Donde nace el cielo Capítulo 9. #2
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Capítulo 9. #2

Aprovechando la ventaja que me daba que él no me hubiera visto y con la excusa de hacer algunas fotos en el castillo antes de que mis extremeños favoritos tuvieran que marcharse de vuelta al hotel, tiré de ellos hacia donde Oriol se encontraba.

—No tan rápido, niña, que todavía tengo que rendir cuentas en la clase de bachata. ¡Mañana me van a doler hasta las pestañas! —me amonestó Antonia.

Sin darme cuenta había acelerado el paso y a ella le faltaba el resuello. No sirvió de nada. Justo cuando estábamos a punto de llegar, Oriol, cabizbajo, enfiló el camino en la dirección opuesta. Estaba tan enfrascado

en su conversación que ni siquiera me había visto.

Torcí el gesto. El destino no había querido propiciar un nuevo encuentro. Tal vez fuera lo mejor, empezar las vacaciones a la gresca con el guía del hotel no parecía a priori muy buena idea. «¿Estaría pagando con él mi sed de venganza por el desplante de Jaime?».

—¿Estás bien? —escuché de pronto preguntar a Paco con voz angustiada.

Antonia se había parado en seco y boqueaba acalorada. ¡Estaba tan centrada en mis pensamientos que me había olvidado de ellos!

—Siéntese, mujer, está usted muy colorada…

—No te preocupes, chiquilla, solo necesito un poco de agua. Este maldito bochorno…

Paco había arrebatado el abanico de las manos de su mujer y le echaba aire con expresión compungida. Podía leerse la preocupación en su rostro. Antonia había pasado del rojo al blanco y temí que fuera a desmayarse.

—Es el azúcar, a veces me dan bajones —me explicó al ver mi expresión alarmada—. ¿Podrías alcanzarme un caramelo de mi bolso? Están en el bolsillo de delante —pidió con un hilo de voz.

Paco le mojaba la nuca con un pañuelo que había empapado con un poco de agua y meneaba el abanico sin descanso.

Torpemente rebusqué en el bolsillo del bolso hasta que por fin di con un caramelo. ¡Antonia llevaba todo un mundo allí dentro, pesaba como si llevara un muerto!

—¡Por fin, aquí está! Tome. —Ella había entornado los ojos ligeramente y respiraba con dificultad.

Paco, visiblemente preocupado, se deshacía en atenciones.

—Llevaba mucho tiempo sin darle un bajón. Después de lo de Carlitos, cuando pasó lo de su pierna, descubrimos que tenía diabetes —me explicó sin que yo alcanzara a comprender del todo.

Le dejé hablar. Estaba tan nervioso que le costaba hilar las frases.

—La tiene tan controlada que nunca más había vuelto a marearse.

Paco tenía los ojos llenos de lágrimas y tuve que esforzarme para no echarme a llorar yo también.

—No os preocupéis, son solo mañas de vieja, ya estoy mucho mejor, es el bochorno —repitió ella haciendo amago de volver a ponerse en pie.

Paco la detuvo y la instó a beber un poco más de agua. Ella le acarició el rostro arrugado y curtido con la yema de los dedos.

—Ay, mi Paquito… —Él sujetó su mano y la besó suavemente.

Juro que nunca vi tanto amor en unos ojos. Aquella mirada conservaba toda la juventud que antaño tuvo su dueño. A pesar de las arrugas, seguían mirando como los de un niño enamorado.

Por efecto del caramelo o del descanso, Antonia recuperó el tono y, aliviada, comprobé cuando se levantó como si nada que se encontraba perfectamente.

—¿Sabías que Paco era el mozo que mejor bailaba de todo Badajoz?

—Yo miré a Paco sorprendida. Viendo sus andares y su figura no podía imaginármelo como un gran bailarín.

Antonia siguió hablando orgullosa—: ¡El muy canalla me conquistó bailando!

En las fiestas mayores. Yo tenía quince años.

Aún recuerdo cuando se presentó ante mí hecho un pincel con aquel uniforme de cabo recién salido de permiso y solicitó a mi acompañante el cambio de pareja.

¡Le sentaba de maravilla la pinta de mercenario!

—¡Tu ingeniero de pacotilla se apartó con el rabo entre las piernas!

Yo me había enamorado de tus ojos y estaba decidido ya a robarte para mí.

Tenías que haber visto su cara de susto cuando se acercó después de una pieza para tratar de recuperar a mi Antonia y yo me negué a devolvérsela.

¡Temblaba como un flan y estaba más blanco que una pared recién encalada!

Los dos rieron a carcajadas y yo me contagié de su risa al imaginarlo.

¿Era aquello el amor? Si no lo era, seguramente estaba muy cerca de serlo.

—Pero ¡péinate esos pelos, hombre, que pareces un saltimbanqui! — Esta vez Paco no se libró de la colleja.

Le vi sonreír al encoger el pescuezo y un suspiro de alivio se le escapó de entre los labios. Definitivamente, Antonia estaba totalmente recuperada de su bajada de azúcar. No pude evitar esbozar una sonrisa yo también.

Ellos debían regresar al hotel y, a paso tranquilo, los acompañé hasta el punto de encuentro donde debían presentarse a las cuatro y media. A mi aún me quedaba una hora y media hasta que mi autobús me recogiera.

¡Estaba deseando bajar a la playa y pegarme ese baño!

Los vi saludarme a través del cristal del autobús. Paco, sonriente, junto a la ventana; Antonia, repeinándolo, empeñada en domesticar con sus dedos el par de mechones que se arremolinaban sobre las entradas de su frente.

Miré al cielo. Me habían caído algunas gotas. Hacía tanto bochorno que casi se agradecían. Sobre mi cabeza las nubes se habían vuelto más densas y negras. Amenazaba tormenta. Debía darme prisa si quería meterme en el agua antes de que empezara a llover con más fuerza.