Capítulo 18.
Medidas desesperadas
La voz de Jimena al otro lado del teléfono sonó compungida.
—Lo siento, Oriol, he tratado de buscar una excusa, pero el director del hotel estaba furioso. Me ha dejado en recepción la carta de despido y tu liquidación.
—¡Esto es increíble! ¿Me va a despedir por faltar un día al trabajo?
¡No puedo creérmelo! ¿En qué mundo de mierda vivimos?
—No es solo eso, Oriol. Te ha vetado la entrada. Dice que si vuelve a verte por aquí llamará a la policía y te denunciará.
Era algo completamente desproporcionado. No entendía una palabra.
—¿Por faltar un día al trabajo? ¡No jodas! —Noté el silencio espeso de Jimena—. Jime, aquí hay algo raro. ¿Qué pasa? ¿Qué me estás ocultando?
Jimena respiró profundo y lo soltó.
—¿Te acuerdas de los robos que llevan unos días sucediendo durante las excursiones?
—Sí, claro. Yo mismo he dado parte de dos de ellos. Yo iba de guía.
Pero… y eso ¿qué demonios tiene que ver conmigo?
—Anoche robaron dos carteras en la explanada durante las clases de bachata. Han revisado las cámaras y tú estabas allí. Con actitud sospechosa. Y hoy has faltado a trabajar sin dar ninguna explicación.
—No creerás que yo lo hice, ¿verdad? —pregunté indignado—. Y si lo tiene tan claro, ¿por qué no me denuncia a la policía entonces? —Mi enfado iba aumentando por momentos.
Me estaban acusando injustamente de algo que yo no había hecho.
«¿Habrían tenido algo que ver los hombres del Chancho Moreno con aquella calumnia? ¿Sería una manera de ponerme entre la espada y la pared?».
—El director del hotel no quiere líos. Piensa que lo mejor es darte lo que te debe y quitarte del medio.
Lo otro supondría mala publicidad y tener que dar explicaciones.
Lo siento, Oriol. No sé qué decir —Jimena sonaba realmente apenada—.
Estoy segura de que tú no lo hiciste. Te conozco, eres incapaz de coger algo que no es tuyo. De verdad que lo siento —repitió.
Yo suspiré al otro lado. Al menos ella estaba de mi parte.
Tenía ganas de maldecir, pero Jimena no se merecía mis protestas.
Ella solo era el mensajero.
—No te preocupes. Tú no tienes la culpa —acerté a decir. Notaba la boca pastosa—. A decir verdad, no me viene mal del todo un descanso. Tengo que ir a Cancún por un asunto del profesor Emeterio y también necesito viajar a Punta Allen.
—¿De verdad estás bien, Oriol? Suenas preocupado.
—Sueno preocupado porque lo estoy. Enrico sigue sin aparecer. — Me había abierto más de lo habitual. Obvié el resto de la historia. No quería alarmarla—. ¿Podrías hacerme un favor?
—Sí, claro. Solo dime qué necesitas.
—¿Aparte de encontrar una manera gratis de ir a Cancún y a Punta Allen? —bufé con resentimiento—. Necesitaría que me dieras la carta y el finiquito fuera del hotel. El Bahía Tulum no es… seguro, y necesito cobrar el dinero de esta semana —tanteé incómodo.
Sabía que estaba poniendo a Jimena en un aprieto al pedirle que sacará el sobre con los papeles y el dinero fuera del hotel, pero no me quedaba más remedio.
—Está bien, lo haré. Solo porque eres tú, Oriol —dejó ella claro—. Lo de Punta Allen no puedo arreglarlo, pero tal vez pueda encontrarte una forma gratis de ir a Cancún —añadió misteriosa—, salgo de mi turno a las seis y media. ¿Nos vemos a las ocho en Playa del Carmen?
—¿Dónde siempre? —pregunté más animado haciendo referencia al puesto de burritos que solíamos frecuentar con la pandilla.
—Donde siempre —afirmó ella.
—Gracias, Jime… —balbuceé como si aquellas dos palabras pesaran un quintal.
—No me las des. ¡Para eso estamos los amigos! Colgué con una sensación extraña en la boca.
Me costaba pedir favores. Aún tenía que aprender que pedir ayuda cuando era necesario no era nada vergonzoso, al contrario, significaba que confiabas lo suficiente en la otra persona como para recurrir a ella en los malos momentos.
No estaba hecho para mostrar mis sentimientos. Aun cuando fueran tan inofensivos como la gratitud que sentía en aquel instante.
Sonreí al pensar en Jimena. Había sido tantas veces injusto con ella por miedo a que pensara que me interesaba.
No quería hacerle daño y por eso me esforzaba en regalarle mi desprecio.
Nunca le había dicho que valoraba su amistad.
Ella se merecía encontrar a alguien que la supiera querer de verdad.
Con toda el alma en cada beso. Yo era incapaz de albergar aquel sentimiento.
Nunca me había enamorado y me creía incapaz de hacerlo.
De pronto, la imagen de Álex acurrucada en el sofá con el pelo revuelto me golpeó en el pecho.
El amor. El motor que mueve el mundo y lo hace girar. No comprendía cómo algo tan intangible podía moldear la voluntad de las personas.
Espanté aquel cosquilleó de la boca de mi estómago y cerré los ojos con fuerza para que la sonrisa de Alejandra se desvaneciera de mi mente. No podía enamorarme, es más, no quería. No iba a permitir
que aquella mujer —ni ninguna otra— se me metiera debajo de la piel. No era tan estúpido.
Amar significaba mostrarse vulnerable. Me daba pánico que los demás supieran que no era tan capaz como aparentaba ser.
Era más fácil cantarse las verdades a uno mismo a solas que reconocer las debilidades ante otro.
Por nada del mundo estaba dispuesto a dejar que nadie me viera por dentro.
¡No pensaba compartir mis miedos, tampoco iba a permitir que les crecieran alas a mis sueños!