Donde nace el cielo Capítulo 20.
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Capítulo 20.

¿Puede el tren equivocado llevarte al lugar correcto?

La silueta de Jimena se recortó sobre el cielo azul transparente que antecedía al ocaso. La hora azul la llamaban. Ese momento, codiciado por todos los fotógrafos, en que la luz incide con sus rayos de forma que todo parece más bello.

La luz también cumplía su función con la mujer, menuda y resuelta, que se acercaba a pasos cortos con una sonrisa pintada de rojo en la cara hacia el quiosco de burritos donde todos solíamos cenar desde hacía años cuando veníamos a Playa del Carmen a pasar el día o a disfrutar de una noche de fiesta.

Era un puesto modesto, con una pequeña caseta roída por los años donde dos mujeres rubicundas elaboraban comida casera a precios populares.

El recinto lo completaban cuatro mesas enormes y desvencijadas, estaba frecuentado en su mayoría por los autóctonos de la zona.

Yo esperaba incómodo, moviendo las piernas nervioso sobre la bancada de madera oculto por la tabla de la mesa. Odiaba tener que pedir favores y más si se trataba de ella.

Noté cómo Jimena se tensaba cuando le di dos besos y me sentí más tranquilo cuando tomó asiento frente a mí en lugar de hacerlo a mi lado. La distancia que imponía el gran tablero que nos separaba me hizo sentir aliviado.

—Siento meterte en este embrollo —me disculpé cabizbajo.

—No te preocupes. Mañana entro de mañana. Lo colocaré todo en su sitio y si alguien me pregunta diré que pasaste a firmar y recoger tu dinero a última hora de la tarde y que con las prisas a la hora de marcharme había dejado los papeles dentro de mi libreta en lugar de en la bandeja.

Jimena siempre tenía soluciones para todo. Sus ojos vivos me miraban

interrogantes y sentí la necesidad de justificarme.

—Te juro que yo no tengo nada que ver con los robos.

—Oriol, te conozco. Sé que eres inocente. Lo que me sorprende es que no vayas al hotel a dar la cara. Creo que estos últimas días andas metido en algo raro, pero no voy a insistir si no quieres contármelo.

Su franqueza siempre me desarmaba. Jimena era una mujer inteligente, lástima que no había conseguido sentir por ella nada más que un cálido afecto.

La miré agradecido de que no insistiera ni hiciera preguntas, no podía contarle lo que pasaba. Era mejor que no lo supiera. A decir verdad, yo tampoco tenía muy claro qué era exactamente lo que estaba sucediendo.

—Es por Enrico —dije vagamente—. Hace días que no tengo noticias suyas. El profesor Emeterio me ha citado en Cancún mañana y después quiero ir a Punta Allen para asegurarme de que todo va bien.

Jimena me fulminó con la mirada. Asintió forzando una sonrisa a pesar de que sus ojos oscuros no parecían muy convencidos de que lo que le estaba contando fuera cierto.

—Tienes que firmar aquí y aquí —cambio de tema al darse cuenta de que no conseguiría romper mi hermetismo.

Había puesto los papeles del despido sobre la mesa y apreté los dientes con fuerza al leer que el motivo del fin de contrato era incumplimiento y comportamiento desleal.

Firmé con la desazón quemándome dentro. Si no hubiera estado en la situación en la que me encontraba nunca hubiera firmado una liquidación así, pero necesitaba cobrar la semana de trabajo y no podía demorarlo.

Noté la mirada triste de Jimena posada en mí. Me dio el sobre con el dinero sin decir nada más. Después cogió los papeles, los dobló y los metió en el cuaderno que llevaba dentro del bolso.

—He hablado con mi amiga y me ha dicho que, si quieres, ella puede llevarte a Cancún.

Se marcha mañana por la mañana —añadió después de un pequeño silencio—.

Esta es su dirección —dijo tendiéndome un trozo de folio arrugado donde se notaba que había anotado los datos a toda prisa—.

Si quieres irte con ella, tienes que estar en la puerta de su portal mañana a las once.

Asentí agradecido y cogí el papel que me ofrecía.

Ella apartó la mano con rapidez cuando mis dedos la rozaron y yo maldije mi incapacidad para sentir por ella algo más que aquel cariño tranquilo de amigo distante.

Jimena era una gran mujer, pero, por mucho que lo había intentado, no había logrado enamorarme de ella.

La vi mirar oteando alrededor como si buscara algo y el corazón me dio un vuelco al pensar que podía haberme traicionado.

Me sentí como una mierda por haber pensado que ella podría hacer algo así cuando ella saludó a un chico que nos miraba desde lejos. Mis músculos se habían contraído y estaba ya preparado para escapar si era necesario.

Él le devolvió el saludo con la mano y se quedó esperando donde estaba. Jimena parecía tener prisa por marcharse y agradecí que así fuera. Su sonrisa se había iluminado y colocó con coquetería un mechón de su pelo detrás de la oreja

—Tengo que irme, Oriol. Me están esperando —aclaró, bajando la mirada.

Un sentimiento ambiguo me invadió. El alivio de ver que ella seguía con su vida se mezclaba con la melancolía de comprender que ya nunca habría un nosotros. No es que deseara que lo hubiera, pero uno siempre se siente especial cuando se sabe querido.

—Parece un buen chico —dije esbozando una sonrisa sincera.

—Lo es. Nos entendemos bien —su afirmación había sonado firme y me alegré de que así fuera—. ¿Estarás bien, Oriol?

—¡Claro! Voy a tomarme unos días de descanso para solucionar lo de Enrico y luego buscaré trabajo. No te preocupes. Disfruta con tu chico, Jime.

Ella me miró con ternura. Se levantó después de asentir y volvió a saludar al muchacho que la esperaba impaciente.

Estaba ya a unos pasos cuando sentí la necesidad de encontrarme en su mirada una última vez.

No le había dado las gracias por todo lo que había hecho por mí. Ella siempre había estado cuando había necesitado su ayuda a pesar de saber que yo nunca la querría. Tenía un corazón enorme, necesitaba que supiera que yo lo sabía.

—¡Jime…! —Se giró a mi llamada haciendo girar la falda de vuelo de su vestido rojo con expresión interrogante—. ¡Gracias…! —dije bien alto para que todo el mundo pudiera oírlo—. Por esto… —señalé el sobre y el papelito con los datos de su amiga—, y por todo lo demás.

—Cuídate, Oriol —dijo ella con los ojos brillantes asintiendo una vez más.

La vi alejarse cogida de la mano con el chico que la esperaba. No volvió la vista atrás, me alegré de que no lo hiciera.

Hay trenes que hay que dejar pasar. Ahora estaba seguro de que, en lo referente a Jimena, quedarme en el andén había sido la mejor decisión.

Tenía la certeza de que yo nunca podría haberla hecho feliz.

Tampoco ella a mí. Cuando te subes al tren equivocado no vale de nada correr por el pasillo en la otra dirección.

Siempre había tenido claro que uno debe elegir con la cabeza qué dirección tomar, tal vez por eso llevaba tanto tiempo esperando sin moverme en la misma estación.

Me había olvidado que también se puede elegir con el corazón.

No había aprendido todavía que a veces el tren equivocado podía llevarte al lugar correcto.

La única estación donde deberías quedarte inmóvil es aquella en la que eres feliz. Yo no lo era, y, sin embargo, durante mucho tiempo me había sentido incapaz de moverme de aquel andén al que ya me había acostumbrado.

Sonreí melancólico y con disimulo miré el interior del sobre de la liquidación.

Mil trescientos pesos. No era mucho, pero tendría que llegar. Iba a tener que tirar de ingenio y vivir bajo mínimos durante algunas semanas. Empezaría por dormir al raso aquella noche.

Apuré un burrito antes de marcharme y después paseé despacio, vagando por las calles llenas de color y risas que sabían a verano.

Cuando oscureció y me sentí lo suficientemente cansado, caminé hasta una zona concurrida de la playa y busqué un lugar donde acurrucarme cerca del tumulto para no despertar sospechas si los hombres del Chancho Moreno pasaban por allí.

Necesitaba encontrar la manera de poder dormir durante un rato.

Sabía que irme a una cala apartada era un riesgo que no podía permitirme, pues intuía que si me estaban buscando lo harían primero en los lugares más solitarios.

Cuanta más gente hubiera, más difícil sería que dieran conmigo.

A veces lo mejor era no esconderse, así que dejé que el ruido de la música y las voces me martilleara en las sienes y me concentré en el sonido del ligero murmullo del mar que acariciaba la orilla hasta que el sueño me venció.

Al abrir los ojos el sonido atronador de la fiesta nocturna había cesado. El cielo estrellado, al que una luna que ya había empezado a menguar no conseguía eclipsar, me acompañó mientras discurría acerca de qué debía hacer.

Me llevé la mano al bolsillo interior del pantalón con inquietud, pude comprobar que el sobre con el dinero seguía estando en su sitio. Respiré aliviado. Después saqué el papelito donde Jimena había anotado la dirección y el teléfono de su amiga.

Odalis

Calle Marea Azul Nº13

123201822

Inspiré profundo y de pronto lo vi claro: Tenía que moverme del andén, no podía seguir para siempre echando raíces en aquella estación.

«¡Muévete, Oriol! —me gritó mi interior—. No eres un árbol».

«Ojalá lo fuera», pensé yo. Pero no lo era.

Hay trenes que dejas pasar a sabiendas de que no debes subirte a ellos y otros que coges sin saber a dónde te llevaran. ¿Qué es lo que marca la diferencia? ¿Qué hace que cuando estás en el andén decidas subirte o no subirte a un tren?

Supongo que hay muchas variables, todas ellas imprevisibles. O tal vez solo sea cuestión de azar. Tal vez la elección la haga el destino, o la casualidad, o la suerte…

Cuando a la mañana siguiente me presenté en el portal donde la amiga de Jimena me había citado para ir con ella hasta Cancún no sabía a donde me llevaría aquel tren. Tampoco imaginaba cómo me cambiaría la vida.

La puerta metálica se abrió con un chirrido. Saludé a la chica de pelo corto que me abrazó con una sonrisa.

—Jimena me dijo que vendrías —dijo ella al verme apostado junto al zaguán.

Me sonaba su cara vagamente. Habíamos coincidido en alguna fiesta.

Detrás dos chicas ruidosas reían despreocupadas.

Mis ojos se fueron instintivos hacia ella. Con la pamela rosa entre las manos y el pelo mojado, Álex tiraba de una pequeña maleta con ruedas.

Nada más verla lo tuve claro: no sabía si era cosa del destino, del azar o de la suerte, pero si de algo estaba seguro es de que aquello no podía ser casualidad.