Capítulo 11. #2
Llevaba un rato flotando en el líquido calentorro mientras mi mente divagaba, cuando al abrir los ojos Oriol apareció de pronto en mi campo de visión.
Di un respingo al verlo y mi corazón comenzó a latir con fuerza en el pecho.
Estaba junto al bordillo de la piscina de los toboganes y hablaba con el muchacho que trabajaba allí de socorrista.
Parecía que no me había visto. Sin pensármelo un segundo corrí por el lado contrario hacia la zona por donde se subía a aquella montaña rusa de agua.
En un abrir y cerrar de ojos me había calzado un flotador rosa alrededor de la cintura y estaba encaramada a lo alto de la plataforma por la que se accedía a los toboganes.
Había calculado bien mi acción. Pensaba bajar por el tobogán más cercano al borde donde Oriol seguía conversando con el socorrista y salir
de la piscina después del chapuzón justo delante de él.
Me imaginaba arrebatadora e intrépida, subiendo el bordillo con el pelo mojado cayendo sobre mis hombros hacia atrás, mi mejor sonrisa y aquel bikini con copas que me hacía tetazas. Iba a convertirme en una estampa digna de un anuncio de perfume francés. ¿Qué podía salir mal?
Triunfante, me coloqué a la cola, y cuando me tocó el turno me senté sobre el tobogán. Con un pequeño impulso me deslicé hacia abajo.
Lo que había supuesto que sería una bajadita tranquila pronto se convirtió, por efecto de la velocidad y el agua, en una loca carrera dando tumbos de lado a lado.
Estaba tan mareada que no era capaz de saber si iba de frente, tumbada o hacia atrás.
Agarraba el flotador tratando de que no saliera volando y me dejara vendida, se me había escurrido y ahora lo llevaba a la altura de las rodillas.
De pronto sentí el impacto del agua al caer. El flotador se había quedado clavado y yo había salido disparada hacia delante. Había sido tan rápido que no me había dado tiempo a prepararme.
Quedé sumergida en el agua dando vueltas, con el pelo sobre la cara y media piscina entrando en mis pulmones.
Braceé y pataleé hasta recuperar la orientación y por fin pude volver a la superficie.
Salí tosiendo y chorreando líquido por la nariz, con el pelo revuelto y pinta de pollo remojado.
La verdad es que vista así no debía parecer muy estilosa.
Al menos había logrado mi objetivo. Oriol y su amigo tenían la vista clavada sobre mí. Tardé en darme cuenta de que el chapuzón había levantado tanta agua que la piscina había desbordado. Los dos estaban completamente empapados.
Obviando el desafortunado remojón me encaramé al bordillo, decidida a subir y salir del agua como una sirena, pero me fallaron las fuerzas y acabé pareciendo una morsa.
A duras penas había conseguido que mis piernas se deslizaran sobre el suelo y el resto de mi cuerpo las siguió con poco glamour y mucha torpeza.
Al menos aún me quedaba parecer adorable. Me recompuse y me estiré hasta ponerme tiesa como un palo de escoba. Enderecé el pecho, saqué el culo hacia fuera, me recoloqué la melena, fijé mis ojos en Oriol y esbocé la mejor sonrisa.
A juzgar por su cara de alucinado y la mirada que intercambiaron él y su amigo, parecía que había conseguido impresionarles.
Me contoneé hasta ellos decidida a decir algo ocurrente.
Sus ojos fijos en mí no dejaban lugar a dudas de que había conseguido mi propósito. Esperé a que fuera él quien hablara.
—Alejandra… —Me regocijé al ver cómo se ruborizaba al pronunciar mi nombre—, se te ha salido una teta. —Señalaba mi delantera y su amigo reía por lo bajini como un colegial.
Horrorizada miré hacia abajo. Al caer al agua, la parte de arriba de mi bikini se había retorcido y había dejado mi pecho completamente al descubierto.
La copa del sujetador estaba dada la vuelta y quedaba colgando a la altura casi de mi cintura.
¡Estaba tan concentrada buscando algo que decir que no me había dado cuenta!
Noté mis mejillas ardiendo y supe que me había puesto como un tomate.
—¡Joder! Nos has puesto como una sopa. Nunca había visto a alguien tan pequeño levantar tanta agua —añadió el socorrista que acompañaba a Oriol entre risas visiblemente divertido con la situación.
Él debía estar acostumbrado, pero no creía que a Oriol le hubiera hecho mucha gracia el remojón.
—No te fíes de las apariencias, ahí donde la ves es especialista en ir por ahí empapando a la gente —repuso Oriol con sorna, mientras se sacudía el agua de la camiseta.
Luego los dos se quedaron mirándome esperando a que yo dijera algo. Estaba tan azorada que no se me ocurría nada ocurrente. Debía parecer un semáforo en rojo, porque cada vez notaba como me ardía más la cara.
—Lo siento, creo que no se me da bien lo de caer con estilo —acerté a balbucear tratando de que no se notara que estaba completamente avergonzada.
Después me di la vuelta, recogí mis cosas y salí corriendo. Me quedaba una hora escasa para ducharme, arreglarme y reunirme con Sarah.
¡Ya había hecho de sobra el ridículo por un día! Esperaba no volver a cruzarme con Oriol. Su sola presencia me alteraba y me inducía todo el tiempo a quedar como una idiota.
—¡Nada de hombres, ni romances, ni enamoramientos! ¡Céntrate, Álex! ¡Has venido a la Riviera a ver ruinas mayas, a ponerte morena en la playa y a beberte hasta el agua de los ceniceros! —me prometí.
Sabía de antemano que no cumpliría mis promesas. Ya estaba encaprichada hasta las trancas.