Capítulo 13. #2
—¡Hola! —saludé efusiva. Llevaba en sangre más alcohol que glóbulos rojos—.
¡Si es mi guía favorito! —le espeté con sarcasmo a la par que le ponía ojitos y me balanceaba de un lado para otro—.
Me hago pis. Necesito encontrar un sitio oscuro.
¿Me acompañas? Me da miedo ir sola —le dije haciendo gala de toda mi desvergüenza.
Creo que había bebido demasiado.
Sarah y Odalis estaban bailando juntas una canción lenta y no quería interrumpir el momento para que mi amiga se hiciera cargo de mis necesidades fisiológicas.
Estaban tan acarameladas que estaba segura de que no tardarían en hacer uso de mi ofrecimiento y retirarse en busca de un poco de intimidad.
Las había invitado a quedarse a dormir en mi apartamento.
Había sitio de sobra. Al día siguiente, aprovecharíamos para hacer alguna excursión de las que ofertaba el hotel.
Volví a centrarme en Oriol. Me miraba indeciso mientras se mordía ligeramente el labio. De buen agrado sería yo quien le mordiera, y no solo la boca.
¡Uf! Noté el calor entre las piernas. Pero ahora había cosas más urgentes.
—Necesito hacer pis —repetí suplicante.
Tanto líquido había hinchado mi vejiga al límite y la fuerza de la gravedad me pedía urgentemente evacuar. Me movía igual que el rabo de una lagartija.
—Ey, españolita. Si quieressss yo teg acompañog… Se meg ocurren otras cosas que hacer en la oscuridad contigog… ¿Follamos? —Ramón, visiblemente borracho, había aparecido por detrás y me había cogido con fuerza por la cintura acercándome a su cuerpo más de lo debido.
Me zafé en un gesto rápido cuando noté su aliento a whisky en mi oreja y en un movimiento reflejo me así del brazo de Oriol buscando protección.
— ¡Tío, vete a casa! ¡Estás que das pena! —le dijo Oriol mientras yo tiraba de él hacia la orilla.
—Es mi fiesta, ¿me oyes? ¡Yo soy el puto crack y esta es mi fiesta!
¡Puedes follártela tú si quieres, a mí me sobran las putas! ¡Además, no tiene tetas! —gritó dándose palmadas en el pecho mientras bailaba haciendo eses.
—No le hagas caso, es un mamón —me dijo Oriol. Asentí cabizbaja.
Yo nunca había tenido ningún complejo por mi pecho pequeño. Desde que existía el wonderbra todas podíamos lucir escote si nos apetecía. Las palabras de Ramón me resbalaron. ¡Valiente imbécil!
Me centré en Oriol. No se había desasido de la presión de mi mano en su brazo. «Buena señal», pensé eufórica.
La verdad es que estaba guapísimo. Su respiración tan cerca me hacía sentir en una nube.
Caminamos en silencio hasta que nos alejamos lo suficiente del
tumulto y busqué un lugar solitario para deshacerme del sobrante.
—Date la vuelta y no mires —le supliqué avergonzada cuando encontré un rincón apropiado.
Le vi sonreír. Obediente se alejó unos pasos y se giró dándome la espalda.
—Vale, ¿aquí estoy bien? —interrogó divertido.
—¡No te gires o te apuñalo! —le amenacé, al ver que había hecho el amago.
Yo ya me había puesto en cuclillas y con las piernas abiertas hacía equilibrismos con los pantalones y las bragas a la altura de las rodillas.
Si en mi nueva vida iba a emborracharme con frecuencia tenía que empezar a pensar seriamente en comprarme un aparatito que había visto en Aliexpress que simulaba un pene y servía para que las mujeres pudiéramos hacer pis de pie.
Una mano en el suelo, la otra tirando hacia delante de bragas y pantalón para no hacérmelo encima, el bolso resbalando hombro abajo y sujeto a duras penas por el codo.
¡Por Dios, la maniobra era digna del circo del sol!
¡Iba a pedir que me convalidaran el primer curso de piruetas, tal vez había encontrado una nueva manera de ganarme la vida!
Ya más aliviada volví junto a Oriol.
Parecía inquieto y no me pasó desapercibido que no se había adecentado para la ocasión. Él al sentirse escrutado por mi mirada que le radiografiaba sin disimulo por efecto de la bebida se justificó tímidamente.
—No pensaba venir a la fiesta. He salido a dar un paseo y sin saber
cómo he terminado aquí.
—¡Pues me alegro de que el azar haya guiado tus pasos! Es una suerte que hayas venido.
«¿Qué estaba diciendo? ¡Maldito alcohol! ¿O debería decir bendito?». Le vi sonreír imperceptiblemente y bajar la mirada al suelo.
Yo también bajé la mirada. El acoso y derribo no era mi estilo, sin duda los últimos dos chupitos de jager tenían mucho que ver con mi actitud.
Como guiados por la inercia habíamos empezado a pasear por la orilla.
Los dos nos habíamos quedado en silencio y caminábamos muy despacio uno cerca del otro con los pies metidos en el agua.
Buscaba en mi cabeza algo que decir, pero no era capaz de encontrar nada.
Oriol había vuelto a meterse en su mundo.
Parecía ausente, como si mi presencia no le perturbara y su cabeza estuviera en otro lado.
—Oye, ¿estás bien? Pareces un poco preocupado —pregunté indiscretamente y sin poder evitarlo.
—He tenido un día de mierda —afirmó categórico y me sentí un
poco decepcionada.
En su día de mierda yo había tenido algunos momentos estelares. No sabía hasta qué punto mi presencia le incomodaba y, en un ataque de ego, me di más importancia de la debida.
—Problemas familiares —matizó al darse cuenta de que mi ceño se había fruncido automáticamente.
Respiré aliviada y asentí. No sabía a qué se refería, pero estaba claro por su expresión que se trataba de algo farragoso.
—Por desgracia, la familia es algo que no elegimos. Tenemos que lidiar con la que nos toca en suerte.
Los dos volvimos a sumirnos en el más absoluto silencio y siguiendo sus pasos paseamos hasta una zona alejada de las luces y el ruido de la fiesta. Luego, al ver que se detenía y tomaba asiento sobre una pequeña elevación yo también me senté en la arena.
A veces el silencio es más íntimo que cualquier contacto.
Sentir la cercanía de su cuerpo y el calor que desprendía, perderme en sus ojos brillantes que observaban el cielo estrellado con expresión serena y compartir el aire acompañándonos con aquella presencia callada, hacía que algo tan poco significativo se convirtiera en pura magia.
—Desde aquí suelen verse las estrellas mejor que desde otros lugares de la Riviera. Hoy es menos impresionante porque hay luna llena —dijo de pronto con una sonrisa en los labios.
Aquel hombre silencioso y huraño podía ser también muy dulce.
En mi estómago las mariposas hacían de las suyas. Mi sonrisa fluyó
inmediatamente después de oír su voz.
—Me gusta la luna llena —dije con ímpetu—. Me influye igual que al mar y saca de mí cosas que no sabía que estaban dentro. Creo que soy un poco lunática.
—¡Bienvenida al club, entonces! —Oriol había reído en una carcajada y su risa se convirtió en música para mis oídos.
Era la primera vez que le sacaba de su hermetismo. Se le iluminaba la cara cuando reía. El gesto de tensión había desparecido de su rostro por completo y yo no podía dejar de mirarle embelesada.
De pronto, un bólido cruzó el cielo de lado a lado. ¡Era la estrella fugaz más larga que había visto nunca!
—¡Mira! —señalé emocionada como una niña—. ¡Rápido, pide un deseo! —Y cerré los ojos para concentrarme y pedir el mío.
Cuando los abrí, Oriol había vuelto a su semblante serio y miraba el mar con ojos fijos.
—¿Qué has pedido? —pregunté pasando mi mano por su cara con suavidad en un gesto que excedía la confianza que él me había dado, pero que el alcohol podía justificar fácilmente.
—Nada. No he pedido nada —contestó él sin apartar la cara encogiendo los hombros—. Hace mucho que dejé de contar con las estrellas para que cumplieran mis sueños.
—¡Pues vaya! ¿Te han dicho alguna vez que eres muy poco romántico?
—¿Acaso alguna estrella te ha cumplido alguna vez un deseo? —preguntó con un deje de superioridad que me molestó.
—No, pero siempre puede ser esta la primera. Puede que todos los deseos que he pedido se los haya pedido a las estrellas equivocadas. Pero no pienso rendirme, puede que un día la estrella correcta me escuche y me conceda lo que pido.
—Eso de los deseos es cosa de críos.
—Yo creo que el truco está en pedir cosas pequeñitas, empezar por deseos fáciles y luego ir complicando la cosa. —Noté como Oriol se acercaba más a mí.
Su mano sobre la arena rozaba la mía y nuestras piernas estaban la una junto a la otra. Podía notar el calor que desprendía su cuerpo.
Volví a perderme con la mirada en sus labios. «¿Podéis dejar de aletear en mi estómago?», les rogué a las mariposas.
La cabeza no paraba de darme vueltas —no estaba segura si por la presencia de Oriol cada vez más cerca o por todo lo que me había metido en el cuerpo durante la fiesta un rato antes.
Me humedecí los labios con la punta de la lengua y noté su respiración espesa.
—¿Y se puede saber que has pedido tú? —preguntó con voz ronca.
—Que te calles y me beses —susurré cerca de su oído.
Un suspiro siguió a mis palabras. Oriol se removió a mi lado sin dejar de mirarme a los ojos. Después noté su aliento cálido en la piel y sus ojos clavados con descaro en mi boca.
Se acercó despacio a mi cara y yo entrecerré los ojos. Su mano se
enredó con mi pelo antes de sujetarme con firmeza por la nuca.
Me moría por aquel beso. Entreabrí la boca y noté como un calor húmedo colonizaba el espacio situado entre mis muslos.
De pronto, sentí el tacto suave de sus labios sobre mi frente.
—Sigue probando. Puede que esta estrella tampoco haya sido la ade cuada —susurró dejándome con las ganas.