—Pero ¿qué ha pasado? —pregunté intuyendo de antemano la respuesta.
—¿No te has enterado? ¡¿No me digas que no te has enterado, Oriol?
! ¡Ha salido en todos los periódicos! ¡En tele Riviera no hablan de otra cosa!
¿En qué mundo vives, mijo? ¡Qué desgracia, por Dios!
Y todas esas infamias… Madre mía, pobre profesor.
—Ahora sollozaba con más fuerza y parecía tambalearse.
Sus palabras hicieron que la garganta se me resecara y el latido de mi corazón empezó a martillearme en las sienes. No era capaz de pronunciar ni una palabra.
Centré mi atención en Adelina, la mujer seguía mirándome con los ojos cuajados de lágrimas y verla rota me partió el corazón.
Con cariño pasé mi brazo por sus hombros y sosteniéndola sobre mi costado la acompañé hasta la silla que solía ocupar en la pequeña recepción.
—Venía a ver al profesor, había quedado con él esta tarde —conseguí decir confuso.
—¡Pues tendrás que verlo en el tanatorio, porque el doctorcito está más muerto que un fiambre! —dijo ella con las lágrimas cayéndole a borbotones.
Enmudecí de pronto. Las piernas me fallaron y tuve que sostenerme al mostrador para no caer al suelo.
«¿Muerto? ¿Don Emeterio, muerto? ¡No podía ser!».
La certeza de que algo funesto le había pasado al profesor llevaba acompañándome desde el día anterior, pero no había imaginado que aquella sospecha pudiera convertirse en realidad.
Me sentía responsable, había sido yo quien le había metido en aquel lío. Estaba seguro que los hombres del Chancho Moreno eran los responsables de la muerte de don Emeterio. Me quemaba la irá en el estómago y aquella maldita sequedad en la garganta no me dejaba respirar.
Adelina se refugió en mi hombro y me abrazó con firmeza. Las lágrimas que pugnaban por salir no consiguieron brotar de mis ojos y la mujer endureció el gesto al darse cuenta.
—¿Se sabe cómo ha pasado? —pregunté de pronto con una frialdad que a mí mismo me cogió por sorpresa.
Ella me miró con un reproche en la mirada, como si mi temple la irritara. Me soltó con brusquedad.
Suspiró profundo y abatida volvió a tomar asiento en su silla de trabajo. Tardó unos segundos en reunir las fuerzas para contestar a mi pregunta.
—Se baraja la hipótesis del suicidio, lo han encontrado muerto en su casa.
—Hizo una pausa para enjugarse las lágrimas que volvían a brotar descontroladas y se rompió en un sollozo—.
De una sobredosis. —Se recompuso y elevó la voz quebrada por la indignación—.
¿¡Te lo puedes creer, mijo!? ¿Te imaginas tú al profesor metiéndose en el cuerpo cualquier tipo de sustancia?
¡Es una infamia! ¡Emeterio ni siquiera tomaba alcohol!
¿Drogas? ¿Y además pinchadas?... Soy su secretaria desde hace más de quince años y se ha hecho dos reconocimientos médicos en todo este tiempo por miedo a que le sacaran sangre.
El profesor tenía fobia a las agujas. ¡Palidecía solo de pensar en tener que hacerse una analítica!
¿Drogarse? ¡No me lo creo! Y ¿sabes qué me ha dicho la policía esta mañana cuando he llamado para decirles que investigaran más a fondo porque era imposible que el profesor hubiera muerto de esa manera?
¡Los muy cabrones me han dicho con toda tranquilidad que no había nada que investigar!
Que a veces no conocemos de verdad a las personas.
Aquella última frase había quedado flotando en el aire como una
pregunta.
Adelina, me escrutaba implorando con sus ojos que le dijera que no estaba equivocada. Yo fui incapaz de decir nada. Me encogí de hombros. Mi cabeza tenía una nube negra que me impedía pensar y me enajenaba.
Caminé de lado a lado por la recepción con la cabeza baja y mi voz sonó como si no fuera mía al salir de mi garganta.
—No puede ser…, es imposible…
Me dejé caer en el suelo junto al mostrador y Adelina suspiró aliviada, soltando el aire contenido, al percibir mi pesadumbre. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero fue el suficiente para que la pena compartida nos reconciliara a los dos.
—¿Sabes si el doctorcito ha dejado algo para mí? —pregunté titubeando cuando pude recuperar la compostura.
—No me he atrevido a entrar en su despacho, no me siento capaz de hacerlo. Nunca entraba sin su permiso, y pensar que él ya no va a estar allí nunca más… —Se tapó la boca con la palma de la mano para contener el dolor—. Si quieres, puedes subir… ¿Teníais entre manos algo en particular?
—Me había citado para darme algo importante, pero no llegó a decirme de qué se trataba —mentí a medias.
—Pasa entonces, mijo… Tú le entendías. Emeterio siempre se alegraba de verte.
Adelina me indicó con un gesto que podía subir al despacho y yo asentí con los ojos húmedos.
Nunca una veintena de escalones se me hicieron tan pesados. Detuve el gesto de llamar antes de entrar ya con los nudillos en el aire.
La puerta de madera oscura estaba cerrada, pero no estaba echada la llave. No conseguía hacerme a la idea de que aquel despacho que tantas veces me había recibido con una cálida bienvenida ya nunca volvería a albergar al profesor.