Capítulo 67.
Donde nace el cielo
La deriva. Ese estado de estancamiento incómodo que te lleva de un lado a otro sin orden ni concierto. Yo había caído en ella por casualidad y solo durante el tiempo que había pasado en la Riviera había conseguido vencerla.
La deriva había formado parte de mi vida desde siempre.
Yo flotaba en ella como un barquichuelo de papel sin dirección, dejando que fuera el viento el que manejara el timón.
Ahora, en la floristería de Esther, volvía a sentirme igual.
Había vuelto al principio, pero era peor.
Había descubierto el amor y lo había perdido.
Suspiré. Llevaba días tirando desde aquel barco a la deriva la piedra en el centro del estanque. Siempre obtenía el mismo resultado. Veía mi rostro en círculos concéntricos dibujado en varias vidas, en todas ellas solo sonreía si a mi lado estaba Oriol.
Traté de concentrarme en las flores, estaba tan ensimismada en mis propios pensamientos que no me había dado cuenta de que algo había cambiado alrededor.
Una electricidad extraña me recorrió la espalda de pronto. Me paré en seco al notar aquella mirada profunda clavada en mí. Mi corazón, como intuyendo su presencia antes que yo, había comenzado a latir desbocado.
La música. Había sido eso lo primero que había llamado mi atención. Aquellos acordes que habían quedado flotando en el aire y habían detenido mi mundo en un latido.
Al principio había creído que se trataba de una broma macabra del destino, música mexicana cuando me había rendido al olvido, pero después, al ver a los mariachis, había comprendido que aquello no era casualidad y mi corazón se había aferrado nuevamente a la esperanza.
Había soltado las flores que llevaba en la mano de sopetón, eran las elegidas para un ramo de novia, no me olvides, rosas blancas y orquídeas, una curiosa elección.
Las miré de soslayo al pasar sobre ellas, habían caído desparramadas sobre la tarima que hacía las veces de suelo antes de que mis ojos se encontraran de frente con los de Oriol.
Oriol, era él. Reconocía sus ojos, oscuros y nítidos. Aquellos ojos que llevaban desde que había llegado a Sevilla haciéndome delirar por las noches. «¿De verdad era él o estaba soñando?».
Contuve la respiración al sumergirme en sus pupilas profundas, todavía podía verme dentro de ellas, también era capaz aún de leer en su mirada.
Inhalé y exhalé despacio, tratando de llenarme de calma.
Todo el dolor y la rabia contenida durante aquellas semanas se habían disipado de pronto al verle. Mi corazón palpitaba con fuerza dentro del pecho, tenía ganas de saltar de alegría, me había invadido la algarabía y, sin embargo, no conseguía moverme.
Mis pupilas se habían quedado enganchadas con las suyas, se sostenían la mirada y conversaban en silencio en ese lenguaje que solo los ojos entienden. Yo era incapaz de decir nada. Fue él quien tomó la iniciativa y se acercó.
Vi su figura aproximarse y me temblaron las piernas al tenerlo frente a frente.
—Has tardado… —me escuché decir en un susurro.
Las palabras habían brotado solas, antes de que pudiera detenerlas. Oriol me miraba a los ojos, con todo el universo titilando en sus pestañas, ¿cómo podía tener tanta luz en su mirada?
Le vi morderse el labio y exhalar de golpe, de aquella forma en que lo hacía cuando estaba nervioso. No pude evitar sonreír al verle arquear la ceja en aquel gesto tan característico suyo.
—Sevilla está muy lejos —replicó encogiéndose de hombros.
Asentí y su sonrisa se expandió abierta y franca. La complicidad seguía intacta entre nosotros.
Se había acercado a pocos centímetros y podía sentir la calidez de su aliento. Estaba ya completamente desarmada, pero todavía necesitaba que se disculpara.
—Lo siento —dijo de pronto, como leyéndome el pensamiento.
Mis manos antes inseguras desataron el delantal lila con el eslogan de la tienda en un movimiento rápido y, de un salto, me encaramé con el culo en el mostrador del quiosco y salté por encima. Abrazarle era tan urgente que me había olvidado de que existía una puerta.
Nos fundimos en aquel abrazo que hablaba por nosotros, en él sobraban hasta los huesos.
—Te he echado de menos —dijo susurrando en mi oído con voz ronca.
Me había agarrado por la cinturilla del pantalón vaquero y me había pegado a su cuerpo. Una de sus manos resbaló por mi nuca y me sujetó con firmeza, la otra estrechó el abrazo hasta que todo despareció alrededor.
Cerré los ojos justo cuando su boca se hundió sobre la mía, tímida al principio, con anhelo al ver que yo respondía.
«Joder, ¡cuánto le había echado de menos…! ¿Cómo podía haber vivido tanto tiempo sin sus besos?».
Solo notaba mi corazón palpitar. Aquella necesidad de él me corría por la sangre a borbotones, creo que si me hubiera soltado en ese momento hubiera sido capaz de levitar.
Como guiada por un resorte imaginario, levanté mi pierna derecha ligeramente flexionada hacia atrás.
Sonreí entre sus brazos al darme cuenta. ¡Qué bien sabía la felicidad!
Me besó despacio, poniendo el alma, el corazón y el cuerpo en aquel beso, después apoyo su barbilla sobre mi hombro, como buscando el descanso en el remanso del hueco de mi cuello.
Exhaló aliviado y pude ver que en sus labios fluía la sonrisa.
—Te quiero, Álex —dijo cuándo consiguió recobrar el aliento.
Había clavado en mí sus pupilas y supe a ciencia cierta que íbamos a ser eternos.
Suspiramos a la vez, cómplices de aquel intangible que nos resbalaba entre los dedos.
La magia nos unía en ese baile misterioso que solo entienden los enamorados. Era el momento perfecto. En aquel nosotros entrábamos los dos.
Por fin había resuelto el rompecabezas. El puzle estaba completo, ya no faltaba ninguna pieza.
Hasta la deriva sonaba tentadora si Oriol estaba conmigo en el mismo barco.
Todas las vidas que dibujaba la piedra que rompía el centro del estanque a su contacto me mostraban con la sonrisa pintada en el rostro y los ojos entornados.
El mundo giraba de nuevo. En el centro, solo estábamos Oriol y yo. Ya no importaba que quedaran espacios en blanco.
«¡Gracias, universo!», grité en pensamientos.
Oriol había vuelto a perderse entre mis labios y a su boca le siguieron las manos.
Hay quien busca sin descanso el lugar donde nace el cielo, yo había descubierto que el cielo nace en el punto exacto donde se cumplen los sueños.