Capítulo 9. #3
Bajé las escaleras que me separaban de la cala de arena blanca y que se encaramaban al acantilado.
La visión desde abajo era sublime: las ruinas del castillo en todo su esplendor, los muros de piedra iluminados con tonalidades doradas por los rayos de sol que se colaban entre las nubes oscuras y las palmeras que se movían violentamente por el viento que se había levantado con fuerza.
Me quité el vestido blanco de estilo ibicenco que había comprado en la tienda del hotel y sin demora me sumergí en el mar que también se había tornado revuelto.
Cerré los ojos para percibir mejor las sensaciones e imbuirme del silencio.
Dejé que el mar me acunara con su vaivén mientras flotaba sobre él.
El mundo quedaba muy lejos, todo, absolutamente todo, pertenecía al pasado.
Pero ¿qué era aquello? ¿Cómo podía uno escapar al mundo con aquella algarabía de voces, risas y chillidos en la orilla?
Decidida salí del agua con la intención de encontrar la forma de que aquella marabunta ruidosa e irrespetuosa no me robara el momento. No estaba dispuesta a renunciar a aquel recuerdo. Debía ser perfecto.
Pasando sobre las rocas me alejé de la cala lo suficiente para que los sonidos me llegaran apagados.
Me senté sobre un entrante de arena que quedaba encerrado por el acantilado y fue entonces cuando volví a verlo.
Oriol, sentado sobre las rocas, tenía la mirada perdida al frente y disfrutaba en soledad del vuelo de los pelicanos que rasos sobre el mar se
afanaban en conseguir alguna captura.
Lo estudié amparada por la distancia que nos separaba. Tenía un perfil bonito. Su presencia dotaba al espacio de un aire sosegado. Noté como el corazón se aceleraba en mi pecho al ver cómo se giraba.
Debió notar mi mirada, porque de pronto sus ojos se entornaron hacia donde yo me encontraba.
A su mirada fija le siguió una expresión de sorpresa.
Levantó la cabeza con desgana como signo de saludo y yo le devolví un ademán igual de desganado con la mano.
Después me esforcé por centrar mi atención en el paisaje.
Me resultaba difícil resistir la tentación de mirarle, me encontraba ya bajo su influjo.
Le miré de reojo varias veces y en todas ellas me encontré con su mirada. ¿Eran imaginaciones mías o él también sentía algún tipo de interés hacia mí?
«No te montes historias en esa cabecita, Álex», me advertí.
Sabía de sobra que era propensa al melodrama. ¡Ya tenía bastante con ser una novia abandonada! ¡Lo que me faltaba era un amorío a la mexicana con aquel tipo rancio! Deseché aquella idea de mi cabeza de un plumazo y me esforcé en parar aquel juego de miradas.
Centré mi atención en los pelícanos. Su visión me reconfortó y me tranquilizó a partes iguales. Tenían algo de mágico.
El mar se embravecía por momentos y el cielo, cada vez más negro, parecía que iba a caer sobre nuestras cabezas de un momento a otro.
Miré a Oriol una vez más. Él parecía no inmutarse, lo que me daba indicios de que no era peligroso estar en aquel lugar, así que seguí sentada donde estaba disfrutando del espectáculo de tonos turquesas y piedra que la naturaleza me ofrecía.
Sobre mi cabeza, podía verse el perfil del castillo maya.
Detrás de aquellas ruinas se escondían muchos años de historia.
Aún llegaban apagadas las voces de los turistas ruidosos al otro lado del acantilado, pero si uno se esforzaba en abstraerse de ellas era posible disfrutar del silencio casi completo.
Un trueno me hizo dar un respingo y ponerme en pie del susto.
No tardaron en cumplirse mis pronósticos.
A las gotas gordas y aisladas que empezaban a caer, le siguió sin previo aviso una tromba de agua en toda regla.
Trataba de volver sobre mis pasos lo más rápido que podía, pero en cuestión de segundos me había puesto como una sopa.
Mientras me encaminaba a las rocas había visto que Oriol se guarecía en una especie de cueva que quedaba al resguardo de una pared de piedra. Estaba sentado muy cerca y casi no se había mojado.
Sin pensarlo demasiado me dirigí hacia allí. La lluvia caía con tanta fuerza sobre mi rostro que a duras penas veía dónde pisaba.
Tomé aire cuando tuve el covacho a solo unos pasos. El hueco era más pequeño de lo que había supuesto y de pronto me sentí incómoda.
Oriol me miró sin decir nada, y haciéndose a un lado, me dejó un poco de espacio bajo la visera de roca que hacía las veces de paraguas.
—¡Cómo llueve! —dije tratando de iniciar una conversación que rompiera la tensión que se había hecho entre los dos.
Oriol me miró de refilón y asintió en silencio. No parecía dispuesto a
darme el gusto de la palabra y me enojó su mala educación. Le lancé una mirada fulminante, exhalé con fuerza y centré la mirada al frente.
Ya no se escuchaban las voces del gentío que, seguramente, había salido corriendo en estampida a resguardarse al abrigo de los puestos de souvenirs.
Solo nuestras respiraciones, que junto a la lluvia que caía sobre las rocas a borbotones y el goteo incesante de mi vestido blanco empapado, rasgaban el silencio.