Capítulo 17.
Quien la hace riendo, la paga llorando
El día de visita a Playa del Carmen había sido inmejorable. Después del ibuprofeno y de resolver —al menos en la teoría— el pequeño problemilla de Sarah, las dos nos habíamos engalanado con nuestras mejores sonrisas y habíamos salido del hotel dispuestas a hacer de aquel miércoles un día memorable.
El pintoresco pueblecito turístico al borde del mar no me había defraudado.
Habíamos recorrido sus callejuelas empedradas y entrado en cada tienda de recuerdos, nos habíamos puesto ciegas a tacos y tamales en una tasca típica y luego habíamos pasado la tarde vuelta y vuelta al sol tumbadas en unas hamacas en la zona más exclusiva de la playa.
Lo mejor de todo es que la jornada me había salido casi gratis.
Odalis conocía mucha gente y era bien recibida en todas partes. Por el trato que le daban pronto pude comprender que era alguien ligado al Yucatán por su trabajo.
—Odalis es responsable de turismo sostenible y trabaja para el fondo nacional de Quintana Roo —aclaró Sarah orgullosa de su chica.
Ella la reprendió con un gesto cariñoso, más por pudor que por la inconveniencia de que me diera aquella información.
En España cualquiera que ostentara un cargo de aquel tipo se vana gloriaría de ello y haría uso de sus privilegios sin remilgos, pero el carácter de Odalis era bien distinto. Ella aceptaba los halagos y atenciones con suma discreción y evitaba en todo lo posible darse importancia.
Me caía bien, creo que era mutuo. Habíamos congeniado y hecho buenas migas desde el principio.
A su mesura y recato se sumaba una simpatía natural que la hacía irresistiblemente magnética.
Con aquella sencillez y sus maneras suaves sabía desenvolverse en todos los ambientes.
Era todo lo contrario que Sarah, ruidosa y risueña y, sin embargo, las dos se complementaban a la perfección.
Se palpaba su complicidad en cada gesto y palabra.
Formaban una pareja sólida y bien avenida, de esas que uno envidia un poco por el buen rollo que desprenden.
Cuando ellas se miraban el mundo se detenía en sus ojos. ¡Que Sarah no compartiera aquella relación con su familia era una locura! Tendría que hablar con ella más tranquilamente y hacerla entrar en razón. Odalis merecía una vida sin medias tintas.
Quedaba poco para el atardecer cuando regresamos al hotel. Me quité los zapatos de cuña nada más entrar en las instalaciones del Tulum Bahía. Me dolían los pies. Estaba agotada después de todo el día de turisteo. Me tiraba la piel del salitre y el sol.
Las chicas habían propuesto ir a la piscina a darnos un último baño, y yo albergaba la esperanza de encontrarme con Oriol por casualidad.
A pesar de que estaba molesta con él, no había podido quitármelo de la cabeza en todo el día.
Que se hubiera marchado sin despedirse no había sido de buen gusto, aunque en realidad lo que más me escocía era que me hubiera rechazado.
Vulnerable como estaba después de que Jaime me hubiera abandonado lo que menos necesitaba era un hombre que me diera calabazas cuando yo se lo estaba poniendo en bandeja.
Me sentí un poco avergonzada por mi actitud. En parte yo me lo había buscado, pero me llevaban los demonios cada vez que lo recordaba.
Sarah caminaba a paso ligero agarrada a mi brazo, y Odalis, a su lado, nos mantenía el ritmo con las manos en los bolsillos y expresión serena cuando al entrar al recinto de las piscinas algo llamó mi atención sobre una hamaca.
Contuve el aire y me detuve en seco. Mis ojos miraron la pamela rosa que sostenía en la mano y se pasearon incrédulos por los contornos del objeto en la distancia.
Nada más verla lo supe. Era ella. No podía ser casualidad. Aquella pamela, igual que la mía, exactamente idéntica. Las habíamos comprado en Ibiza dos años antes, en nuestro viaje de mejores amigas de aquel verano.
Una punzada de dolor me dejó sin respiración al recordarlo.
Tardé en atreverme a bajar la mirada para confirmar mis peores temores.
El mundo se desmoronó a mis pies al verla: Debajo de la pamela, Patricia, sonriente, sujetaba un daiquiri en la mano.
A su lado, tumbado sobre una hamaca, mi casi marido lucía sus abdominales de gimnasio mientras se embarraba en crema.
«¿¡Cómo habían podido!?¿No habían tenido bastante con joderme los sueños?».
En ese momento me rompí. Tuve que taparme la boca para contener la rabia. El dolor era incontenible. Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas sin remedio y me faltaba el aire.
A pesar de que hacía días que había comprendido que en realidad nunca había estado enamorada de Jaime, la traición aún me quemaba en el pecho.
Creo que me dolía más por Patri, ella había sido para mí casi como una hermana.
Nunca hubiera sospechado que fuera capaz de algo así.
Para él, en cambio, solo tenía indiferencia, ni siquiera había sido capaz de odiarlo.
—¡Serán hijos de puta! —bufó Sarah cuando, entre sollozos, pude explicarle el motivo de mi congoja—. ¡Pero que desfachatez! ¡Vamos! Vas a hacerles frente ahora mismo y decirles todo el daño que te han hecho —Tiraba de mi brazo impulsivamente sin percatarse de mi cara de terror.
—Sarah, cariño —intervino Odalis saliendo en mi ayuda—. Creo que debes dejar que Álex resuelva los problemas a su manera. Tal vez ella no está preparada para hacerles frente.
Levanté la cara, agradecida, esbozando algo parecido a una sonrisa entre las lágrimas y ella me devolvió el gesto.
Respiré hondo. Sarah tenía razón. Debía plantarles cara.
Además, tenía un problema añadido: Me estaba alojando en la habitación que había pagado mi exsuegra como regalo de boda. ¿Habrían tenido la desfachatez de meterse allí dentro? Dado que la reserva estaba a nombre de Jaime, temía que así fuera. No tardé en averiguarlo.
Enfilé el camino que discurría entre el césped pulcramente recortado hasta la zona de tumbonas, Sarah me seguía a pocos pasos guardándome las espaldas mientras que Odalis se había quedado en la otra punta del recinto en un discreto segundo plano.
—¿Cómo os atrevéis a presentaros aquí? ¡No tenéis vergüenza! —dije presa de mi indignación cuando llegué a la altura donde Patricia y Jaime se encontraban. Trataba de no elevar demasiado el tono y de controlar mi ira.
Jaime bajó la cabeza y guardó silencio. No abrió la boca, ni siquiera se atrevió a mirarme a la cara.
Fue Patricia quien, levantándose de la hamaca con chulería, me increpó.
—¡Hombre, si es la marquesa aprovechada!
A ti te estábamos esperando. He dejado tus cosas en la puerta del apartamento.
Da gracias que no las he sacado a la calle.
—Meneó su melena rubia lisa con un golpe de cuello y me clavó los ojos con malicia—.
¿Qué te pensabas? ¿Qué te ibas a pegar un mes gratis de vacaciones a nuestra consta y no nos íbamos a enterar?
La madre de Jaime llamó para cancelar la reserva y le dijeron que se estaba haciendo uso de ella.
No has perdido el tiempo, ¿eh? Hay que ver con la mosquita muerta. ¡Pues sí que te ha durado poco la pena!
¡Claro! Ahora comprendía. Todo era idea de la bruja de la madre de Jaime. Lo que no dejaba de sorprenderme era que él se hubiera prestado a aquel juego de mal gusto y se hubiera presentado con Patricia en el hotel.
Noté como la rabia me crecía en el estómago.
—¿Perdona? ¿Y tú quién coño eres para dirigirme la palabra? ¡Esto es entre el cobarde ese de mierda que está escondido a tu lado y yo! ¿O te has olvidado de que tú solo eres la zorra que se tiraba a mi futuro marido?
—A ti te quedaba grande, querida. Te falta estilo.
Solo hay que ver la que liaste en la iglesia y ni que decir tiene del estropicio que hiciste en el jardín con los enanos.
Nunca vamos a perdonarte el numerito. Nosotros también hemos tenido que salir de Sevilla por tu culpa, demasiado revuelo, ¿sabes? ¡Marga está que echa chispas!
¿Desde cuándo Patricia tuteaba con aquel diminutivo ridículo a la madre de Jaime? ¡Estaba aclaro que Dios las criaba y ellas se juntaban!
Patricia siguió haciendo gala de toda su desvergüenza.
—¡Das pena, Alejandra! Si querías hacer daño saliendo a cancelar la boda con las pintas que lo hiciste lo has conseguido.
Eso sí, después de que tu foto con cara de loca saliera en todas las portadas de los medios de sociedad olvídate de volver a encontrar un buen partido.
¡Dudo que haya un solo hombre de la categoría de Jaime que se te quiera acercar!
ahora vas a ser una pobre desgraciada toda tu vida.
Si hubieras mantenido las formas al menos hubieras podido relacionarte con tu área de influencia y aprovechar tus contactos para encontrar un buen marido.
Y ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Ponerte a vender flores como la fracasada de tu hermana?
—Me dieron ganas de abofetearla hasta dejarla sin sentido.
Su sonrisa maliciosa me estaba sacando de quicio. ¡Así que eso era! Al menos ahora podía comprender lo que había pasado. Con sus palabras ponía al fin las cartas boca arriba.
Miré a Jaime con lastima. Patricia solo lo estaba utilizando.
Su discurso no dejaba lugar a dudas. No hablaba de amor, solo de dinero y categoría social.
Había sido la posición económica desahogada de Jaime lo que ella había codiciado.
Por un momento había sido tan ilusa como para pensar que su deslealtad había sido producto del enamoramiento.
Si así hubiera sido tal vez hasta la habría disculpado, pero ahora me quedaba claro que no había ni una pizca de amor en sus intenciones.