Capítulo 10. #2
—Está bien. —Un suspiro resignado sonó al otro lado.
Era como si el profesor pensara a la vez que hablaba.
Debía estar trazando un plan sobre la marcha—.
Esto es lo que vamos a hacer. Borra inmediatamente el vídeo del teléfono.
Yo me desharé del pendrive. Dame dos días.
Voy a ver si puedo arreglar las cosas. Tal vez aún pueda encauzar el desaguisado. Nos vemos en el museo el miércoles.
—¿Y Enrico? ¿Qué pasa con él? ¡Mi primo ha desaparecido!
—Dame dos días. Luego ven a verme. Confía en mí, Oriol. Si nadie más ha visto el vídeo tal vez aún estemos a tiempo de arreglar las cosas. Veré si puedo averiguar qué ha sucedido con Enrico.
—Está bien, don. Confío en usted. Localice a mi primo, los huesos no me importan, solo quiero encontrar a Enrico. Nos vemos pasado mañana en Cancún.
—Una cosa más. No le digas a nadie que has hablado conmigo. ¡Y borra el vídeo de inmediato! —su voz sonó con tal autoridad que temí que traspasara el teléfono. Aquella orden no dejaba lugar a réplica.
—Lo hago ahora mismo. ¡Me está usted preocupando, doctorcito!
—No es para menos. Vuestra curiosidad nos ha metido en un buen lío. Ellos querrán evitar a toda consta que tiréis del hilo.
—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? ¿Qué hay detrás de los huesos? ¿Qué es lo que puede quedar al descubierto si tiramos del hilo? Profesor Emeterio, tiene usted que explicarme muchas cosas.
—Todo a su tiempo. Vigila tu espalda. Si ves algo extraño busca donde esconderte hasta que las cosas se tranquilicen. El miércoles podré darte algunas respuestas. ¡Ten mucho cuidado, Oriol! Esto no es un juego.
Colgué cuando la comunicación se cortó al otro lado.
Hubiera seguido intentando que el profesor me diera más pistas sobre lo que estaba sucediendo, pero sabía que era inútil.
No conseguiría sonsacarle ni una palabra más.
Lo mejor era hacer lo que me había indicado.
Tendría que confiar en su criterio. Él parecía saber qué era lo que estaba pasando y, seguramente, encontraría la manera de averiguar algo acerca del paradero de Enrico.
Caminé nervioso de un lado a otro durante un par de minutos y paré en seco al darme cuenta de que algunos turistas me observaban con mirada desconfiada.
Varias mujeres habían dado la vuelta a sus mochilas y, al cruzarse en mi camino, las sujetaban contra su pecho.
Al ver mi actitud extraña seguramente habían pensado que era un carterista.
Respiré profundo. Odiaba las esperas. ¡Dos días eran demasiado tiempo cuando te devoraba la impaciencia! ¿Cómo podía estar tranquilo sin noticias de Enrico?
El sol había vuelto a salir y apretaba con fuerza después del chaparrón. El agua que se evaporaba del suelo por efecto del calor hacía que la humedad fuera irrespirable.
Miré el reloj. Aún quedaban quince minutos antes de tener que volver al trabajo.
Desorientado y sin obedecer a un motivo concreto deshice a pasos largos el camino de vuelta a la cala de arena blanca donde un rato antes había dejado a Alejandra.
Ella aún no había regresado de la playa y su ausencia espoleaba mi desazón, se sumaba a la impotencia de no poder hacer nada más para esclarecer la extraña desaparición de Enrico. Volví a inspirar y exhalar con fuerza.
Bajé por la escalera que se encaramaba al acantilado.
En mi cabeza se entremezclaban conversaciones, imágenes y sensaciones.
La preocupación por Enrico se disolvía entre aquella necesidad de volver a robarle al destino un minuto a solas con aquella mujer extraña.
No era capaz de entender qué fuerza era la que tiraba de mí hacia ella, pero en aquel momento no me sentía capaz de evitarla.
Quería dejarme llevar, necesitaba volver a verla. Estar cerca.
Mis deseos no tardaron en materializarse. Me topé de bruces con Alejandra al llegar al último peldaño de la escalera. Me miró con media sonrisa. En su semblante se percibía el asombro dibujado en el arco de sus cejas.
—Nos vamos ya mismo —dije para justificar que había regresado a
buscarla.
Mi tono había sonado borde a pesar de que pretendía todo lo contrario.
Ella miró su reloj. Su cara se iluminaba cuando sonreía.
—Aún quedan más de diez minutos para la hora. ¿Están incluidos en tus honorarios los servicios como niñera? —me espetó con descaro en tono desafiante—. ¡No era necesario que vinieras a buscarme! —añadió después con un ademán más conciliador acompañado de aquella sonrisa que me desarmaba.
—¿Y quién te ha dicho que venía en tu busca?
Su risa sonó con fuerza. Mi cabeza pensaba a mil por hora. «¡Claro que venía a buscarte, bonita, pero no pienso decírtelo! Ya tengo bastante con un desaparecido, necesitaba comprobar que estabas bien…».
—Solo quería disfrutar un minuto más de las ruinas del castillo desde abajo ahora que no hay nadie. Es una estampa difícil de conseguir desde que los turistas nos invaden —improvisé para justificarme.
—Supongo que entonces estoy de sobra. Será mejor que me vaya.
En realidad, no quería que se fuera. Había empezado ya a enfilar la
escalera cuando las palabras salieron solas y mi voz sonó sin titubeos.
—¿Sabías que el castillo servía como faro para los barcos que se aproximaban a Tulum? —Me perdí en el reflejo rojizo de su pelo oscuro.
Ella se dio la vuelta al escuchar mi invitación velada en aquella pregunta y, bajando nuevamente el escalón, se colocó a mi lado sin decir nada. Me gustaba sentir la cercanía de su cuerpo.
—La costa está rodeada de dos arrecifes y en medio de ambos queda un canal. El paso se encuentra justo de frente al castillo. Los navegantes lo utilizaban como referencia para saber por dónde tenían que cruzar y evitaban así quedarse encallados —continué explicando.
Alejandra observó con ojos curiosos el mar buscando entre el agua revuelta algún indicio del arrecife partido en dos. Después alzó su vista hacia al castillo y escrutó las ruinas en silencio. El corazón me latía con tanta fuerza en el pecho que por un momento temí que pudiera oírlo.
—Tal vez no eres tan mal guía después de todo —dijo sonriendo en tono jocoso—. Creo que hemos empezado con mal pie. Soy Alejandra.
Álex para los amigos. —Me tendió la mano en un gesto y yo —esta vez sí— le devolví la cortesía.
—Yo soy Oriol.
—Encantada, Oriol.
Sentí que me había ruborizado y solté su mano como si me hubiera dado un calambrazo.
—Tenemos que volver. El autobús está ya esperando.
Subimos la escalera hasta la zona comercial, ella delante y yo detrás y me deleité sin poder apartar mis ojos con las curvas de sus caderas que por debajo de su cintura sobresalían redondas y prominentes.
Mi «amiguita» por debajo del pantalón volvía a hacer de las suyas.
¡Mierda! El bulto volvía a sobresalir entre mis piernas. Tenía que evitar que ella se diera cuenta, así que una vez arriba aceleré el paso y tomé la delantera.
—Me adelanto. Tengo que hacer recuento de pasajeros para poder regresar. Por cierto —dije dándome la vuelta y clavando mi mirada en su boca—, ¡no es cómo se empieza, sino cómo se termina!
Escuché su risotada a mi espalda y sonreí ante mi osadía.
¿Qué había sido aquello? ¿Estaba tonteando con aquella mujer?
¿Acaso había perdido la cabeza?