Donde nace el cielo Capítulo 21.
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Capítulo 21.

En poco más de tres minutos (o sobre cómo enamorarse en el tiempo que dura una canción)

¿Acaso podía el universo ser más cabrón? Justo ahora, cuando por fin había decidido centrarme en mis asuntos, volvía a poner en mi camino a Oriol. En un abrir y cerrar de ojos, como en un chiste malo, el parpadeo del cosmos volvía a cambiar el rumbo de las cosas.

—¡Vaya, hombre…! —exclamé con retintín nada más verlo—. ¡Otra vez el simpático!

Me hacía la indignada. Había fruncido el ceño, pero no podía disimular la sonrisa, que, sin poder evitarlo, había aparecido comedida en mis labios.

Le observé desafiante, parecía cansado, pero seguía estando para

comérselo.

—¿Os conocéis? —preguntó Odalis sorprendida.

—Pero ¿este no es el maromo que estaba el otro día en tu apartamento? —me dijo Sarah a voz en grito como si Oriol no estuviera delante.

Odalis la miró boquiabierta y yo me puse roja como un tomate.

¡Casi la desmonto del codazo! Estaba claro que mi amiga no era un estandarte de la discreción.

Las tres guardamos silencio y posamos la mirada en Oriol. Él, visiblemente azorado, bajó los ojos a las puntas de sus pies.

—¡Hola, Álex! —saludó cortado—. Déjame, te ayudo con eso — señaló el coche azul aparcado delante de la puerta que Odalis había abierto con el botón del cierre centralizado un segundo antes y me arrancó de la mano la maleta.

Nos dio la espalda. Se le veía nervioso, se notaba que estaba ganando tiempo.

Despacio, rodeó el coche, abrió el maletero y metió la maleta dentro.

Yo no podía apartar la vista de sus hombros bien torneados ni de su cintura estrecha.

¿Podía haber unas nalgas mejor puestas que aquellas?

Me recreé en la visión de su culito redondo y respingón.

Creo que me pilló mirándole la retaguardia descaradamente cuando se giró para hacer lo propio con el maletón que Sarah arrastraba por detrás. Me mordí el labio y él se ruborizó.

—¿Qué lleváis aquí? ¿Un muerto? —preguntó bromeando cuando comprobó que la maleta de mi amiga pesaba una tonelada y media.

Después de meterla en el maletero se giró hacia Sarah—.

Por cierto, no soy «el maromo», tengo nombre —lo dijo mirándome la boca.

Su tono jocoso y aquella sonrisa traviesa hicieron que las bragas se me cayeran al suelo, metafóricamente hablando, claro.

¿Cómo podía estar tan guapo cuando sonreía?

—. Soy Oriol —se presentó manteniendo la sonrisa, después le dio dos besos rápidos a los que ella correspondió con simpatía.

Sarah me miró con expresión divertida. ¡Era del todo surrealista que hubiéramos vuelto a coincidir y nos tocara compartir coche!

Sentía dentro una sensación extraña, como cuando la naturaleza se alboroza con el sol al inicio de la primavera y la vida corre por dentro a borbotones.

No podía disimular que a pesar de la tensa situación estaba encantada de volver a verle.

Lo miré con disimulo y se me escapó un suspiro casi etéreo.

Cuando nos subimos en la parte de detrás del coche el corazón me latía tan fuerte que cualquiera que se hubiera acercado a mí hubiera podido escucharlo sin dificultad.

Habíamos entrado cada uno por una puerta, sin atrevernos a mirarnos a la cara y nos sentamos cada cual en su

esquina con la vista al frente.

Maldije al alcohol para mis adentros. No era capaz de recordar nada de lo que había ocurrido la noche que habíamos pasado juntos.

Lo único que me quedaba era aquella sensación de intimidad que me llevaba a ver dentro del desconocido que se sentaba a mi lado en el coche más de lo que la razón podía explicar que viera.

Aunque fuera una locura, sentía que entre Oriol y yo existía un vínculo invisible.

Aparté todos aquellos pensamientos de mi cabeza y me centré en los hechos: Oriol se había marchado de mi apartamento sin tocarme ni un pelo y no había vuelto a intentar ponerse en contacto conmigo.

Yo llevaba esa noche una buena melopea. No estaba segura de si tenía que avergonzarme de algo que hubiera dicho o hecho.

¿Y si Oriol había salido corriendo dejándome plantada por eso?

Supongo que si hubiera intentado violarle mi memoria se acordaría.

Me ruboricé solo de pensarlo. ¡Por Dios, menuda situación!

«¿Por qué tenían que pasarme a mí estas cosas?

». Reí nerviosa por lo bajini y me centré en que no se me notara que el corazón se me salía por la boca.

Agradecí que la radio del coche se pusiera a sonar automáticamente cuando Odalis arrancó el motor. Así no tendríamos que hablar y mis latidos desbocados quedarían camuflados por la música.

Sonaba una emisora mexicana donde casi todo el repertorio de canciones era en inglés, seguramente había sido Sarah quien había elegido el dial.

La observé en el asiento del copiloto, recostada contra la ventanilla lateral canturreando con los ojos cerrados mientras Odalis conducía en silencio desviando la mirada hacia ella de cuando en cuando.

Oriol, sentado detrás de Sarah, miraba el paisaje que corría cada vez más rápido a los lados del vehículo con expresión ausente. Parecía relajado.

Inhalé y exhalé varias veces concentrándome en el movimiento arriba y abajo de mi diafragma.

Utilizaba la técnica de respiración consciente cuando necesitaba calmar aquella presión en el pecho que aparecía sin previo aviso y no me dejaba respirar.

Era lo único que había sacado de provecho de las cinco sesiones con la psicóloga a la que Jaime me había obligado a ir.

Solo por aquello bien había valido la pena el dinero invertido.

Seguí respirando hasta que el nudo del estómago por fin se aflojó y fue cediendo.

Ya más tranquila, emulé a mi amiga y apoyé la cabeza en la ventana cerrando los ojos y dejando que las notas de la canción que sonaba en la radio me transportaran.

Aquella era la manera de evitar mirar a Oriol, me irritaba su indiferencia.

Me hubiera gustado que me hablara, que se mostrara cercano e interesado en conocerme más a fondo, pero solamente me ignoraba.

Yo en cambio me moría por saber más cosas acerca de él.

Necesitaba controlar el impulso que me llevaba a acercarme y hablarle, por eso me había refugiado en el sonido de la música y me esforzaba en hacer como si no estuviera a mi lado sentado en aquel coche.

Estaba enfadada conmigo misma por no ser capaz de ignorarlo en igual medida.

¡Qué extraño es el corazón algunas veces!

Le sentí acercarse. Di un respingo que me obligó a abrir los ojos y le miré de reojo al sentir el calor que indicaba la cercanía de su piel.

Poco a poco se había espatarrado en el asiento y ahora su rodilla invadía el espacio central situado entre los dos, casi rozaba mi pierna.

No me moví, me regocijé en la sensación cálida y gustosa de sentirlo cerca.

La canción «Creep» de Radiohead comenzó a sonar de pronto y casi como si los dos hubiéramos estado esperando una señal nos giramos a la par.

Nuestras miradas se enfrentaron, en un duelo en el que hablaban un idioma desconocido.

No sé qué se dijeron, pero sentí la necesidad de huir.

Me batí en retirada. Yo fui la primera en bajar la vista.

Cuando volví a levantar los ojos Oriol seguía con los suyos fijos en mi rostro.

Sonrió. No solo con la boca, también con la mirada.

Supe entonces que era hora de bajar la guardia y le devolví la sonrisa.

Nuestras pupilas volvieron a encontrarse, pero esta vez en un baile silencioso.

Bailaban a media voz, contándose secretos y susurrándose verdades, con el brillo propio del desafío que provoca la curiosidad creciente.

Creando aquella conexión inquebrantable que solo entiende quien cree en la magia.

¿Acaso sabe alguien qué mecanismo es el que lleva a un corazón a enamorarse?

A veces es suficiente el tiempo que dura una canción para que todo

entre dos personas cambie.