Capítulo 9.
La tormenta
—Pero ¡chiquilla! ¿A dónde vas? ¡Llevo todo el día acordándome de ti! Venir de excursión tú sola. ¡Habrase visto! ¿Por qué no nos has avisado? —la voz estridente de Antonia me sorprendió delante de las ruinas del castillo.
Ante mis ojos, una construcción imponente se levantaba sobre el acantilado protegida por muros de piedra, estaba encaramada sobre una playa de aguas turquesas que tenía la determinación de visitar más tarde para darme un baño.
Sus palabras me interrumpieron mientras leía sobre el origen y significado de aquel edificio. Sentí cómo varios turistas se giraban hacia mí al ver que Antonia me llamaba insistente.
No sabía si alegrarme por el encuentro o echarme a llorar. Pasado el mal trago de contratar la excursión para una sola persona y hacer el trayecto sin compañía ya me había acostumbrado a las miradas indiscretas y esa sensación incómoda de estar fuera de lugar.
Dudé si hacerme la sorda y escapar a paso rápido en otra dirección o darme la vuelta y saludar a aquella mujer que tan pronto me sacaba de quicio como me despertaba la mayor de las ternuras.
Vislumbré en mi imaginación la primera alternativa y la imaginé siguiéndome con brío, agitando la mano, caminando tras de mí con la pierna casi a rastras, sin desfallecer hasta darme alcance.
Entendí al instante que ignorarla no era una opción, si lo hacía, los remordimientos me acompañarían el resto de la jornada.
Suspiré resignada y luego, forzando la mejor de mis sonrisas, me giré hacia el lugar de donde provenía la voz.
—¡Qué casualidad! ¿Cómo están? ¡Qué suerte encontrarme de nuevo con ustedes! ¿Están disfrutando de su viaje?
Antonia me saludó con un abrazo. Se había colocado a mi lado con los brazos en jarras y meneaba la cabeza farfullando por lo bajo. Sonreí. Resoplaba como mi madre cuando estaba contrariada. A decir verdad, me recordaba un poco a ella. Hablando de mi madre… ¡Tenía que llamarla! Lo anoté mentalmente.
Paco me saludó con un apretón de manos. Sudaba como un pollo y su piel morena y curtida se veía brillante por efecto de las gotas de sudor. Estaba repeinado y sonriente.
—¡Aquí estamos, sobreviviendo a este calor infernal!
¡Parece imposible que esta gente pueda vivir aquí todo el año!
Eso sí, hay que reconocer que estas antiguas construcciones impresionan.
¿Cómo lo harían para levantar todo esto sin grúas ni mecanismos modernos?
—Se le veía sorprendido y el brillo de chiquillo curioso en su mirada despertó mi simpatía—.
Por cierto, ¿has visto las iguanas? ¡Hay un montón al otro lado del complejo!
—¡Calla, Paco! ¡Qué iguanas ni iguanos! ¡Aquí se viene a ver las ruinas no a esos bichejos feos! ¡Si ni siquiera se mueven! ¡Parecen dinosaurios pequeños, vagos y fríos, todo el día tumbados al sol! ¡Tú y los bichos!
¡Como si no hubiera cosas más interesantes!
—Hombre, mujer… No me dirás que no merece la pena verlas, ¡de esas no hay en España!
—¡Que te calles y te dejes de iguanas! —repuso levantando la mano para cascarle una colleja.
Paco encogió el cuello y elevó los hombros para disminuir la superficie de impacto, pero Antonia pareció pensárselo mejor y en el último momento su mano se posó suavemente sobre la nuca del hombre en un gesto cariñoso.
—¡Si es que eres como un niño…! —le dijo meneando la cabeza nuevamente. Sus ojillos vivos brillaron y yo no pude evitar sonreír—. Bueno, criatura, ¿entonces nos acompañas en la visita? —me invitó con dulzura.
—No quiero molestar —traté de excusarme—. Disfruten ustedes de la excursión, ya saben lo que dicen, tres son multitud.
—Ojú, chiquilla, ¿tú crees que después de cincuenta años todavía viajamos como tortolitos? A este lo tengo más visto que al telediario. ¡Te vienes con nosotros y punto! ¡No acepto un no por respuesta! ¿Qué es eso de andar por ahí sola como un perrillo abandonado? ¡Por encima de mi cadáver!
Paco me miró y adivinó en mi expresión mis pocas ganas de hacer la excursión acompañada.
—Pero, mujer, igual la niña prefiere visitar las ruinas ella sola. Date cuenta que es joven y de patas largas. ¡Y nosotros dos viejos! ¡Deja a la chiquilla que haga lo que quiera!
—Mira, Paquito, ¡viejo serás tú, yo estoy estupenda para mi edad! Con mi pata coja puedo ser tan ágil y rápida como cualquier criatura de veinte. ¡Esta niña no va a andar por ahí sola y desvalida como que yo me llamo Antonia! —le increpó ella con un tono que indicaba que no pensaba claudicar.
Luego me miró con sus ojos verdes y fijos sin decir nada más. Esperaba mi respuesta. Me acorralaba con su silencio como un depredador a su presa.
Alternativamente paseé la mirada de uno a otro y finalmente me
encogí de hombros.
—Bueno… Si no molesto les acompaño un rato —dije tímidamente. Seguramente ellos se irían antes que yo, ya llevaban en las ruinas bastante tiempo y yo acababa de llegar. Un rato de visita en compañía no
podía hacerme ningún mal.
En los ojos de Antonia se dibujaba la satisfacción.
No tardó en agarrarse de mi brazo y comenzar con su interminable charla.
Paco asintió sonriente y se colocó junto a su esposa.
Cualquiera que nos viera desde lejos podía pensar que eran mis padres y no un par de desconocidos sujetos a mí solo por la patria común y el azar.
Esquivando al tumulto de turistas paseamos por el complejo. Antonia caminaba con soltura a pesar de su cojera. Yo desconectaba de vez en cuando de su charla para concentrarme en las ruinas y embeberme de sus formas y colores.
Los caminos de tierra que conectaban los edificios del complejo estaban acotados.
Estaba prohibido salirse de ellos y encaramarse a las ruinas.
Con frecuencia el pitido de un silbato me incomodaba los tímpanos.
Los guardas no paraban de molestar con aquel ruido incesante cada vez que alguien se pasaba las normas por el forrete.
Aquella vigilancia exhaustiva hacía imposible ceder al impulso de subir por las rocas y perderse en el interior de las ruinas.
Fantaseé con la idea de esconderme al ocaso para poder visitar aquellas ruinas sin limitaciones una vez cerraran las instalaciones. La marabunta unida a la rígida normativa hacía que la visita perdiera parte de su encanto. Aun así, la visión de la ciudad maya era imponente.
Los senderos nos llevaron por un recorrido cuadrado, franqueado en cada esquina por una torre y una puerta, que, al parecer, según pude averiguar más tarde, hacían referencia a los cuatro puntos cardinales.
La ciudad estaba construida en un altiplano. La hierba estaba escrupulosamente cortada y el esplendor de la piedra solo competía en altura con algunas palmeras desperdigadas aquí y allá que se meneaban por efecto del viento que cada vez arreciaba con más fuerza.
Me sorprendió la asimetría en la fachada del templo del dios descendente y me llamó la atención un personaje de estuco que, dispuesto sobre el dintel, reposaba en el nicho a la entrada del edificio.
—Yo creo que este templo lo hicieron así de amorfo porque en esa época construían sin planos —adujo Antonia ante mi observación al ver la fachada—. Es como la casa de la Maruja que, por no querer contratar a un arquitecto y ahorrarse unas pesetas, ha quedado hecha un esperpento.
¡Y encima dice que es así porque es de estilo moderno! ¡Cómo si no supiéramos todos que es una tacaña!
—Mujer, la casa tampoco es tan fea. Siempre estás con lo mismo, cualquiera diría que la Maruja es tu amiga.
—Ay, Paquito, es que tú no tienes criterio.
¡Si tienes el gusto en el culo…! —le cortó nuevamente como hacía siempre—.
¿Te puedes creer que el año pasado cuando cambiamos la sala y el comedor se empeñó en que comparará unas sillas con la tapicería azul teniendo en la salita un sofá naranja?
¡Imagínate, azul y naranja, no pegan ni con cola!
¡Pues estuvo morrón una semana porque decía que yo nunca tenía en cuenta su opinión!
—¡Tan mal gusto no tendré cuando me casé con la mujer más guapa de todo Badajoz! —su comentario me había dejado desarmada, pero Antonia pareció no inmutarse—. El azul es un color muy bonito y es mi favorito, Antonia.
—Pues será todo lo bonito que tú quieras, pero no pega con el naranja ni con Loctite. ¿Verdad, chiquilla? ¡Tú que se ve que entiendes de esas cosas, díselo anda, a ver si deja ya la murga! ¡Qué hombre, por Dios, cómo se le meta algo en la cabeza…!
Me hubiera gustado darle la razón a Paco, pero en cuanto a colores, Antonia llevaba las de ganar.
—¡Guau! —exclamé al ver las pinturas en colores azules y grises que decoraban los muros interiores del templo de los frescos y que le daban su nombre—. ¡De arquitectura no sé, pero de colores los mayas sí parecían entender! —comenté entre risas para zanjar el dilema doméstico de la decoración.
Antonia torció el gesto y a Paco le dio la risa.
—¡A ellos también les gustaba el azul! ¡Para que luego digas que tengo mal gusto!
La vi sonreír imperceptiblemente.
—Si es que no tiene remedio, esta como una cabra el pobrecillo. —Y soltando mi brazo se asió al brazo de Paco que al contacto con su mano la acarició con cariño.
Estábamos terminando la visita cuando le vi.
Estaba de espaldas y llamaba la atención con su altura y aquel cuerpo fibroso que no se preocupaba por ocultar, pero que tampoco utilizaba para presumir.
Le reconocí de lejos por su melena negra recogida en un moño y me permití observarle con disimulo en la distancia.
Parecía inquieto. Estaba como ausente. Caminaba de un lado a otro en zancadas largas con el teléfono pegado a la oreja.
Se desprendía de sus gestos que no era una conversación amigable.
«Tal vez está discutiendo con su novia», pensé. Un cosquilleo extraño se adueñó de inmediato de mi estómago.
Por algún motivo que desconocía, su nombre no había dejado de venirme a la cabeza una y otra vez desde que lo había escuchado. No soportaba a aquel cretino y, sin embargo, deseaba acercarme a él y provocar un nuevo encuentro.