Capítulo 15.
Ni una sola palabra
Había olvidado por completo que había invitado a Sarah a pasar la noche con Odalis en mi apartamento. No tardé en recordarlo. Al abrir la puerta los jadeos ahogados de las dos nos recibieron como una bocanada de aire en una galerna.
—¡Dios… ¡Oh, Dios! ¡Sigue… madre mía, como me gusta…Ooooh!
¡Oooh! Dios…
—¡La virgen…!
—¡Diossss…!
—¡Virgencita santa… Aaah, aaah, aaah!
Oriol me miró con gesto sorprendido y arqueó una ceja.
—No sabía que me estabas invitando a una orgía —dijo con un hilo de voz ronca.
—Yo tampoco —reconocí.
Los dos nos pusimos a reír como críos mientras escuchábamos los jadeos de Sarah y Odalis que seguían mentando a todos los santos dentro de mi dormitorio.
—Tus amigas son bastante religiosas, ¿no? —dijo Oriol divertido.
—Religiosas no sé, pero escandalosas son un rato —repuse abanicán dome con la mano.
¡Dios santo, qué calor! Al bochorno del ambiente tropical se sumaba ahora el calentón de la excitación al escuchar a mis amigas montárselo sin filtros.
—¿Subimos a la terraza? —pregunté tratando de centrarme.
Me sentía como si violara su espacio y quería dejarlas más intimidad.
—¡Dios…!
—¡La virgen…!
—¡Dios, Dios, Dios… Diossss!
—¡Aaah, Aaah, Aaah… La virgen!
Ellas, dale que te pego, seguían a lo suyo.
—¿Tienes algo para beber? —Oriol me había agarrado por la cintura y me había acercado hacia él.
Noté el bulto duro por debajo de su pantalón cuando rozó mi cuerpo.
«Así que ahora sí que empezaba a animarse el mexicanito, ¿eh?».
—No tan rápido, cariño. Desaprovechaste tu oportunidad, ¿recuerdas? Y dejaste en mal lugar a mi estrella. Así que ahora vas a tener que ganártelo —le dije soltando sus manos con la mirada clavada en su boca mientras me derretía por dentro.
¡Si pensaba que después de su desplante en la playa me iba a arrastrar a sus pies sin más, iba listo!
Recordé a mi hermana Esther. Ella siempre decía que a los tíos había que ponérselo difícil si querías despertar su interés. Ahora que lo tenía en mi terreno acababa de decidir que iba a cambiar de estrategia. Nada de regalarme. ¡Iba a tener que currárselo si quería quitarme las bragas!
Me aparté el pelo con la mano en un gesto de desafío y él pareció captar la indirecta.
Su sonrisa se había extendido y le iluminaba la cara. Le vi relamerse como un gato ante una ración de pescado fresco. Noté como la almeja me ardía entre las piernas.
Me acerqué al saloncito dejando que el aire corriera entre los dos y él se sentó en el sofá sin dejar de mirarme.
Sentir sus ojos oscuros y brillantes posados en mí me excitaba. A decir verdad, todo en él me despertaba las ganas.
—¿Tequila está bien? —pregunté asaltando el mini bar y cogiendo una botella, un limón y un salero.
—Perfecto —contestó sin apartar la mirada de mi cuerpo.
—¿Subimos?
—Usted primero, señorita.
Enfilé la escalera conteniendo el impulso de girarme y encaramarme a su cintura. Sin mirar atrás, notaba sus ojos sobre mis caderas y eso me animó a sacar culo y contonearme con sensualidad.
—¿Qué te parecen las vistas? —pregunté juguetona cuando llegamos arriba.
Sin darme cuenta me estaba mordiendo el labio.
—Las vistas son magníficas —contestó Oriol sin dejar de mirarme la retaguardia—. Pero me interesa más la conversación. La belleza se marchita rápido, lo único que no se cae con los años es el cerebro.
Me estaba picando. El muy cabrón estaba insinuando que tenía buen culo, pero nada más que eso. Así que esas teníamos, ¿eh?
—Y dime, simpático, ¿de qué quieres hablar? ¿De física cuántica?
Me mantuvo la mirada. Una sonrisa maliciosa se había dibujado en su cara.
—Te propongo que juguemos a un juego. —Tomó asiento en una de las hamacas invitándome a hacer lo mismo y sobre la mesa de mimbre llenó los vasos de tequila.
Le vi cortar el limón en rodajas y echarse sal sobre el reverso de la mano.
La luz tenue de la luna llena iluminaba con su reflejo mortecino la terraza y me deleité en contemplar los rasgos de su cara amparada en aquella semioscuridad.
Oriol me gustaba. Me gustaba su forma de mirarme.
Me desesperaba aquella resistencia que hacía que me afanase todavía más en acercarme a él.
Pasaba de las ganas de besarle a las ganas de matarle y viceversa.
Aún no sabía lo adictiva que podía resultar esa contradicción.
No tardaría en descubrirlo, aunque no sería aquella noche.
—Entonces… ¿Jugamos? —preguntó sin dejar de mirarme a los labios.
Acepté el reto.
Jugábamos a «pregunta o prenda», y los dos acabamos borrachos y medio en pelotas.
Lo que pasó después se resume en una sola palabra: NADA.
¿Qué cómo era posible? ¡Yo también me lo preguntaba!
Cuando llevaba media botella de tequila vaciada dentro de mi estómago todo empezó a darme vueltas. Lo último que recuerdo es a Oriol agarrando mi pelo mientras yo doblada sobre mí misma vomitaba en el baño hasta la primera papilla.
Desperté en el sofá con un terrible dolor de cabeza. Me palpitaban las sienes por efecto de la resaca.
Sarah sujetaba una taza de café y el ruido del tintineo de la cucharilla removiendo el contenido me parecía un auténtico suplicio.
—Si buscas al maromo, hace ya varias horas que se ha ido —dijo desde el taburete donde estaba sentada junto a la mesa alta que separaba la cocina del saloncito—. ¡Menuda melopea que llevabas ayer! — añadió levantando las cejas.
—Creo que voy a morir de dolor de cabeza. —Traté de incorporarme, las paredes seguían girando a mi alrededor—. Entonces, ¿Oriol ya se ha marchado? ¿Le has visto? ¿No ha dicho nada antes de irse?
—Salió por la puerta como una exhalación sin decir ni una sola palabra. —Sarah seguía removiendo el café en su taza.
«¿Oriol se había marchado sin más?».
Traté de hacer memoria. Los recuerdos confusos desfilaban borrosos ante mis ojos.
Habíamos bebido y reído, y nos habíamos quitado la ropa para no desvelar nuestras miserias.
Aquel absurdo juego lo único que había desnudado era nuestros cuerpos.
Los dos habíamos guardado con celo nuestros secretos.
Al final no éramos tan diferentes. Los dos éramos herméticos en lo que al pasado se refería.
Al principio había pensado que se trataba de eso. De un juego para ponernos a tono y acabar como habíamos venido al mundo, desnudos y vulnerables.
Había imaginado que terminaríamos retozando como animales, pero pronto me había dado cuenta de que Oriol intentaba retrasar lo inevitable.
Al pensar cómo había rechazado mi boca que lo buscaba insistente un regusto amargo me invadió de pronto.
—¡Me va a explotar la cabeza! —dije prometiéndome a mí misma que no volvería a acercarme a Oriol.
—Te prepararé un café —se ofreció Sarah condescendiente— y un ibuprofeno. —Ella también parecía sumida por completo en sus pensamientos.
La observé moverse por la pequeña cocina con el ceño fruncido.
No podía disimular que estaba molesta y por un momento temí que el motivo de su disgusto fuera yo.
—¿Y Odalis? —pregunté más por romper el silencio incómodo que porque me interesara un pimiento.
—Tenía que mandar unos emails de trabajo y ha ido a la sala de ordenadores.
La conexión a Internet desde el móvil aquí es más lenta y cuesta mandar archivos adjuntos cuando pesan.
—No parecía que la ausencia de su chica fuera lo que la tenía preocupada.
Intuí que había algo más y que Sarah necesitaba desahogarse—.
Odalis me ha dicho que si te apetecía luego podíamos ir a Playa del Carmen y perdernos por allí.
La idea era ir a Xcaret, pero creo que ya es un poco tarde y no merece la pena pagar la entrada para tan poco tiempo.
Ojeé el reloj sobre su cabeza en la pared del fondo. Era casi medio día.
«¿Sería la excursión frustrada lo que la había mosqueado?». No sabía por qué, pero mi intuición me decía que no era eso.
—¡Vale! Me parece buena idea. ¡Una tarde relajada de chicas me vendrá de maravilla! Eso sí, sin alcohol, por favor. ¡Mi hígado no aguanta ni un trago más! ¿Cómo pueden beberse este veneno? —señalé la botella casi vacía de tequila que Oriol debía haber dejado sobre la mesa antes de marcharse.
Trataba de trivializar para ver si Sarah cambiaba el gesto. La observé sonreír y asentir de forma poco convincente.
—Sarah, cariño, ¿estás bien? —pregunté preocupada.
Ella se desmoronó y una lágrima de agobio rodó por su mejilla. Se levantó del taburete y se dejó caer a mi lado en el sofá.
Detrás de la primera lágrima vinieron más. Había abierto el grifo y ya no podía contenerlas dentro.
—Pero ¿qué te pasa?
El llanto se hacía más abundante y yo le acariciaba el pelo esperando que encontrara las palabras y se animara a hablar.
Había escondido la cara entre sus manos y se había refugiado hecha un ovillo en mi regazo.
—Sarah, cariño… —insistí—. Puedes contármelo.
—Odalis me ha pedido que me case con ella —dijo sonándose los mocos en el fular que llevaba a modo de pareo cuando la llantina la dejó hablar.
«¿Y qué tenía eso de malo?». La miré alucinada. Se suponía que si tu pareja te pedía matrimonio tenías que estar loca de contenta y no llorando como una magdalena.
Recordé la nefasta mañana de mi boda y una punzada de lástima se instaló en mi estómago. «¿Dudaba Sarah de que su relación con Odalis pudiera hacerla feliz?».
—Corrígeme si me equivoco, cariño —dije tanteando—. Pero ¿eso no debería ser un motivo de alegría?
—¡Es lo mejor que me ha pasado nunca!
¡Ahora sí que no entendía nada!
«Si deseaba casarse con Odalis, ¿por qué demonios lloraba compungida?». La miré sin comprender y decidí guardar silencio para invitarla a que siguiera hablando.
—El problema es mi familia —se sinceró por fin.
Parecía que con sus palabras toda ella había caído de golpe al suelo con todo el peso de la gravedad sobre su cuerpo.
—¿Ellos no aceptan tu relación? —pregunté, creyendo comprender la situación.
Sarah suspiró. Tomó aire, miró alrededor para comprobar que Odalis aún no había vuelto y entonces lo soltó.