Donde nace el cielo Capítulo 12.
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Capítulo 12.

Correr no siempre es de cobardes

El microbús de la empresa me había dejado en el lugar acostumbrado.

Coincidí en el camino con algunos vecinos que como yo regresaban de cumplir con sus jornadas laborales.

Sistemáticamente les saludaba con un movimiento de cabeza y después aceleraba el paso.

Por desgracia, casi todos éramos esclavos del trabajo.

Saberme un pobre diablo igual al resto no era ningún consuelo.

La imagen de Alejandra en bikini hacía rato que se había disipado en mi memoria. Sonreí al recordarla. Había algo en ella que me enternecía a pesar de que me esforzaba en repetirme una y otra vez que era superficial e insufrible.

—¡Joder con la españolita! Tiene las tetas pequeñas, pero tiene un buen polvo —había dicho Ramón mirándole con descaro el trasero mientras ella recogía sus cosas de la tumbona a lo lejos—.

Yo diría que anda buscando una ración de «rabo».

Yo se la daba con gusto. —Se había llevado la mano a sus partes y simulaba un movimiento de pelvis muy ilustrativo—.

Me la llevaba detrás de las casetas y la empotraba.

¿Has visto qué cinturita y qué culazo? Espero verla más por aquí.

¡Había visto de sobra aquella cintura de muñeca y su culazo, en realidad, no había podido apartar la vista de ella prácticamente en todo el día! Pero escuchar a Ramón hablar de Alejandra como si de un trozo de carne se tratara me hacía sentir irritado.

—¡Joder tío, eres un baboso! —le espeté tratando de zanjar el tema. Trataba de disimular que su comentario me había molestado.

—¡Como si tú no lo pensaras! Lo que pasa es que vas de hombre moderno y te adhieres a lo políticamente correcto. ¿Me vas a negar que está para comérsela entera y dejarle la baba de baboso en la entrepierna?

—¡Me parece que lo único que vas a comerte van a ser las ganas! —No me gustaba hablar de las mujeres como si fueran muñecas hinchables.

—¡Por eso no follas, bro! A ellas lo que les mola es que las trates en plan guarro y las metas caña. Todo lo que desean es que las empotres con un buen rabo.

Estaba claro que Ramón no podía hilar más de dos frases sin usar las palabras «rabo» y «empotrar». Era un caso perdido, lo mejor sería dejarlo con su calentón.

—Me marcho. Tengo cosas que hacer.

—¿Vendrás esta noche a la fiesta? Jimena me dijo que te lo había comentado. Haremos cena y fiesta en la playa delante del hotel. Hay alcohol de sobra para un regimiento. Vienen todos.

«Todos menos yo», pensé.

—Creo que me voy a casa. Estoy agotado y mañana me toca snorkel en Cozumel.

—¡Anímate, hombre! Seguro que hay alguna piba que te saque del celibato. A juzgar por tu humor, te hace falta engrasar el aparato. Porque sé que te tirabas a Jime en Punta Allen, que si no pensaría que te van otro tipo de agujeros.

—¡Vete a la mierda! —¡Dios! ¡Ramón era un subnormal profundo!

Le había enseñado el dedo corazón y me había marchado dejándole con la palabra en la boca.

La verdad es que no le soportaba. Parecía que se había quedado anquilosado en los dieciséis. Era como conversar todo el tiempo con un adolescente hormonado y estúpido.

Respiré hondo. Me apetecía estar solo. Todavía me quedaba otro día interminable antes de poder reunirme con el profesor Emeterio en Cancún, y albergaba la esperanza de tener noticias de Enrico en las próximas horas.

Había vuelto a llamarle varias veces, pero su teléfono seguía desconectado. Tampoco en la Laguna Negra había dado señales de vida.

Oteé en el horizonte. Aún quedaba luz. Deseaba coger el arpón y salir a pescar un rato. Bucear conseguía que dejara la mente en blanco. Además, no tenía nada para cenar, un par de corvinas no me vendrían nada mal.

Aceleré el paso. El camino de tierra bajo mis pies me había llevado casi hasta las chozas cuando percibí un movimiento extraño.

Me paré en seco y me oculté detrás de unos matorrales en el lateral del camino. A pocos pasos de mi casa tres hombres hablaban cruzados de brazos mientras fumaban sendos pitillos. Vestían ropa oscura y tenían cara de pocos amigos.

Recordé las palabras de don Emeterio y resolví dar un rodeo para valorar si aquellos hombres eran una amenaza. Conocía un camino alternativo que me permitiría verlos sin ser visto.

El coche negro de lunas tintadas aparcado en la parte trasera de mi casa hizo que se me erizara el vello en todo el cuerpo. Aquel vehículo coincidía plenamente con la descripción que mi primo me había dado de sus perseguidores de la noche anterior.

Maldije en voz baja. A pesar de las advertencias del profesor había decidido guardar una copia del vídeo en un pendrive antes de borrarlo.

Había aprovechado que estaba en el hotel para hacer la copia en la sala de ordenadores.

Aunque en un primer momento había pensado ocultarlo en la caseta del pantalán que me servía para guardar el material de buceo en el trabajo, finalmente había decidido que estaría más seguro oculto en algún lugar de mi casa.

Ahora, con el pendrive sujeto entre los dedos, me daba cuenta de que había sido una mala idea.

Si aquellos hombres me estaban buscando y lo encontraban iba a costar convencerles de que no había hecho otras copias y de que nadie más estaba al tanto de su contenido.

¡Había sido una estupidez no deshacerme del vídeo cuando aún estaba a tiempo!

Exhalé con fuerza. El aire había comenzado a tornarse espeso.

Mi cabeza daba vueltas tratando de buscar una alternativa diferente a volver a casa.

No tenía ni idea de qué podía hacer. Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que el grupo había girado el rostro en mi dirección.

Al parecer, no me había ocultado lo suficiente como para pasar desapercibido.

Un grito, seguido de un ademán que señalaba hacia donde estaba, me alertó de que me habían descubierto.

Mis músculos se tensaron de inmediato y mis piernas se pusieron a correr de forma automática.

Los tres hombres, primero a paso ligero y después al sprint, se habían puesto en marcha hacia el lugar en el que me encontraba.

Definitivamente aquellos gorilas me estaban esperando. Y algo me decía que no se trataba de una visita de cortesía. Tragué saliva y apresuré la carrera.

Corrí como alma que lleva el diablo por el camino de tierra y después, aprovechando que conocía perfectamente la orografía del terreno y que llevaba ventaja, salí del vial para perderme entre la vegetación y tratar así de despistar a mis perseguidores.

La presión de una mano que agarraba mi brazo casi me mata de un infarto.

Había ya preparado el puño en alto para descargar sobre mi captor cuando descubrí el rostro asustado de Emiliano.

—¡Por aquí! ¡Vamos! —Observé la cara arrugada de mi vecino que con ojos vivos me invitaba a seguirlo en un susurro.

Había dejado preparada la barca en la orilla con todos los aparejos como si se estuviera disponiendo a salir de pesca. Muchos pescadores de la zona salían a faenar al ocaso. Emiliano no levantaría sospechas.

—Lo han revuelto todo. Han registrado la casa y desenterrado el kayak.

Llevan varias horas esperándote. Me han preguntado por ti — me informó—.

¿Se puede saber en qué andas metido, muchacho?

Esa gentuza no viene a verte en plan amistoso.

He podido ver que uno de ellos llevaba una pistola escondida en la cintura.

Emiliano hablaba con un hilo de voz y meneaba la cabeza, contrariado.

—Voy a adelantarme. Nos meteremos en el mar. Si la cosa se pone fea siempre puedes tirarte de la barca. Seguro que eres mejor buceador que esos tres y encuentras la manera de escapar.

Salió a la playa mientras yo esperaba entre la maleza y cuando se aseguró de que no había moros en la costa me espoleó a subir al barquichuelo.

Me tumbé en el suelo del cascarón, con las redes por encima para ocultarme.

Emiliano se tomaba su tiempo para echar el bote al agua y sentí no poder ayudarle con tan pesada carga.

Escuché alarmado los pasos que se acercaban a la carrera. La respiración jadeante no dejaba lugar a dudas de que se trataba de mis perseguidores.

—¿Ha visto usted a su vecino Oriol? —preguntó uno de los hombres con voz ronca y entrecortada.

—¿Oriol? —se hizo el tonto Emiliano.

Hablaba pausado y utilizaba mañas de viejo. Le veía gesticular desde mi escondite. Escuchándole hablar nadie hubiera podido pensar que yo estaba oculto entre sus aparejos. Por suerte los tres hombres se habían quedado alejados de la barca.

—No creo que haya llegado todavía de trabajar, aún es temprano. Muchos días no viene a dormir a casa. ¡Ya sabe cómo son estos jóvenes!

¡Siempre tienen mejores cosas que hacer que descansar!

Contuve la respiración hasta que se hubieron marchado.

Mi vecino resultaba convincente, y cuando empezó a hablar de pesca y a contar sus batallitas del servicio militar, mis perseguidores buscaron la manera de zafarse rápidamente de él.

La maniobra de distracción había funcionado.

Emiliano era un viejo astuto y en lugar de dejar ver que quería librarse de ellos cuanto antes, había hecho todo lo contrario.

Nada había hecho sospechar que yo pudiera estar oculto en la barca, al contrario, Emiliano parecía un hombre solitario ávido de conversar con cualquiera que le prestara la atención suficiente y con todo el tiempo del mundo por delante.

En cuanto habían tenido ocasión, los tres hombres de negro se habían librado de la obligación de escucharle y habían puesto tierra de por medio.

Vi a Emiliano sonreír y guiñarme un ojo mientras seguía empujando la barca.

Su rostro amable estaba perlado de sudor, pero sus ojos claros y pequeños refulgían por efecto de la emoción propia del peligro.

Cuando tu rutina diaria trascurría sin sobresaltos, cualquier cosa que la inyectara de novedad y riesgo era capaz de devolverte a la vida.

Mi vecino era una buena prueba de ello. Parecía haber rejuvenecido veinte años de pronto.

Recordé haber leído alguna vez en algún lugar que era por efecto de la adrenalina.