Capítulo 14.
La soledad que uno elige
¿Qué cojones me pasaba? Alejandra me gustaba. Me lo estaba poniendo en bandeja y yo la rechazaba. ¡Debía haberme vuelto loco!
Además, necesitaba un lugar en el que pasar la noche. Su compañía me había resultado más que conveniente. Aquellos matones me estaban buscando y allí, con ella sentada a mi lado, pasaba por un turista más disfrutando en pareja de la noche caribeña.
Había pensado que en el hotel estaría seguro y, después de desembarcar en Playa del Carmen, había hecho autostop hasta llegar a Tulum con la idea de dormir en la hamaca que tenía colocada en el almacén del pantalán y que a veces utilizaba para echarme la siesta entre un servicio y otro.
Me había equivocado por completo. Al llegar, el mismísimo Chancho Moreno y dos de sus hombres me estaban esperando.
Por suerte, había sido precavido y había ojeado el percal desde lejos antes de acercarme al
muelle.
Me había camuflado entre los turistas que bailaban en la explanada y, aprovechando que el tumulto terminaba con las clases de bachata, me había confundido con él para entrar en el edificio principal.
Una vez dentro había subido a la terraza para poder atisbar cualquier movimiento sospechoso desde arriba.
Pronto los hombres de negro al lado de las embarcaciones que flanqueaban la puerta del almacén habían llamado mi atención.
Eran solo una sombra difusa, pero había podido reconocer la silueta chata del Chancho Moreno con claridad.
Se me acababan las opciones. ¿Qué demonios podía hacer?
De pronto, había recordado la fiesta de Ramón y, automáticamente, después de salir por la puerta de servicio y dar un rodeo, había dirigido mis pasos hasta la playa donde la música sonaba al ritmo del reggaetón más canalla.
Los ojos ambarinos de Álex al darme la vuelta me habían sorprendido de pronto. Su sola presencia conseguía que mis problemas pasaran a un segundo plano. Cuando ella estaba cerca el aire se volvía más espeso. Después, todo se había desencadenado solo.
Sentado en la arena de la playa no dejaba de preguntarme por qué no me permitía sentir algo más que aquel vacío dentro.
Era la primera vez en mucho tiempo que alguien hacía que el corazón me latiera desbocado en el pecho y en lugar de dejarme llevar por aquella fuerza que me arrastraba hacia el éxtasis, luchaba con uñas y dientes para agarrarme a la nada.
Todo es más fácil sin apegos. También más gris.
La miré y la vi por dentro. Ella era pura luz.
El tacto suave de su piel me había quedado en las yemas de los dedos.
Por un momento había estado a punto de sucumbir a la tentación de besarla.
En el último momento había conseguido doblegar a mi instinto.
Ahora, gracias a mi gran idea de besarla en la frente en lugar de echarla un polvo como Dios manda, volvían a dolerme las pelotas.
—Pero ¿tú de qué vas? —Álex se había cabreado y a mí me había dado la risa.
Parecía muy segura de que iba a conseguir lo que quería y no había podido resistirme a la tentación de dejarla con las ganas. Además, ella estaba borracha. ¿Qué tipo de persona sería si me aprovechaba?
—¡Eres un imbécil, Oriol! —me gritó airada.
Se había levantado de golpe y comenzado a caminar moviendo los brazos con brío. Hacía eses y se veía a la legua que no le había sentado bien sentirse rechazada.
Sonreí al mirarla, parecía una niña enfadada. No entendía por qué, pero me parecía adorable.
Otra vez aquel latido fuerte y desacompasado. Su presencia desordenaba mi mundo y embotaba mi cabeza. No podía dejar que se marchara.
—Álex… ¡Espera, mujer! ¿A dónde vas? Estás borracha —grité con un paternalismo evidente.
En ese estado era fácil que cayera en las garras de algún depredador al estilo de Ramón. Solo pensarlo me ponía enfermo.
—¡Espera! Te acompaño —grité alcanzándola a la carrera y deteniendo su furibunda marcha sujetándola por el brazo—. ¿Te han dicho que estás preciosa cuando te enfadas? —Las palabras me habían salido solas y a ella se le iluminó la cara con una sonrisa.
—¿Eso significa que te estás arrepintiendo de haberme dado calabazas?
—Eso significa que te acompaño al hotel.
No quiero que andes por ahí sola y desvalida.
—«Y salida y borracha», pensé para mí sin verbalizarlo.
Notaba el apéndice duro y no podía dejar de repetirme una y otra vez que era idiota por desaprovechar una oportunidad así.
«¿Por qué cojones no me la tiraba y me aprovechaba de la situación para pasar lo que quedaba de noche a resguardo? ». Si lo hacía mataba dos pájaros de
un tiro. ¡Definitivamente, era gilipollas!
—¡Que sepas que tú te lo has perdido! Como me llamo Álex que no vas a tener una segunda oportunidad, vas a terminar arrastrándote a mis pies y rogando que te deje metérmela —me dijo con los ojos inyectados en fuego mientras volvía a ponerme el morro delante de la boca.
—Creo que será mejor que te meta en la cama.
—Eso suena bien. —Me miraba mordiéndose el labio con una sonrisa maliciosa—. ¿Con ropa o sin ropa?
Uf, Me iba a explotar la bragueta. ¿Es que no pensaba rendirse nunca?
Observé su boca de labios gruesos y bien definidos.
Me moría por meterle la lengua hasta la campanilla, pero eso solo podía complicar más las cosas.
Debía mantenerme fiel a la soledad elegida.
Ese era el precio que debía pagar para ser libre.
No podía enamorarme. Ese era el primero de mis mandamientos sagrados.
«¿Acaso corría el riesgo de enamorarme de ella si me dejaba llevar?
». Aquel pensamiento se me antojaba ridículo.
Álex era la antítesis de todo lo que yo buscaba en una mujer.
«Y si lo tenía tan claro, ¿por qué cojones me costaba tanto ceder a la atracción?
». Un polvo era solo eso, no suponía un compromiso.
Entonces, ¿por qué tenía tanto miedo a lo que me hacía sentir cuando estaba cerca?
Ella volvió a la carga. Me miraba desafiante y se le notaba la mala ostia.
—No me has contestado. ¿Vas a entrar y desnudarme y arroparme y darme un beso de buenas noches? Si no es así, creo que prefiero irme sola. Desde luego, era directa. Pero yo no pensaba entrar en su guerra. Si lo hacía estaba perdido. No quería reconocerlo, pero aquella tensión sexual
entre los dos me estaba poniendo a mil quinientos.
Habíamos llegado ya al acceso al hotel desde la playa y me debatía entre seguir reprimiéndome o dejarme llevar.
Desde allí se veía el muelle. Dos hombres seguían montando guardia en la puerta del almacén.
El color anaranjado de la punta de un pitillo que se encendía y apagaba con cada calada los delataba y me devolvió a la realidad.
Entre las sombras pude ver que aún me estaban esperando.
Seguramente, en la puerta de mi casa se repetía la misma estampa.
Estaba jugando con fuego, pero no me quedaba de otra. Era ahora o nunca. Tenía que meterme en su habitación, ya vería después cómo me las ingeniaba para que allí dentro no pasara nada y ella no me echara a patadas.
—¿Me invitas a dormir? —pregunté a media voz cambiando mi actitud distante por una más zalamera.
Su sonrisa me indicó que creía que había conseguido una victoria.
«Ella tan ilusa y yo tan gilipollas», pensé mientras nos dirigíamos a su alojamiento agarrados de la mano.