Donde nace el cielo Capítulo 11.
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Capítulo 11.

Cuentos de princesa (o cómo hacer el ridículo y salir ilesa)

El trayecto en el autobús había trascurrido sin incidentes. Yo miraba de soslayo a Oriol y me regocijaba cada vez que me encontraba con su mirada posada en mí. Estaba disfrutando de aquel juego que sutilmente me decía que a él tampoco yo le era indiferente.

Me sonrojaba como una colegiala cada vez que Oriol me descubría pendiente de sus movimientos, pero no me sentía capaz de evitar que los ojos se me fueran solos en su dirección.

La sonrisa no me había abandonado desde que habíamos comenzado el viaje de vuelta al hotel.

Me sentía tan ligera que hubiera podido salir volando con una ráfaga de aire como un diente de león en primavera.

Notaba que los colores habían recuperado su intensidad.

Sentir que mi corazón latía fuerte en el pecho y la sangre me hervía por debajo de la piel me había pillado de improviso.

¡Era maravilloso volver a sentirme viva!

Notaba que había recuperado el brillo de los ojos.

Me gustaba aquella sensación de libertad y de poder.

Volvía a sentirme dueña de mí misma. Sonreí al verme reflejada en el cristal de la ventanilla del bus y peiné mi pelo despeinado por efecto de la lluvia.

Aún desaliñada me sentía guapa. Esa era yo.

La Alejandra que siempre había sido, seguía escondida por debajo de todas las apariencias.

Estaba pletórica. ¡Si hubiera podido me hubiera abrazado a mí misma dando saltitos! La sonrisa se me escapaba sola.

Volví a observar a Oriol. Todavía no sospechaba que aquel cambio en la percepción de la intensidad en los colores tenía que ver con él.

Estaba sentado en el asiento auxiliar junto al conductor y, aprovechando el cobijo de la hilera de respaldos de los asientos que había por delante de donde me encontraba, me deleité en estudiar su perfil.

Llevaba el pelo recogido en un moño, aún se le veía mojado.

En la tez morena destacaban unos ojos rasgados y oscuros envueltos en aquellas pestañas tupidas y kilométricas que les daban un aire bohemio y soñador.

La nariz pequeña y un poco ancha servía de contraste a aquellos ojos delicados y los labios gruesos terminaban de darle a su rostro un aspecto varonil, a pesar del pelo largo.

Noté cómo el corazón cabalgaba desbocado en mi pecho cuando se giró al percibir mi mirada que le escrutaba sin disimulo. Me pareció que sonreía y le devolví la sonrisa. Me ardían las mejillas y aparté la mirada con rapidez.

Me revolví en el asiento al recordar sus palabras: «No es cómo se empieza, sino cómo se termina» y noté como el universo me removía por dentro. «¿Eran imaginaciones mías o aquello había sido una invitación a conocernos más?».

«¡No te montes películas, Álex!», mi cabeza no tardó en ponerme en mi sitio.

No se equivocó. Todas mis expectativas se quedaron en nada cuando el autobús detuvo la marcha.

Habíamos llegado al hotel. A la luz del día el complejo era todavía más impresionante que la noche anterior. Delante de la puerta de recepción el espacio era un hervidero de gente que iba y venía en bañador.

Había visto las piscinas al pasar y todo lo que deseaba era darme un baño, tirarme en una tumbona y tomarme un margarita.

Miré a Oriol. No me hubiera importado hacer todo aquello acompañada por él, la verdad.

Aprovechando que estaba sentada al final del pasillo, demoré la salida todo lo que pude para propiciar una nueva oportunidad de quedarnos a solas, pero él no dio muestras de haber captado mi intención.

Hablaba con el conductor y luego centró su atención en una pareja que parecía haber extraviado algún objeto durante la excursión.

Había deseado tanto que se acercara, que me abordara con alguna frase ocurrente y me invitara a una copa, pero nada más lejos de la realidad. Parecía que todo su interés se había esfumado de pronto y ni siquiera me miró cuando pasé junto a él al bajar del bus.

Traté de hacer tiempo para quedarme cerca, pero él parecía absorto en el listado que sostenía. Estaba concentrado en sus papeles, escribía y firmaba en algunos pliegos y pronto pude observar cómo una chica se acercaba a él con familiaridad.

La reconocí enseguida. Era la muchacha que trabajaba en recepción y que había atendido mi reserva la noche anterior.

¿Sería su novia? Ella era guapa. Sonreía sin parar mientras se colocaba el pelo detrás de la oreja y ladeaba la cabeza.

Tocaba su brazo al hablar. Estaba claro que les unía alguna relación más allá de lo laboral.

Me demoré lo suficiente para ver cómo revisaban juntos los papeles y sintiéndome como una idiota me despedí con un además de la mano desde lejos al ver que Oriol había levantado la vista y había reparado por fin en mi presencia.

Me devolvió el saludo con una sonrisa y volvió a centrar su atención en la chica y los papeles.

Como de costumbre, mi imaginación me había traicionado.

¡Mi cabeza se había montado una serie de tres temporadas cuyos «protas» éramos Oriol y yo, y resultaba que aquello no había pasado de un primer capítulo donde yo solo era una actriz figurante más!

¡Adiós a mi tórrido romance a la mexicana!

Tendría que conformarme con la piscina y los margaritas.

Visto así, tampoco estaba tan mal, pero sonaba bastante más aburrido.

De pronto volvía a sentirme de bajón. La visión sublime de mi suite nupcial me recordó el plantón de Jaime y no mejoró mi estado de ánimo.

Apesadumbrada me tiré en la cama. ¡A veces me exasperaba lo ingenua que podía llegar a ser!

¿De verdad esperaba que aquel chico se fijara en mí?

¡Todas mis expectativas eran culpa de las pelis románticas de la sobremesa de los domingos!

A partir de ahora, solo vería películas de terror.

De asesinatos y descuartizamientos o en plan Scary movie.

Estas últimas iban más en sintonía con mi vida.

Lo cierto es que yo era un completo desastre.

Dicen que soñar es gratis, pero no es verdad. Soñar duele, duele mucho. Y yo era tan propensa a soñar despierta que no paraba de terminar siempre rota y con el corazón hecho girones. ¡Valiente idiota estaba hecha! Había leído demasiados cuentos de princesas de niña y ahora pagaba las consecuencias.

Estaba en plena autoflagelación cuando el ruidito del WhatsApp me indicó que había recibido un mensaje.

«Hola, preciosa. Soy Sarah. Acabamos de llegar a Tulum.

Odalis tiene amigos aquí y nos han invitado a una fiesta.

¿Te apuntas?

No acepto un no por respuesta.

¿Nos vemos a las 21 horas en recepción?».

Sonreí de inmediato. Sarah era un ángel, uno de esos de piernas largas y cara de muñeca.

Me moría de ganas de conocer a su novio.

Con ella una fiesta no podía ser aburrida.

Aquella era una buena manera de matar las penas.

Las ahogaría en alcohol. En mucho, mucho alcohol.

Esperaba que las muy putas no supieran nadar.

Me puse una camiseta y un short y, toalla en mano, salí hacia la piscina decidida a no dejar que nada me arruinase el primer día del resto de mi vida.

Aún tenía tiempo para un baño. Después buscaría algo que ponerme en el montón de ropa que, con la etiqueta todavía puesta, reposaba sobre la silla de mi habitación.

Por suerte, el hotel tenía una tienda de souvenirs donde también vendían ropa, así que me había surtido con unos cuantos básicos para salir del paso hasta que pudiera recuperar mi maleta.

Mi ánimo volvió a venirse arriba cuando franqueé la valla de madera blanca y azul añil y sentí el frescor de la hierba bajo mis pies.

El complejo era una delicia. Había tres piscinas de color turquesa dedicadas al relax y una especie de parque acuático donde podías tirarte dentro de un flotador por unos toboganes retorcidos e interminables.

Alrededor, varios bares y puestos de bebidas construidos al estilo tradicional a base de barro, paja y palma, césped perfectamente cuidado, tumbonas y camas balinesas y oasis llenos de palmeras con flores tropicales completaban el idílico paisaje.

Había también unas figuras que simulaban tres mamuts.

Lanzaban un chorro por la trompa y hacían las delicias de los niños —y los no tan niños— que corrían alrededor como un enjambre mojándose bajo los torrentes de agua gritando sin parar.

¡Tenía que hacerme una foto allí! Seguro que quedaba increíble en mi Instagram. Era una de esas estampas perfectas para dar envidia. Esperaría unos días, cuando mi piel ya hubiera adquirido el moreno caribeño y las bolsas bajo los ojos se hubieran disipado junto con el desengaño.

Pensé en Jaime, a él le hubiera parecido que una foto así en un perfil público no era nada adecuado para mi imagen.

La idea cobró más fuerza. Puede que hasta me subiera sobre la grupa de uno de los bichos y sacara la lengua.

La ocurrencia me devolvió el talante positivo y me hizo reír a carcajadas.

Lo anoté mentalmente en mi listado de cosas pendientes.

Ahora era libre de hacer el ridículo como mejor me pareciera.

¡A la mierda Jaime y su visión encorsetada del mundo!

Lo de enfundarme en un flotador rosa y lanzarme tobogán abajo también parecía divertido. La verdad es que me daba un poco de vergüenza, así que finalmente opté por quedarme en la parte relajada del complejo.

Elegí la piscina más tranquila, dejé mis cosas sobre una tumbona vacía y me metí en el agua que estaba caliente por efecto del sol que había incidido sobre ella durante todo el día.

Apoyada sobre el bordillo, con el mar que se fundía a la vista con el color azul profundo del cielo, comprendí que no había nada más importante que sentirse en paz con uno mismo.

Pronto la sensación de bienestar que llevaba todo el día acompañándome volvió a embargarme por completo.

Respiré profundo y cerré los ojos, dejándome llevar por aquel sosiego.