Capítulo 12. #2
Noté el balanceo propio del agua cuando cubrió la quilla y Emiliano se metió dentro del cascarón de un salto. A pesar de los años conservaba su agilidad de antaño.
Con brío y tesón remó mar adentro y en un periquete nos alejamos lo suficiente de la costa como para que pudiera incorporarme y ayudarle a remar.
Cuando hubo pasado suficiente tiempo como para que aquellos hombres se hubieran olvidado del barquichuelo completamente, decidimos que era hora de volver a la costa.
Ya había caído la noche y en el cielo empezaban a atisbarse las primeras estrellas.
Emiliano se había ofrecido a llevarme hasta una cala cercana a playa del Carmen.
Allí podría desembarcar sin ser visto para mezclarme después con el tumulto de turistas que paseaba como cualquier noche de verano por el pintoresco pueblo pesquero.
—No sé en qué andas metido, Oriol, pero ándate con cuidado. Esos hombres parecían peligrosos. Conozco a uno de ellos y según dicen las malas lenguas su presencia nunca augura nada bueno.
«¿Entonces Emiliano podía darme alguna pista sobre quienes eran mis perseguidores?
». Había tomado la decisión de no darle explicaciones sobre el asunto, más porque no quería comprometerle que por falta de confianza, pero saber que podía conseguir alguna información sobre aquellos hombres cambiaba las cosas.
—¿Y de qué conoce a uno de esos hombres? ¿Puede decirme quiénes son?
—Pensé que tú lo sabrías mejor que yo. Alguna «relación» debes de tener con ellos si te están buscando.
Emiliano había remarcado la palabra «relación» de un modo que no me había gustado.
—¡Créame que tengo tantas pistas de qué relación me une con esos hombres como usted! —Era ahora o nunca. Tenía que elegir bien las palabras si quería que Emiliano confiara en mí y me diera alguna pista sobre quiénes podían ser mis perseguidores.
Dejé caer los hombros y resoplé.
—Enrico y yo encontramos algo buceando y al parecer alguien quiere que lo que encontramos no salga a la luz. No sé nada de mi primo desde anoche y a juzgar por las apariencias, esos hombres tienen algo que ver con el asunto.
Mi vecino pasó su mano por la barbilla y se quedó pensativo. Luego clavo sus ojos azules en mí y pareció escanearme con ellos.
—¿Y qué fue lo que encontrasteis?
—Prefiero no decírselo. Creo que cuanto menos sepa sobre esto más seguro estará usted. No me gustaría causarle problemas. Parece que el hallazgo nos ha metido en un buen lío.
Un silencio denso se fundió con el manto de la noche. Emiliano miraba el mar con la mirada perdida. Parecía sopesar cuanto de verdad había en mis palabras. Por su gesto de preocupación comprendía que aquel hombre debía ser alguien de dudosa reputación.
—Emiliano, si está seguro de saber quién es ese hombre, me sería de gran ayuda conocer su identidad. Le juro que no tengo ni idea de que está pasando, pero tengo que encontrar a mi primo.
—Si ese hombre tiene algo que ver con su desaparición, me temo que deberías empezar a buscarlo en las cunetas y los manglares.
Sus palabras cayeron sobre mí como un jarro de agua fría. A pesar de la inquietud, en ningún momento se me había ocurrido pensar que Enrico pudiera estar muerto.
Una náusea se apoderó de la boca de mi estómago y la cabeza empezó a darme vueltas. No podía ser cierto. Solo eran unos cuantos huesos. No tenía sentido.
—Emiliano, míreme, solo puedo contar con usted. ¿Quién es ese hombre? —Él miró alrededor y cogió aire varias veces antes de contestar.
—¿De verdad no sabes quién es? —preguntó alucinado—. Es el
Chancho Moreno —dijo al fin en un susurro.
Yo negué con la cabeza. Aquel nombre me era completamente desconocido. Al ver mi cara de póker Emiliano siguió hablando.
—Durante más de veinte años fue el comisario al mando de la policía de Tulum.
Se dice de él que era corrupto y que durante su mandato extorsionó y secuestró a una cantidad tan grande de gente que llegó un momento en que sus superiores ya no pudieron hacer la vista gorda.
Fue un caso muy sonado, salió en todos los periódicos.
—No me suena de nada. ¿Y qué pasó con él? —pregunté curioso en voz baja tratando de fijar en mi memoria el nombre de aquel hombre bajito y bigotón que parecía ser el cabecilla de mis perseguidores.
—Le expedientaron y expulsaron de la policía, pero entró en prisión por la puerta de delante y salió por la de detrás antes de llegar a cumplir ni siquiera un mes de condena.
Al parecer, Evaristo Rey fue su benefactor.
Dicen las malas lenguas que el Chancho Moreno le hace el trabajo sucio desde entonces.
¿Evaristo Rey? ¡Ese sí sabía quién era! Se trataba del mayor empresario de la zona.
Había hecho riqueza construyendo cuando Quintana Roo era todavía virgen y después de hacer fortuna se había convertido en un magnate hotelero.
Era uno de los hombres más influyentes y adinerados de toda la Riviera.
Pero ¿qué podía tener que ver ese hombre con la montaña de huesos que Enrico y yo habíamos descubierto?
¡No entendía nada! ¡Cada vez era todo más extraño!
Necesitaba encontrar respuestas, pero para poder conseguirlas debía mantenerme a salvo.
Me quedaba claro que volver a mi casa no era una opción.
Tal vez con suerte podría ocultarme en el hotel durante algunos días, pero dudaba que aquellos hombres no descubrieran pronto que trabajaba allí.
La única opción era huir. Debía mantenerme fuera de su alcance al menos hasta que el profesor Emeterio me contara todo lo que sabía.
Tenía que llegar a Cancún, después decidiría qué hacer.
—Huir no siempre es cosa de cobardes —dijo Emiliano como si se hubiera hecho eco de mis pensamientos.
Yo solo pude apretar los dientes con fuerza.
¿Y dónde demonios podía ir? Enrico se había llevado el jeep y si dejaba el trabajo en el hotel, mis ahorros no me durarían ni una semana. Como casi todo el mundo, vivía al día. ¡Sin coche y sin dinero no tenía manera de ir a ningún lado!
Emiliano me abrazó antes de volver al bote.
La luna llena se reflejaba en el agua y su silueta luminosa se partía en dos por el balanceo de la quilla sobre el mar en la orilla.
—¿Puedo pedirle un último favor? —le pregunté al ver que su preocupación por mí era sincera.
—Claro, todos los que quieras, Oriol.
—Guarde bien esto —le pedí poniendo en su mano el pendrive que contenía la copia del vídeo—.
Ocúltelo en un lugar seguro y olvídese de él.
Si algo me pasara, hágalo público. Mándelo a la televisión de forma anónima con una nota donde aparezca mi nombre y el de Enrico.
Supongo que ellos sabrán qué hacer con él.
Vi que a Emiliano le temblaba la mano como si el pequeño objeto que sostenía le quemara en ella. Temí que me lo devolviera, pero, en su lugar, asintió, cerró el puño con fuerza y se subió a su barca de un salto.
Al verle alejándose en la negrura solo iluminada por la luz de la luna un nudo me atenazo la garganta. Esa fue la primera vez que fui consciente de que tal vez no volvería a verle.
Ahora comprendía que con su presencia callada se había convertido en algo más que un vecino, Emiliano era el único amigo que había tenido. Aparte de Enrico, solo él había compartido mi vida durante aquellos dos largos años.
Me entristeció la idea de que si yo también desaparecía como mi primo no habría nadie a quien le importara. ¿Acaso alguien se molestaría en buscarme? Al menos Enrico tenía a su madre en Punta Allen, yo en cambio estaba completamente solo.
Me había esforzado tanto en levantar un muro alrededor que había terminado encerrado con mi soledad dentro de mi propio búnker. La tapia había evitado que pudieran dañarme, pero también me había aislado del mundo.
La soledad elegida en la que siempre me había sentido ligero me pesaba de repente como una losa. Solo esperaba que no fuera la losa de mi sepulcro.
Comprendí entonces una de las leyes principales del universo: Uno recibe siempre lo que da.
¿Y qué había dado yo en aquellos años? Nada. Absolutamente nada.
Por suerte, hasta las leyes universales hacen excepciones. El cosmos a veces hace de las suyas y en sus giros al azar termina colocándote en el lugar preciso y en el momento adecuado.
Esa noche me colocó en aquella fiesta. No sabía que allí me esperaba
el destino.