Donde nace el cielo Capítulo 16.
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Capítulo 16.

Una huida hacia delante

—¡Corre, Oriol! —la voz del profesor me alertó del peligro y mis piernas, con todos los músculos bombeando y a punto de reventar por la tensión, se pusieron en movimiento al instante.

Corrí al sprint, sorteando a toda velocidad a los madrugadores turistas que, toalla y mochila en mano, se agolpaban en las instalaciones del hotel con la intención de amortizar al máximo el precio de otro día de vacaciones.

Parecía que cada segundo de aquel tiempo de ocio era oro.

Habían tenido que sudar sangre, sudor y lágrimas durante todo un año para ganárselo y ahora no podían darse el gusto de malgastarlo.

Me concentré en esquivarlos mientras corría. A mi zaga, aquellos dos armarios con cara de pocos amigos se ponían en movimiento para seguirme a la carrera.

Detrás pude ver por el rabillo del ojo como el Chancho Moreno sujetaba a don Emeterio por el brazo y en su rostro adiviné un gesto fúnebre que me sobrecogió por dentro.

Entonces no sabía que aquella sería la última vez que lo vería, tampoco tenía ni idea del cariz oscuro que toma rían los acontecimientos.

Seguí corriendo a todo gas. La energía que necesitaba para mover mi cuerpo no me dejaba fuerzas para pensar, así que simplemente seguí corriendo. Lo hacía sin dirección fija ni destino concreto, llevado por el instinto. Mi único pensamiento se resumía en una acción: escapar.

Miré atrás un par de veces, los gorilas corrían pesados siguiendo mi estela. Imponían por su corpulencia y su altura, pero mi ligereza me daba ventaja y no tardé en sacarles un buen trecho.

Cuando estuve seguro de que los había perdido de vista paré de correr de golpe.

Jadeaba y respiraba con dificultad, pero me obligué a seguir caminando. Mis pasos me llevaron hasta el centro de Tulum.

Recordé que era día de mercadillo en el pueblo y aprovechando que la gente ya se había echado a la calle me confundí entre la masa de comerciantes, lugareños y extranjeros que ojeaba los puestos.

Caminé desorientado, consumido por mis propios pensamientos y sin ver nada por los pasillos entre hamacas tejidas al estilo tradicional, pareos repletos de colores y toallas.

Necesitaba serenarme, pero, por mucho que lo intentaba, el corazón seguía latiendo desbocado en mi pecho y mi respiración no se normalizaba.

A cada paso vigilaba mi espalda con aprensión.

Cientos de preguntas se agolpaban en mi cabeza, sonaban como un eco ensordecedor.

Me angustiaba la falta de respuestas. Y todos aquellos interrogantes que no cesaban.

«¿Por qué estaba en el hotel don Emeterio?». Habíamos quedado en vernos en Cancún al día siguiente. «¿Habría venido a buscarme y lo habían descubierto o había quedado con aquellos matones allí? ¿Acaso lo habían forzado a delatarme? ¿Y dónde demonios estaba Enrico? ¿Le habrían hecho daño?».

No conseguía encontrar ninguna explicación a todo aquel embrollo.

«¡Por el amor de Dios! Solo eran huesos, ¿a que venía todo aquel circo? Las cosas no me cuadraban. Aquello no tenía ni pies ni cabeza».

Inhalé y exhalé profundo varias veces. Era la segunda vez que tenía que huir sin conocer el motivo, aquellos hombres me estaban acosando y me quedaba claro que sus intenciones no eran lícitas.

Por un momento la idea de plantarme delante del Chancho Moreno y dar la cara cobró fuerza en mi interior, pero por suerte duró tan solo un destello de segundo.

Si me hacían desaparecer a mí también nadie me echaría en falta.

Debía saber a qué me estaba enfrentando y descubrir qué ocultaba aquel misterio antes de encararme con ellos.

Y ahora ¿qué hacía? ¿Seguiría en pie la cita con el profesor a la mañana siguiente en Cancún?

Tenía que buscar rápido un lugar en el que esconderme, pero estaba tan embotado que mi capacidad para pensar parecía bloqueada.

Incapaz de reaccionar seguí dando vueltas por los pasillos del mercado que, atestado de tenderetes con productos locales y de gente, rezumaba vida por todos sus costados.

El olor a tortillas de trigo, cochinita pibil y pochuc impregnaba el ambiente. Las perolas de cobre de los puestos de comida humeaban ya a pleno rendimiento.

¿Qué podía hacer? No podía regresar a casa y tampoco volver al hotel. Mientras no encontrara una solución aquella era la mejor manera de pasar desapercibido, pero no podía quedarme allí eternamente.

Miré el reloj. Era casi medio día y tendría que haber salido para Cozumel de excursión con los turistas hacía una hora. Seguramente todos se estaban preguntando dónde demonios me había metido. No era habitual que faltara al trabajo.

Agobiado me pasé los dedos por el pelo. Aquel gesto solía relajarme, pero hoy solo conseguía exasperarme aún más. Me dolía la cabeza. Traté de pensar con coherencia. El latido desbocado de mi corazón me dificultaba la tarea.

Tenía que empezar por el principio. Si quería conservar mi trabajo

debía inventar una excusa para justificarme y dar aviso cuanto antes.

Saqué el teléfono del bolsillo del pantalón, debía llamar al hotel.

Parecía un milagro que no lo hubiera perdido durante la huida.

Maldije al ver el icono. ¡Casi no quedaba batería! Junto a él, el dibujito de un sobre que indicaba que tenía un mensaje llamó mi atención. Lo abrí antes de devolver las dos llamadas perdidas que indicaban que habían tratado de localizarme del «Tulum Bahía».

Los pelos del cogote se me pusieron de punta al leerlo.

«Encima de mi mesa está la clave. Dentro encontrarás la llave que te abrirá las puertas para dar con las respuestas que necesitas. No dejes que te cojan, Oriol. Tu padre estaría orgulloso de ti. Eres igual que él. Sé que harás lo correcto. Yo ya no tengo tiempo. Hasta siempre. Cuídate mucho».

Leí aquel mensaje varias veces con la respiración contenida.

Primero deprisa. Después frase a frase. Finalmente deteniéndome en cada palabra. Cuando terminé se había convertido en un jeroglífico. No conseguía comprender su significado, no tenía sentido.

Lo único que me quedaba claro es que el profesor no tenía previsto estar en Cancún para nuestra cita. Las dos últimas frases parecían una despedida. Un mal presagio se anidó en mi pecho y se quedó revoloteando incómodo en mi interior.

Traté de tranquilizarme y volví a releer el mensaje.

Hablaba de una llave y de respuestas. ¿Y qué tenía que ver el profesor con mi padre? ¡No tenía ni idea de que don Emeterio y mi padre se conocieran! ¿Entonces no había sido casualidad que el profesor apareciera en mi vida?

Pateé el suelo irritado. Lo poco que quedaba de mi pasado se estaba resquebrajando. ¡Todo lo que me había rodeado hasta entonces era una mentira!

«Mi padre. Hasta hacía dos años, ni siquiera sabía que tenía uno…». Había vivido engañado toda mi vida.

Fue la confesión de mi madre la que me llevó a huir de Punta Allen para alejarme de aquella verdad dolorosa. ¡Tal vez ya era hora de afrontar el pasado y terminar de una vez con aquellos fantasmas!

Ojalá hubiera dejado que Marita se explicara. Aquel mismo día había cogido mi mochila azul y había salido huyendo llevándome dentro todas mis cosas.

—Oriol, mijo, déjame explicarte… —me había suplicado ella con la cara bañada en lágrimas mientras trataba de sujetar mi brazo.

Yo ni siquiera la había mirado.

Me había zafado de su abrazo y simplemente me había marchado. Sin volver la vista atrás. Como el maldito desagradecido que era.

Hui por cobardía, como siempre que me veía acorralado.

La imagen recurrente de su cuerpo pequeño vestido de blanco dentro del ataúd no había dejado de acompañarme, volvía nítida una y otra vez a mi memoria. Marita, mi madre. Ella, la mujer que me acompañó toda la vida haciéndose pasar por mi hermana.

Siempre había estado a mi lado, velando por mí día y noche con su presencia callada.

¡Qué injusto había sido con ella! Me había cegado el dolor y le había dado la espalda.

A ella, que era justamente la única persona que nunca me había abandonado.

Si había habido algo real en todos aquellos años había sido ella.

Marita había sido lo único de verdad en mi vida, aunque hubiera sido viviendo dentro de una mentira.

Suspiré apesadumbrado y tuve que contener una lágrima. Desde entonces había hecho de la soledad mi fiel compañera. Ahora comprendía que uno no puede huir de su pasado.

Tal vez ya era hora. Estaba preparado. Quería respuestas. Necesitaba saber quién era.

Recordé las palabras de Enrico. Mi madre le había dejado a mi tía Lucre algo para mí en el poblado.

Algo importante había dicho. No podía seguir huyendo.

Debía frenar aquella huida hacia delante y volver atrás para cerrar todas las heridas.

Solo entonces podría volver a coger impulso y empezar una nueva vida. Una de verdad. Sin mentiras.

Hace falta tan solo un segundo para que todo se desmorone como un castillo de naipes.

Mis cartas estaban ya por los suelos y mi vida se revolvía como un puñado de hojas secas con una ráfaga de aire, pero yo todavía no me había dado cuenta.

Seguía aferrado a aquella ilusión de control que me daba una falsa sensación de seguridad.

De otra manera no hubiera sido capaz de reaccionar como lo hice.

Si no hubiera sido por mi ignorancia me hubiera paralizado el miedo.

A veces la diferencia entre un valiente y un cobarde es solo la inconsciencia.