Capítulo 22.
Cancún. El inicio de todo
Mi mirada se había enredado sin permiso con la de Álex y tuve que reprimir las ganas de que mis manos la siguieran. No sabía qué demonios tenía aquella mujer, pero me atraía como un imán.
Aquella canción nos había conectado de pronto, como un presagio o una profecía.
«You are so very special, I wish I was special…».
—Eres tan, tan especial, desearía ser especial…—
La voz de Thom Edward Yorke me erizaba la piel en cada nota. ¿O tal vez era la mirada de Álex? ¿Por qué cojones no podía apartar la vista de ella?
Me había pasado todo el trayecto en coche observándola con disimulo de reojo. Ella escuchaba la radio con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.
El sonido de su risa en la terraza del apartamento del «Tulum Bahía» dos noches antes resonaba todavía como un eco en mi cabeza y me removía por dentro al ritmo de aquella canción.
Me arrepentí de no haberla besado, habría podido echarle la culpa al tequila.
Ahora, en cambio, estaba sobrio, y entre ella y yo se había abierto un abismo de distancia.
Seguí mirándola como hipnotizado. Me gustaba su perfil tranquilo, también sus ojos grandes de color miel y expresión siempre curiosa.
No podía evitar perderme en el deseo que me provocaba aquella boca pequeña y bien formada, de labios perfectos, rosados y con forma de corazón, que me invitaba a besarla hasta perder la noción del tiempo.
Tenía que reconocerlo, aunque fuera solo para mis adentros.
Alejandra me gustaba. Despertaba en mí algo desconocido hasta entonces.
No podía seguir haciendo oídos sordos al latido fuerte y firme que acompañaba siempre su presencia, aunque estaba dispuesto a evitar a toda costa que aquel sentimiento extraño que nacía en mi siguiera creciendo.
Dejarme llevar no era una opción. ¡Ya tenía suficientes problemas!
Seguramente fue por eso por lo que nada más llegar a Cancún volví a salir corriendo, o huyendo para ser más exactos.
No quería dar pie a un nuevo acercamiento.
Sabía que tenerla cerca era una tentación demasiado grande y ya tenía bastantes complicaciones como para enzarzarme en un lío de faldas.
Además, ella se marcharía en pocos días.
¿Qué sentido tenía ceder al impulso y tratar de conocerla más a fondo?
En todo eso pensaba sin poder dejar de mirarla cuando llegamos a la ciudad y el skyline de las construcciones y hoteles en primera línea de playa se hizo visible.
—¿Dónde quieres que te deje? —preguntó Odalis, sacándome de mis cavilaciones con su voz.
—Por aquí mismo está bien. Para donde quieras… —respondí.
Me bajé del coche sin titubear y le di las gracias a Odalis por su amabilidad. Después me despedí de Álex sin atreverme a mirarla a los ojos.
Una sensación desagradable me atenazaba la garganta y el corazón parecía pesarme dentro. Hubiera podido decir algo más, pero no lo hice. Conseguí que mi cerebro ganase aquella batalla y se impusiera la razón.
Miré a Álex de soslayo una vez más antes de marcharme, pensaba que sería la última.
—Bueno, me alegro de verte —conseguí decir esquivando su mirada.
Dejé escapar las palabras como si se arrastraran en un árido pedregal, haciendo caso omiso al quejido en forma de latido quejumbroso de mi corazón. ¿Qué más podía hacer? No estaba dispuesto a arriesgarme.
Ella me miró con expresión dura, decepcionada, ni siquiera se molestó en decir nada. Levantó su mano como si pesara y me dijo adiós en un gesto lúgubre, con desgana, sin despegar los labios.
«Soy un cobarde», pensé antes de darle la espalda. Tuve que tragar saliva, pero no volví la vista atrás.
Corrí hasta perderme en una calle poco transitada y solo entonces me permití pararme a recuperar el aliento.
Seguramente no volvería a verla nunca. La contradicción anidó en mi pecho y el alivio se mezcló con aquella turbación tan rara que me invadía por dentro.
Por mucho que lo intenté no conseguí quitármela de la cabeza en todo el día, tampoco logré deshacerme de la sensación de pesadez que me acompañó durante la jornada.
No hay nada más desasosegante que la certeza de perder algo que nunca ha sido tuyo. Como si todas esas cosas que pudieron ser y nunca fueron te llenaran de piedras los bolsillos e hicieran que solo pudieras moverte arrastrando los pies. Me costaba caminar, una tristeza extraña me hacía de lastre.
Suspiré hasta agotar el aire. Ni siquiera así comprendí que es imposible luchar contra lo que nace dentro. Por suerte, en esta ocasión, la vida estuvo de mi parte. A veces no hay segundas oportunidades, pero este no fue el caso: Álex y yo estábamos destinados a volver a encontrarnos.
Lo descubriría más tarde, ahora tenía que centrarme en dar con Enrico y resolver el embrollo del yacimiento de huesos.
Decidido a cumplir con el asunto que me había traído a Cancún vagabundeé por la ciudad para hacer tiempo. Don Emeterio no estaría en su despacho hasta pasado el mediodía y tenía varias horas vacías por delante. Me preguntaba si estaría en el museo tal y como habíamos convenido.
«¿Habría conseguido el profesor librarse de los hombres del Chancho Moreno y dar con Enrico?».
Tendría que andarme con cuidado. Podía ser que me estuvieran esperando y aquella reunión fuera una trampa, pero entonces. ¿Por qué la había demorado tantos días?
Después de ver al profesor en el Tulum Bahía ya no sabía que pensar. No estaba seguro de en quién podía confiar. No me quedaba más remedio que acudir al encuentro de don Emeterio tal y como estaba previsto, una vez allí vería qué pasaba. Traté de no darle muchas vueltas y me obligué a caminar.
La capital de la Riviera era una mezcla entre progreso y decrepitud. Detrás de la fachada imponente de los hoteles que ocupaban la primera línea de playa se levantaba todo un entramado de calles pensadas para el disfrute de los turistas.
Los bares y restaurantes con productos mexicanos adulterados para hacerlos más vistosos —y menos sabrosos— proliferaban por doquier.
En todas las esquinas había «zumerias» donde los visitantes se sentaban a refrescarse con zumos de frutas naturales de todos los colores.
También había taquerías, puestos de buñuelos y tiendas varias, grandes y pequeñas, que llenas de artesanías fabricadas en serie y souvenirs ofrecían a los turistas otra forma de gastar su dinero y amenizar su tiempo de ocio.
Absolutamente todo estaba pensado para garantizar una experiencia satisfactoria a los guiris que invadían la ciudad en cualquier época del año.
La mayoría no salía del Cancún de cartón-piedra.
Regresaban a sus países creyendo haber estado en México, sin atreverse a conocer lo que la Riviera ocultaba de verdad.
Si se hubieran molestado en ir más allá, hubieran descubierto que a tan solo dos cuadras se levantaba una ciudad entera que poco o nada tenía que ver con la zona llena de comodidades donde se alojaban.
Barrios de casas bajas, muchas de ellas decrépitas o medio destruidas, tejían un entramado de calles donde el aire olía a cochinita pibil y tortillas de trigo.
Las colonizaba el bullicio en los mercados populares, donde las mujeres cargaban los bultos amarrados a la espalda y los bebés sujetos con pañuelos de colores al frente.
Niños descalzos, que con la ropa llena de polvo jugaban despreocupados y sonrientes a refrescarse con cubos de agua en las plazas.
Voces de hombres en las tascas donde acostumbraban a tomarse unas micheladas —bebida a base de cerveza— antes de la comida.
El Cancún de verdad emergía alejado del mar, fuera de donde pudiera molestar al progreso del que se beneficiaban solo unos pocos.
Me perdí en uno de los suburbios que rezumaba vida por todos sus costados. Ya pasaba mediodía. Comí una enchilada en un local modesto y decidí volver a la zona turística a echarme una siesta en la playa.
El museo donde trabajaba el profesor estaba en la metrópoli moderna. Habían construido el nuevo edificio que albergaba fósiles, restos arqueológicos y huesos hacía pocos años en un emplazamiento contiguo a la zona hotelera.
Me llegó el olor a agua estancada al pasar cerca de la laguna Nichupte como una bofetada. Me sequé el sudor con el dorso de la mano, el bochorno era irrespirable.
La zona de manglares se extendía por la laguna detrás de los hoteles.
Estaba repleta de casas de lujo con yates amarrados a sus pantalanes privados.
Era fácil ver algún caimán al sol en las orillas y algún que otro turista de los que alquilaban lanchas y motos acuáticas había pagado cara la osadía de bañarse en sus aguas y había terminado sus vacaciones llevándose un buen susto —o con una extremidad menos, en el peor de los casos.
Los lugareños en cambio conocían a la perfección las zonas seguras y preferían bañarse en la laguna que en la playa.
No era raro ver a los niños saltando a los brazos de agua en los manglares desde los amarraderos contiguos al paseo que flanqueaba la carretera principal de la costa.
Sonreí al escuchar su griterío. Por suerte, había cosas que nada podía cambiar. La inocencia de los niños era una de ellas.
Dejé la laguna atrás y caminé entre el tumulto hasta la playa.
Sentí el mar de agua turquesa que me refrescaba los pies al acercarme a la orilla descalzo.
Me recreé en el tacto de la arena fina y blanca que estaba fresca a pesar del sol que caía a plomo sobre ella y por un segundo el peso del mundo sobre mis hombros se hizo más liviano.
Después me mojé la cabeza y busqué una sombra bajo la que resguardarme. Me tumbé y cerré los ojos.
Parecía que el tiempo no pasaba. En mi estómago, aquella sensación incómoda no me abandonaba. Seguramente era un presagio de lo que estaba por suceder. Finalmente me venció el cansancio y me quedé adormilado.
Me desperté al notar los rayos que caían sobre mí como fuego y me quemaban con fuerza en la cara. El sol estaba completamente vertical y la sombra ya no me protegía. Era hora de ponerse en marcha.