Donde nace el cielo Capítulo 10.
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Capítulo 10.

La desaparición de Enrico

El aire se había vuelto denso de pronto. Me esforzaba por conseguir que llegara a mis pulmones. No sé si era por efecto de la lluvia unida al bochorno, o si era tenerla a ELLA tan cerca de mi cuerpo, pero notaba la cabeza embotada y me costaba pensar con claridad.

Había desaprovechado la oportunidad de conversar cuando Alejandra me había tendido un puente nada más llegar bajo la visera de roca que nos servía de resguardo. Ahora entre nosotros había un silencio tan tenso que se podría haber cortado con un cuchillo.

¡Me sentía como un imbécil! Hubiera sido tan sencillo como contestar con cualquier formulismo a su observación de que llovía, pero, en lugar de eso, me había quedado callado como un idiota.

Las palabras no habían querido brotar de mi garganta y había quedado en aquella situación que resultaba embarazosa sin motivo.

El agua seguía cayendo como si los dioses la lanzaran a cubos.

Sin poder evitarlo, me había deleitado con la visión de su vestido blanco completamente mojado dejando traslucir su cuerpo por debajo mientras ella se acercaba para ponerse a cubierto.

Las gotas de lluvia resbalaban por su pelo, sujetaba la pamela rosa contra su pecho y cubría con ella los senos pequeños y turgentes que se adivinaban bajo la tela.

De pronto estábamos allí, en la cueva, con su mano casi rozando la mía.

Teniéndola tan cerca no me atrevía a mirarla.

Me esforcé en fijar la atención al frente.

Notaba cómo el agua se escurría gota a gota de su vestido e iba formando un charco en el suelo.

No tardó en llegar a mis pies y empezó a

mojar mis pantalones que arrastraban a ras de las deportivas.

La empresa me obligaba a trabajar en pantalón largo cuando me tocaba hacer de guía en las rutas y el tejido de algodón comenzó a embeberse de la lluvia que se desprendía de su ropa empapada.

Cada gota que caía era chupada lentamente encaramándose pernera arriba.

Si no hacía algo, en breve el agua me mojaría la entrepierna.

Estaba completamente absorto. No podía dejar de mirar al suelo. Era hipnótico y ¿excitante?

Parecía una locura, pero aquel intercambio de agua entre los dos me resultaba tan íntimo que no tardé en notar la erección bajo el pantalón.

Si no salía de allí cuanto antes, también ella se daría cuenta pronto.

El goteo de su ropa mojada y la visión de su cuerpo por debajo de aquel vestido semitransparente me subía el «ánimo» sin remedio.

Por mucho que lo intentaba, mis ojos no podían apartarse del charco.

Ahogué un jadeo justo a tiempo. Sin darme cuenta había entreabierto la boca y me había quedado embobado mirándola.

Alejandra me miró expectante. Sus pupilas se habían clavado en las mías con expresión interrogante.

¿Esperaba que dijera algo? Busqué las palabras, pero no las encontré.

No se me daba bien hablar con la gente y mucho menos con las mujeres, sobre todo si me gustaban.

¿Qué demonios estaba sucediendo? La turbación se había apoderado de mí y la sangre se agolpaba en mis partes menos nobles haciendo evidente lo innegable: ¡Ella me atraía, y yo me estaba poniendo a cien con el agua de lluvia en un charco!

Si se daba cuenta del bulto que asomaba ya entre mis piernas iba a pensar que era un salido, o lo que era peor, ¡un perturbado! Necesitaba poner tierra de por medio cuanto antes… y una ducha fría, eso también.

Noté como su mirada volvía a interrogarme.

Enrojecí al darme cuenta de que me había perdido entre sus pestañas.

Le miré la boca. Ella me devolvió la mirada y después la fijo en el suelo.

¿Era yo o Alejandra también parecía sentir esa electricidad que nos envolvía?

Rechacé el impulso de dejarme llevar y besarla.

—Parece que llueve menos —acerté a decir torpemente antes de salir corriendo.

Era mentira. Seguía lloviendo a cántaros, pero necesitaba recuperar la compostura que su presencia tan cerca me hacía perder.

¿Cuánto tiempo hacía que no echaba un polvo?

¡Aquel calentón imprevisto había estado a punto de jugarme una mala pasada!

¿Y si ella hubiera pensado que la estaba acosando?

¡Solo me faltaba que una turista me acusara de depravado!

Mis malas maneras ya me habían valido algún disgusto en el hotel, pero aquello podría haberme costado el trabajo.

—¡Maldita sea! ¡Céntrate, Oriol! ¡¿En qué cojones estás pensando?!

—me amonesté a media voz mientras corría.

Boqueé como una sardina fuera del agua. Me había quedado con las ganas. ¿Cómo podía atraerme de aquella manera alguien a quien apenas conocía y que además no soportaba?

Meneé la cabeza para recuperar la cordura y alejarla de mi pensamiento. Su piel por debajo de aquel vestido mojado tardó en disiparse de mi imaginación tanto como la erección en ceder. ¡Después del subidón me había quedado dolor de huevos!

Las nubes negras seguían descargando con virulencia.

Corrí entre las rocas al otro lado del acantilado aun sabiendo que por mucho que corriera iba a llegar empapado.

El aire se volvía más ligero a medida que el sonido de las voces de la gente subía de volumen.

Exhalé con alivio cuando llegué a la zona comercial.

Una vez a resguardo no tardó en dejar de llover. La tormenta paró tan rápido como había comenzado. Ya daba igual, estaba chorreando.

¡La abstinencia empezaba a hacer que me patinaran las neuronas! Puede que mi primo tuviera razón, llevaba demasiado tiempo sin yacer con nadie. El sexo con uno mismo tenía sus limitaciones.

Me obligué a pensar en Enrico. Estábamos a media tarde y seguía sin tener noticias suyas. Debía llamar nuevamente a la laguna negra para comprobar si había llegado a trabajar.

«Enrico. Tengo que centrarme en dar con él». Me alejé del maremágnum de turistas y saqué el teléfono. Tenía que averiguar si mi primo estaba bien.

Un tono, dos tonos, tres tonos, cuatro tonos…

—Buenas tardes, soy Oriol, el primo de Enrico. ¿Podría hablar con él? Le estoy llamando al celular y no consigo localizarlo —expliqué tratando de no parecer inquieto cuando al otro lado de la línea una voz me respondió en la cooperativa de ecoturismo de Laguna Negra.

—¿Con Enrico? —preguntó extrañado mi interlocutor—. Pues el caso es que todavía no ha llegado. Tenía que haber comenzado su turno a las cinco y media, pero no ha aparecido. Algún imprevisto debe haberle retrasado, Enrico nunca llega tarde a trabajar.

¡Mierda! ¡Ahora estaba seguro de que algo raro estaba pasando! No había en todo Quintana Roo nadie más puntual que mi primo.

La desazón empezó a crecer de nuevo en mi estómago y tuve que esforzarme para despedirme sin parecer alarmado.

—Gracias. Volveré a llamarle más tarde. Si es tan amable, cuando llegue, dígale que le he llamado.

—Seguro que no tardará. No te preocupes, en cuanto aparezca, le doy el recado.

Colgué con el corazón cabalgando en el pecho. A lo lejos, aparcado en el mismo lugar donde nos había dejado, estaba el bus que tenía que llevarnos de regreso al hotel. Algunos pasajeros se habían arremolinado ya en torno a él.

Instintivamente, tratando de distraerme del asunto de Enrico, oteé de un vistazo las siluetas buscando la pamela rosa de Alejandra. Todavía debía estar en el acantilado. Ella no había llegado. Su ausencia entre el tumulto incrementó mi nerviosismo.

El nombre del profesor Emeterio en la pantalla del móvil que sonaba en mi mano hizo que volviera a centrarme en el asunto de Enrico.

—Hola, profesor —contesté sin dar tiempo apenas a que sonara el segundo tono.

Al otro lado del celular la voz de don Emeterio sonaba inquieta. Acababa de recibir el pendrive con el vídeo que le había mandado esa misma mañana.

—Oriol, ¿dónde estás? ¿Estás bien? Ya he visto el vídeo. ¡Sois unos insensatos! ¿Tienes idea de donde os habéis metido? He escuchado tu mensaje de anoche. ¿Has localizado a Enrico?

—No he conseguido dar con él, le he llamado varias veces, pero su teléfono está apagado. Tampoco ha ido hoy a trabajar. ¿Qué quiere decir con eso de «si sé dónde nos hemos metido»? ¿Qué me está usted ocultando, profesor? —Fruncí el ceño.

¡Ahora sí que ya no había ninguna duda de que allí estaba pasando algo extraño! Por sus palabras había deducido que los huesos que habíamos encontrado no le eran del todo desconocidos.

—¿Estás en casa? ¡Os dije que no exploraseis aquella gruta! Veremos a ver por dónde sale la cosa ahora. Nadie debería haber encontrado los huesos. Es peligroso, Oriol.

—¿Peligroso? Solo es una gruta y una montaña de huesos. ¿A qué

cojones se refiere? ¿Qué quiere decir, profesor? —le escuché maldecir.

Resoplaba como un toro antes de embestir.

—Pero ¿qué estoy diciendo? ¡Maldita sea! ¡Estoy hablando de más!

—Un pequeño silencio siguió a sus palabras.

Habían caído sobre mí a bocajarro y necesitaba digerirlas despacio.

No conseguía comprender nada.

—¿Cuándo podemos vernos? No debemos hablar de esto por teléfono. ¿Puedes venir a Cancún? —propuso por fin el profesor.

Su voz sonaba cada vez más alterada y lo imaginé exaltado, caminando de un lado a otro de su despacho en el museo.

—Estoy en Tulum. Me tocaba trabajar de guía esta tarde. Llegaré de regreso al hotel en hora y media. No tengo manera de ir a Cancún hoy. Enrico se llevó el jeep. No estoy seguro de que mi primo se encuentre bien. ¡Dígame qué sabe, don! ¿Qué es eso de que es peligroso? —insistí—

. ¿Tiene usted idea de dónde está Enrico?

Un largo silencio siguió a mi pregunta. Por un momento temí que la comunicación se hubiera cortado. —Don… Profesor… don Emeterio… ¿Sigue ahí?

—Escúchame bien, Oriol, ¿alguien más ha visto el vídeo?

—No. Solo Enrico y yo. Y usted…