Capítulo 19.
El destino tiene un plan: Tú solo confía
Siempre hay un punto de inflexión, pero raramente lo vemos cuando nos encontramos frente a él.
Tenemos que elegir. En esa encrucijada de caminos que es la vida nuestro futuro siempre depende de las elecciones. También nuestro presente, pero estamos demasiado ocupados en nuestras inercias y nuestras rutinas como para verlo.
Lo más difícil es elegir la recta sin trazar, el camino que no se ve porque todavía no existe. Caminar a ciegas con la hierba por las rodillas sin tener ni idea de qué hay bajo los pies. Elegir lo invisible, lo impensable, lo intangible.
En esa disyuntiva estaba yo cuando llamé presa de un ataque de nervios a mi hermana Esther.
Había conseguido tranquilizarme, no quería hacer un drama del encontronazo que había tenido en el hotel con Patricia y Jaime, pero no había conseguido recuperar el aire que me faltaba.
Rompí en un sollozo visceral nada más escuchar su voz al otro lado del teléfono.
Por mucho que uno lo intenta, no puede disimular el dolor ante las personas que quiere. Mi hermana me conocía a la perfección, le bastaba escuchar el tono de mi voz para saber cuándo algo no iba bien.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —me preguntó preocupada después de que le relatara todo lo ocurrido.
—No tengo ni idea —contesté, presa del bloqueo en el que me encontraba.
Sarah y Odalis me habían invitado a quedarme con ellas en Cancún hasta que resolviese la situación. Tenía que decidir qué hacía. Lo único que tenía claro es que no podía quedarme en el «Tulum Bahía» ni un segundo más.
Volvimos a Playa del Carmen. Odalis tenía un amigo allí que le había prestado su apartamento para pasar aquellos días.
Las animé a que salieran a dar una vuelta y disfrutaran de la noche rivereña.
No quería estropearles sus días de vacaciones con mis problemas y la soledad me vendría bien para ordenar mis ideas.
Al día siguiente tenían que volver a la ciudad, así que me iría con ellas.
Por suerte, Sarah no volaba hasta el viernes por la noche. Lo que me daba un par de días de margen para conseguir cambiar el billete de avión y regresar a casa.
Sabía que la opción más lógica era volver a Sevilla.
Aceptar la derrota. Coger mi orgullo malherido, meterlo en la maleta y regresar de vuelta con el rabo entre las piernas, pero en mi interior algo me gritaba con fuerza que no lo hiciera.
Una pregunta ilógica y sin sentido se rebelaba en mi cabeza:
—¿Y si te quedas?
Eran cuatro míseras palabras entre interrogantes, pero eran suficiente para removerme por dentro. Me hacían sentir esa sensación incómoda que siempre precede a todas las decisiones transcendentales en la vida.
Saqué una moneda de la cartera y la tiré al aire.
—Si sale cara me voy y si sale cruz me quedo —me dije, decidida antes de lanzarla.
Utilizaba aquel procedimiento siempre que tenía que hacer una elección importante.
Cualquiera que me viera pensaría que era una manera infantil de tomar decisiones, pero tenía su fundamento: Cuando la moneda estaba en el aire, de pronto veía claro la respuesta, pues sabía antes de que cayera de qué lado deseaba que lo hiciera.
No tuve que mirar la moneda para comprobar qué decía el destino.
Mi corazón ya había hablado.
No quería volver. O no podía.
Tal vez fuera el miedo a tener que afrontar lo ocurrido, pues sabía que en cuanto pusiera un pie en Sevilla tendría que plantarle cara a la realidad y ordenar mi vida.
Pero por mucho que trataba de racionalizar —me decía a mí misma que debía comportarme como una persona madura y responsable—, no podía hacer oídos sordos a ese ruido interior que a voz en grito me pedía que me quedara.
Necesitaba encontrarme antes de volver, en aquella recta sin trazar, dejando que el azar jugara sus cartas.
Algo dentro de mí tiraba de forma irremediable hacia ese camino que aún no veía. El camino hacia lo desconocido, hacia lo imprevisible, ese espacio donde flota la incertidumbre y el vacío, donde queda sitio para que el universo materialice los deseos que uno no se atreve a pronunciar en alto.
—Entonces, ¿te quedas? —preguntó Sarah ya de madrugada cuando ella y Odalis regresaron al piso.
Yo estaba recostada en el sofá de tres plazas de cuero blanco donde las piernas se me quedaban repegadas por efecto del calor.
El sudor perlaba mi frente, el bochorno era irrespirable.
Ojeaba en el teléfono un mapa del Yucatán y buscaba información que arrojara un poco de luz sobre toda aquella incertidumbre que todavía me enmarañaba la cabeza.
Cogí aire con fuerza para llenarme de la determinación que temblaba en mis labios pugnando con la duda razonable.
—Creo que sí. Necesito seguir con mi vida, pero antes quiero regalarme tiempo para pensar y estar conmigo misma. Lejos de todo —dije, encogiéndome de hombros.
—¿Y cómo te lo planteas? —había sido Odalis quien había formulado la pregunta mientras Sarah me miraba sonriente y aplaudía entusiasmada dando saltitos.
—Aún no lo he decidido. Creo que me apetece seguir conociendo la Riviera y visitar algunas ciudades en el interior.
Ya que estoy aquí creo que podría aprovechar para viajar por el Yucatán.
Tengo bastantes ahorros y un billete de vuelta para dentro de más de tres semanas.
¡Siempre puedo alquilar un coche y dejarme llevar!
—improvisé más animada —. Buscando bien seguro que encuentro lugares modestos donde poder alojarme a buen precio.
Necesito probarme que soy capaz de hacerlo, salir de esa zona donde me siento cómoda y segura, forzarme a sacar de dentro las cosas de mí que no conozco, encontrarme debajo de la piel.
Llevo tanto tiempo dejándome guiar por la inercia que ya no sé quién soy.
Odalis asintió comprendiendo lo que quería decir y Sarah me miró con los ojos brillantes.
—Puedes quedarte con nosotras en Cancún hasta que te organices
—ofreció nuevamente Odalis.
—Solo necesito un par de días… —acepté agradecida—. Además, así puedo aprovechar para conocer Cancún. ¡Tengo ganas de explorar la ciudad!
Tenía un nudo en el estómago. Todavía no había conseguido que me inundara la ligereza propia de la despreocupación. Había tomado una decisión, pero me quedaba materializar el camino. Segar la hierba y ver si debajo de los pies había sendero o solo abismo.
Cuando Sarah se levantó en mitad de la noche a beber agua, yo todavía no había conseguido conciliar el sueño.
—¿Estás bien? —me preguntó al verme sentada en el suelo con el agobio dibujado en el rostro, la cabeza apoyada en el asiento del sofá que habíamos cubierto con una sábana para que me sirviera de cama y los ojos abiertos como platos.
—¿Cómo puede saber uno si está tomando la decisión correcta?
¿Crees que soy una irresponsable por quedarme aquí en lugar de volver y coger el toro por los cuernos?
—Creo que cada cosa tiene su tiempo. Existe un momento para todo y si nos escuchamos nuestro interior lo sabe.
Solo vivimos una vez, Álex, nuestra existencia es solo un bosquejo, un boceto sin terminar.
El cuadro definitivo nunca llegamos a pintarlo.
Me quedé pensando en sus palabras mientras ella, sentada a mi lado en el suelo, apuraba a sorbitos pequeños su vaso de agua.
—Creo que tengo miedo a equivocarme. Soy especialista en cagarla
—dije, sintiendo la presión que me atenazaba dentro.
—Todos tenemos miedo, Álex. —Me acarició con cariño el pelo y me dio un beso suave en la mejilla—. El universo nunca se equivoca, nos coloca en el lugar donde debemos estar en cada momento.
Suspiré, aligerando el peso que me oprimía el pecho.
Sarah se levantó, dejó el vaso sobre la encimera de la barra americana de la cocina y se dispuso a volver a la habitación donde Odalis dormía a pierna suelta.
Antes de marcharse, volvió a pasar por mi lado y me susurró en el oído:
—Tú solo confía. El destino tiene un plan.
Sonaba tan firme que no pude evitar sonreír. No me cabía duda de
que estaba en lo cierto. Pronto averiguaría cuál era.