Donde nace el cielo Capítulo 8.
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Capítulo 8.

Tulum (no es cómo se empieza, sino cómo se termina)

El día no había podido empezar peor. Después de una noche en vela sin conseguir contactar nuevamente con mi primo había decidido ir por mi cuenta al hotel antes de que el bus de la empresa viniera a recogerme.

Había hecho lo que Enrico me había pedido: Utilizando uno de los ordenadores de la sala de informática donde los turistas podían conectarse a internet para trabajar o perder el tiempo con sus redes sociales había realizado el volcado del vídeo y las fotos de la expedición en Cenote dos Ojos en un pendrive.

Después le había pedido a Jimena que lo incluyera en el correo que salía para Cancún esa misma mañana y se lo había mandado al profesor Emeterio.

Jimena salía del turno de noche, pero había accedido a hacerme el favor y se había encargado personalmente de depositar el sobre junto a la paquetería que se enviaba desde el hotel.

—El cumpleaños de Ramón se ha pospuesto. En el último momento cambiaron el cuadrante y el sábado le tocó trabajar de noche. Lo celebramos mañana cuando termine el turno de tarde. ¿Por qué no te apuntas?

—me ofreció solícita—. Oye, no tienes buena cara. ¿Estás bien?

—No he dormido nada esta noche. No consigo localizar a Enrico — dejé caer sin dar mayores explicaciones.

—Ya sabes cómo es, seguro que tiene el teléfono sin batería o lo ha vuelto a perder. No te preocupes, te llamará en cuanto vea que le has llamado —asentí sin mucha convicción, más para tranquilizarla que porque creyera que tenía razón.

En esta ocasión, mi preocupación era fundada.

Sentía una sensación incómoda por dentro.

Al mal cuerpo provocado por la falta de sueño se sumaba el nerviosismo que me invadía al no haber recibido más noticias de mi primo desde la última conversación.

Aquel ruido metálico antes de que se cortara la comunicación se repetía una y otra vez en mi cabeza.

Le había llamado hasta la saciedad, pero su teléfono seguía apagado o fuera de cobertura.

Seguía bloqueado, no sabía qué hacer. Tenía que cumplir con mi horario de trabajo y no disponía de vehículo para poder viajar a Punta Allen y comprobar que todo estaba en orden. No conseguía sacarme de dentro la desazón que me carcomía. Suspiré resignado.

¡No me quedaba más remedio que esperar! Si al final del día no tenía noticias suyas, llamaría a la cooperativa de ecoturismo de laguna negra para comprobar si había ido a trabajar. Tal vez estuviera montándome una película y todo fuera producto de mi imaginación desbocada.

De momento, lo más práctico era intentar relajarme y afrontar la jornada laboral. Hoy me tocaba doblete: buceo en arrecife por la mañana y visita a las ruinas de Tulum por la tarde. Tendría que armarme de paciencia para soportar el día. ¡Empezaría por tomarme un café!

Me dirigí a la cafetería y pedí un café solo. No solía desayunar nada más.

Lo apuré más rápido de lo debido y ya me marchaba cuando una turista se abalanzó sobre mí.

Era una chica con aspecto descocado. Al parecer había resbalado y en su caída había arramplado conmigo. No sé si iba distraída o era muy torpe, pero el caso es que me había caído encima como un tiesto desde un balcón.

Me olvidé de ella al instante y no la hubiera conocido entre el tumulto de clientes que esperaba en el hall el inicio de la excursión a las ruinas de Tulum de aquella misma tarde de no ser por su voz y aquel tono airado con el que me increpó nada más verme.

—¡No me lo puedo creer! Pero si es el gilipollas. ¿No fastidies que eres el guía? ¡Vaya por Dios, nos ha tocado el más simpático! —me espetó con resentimiento.

La verdad es que había sido bastante borde con ella por la mañana y el recibimiento era bien merecido.

Sonreí divertido. Si quería guerra había encontrado a la persona indicada.

—Vaya… La señorita resbalones —dije sin poder evitar el sarcasmo.

Por algún motivo aquella mujer me crispaba los nervios. Que fuera

turista, guapa y cliente del hotel era más que suficiente justificación.

—Podía haberme roto una pierna, o la cabeza… —repuso—. Pero por suerte estoy bien, gracias por preguntar.

La miré a los ojos. Chispeaban con fuerza. Noté que su mirada fija en la mía me turbaba. Desprendía un halo de valentía que me retaba y me atrapaba a partes iguales. Me sobrepuse y acepté el desafío. Pensaba vapulearla.

—Si te hubieras roto la pierna o la cabeza tendría un turista menos al que aguantar ahora. ¡Eso de la suerte es siempre relativo!

La vi abrir la boca con sorpresa y boquear buscando qué decir.

No encontró las palabras y por un momento pensé que iba a echarse a llorar.

En ese instante me invadió la certeza de que me había pasado de la raya, pero lejos de recular y disculparme, pasé de largo y, dejándola con la palabra en la boca, me centré en agrupar al resto de los clientes.

En un santiamén tenía al rebaño al completo fuera del edificio principal esperando al autobús que, para variar, llegaba con retraso.

Sin poder evitarlo había buscado a la chica del incidente varias veces con la mirada.

Había pensado que después de mi insolencia tal vez se hubiera dado la vuelta y hubiera decidido no venir a la excursión, pero para regocijo mío ella seguía allí.

Me sorprendió que en mi fuero interno deseara que se quedara.

Sonreí para mis adentros. Tenía que reconocer que por un motivo que no llegaba a comprender aquella mujer llamaba mi atención más de lo que estaba dispuesto a aceptar.

La miré de soslayo en repetidas ocasiones y mi vanidad se decepcionó de no encontrarse con su mirada ninguna de las veces que lo hice. Parecía absorta en sus pensamientos. También un poco triste. Me resultó extraño verla sola, parecía que no viajaba con nadie del grupo.

Aproveché el cobijo que me prestaban las gafas de sol para observarla detenidamente.

Tenía unos rasgos armónicos. Ojos grandes y vivos, nariz recta y boca carnosa.

No era ni alta ni baja. El sol incidía en su melena recta cortada por encima de los hombros y algunos mechones de pelo destellaban reflejos rojizos.

Era más bien delgada, con la cintura marcada, pero no parecía en absoluto frágil.

El claxon del bus que saludaba a los turistas me obligó a volver a centrarme en mi tarea.

—Señores, vayan subiendo ordenadamente, por favor. ¡Nos vamos a ver la mayor ciudad maya situada a orillas del Caribe! —dije con un tono más afecto de lo necesario y que me pareció que dejaba entrever un desagrado mal disimulado.

Ellos parecieron no notarlo. Uno a uno, enfilaban sonrientes la escalerilla del autobús después de decirme su nombre. Yo lista en mano iba punteando sin molestarme siquiera en mirarlos. Solo levanté la vista al escuchar su voz.

—Alejandra Álvarez —la escuché decir mecánicamente.

Me mantuvo la mirada unos segundos y noté como el corazón se me aceleraba en el pecho.

Me sonrío con una mueca que indicaba que seguía enfadada y yo le devolví la sonrisa con un gesto similar. Me había quedado tan embobado que no me había dado cuenta de que no me había retirado de la puerta y la franqueaba el paso.

—¿Piensas dejarme entrar o necesitas comprobar que soy yo con mi huella dactilar?

Bajé la mirada y esta vez fui yo quien no encontré nada que decir.

«Punto para usted, señorita resbalones…». Pensé fugazmente.

Rápidamente me retiré para permitirle subir al bus y la seguí con la mirada por el pasillo estrecho hasta que tomó asiento en la parte de atrás.

Cuando todo el pasaje estuvo a bordo, me senté junto al conductor en el asiento auxiliar y micrófono en mano comencé con mis explicaciones.

—¡Buenas tardes a todos! Bienvenidos a la Riviera, espero que estén disfrutando de sus vacaciones…

Mi nombre es Oriol y hoy seré su guía. Gracias por elegir «Riviera activa» para adentrarse en los secretos de la civilización Maya.

Espero que la visita de hoy no les deje indiferentes.

Hoy visitaremos el complejo arqueológico de Tulum.

¿Sabían que Tulum en maya significa pared?

Este nombre se debe a que es una de las pocas ciudades mayas amuralladas, de ahí que popularmente sea conocida también con el nombre del castillo —hice una pausa para observar al pasaje.

Aproximadamente la mitad charlaba sin prestarme la menor atención mientras la otra mitad esperaba que continuara hablando.

Busqué a Alejandra con la vista al fondo.

«¿Por qué demonios me había aprendido su nombre?

». Ella seguía mis explicaciones y eso me aguijoneó a continuar—.

Pero lo que seguramente no sabrán es que antiguamente Tulum recibía el nombre de Zamá.

Esta palabra en maya significa amanecer.

Los mayas la apodaban la ciudad dorada, y muchos aún hoy creen que en su interior se oculta un tesoro.

¡Créanme que yo lo he buscado, pero a la vista está que no he dado con él, sigo siendo pobre y eso les obliga a ustedes a tener que aguantarme!

—Sonaron algunas risas. Alejandra también había sonreído y satisfecho con el efecto del chascarrillo continué con la explicación—.

En realidad, su nombre se debe al tono rojizo que adquiere al amanecer como consecuencia de la incisión de los rayos del sol sobre la piedra.

Deben saber que Tulum fue uno de los mayores centros religiosos de su época y el único que honraba a la cruz parlante maya por medio de una sacerdotisa mujer.

María Uicab, fue la primera mujer en acceder a la «Gloria», el edificio donde reposaba la cruz sagrada y cuya entrada estaba vetada al sexo femenino.

—«¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué he fijado la vista en esta mujer mientras hablaba y me pavoneaba

por dentro al verla escucharme con atención?».

Tuve que esforzarme en apartar mi mirada y al hacerlo mi discurso perdió fuelle, era como si hablar para ella me hiciera esforzarme en contar la historia de forma elocuente.

Me recogí el pelo y me sequé el sudor que perlaba mi frente.

Molesto por las sensaciones que despertaba en mí, terminé mi explicación abruptamente.

«¿Por qué no puedo dejar de mirarla? ¡Seguramente todo se debe a mi falta de sueño!». Eso me hizo recordar a Enrico. «¿Habrá llegado ya a trabajar a la cooperativa?».

La mirada inquisitiva de los turistas de las primeras filas me hizo

volver al bus y abandonar mis pensamientos.

—Y esto es todo por ahora. Disfruten lo que queda de trayecto. A los lados pueden observar las típicas casas de Quintana Roo. A la llegada no se dispersen. Después de la visita tendrán ustedes tiempo libre para visitar la playa, bañarse en sus aguas turquesas y hacer sus compras en el

«centro comercial» situado a la entrada del complejo si así lo desean — zanjé como un autómata—. Gracias por su atención.

Volví a sentarme y aproveché lo que quedaba de trayecto para intentar una vez más contactar con el móvil de Enrico.

Apagado o fuera de cobertura, aclaró la voz metálica al otro lado. Resoplé. En cuanto terminara con mis explicaciones a la entrada de las ruinas y me librara de los malditos turistas llamaría a la laguna negra. Necesitaba salir de dudas y saber qué había sucedido con mi primo.

Veinte minutos bastaron para llevarnos a la carretera que se desviaba hasta Tulum.

El autobús ralentizó la marcha, el pavimento bacheado y agrietado por efecto de las lluvias hacía difícil poder ir más rápido.

Pronto la inquietud generalizada dentro del vehículo me hizo comprender que habíamos llegado.

Un bofetón de calor húmedo me alcanzó al salir al exterior. El cielo se había encapotado y las nubes grises amenazaban lluvia. El bochorno era irrespirable.

Esperé a que todos los visitantes hubieran bajado del autobús y los reuní en la puerta para terminar con mis explicaciones.

Alrededor, el vaivén de personas era continuo.

Era temporada alta y Tulum parecía un hervidero.

Los turistas se habían colocado alrededor y observé que Alejandra se abría hueco para acercarse a la primera fila.

Me esforcé en apartar mi vista de ella. Por nada del mundo quería parecer interesado.

De reojo la vi cubrir su cabeza con una ridícula pamela rosa y ponerse crema solar en la cara.

¡A todas luces aquella mujer tenía pinta de superficial e insufrible!

Volví a mirarla. No, no era cierto. Su mirada viva e intensa decía otra cosa.

Sin darme cuenta había suspirado. ¡Otra vez aquella molesta sensación!

Decidí centrarme en una pareja en la esquina opuesta de la marabunta y terminar cuanto antes con mi trabajo en aquella ruta.

Necesitaba esclarecer lo que había sucedido con Enrico.

—Ahora disponen de dos horas y media para visitar las ruinas.

Una vez terminada la visita pueden hacer uso del tiempo que les reste para bajar a la playa, darse un baño o visitar los puestos y comprar sus souvenirs.

Nos vemos en este mismo punto a las seis.

Sean puntuales o tendrán que volver andando —me despedí del grupo.

—Lo de volver andando igual no es mala opción teniéndote a ti como guía. ¿Te han dicho alguna vez que no podrías optar al premio de Míster simpatía ni aunque te esforzaras? —su voz había sonado de improviso detrás de mí.

Reí con fuerza. Ella sonrió también.

La vi pasar de largo y darme la espalda. Con el pelo ondeando sobre sus hombros bien torneados y la cabeza cubierta con aquel ridículo sombrero, sin decir nada más se alejó hacia el interior del complejo.

El castillo de piedra al fondo sobre el acantilado se levantaba imponente. Aquella mujer era capaz de eclipsar las ruinas con su presencia. Tenía que reconocer que estaba preciosa cuando sonreía.