Donde nace el cielo Capítulo 13.
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Capítulo 13.

Me colé en una fiesta

A las nueve en punto estaba lista. Salí de mi apartamento para reunirme con Sarah y sus amigos. Era la primera vez en años que iba a una fiesta a la que no estaba invitada.

Con Jaime se regía todo por un estricto protocolo, si no había invitación formal por parte del anfitrión, no había fiesta.

En mi antiguo mundo no había espacio para la improvisación en lo que a las relaciones sociales se refería —tampoco en ningún otro aspecto, a decir verdad—.

Ahora, vestida con un simple pantalón palazzo negro y aquel colorido top palabra de honor me sentía completamente libre, no era capaz de reconocerme en el papel que había desempeñado durante todo el tiempo que duró mi relación.

Estaba contenta e ilusionada, con la emoción propia de asistir a mi primera fiesta de soltera y deseosa de dejar que la vida fluyera sin control y me sorprendiera.

«¡Esta noche todo puede pasar!», me dije, dispuesta a cogerme una buena cogorza y no poner freno a ninguna de las locas ideas que me pasaban por la cabeza.

Estaba decidida a vivir el momento con toda la intensidad que se merecía.

Carpe diem, decía una y otra vez en mi interior.

¡Ya estaba harta de aquella vida pusilánime y de toda su aparente normalidad!

¿De verdad eso era todo lo que podía esperar de mi existencia?

No me resignaba a pasar por mi vida de puntillas intentando no hacer ruido para que nadie se molestara tal y como había hecho hasta entonces.

La nueva Álex estaba dispuesta a asumir riesgos. ¡Para empezar hoy pensaba emborracharme hasta perder la conciencia de mí misma! El hecho de haberme atrevido a viajar sola a la Riviera era ya un buen comienzo. A veces lo mejor de la vida empieza con un gesto valiente.

Me miré en la puerta de cristal de la terraza al pasar. Tenía el pelo mojado y mi único maquillaje consistía en un poco de rímel y un carmín rosado para los labios. Me gustó la imagen que me devolvió el improvisado espejo.

Caminé deprisa a través del complejo. Después de cruzar la explanada que servía de plaza, donde algunos turistas bailaban alegremente bajo las bombillas de color amarillento bebiendo margaritas y otros cocteles bajo la atenta mirada de un instructor, entré sin perder tiempo en el edificio principal del hotel.

La silueta inconfundible de Sarah apareció en el hall junto a recepción. Estaba de pie y sus maravillosas piernas largas, visibles bajo la tela de una exigua minifalda verde esmeralda, acaparaban todas las miradas. Junto a ella estaba su chico, bueno, o lo que yo creí que era su chico.

—¿¡Cómo está la azafata más guapa de todo Yucatán!? —grité emocionada.

La había cogido por sorpresa acercándome por detrás y esbocé una gran sonrisa cuando se giró. La complicidad entre las dos era visible y evidente.

A veces basta un momento para que alguien se ligue a tu vida para siempre. Intuía que Sarah sería una de esas personas que encuentras por casualidad y que ya no te abandonan nunca. Creo que a ella le pasaba lo mismo conmigo.

—¡Álex!—Me abrazó eufórica y las dos nos pusimos a dar saltitos y grititos ajenas a las miradas reprobatorias que nos estábamos ganando con nuestro ruidoso encuentro—. ¡Qué bien que te hayas animado!

¡Hoy vas a ver lo que es una fiesta a la mexicana! ¡Prepárate a desfasar, mañana te van a doler hasta las pestañas!

Las dos reíamos a carcajadas.

A Sarah le costaba mantener el equilibrio, se veía a la legua que ella había comenzado con la fiesta hacía ya rato. Tendría que tomarme un par de copas para ponerme a la altura.

—Bueno, ¿vas a presentarme a tu chico o tienes miedo de que te lo robe? —dije después de ponernos al día señalando a su acompañante.

Él se había quedado en segundo plano de espaldas a nosotras. Hablaba por teléfono a unos pasos y al colgar se acercó tímidamente. Seguí la mirada embelesada de Sarah hacia su novio.

Al verlo de frente abrí los ojos como platos. A mi expresión de perplejidad le siguió una sonrisa divertida de Sarah que no me pasó desapercibida.

—Ella es Odalis.

«¿Ella?», pensé confusa.

A su lado una chica de pelo corto me miraba con expresión desconcertada.

De espaldas, dada su absoluta falta de curvas y su ropa neutra, había pensado que se trataba de un chico. Sin embargo, saltaba a la vista que era una mujer. Bastante guapa, por cierto, aunque mucho más discreta que mi ruidosa amiga.

Tardé unos segundos en reaccionar. Había dado por hecho que la pareja de Sarah era un hombre.

No tenía ni idea de que Sarah era lesbiana y por sus formas femeninas y delicadas nunca hubiera podido imaginarlo.

¡Es increíble cómo nos influyen los estereotipos!

¿Acaso para ser lesbiana había que tener la finura de un camionero?

Estaba claro que había metido la pata hasta el fondo.

Le tendí la mano en un saludo que se me antojo ridículo y después rectifiqué y le di dos besos que parecieron demasiado forzados. La situación era tan incómoda que de pronto sentí la necesidad de justificarme.

—Perdona. Yo no sabía. —¿¡Qué demonios estaba diciendo!?—. ¡Encantada de conocerte! ¡Hacéis una pareja preciosa! —corregí azorada.

¡Mierda! Eso había sonado todavía peor. ¿Por qué no dejaba de comportarme como una imbécil?

—No tienes de qué preocuparte, tú no eres mi tipo —me dijo Odalis de sopetón aparentando resquemor. Y al ver mi cara, más blanca que una pared, rompió en una carcajada ruidosa a la que Sarah se unió divertida.

—¡Es broma, mujer! ¡Vamos! ¡La barbacoa debe estar ya echando humo! Tú no serás vegetariana como Sarah, ¿verdad?

Negué con la cabeza. Sus ojos oscuros y rasgados me estudiaban en busca de mi reacción y yo también comencé a reír sin saber si su pregunta tenía doble sentido y hacía alusión a mi orientación sexual o si era solo una pregunta acerca de mis gustos gastronómicos.

Por si acaso, me esforcé en dejarlo claro.

Quería que no tuviera duda de que mi interés por Sarah era tan solo como amiga, no fuera a ser que me las tuviera que ver con una novia celosa.

—¡A mí me va más la carne! Me encantan las salchichas, de todos los tipos y tamaños, ¡son mi perdición!, qué le vamos a hacer. ¡Dame una buena salchicha y soy la mujer más feliz del mundo! —dije más alto de lo recomendable encogiéndome de hombros.

De pronto, todos los presentes en el hall del hotel se habían girado hacia nosotras y me miraban. Algunos con lascivia, otros con disgusto, la mayoría con una sonrisa divertida en los labios.

Me puse roja como un tomate y las tres volvimos a reír con ganas.

—Eso mejor no lo digas mucho en alto. Los mexicanos se lo toman todo al pie de la letra. ¡Si intuyen tu interés por las salchichas no vas a poder quitártelos de encima ni con agua caliente! —me dijo Odalis en un guiño.

Eso era precisamente lo que necesitaba, un mexicano encima. Uno moreno, con el pelo largo y con una gran salchicha. La imagen de Oriol me vino de pronto a la cabeza y me encontré preguntándome si su «salchicha» haría justicia a aquel cuerpo enorme que Dios le había dado.

«¿Ya estás otra vez? —me amonestó mi cabeza—. Deja de fantasear con el príncipe azul y concéntrate en echar un polvo esta noche», añadió socarrona.

Sarah me había cogido del brazo y tiraba de mí a la velocidad del rayo.

Al pasar por la explanada donde seguían bailando al ritmo de la música bajo las bombillitas, pude diferenciar a Paco y Antonia que, completamente metidos en el papel, dejaban constancia de que en sus buenos tiempos fueron excelentes bailarines.

Estaban bailando merengue y bachata. A ella no se le notaba la cojera cuando bailaba, con su cuerpo pequeño parecía volar sobre el césped.

La imagen me hizo sonreír, aunque me alegré de que no me vieran. Antonia era capaz de unirse a la fiesta. ¡Qué mujer, por Dios, el bueno de Paco se tenía el cielo ganado!

Seguí a mi amiga hasta la playa casi a la carrera.

Odalis caminaba rezagada con las manos en los bolsillos y una sonrisa de oreja a oreja en el rostro.

Se veía que estaba acostumbrada a la sobreactividad de mi amiga.

Sarah era un volcán en erupción, emanaba calidez y desbordaba energía.

En un santiamén tenía un mojito entre las manos y bailaba entre

un montón de gente desconocida.

—¿De quién es la fiesta? —pregunté al ver una guirnalda donde

rezaba «Feliz cumpleaños» colgada sobre la mesa.

—¡Ni idea! —Se encogió de hombros Sarah—.

Son amigos de Odalis. Ella estudió en la universidad con Jimena, que trabaja en recepción, y al verla esta tarde en el hotel nos ha invitado a unirnos a la fiesta.

Yo solo la conozco a ella. Es una chica muy maja.

Luego te la presento. Debe andar por aquí —reconoció entre risas—.

¿Otro mojito? —Y sin darme tiempo a contestar, tiró de mí hacia la improvisada barra.

Sarah estaba dispuesta a darlo todo y yo trataba de seguirle el ritmo. Odalis parecía haber desistido hacía tiempo y charlaba animada en uno de los corrillos.

La veía mirarla de vez en cuando y a Sarah se le iluminaba la cara cuando sus ojos se cruzaban.

Se veía a la legua que las dos se entendían a la perfección, y sentir tanta complicidad entre ellas me dio un poco de envidia.

Yo nunca había tenido algo así con nadie.

Puede que, después de todo, lo más cerca que hubiera estado del amor fuera en alguna de mis novelas rosas.

Había perdido la cuenta de cuántos mojitos me había tomado cuando al girarme choqué con un torso que me resultaba familiar.

Por suerte, acababa de dejar el vaso sobre la mesa que hacía las veces de barra, y esta vez no le derramé nada por encima.

—Álex… —Me topé de pronto con sus ojos oscuros y todo alrededor se desvaneció dejándonos solo a él y a mí allí de pie sobre la arena.