Donde nace el cielo Capítulo 17. #2
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Capítulo 17. #2

Patricia siempre había deseado mi estilo de vida.

Miraba con envidia las fotos de mis viajes, me pedía prestada la ropa de firma que compraba para las ocasiones especiales, venía de carabina a muchos de nuestros compromisos sociales.

Yo, ilusa de mí, había creído que era una manera de estar cerca, una muestra de amistad que me hacía sentir afortunada de contar con ella a mi lado, pero la realidad era otra bien distinta. ¡No podía haber estado más ciega!

—Patri es una envidiosa. No me gusta cómo mira a Jaime. Esa quiere robarte al novio, y no porque le guste, lo que le interesa es su dinero —las palabras de mi hermana Esther vinieron a mi cabeza como un eco lejano. Había sido una mañana que habíamos quedado para desayunar en

Triana. Jaime y yo llevábamos pocos meses de relación.

Yo había defendido a Patricia a muerte. Pensaba que eran cosas de Esther. Ellas dos nunca se habían llevado bien. Sabía de sobra que mi hermana no la tragaba.

Los miré con resquemor. Me comí las lágrimas, no pensaba darles el gusto de verme llorar. Jaime seguía sin intervenir.

Volví a mirarlos echando fuego por los ojos.

Patricia me sostuvo la mirada. La muy zorra no pensaba amilanarse.

Que estuvieran allí había sido sin duda cosa suya.

Seguramente todo había sido instigado por doña Margarita.

La muy bruja debía estar maldiciéndome y había querido tomarse la revancha después de que los dejara en evidencia delante de toda la jetset.

Al menos en eso había conseguido joderla bien.

Centré mis reproches en Patricia.

—¿No te bastaba con robarme mi vida? ¿Tenías que venir también a joderme el retiro? —pregunté con resentimiento.

—¿Te refieres al viaje que ha pagado Jaime con su dinero? ¿Y qué te hace pensar que iba a dejar que disfrutaras de algo que ha pagado él y puedo disfrutar yo? ¡Ya estás recogiendo tus cosas y buscándote la vida! Lo de vivir a cuerpo de reina se te ha terminado, bonita.

«¿Cómo podía ser tan rastrera?».

Miré a Jaime esperando un poco de compasión. No la encontré.

Sus ojos seguían clavados en el suelo y sus labios estaban sellados. Patricia era la encargada de resolver sus problemas.

La congoja empezaba a ser tan fuerte que no me sentía capaz de seguir con aquella lucha. Estaba agotada. Había perdido. Podía quedarse con todo, yo lo único que deseaba era no volver a verlos nunca más.

—¡Iros a la mierda! Yo me marcho de aquí, me revuelve el estómago veros delante. ¡Y tú, no te rías tanto! —dije furiosa a grito pelado mientras Patricia reía con malicia a carcajadas—. La vida se cobra siempre las deudas.

—¡Claro! Por eso yo estoy viviendo como una princesa y tú lo harás como una vagabunda —Replicó haciendo alusión a todo lo sucedido

—¡La vida no se cobra nada, Álex! Eres una ilusa… Hay que coger lo que uno merece y defenderlo con uñas y dientes. Eso del karma es una chorrada. ¡Un cuento para pobres desgraciados!

—Qué engañada estaba contigo. Siempre has sido una arpía —escupí con tristeza—. Disfruta mientras puedas. ¡Eres tan ruin que dudo que la felicidad te dure demasiado!

—Lo único que empaña mi felicidad en este momento es contemplarte delante.

¡Eres un fantoche, Álex! Y encima, tienes mal gusto —dijo señalando mi ropa nueva—.

¡Coge tus cosas y lárgate! A ver dónde te pone la vida, de momento a mí me ha puesto en la Riviera Maya, con un daiquiri en la mano y en una tumbona.

No podía más. No quería darle el gusto de ver mis lágrimas rodar. Para mí Jaime y ella habían muerto. Ahora necesitaba decidir qué hacía con mi vida.

Comencé a alejarme caminando con la poca dignidad que me quedaba.

A mis espaldas el grito histérico de Patricia hizo que me girara.

Sarah la había arrebatado el daiquiri de las manos y se lo había tirado por encima de la cabeza poniéndola perdida.

La vi agarrarla de los pelos y arrastrarla hasta la piscina ante la mirada estupefacta de todos los

presentes.

Patricia chillaba y pataleaba como un cerdo cuando lo llevan al mata dero. Sonreí al verla. El cerdo salía ganando en las comparaciones.

—Por si el karma no hace su trabajo… —gritó frotándose las manos después de arrojarla al agua—.

Ahora soy yo la que te ha puesto donde debes estar: haciendo el ridículo, con el daiquiri tirado por encima y empapada hasta los huesos.

En realidad, te mereces estar llena de mierda, lástima que no hay por aquí una montaña de estiércol, sino te hubiera metido en ella hasta la cabeza.

¡Zorra, que eres una zorra! ¡Ten cuidado, no vayas a morderte la lengua y te envenenes!

Patricia, con el pelo en la cara y tosiendo por efecto de la aguadilla, temblaba y lloriqueaba con chillidos estridentes como un pollo remojado mientras Jaime la ayudaba a subir desde el bordillo.

Odalis levantó las cejas, divertida, cuando llegamos a su altura. Estaba acostumbrada a la impulsividad de su chica.

—¡Por si falla la justicia divina! —dijo más ancha que larga Sarah. Odalis meneó la cabeza con una sonrisa.

Sarah me resguardó con su brazo por encima de mis hombros y me atrajo hacia ella con cariño. Caminábamos despacio. Las lágrimas no dejaban de brotar y sorbía los mocos como una niña pequeña.

—No te preocupes, Álex. Quien la hace riendo, la paga llorando — sentenció Sarah mientras me ayudaban a recoger mis cosas.

Estaban desparramadas por el jardín delantero del apartamento. Patricia las había sacado y arrojado con saña sobre el césped.

Miré a mi amiga agradecida por sus palabras y asentí más calmada. El tiempo le daría la razón. Patricia recibiría su merecido. Aún tardaría un tiempo en caer hasta la altura del barro, pero finalmente volvería al lugar que le correspondía. La vida era justa después de todo.

En mi caso, no entendía por qué la vida no dejaba de putearme. No sabía entonces que me estaba haciendo un favor.

A veces los caminos del destino son inescrutables.