Capítulo 7. #3
Definitivamente, tendría que comprarme algo de ropa hasta poder
disponer de mi maleta.
Volví a mirarme en el espejo. ¡No llegaba a tener mala pinta! Parecía una fresca, eso sí, pero tampoco era tan descabellado salir así. Al fin y al cabo, estaba en el Caribe y de vacaciones.
Me armé de valor y, rejuvenecida en aspecto y espíritu, abandoné el hotel.
El gentío todavía no había despertado del letargo de la noche, y solo me crucé con media docena de huéspedes madrugadores. Me apetecía pasear y me dirigí a la playa.
La arena blanca y fina entre mis dedos hizo que me olvidara de todos los males que me asolaban. Caminé largamente por la orilla, con el agua tibia mojándome los pies.
¿Qué importaba que Jaime me hubiera abandonado, que mi mejor amiga me hubiera traicionado y que tuviera que vestirme con ropa de adolescente porque me había equivocado de maleta?
¡Tampoco era tan trágico! El mundo seguía girando.
Yo solo era una minúscula brizna de polvo flotando en un universo infinito.
Poner mi situación en perspectiva hizo que recuperara el buen talante y la emoción por el viaje volvió a embargarme poco a poco.
Desde el día de la boda me sentía como en una montaña rusa emocional, pasaba de la euforia al llanto y viceversa, necesitaba encontrar el equilibrio. Sabía que aún tardaría un tiempo en curar mis heridas. La paz que seguía a la tormenta todavía estaba por llegar.
Estuve más de una hora sentada, embelesada por el vuelo raso de los pelícanos que iban y venían sobre el mar, dejando que mis pensamientos fluyeran sin orden ni concierto. Aquellos pájaros parecían aves prehistóricas del pasado y yo tenía todo el futuro por delante.
Desconocía entonces que el futuro se dibuja con las elecciones del presente y que a veces el azar, la casualidad y la suerte reparten las cartas sin que tú puedas elegir.
La vida es solo un bosquejo que no tiene marcha atrás, podemos emborronar los trazos, pero una vez dibujados sobre el papel siempre dejan rastro.
Fue la suerte la que lo puso a ÉL en mi camino, o tal vez fue el camino que elegí aquel día el que forjó la suerte, mala, por cierto, que nos hizo tropezar.
Había vuelto al hotel y caminaba distraída en busca de una mesa, café en mano y vista hacia un lado, con el culo medio al aire por efecto de unos pantalones comprados por una cría en la sección infantil que trataba de estirar con la otra mano y entonces sucedió.
Tropecé. De la nada surgió un escalón que no había visto.
Traté de mantenerme en pie como intenta un elefante mantener el equilibrio para no romper nada en una tienda llena de copas de cristal.
La caída fue digna de un vídeo de YouTube para adolescentes.
Vuelta, equilibrismo, resbalón, vaso lleno de café por los aires y caída en plancha.
Fue él quien amortiguó el golpe. Subía los dos peldaños convertidos en trampa mortal y ni siquiera había reparado en su presencia. En mi afán por no caer le había agarrado sin querer y arramplado con su cuerpo además de con mi dignidad.
Me levanté azorada.
Debajo descubrí a un chico moreno que se dolía del golpe y me maldecía por lo bajo.
—¡Vaya ostión me has dado! ¿Vas siempre por la vida embistiendo a la gente como un toro bravo? ¡A ver si miras por donde andas, bonita!
—Sus ojos negros se habían clavado sobre mí y su boca se curvaba en una mueca de desagrado.
Se levantó con rapidez del suelo y se sacudió la camiseta mojada por el café derramado.
—¡Mierda! ¡Me has puesto perdido! ¡Joder, vaya día llevo!
—Lo siento —balbuceé—. Me he tropezado, no sé cómo ha pasado. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —pregunté completamente avergonzada.
—¡Estaré mejor cuando te pierda de vista! —replicó poniendo ya espacio de por medio.
El muy imbécil ni siquiera se había dignado a preguntar si yo estaba bien. ¡Vale que le había derribado, pero había sido un accidente! Me llevaban los demonios. Dentro de mí el calor empezaba a arremolinarse en el estómago. No tardó en explotar.
—¡Yo estoy bien, gracias por preguntar! ¡Eres todo un encanto! —le espeté a voz en grito cuando ya me había dado la espalda.
Había sido muy maleducado. Después del golpetazo y del mal rato que estaba pasando no estaba para aguantar groserías de nadie. Esperaba que al menos se girara y me ofreciera una disculpa.
En su lugar, le vi levantar el dedo corazón y mandarme a freír espárragos sin decir ni una palabra. Pero ¿qué se había creído?
—¡Gilipollas, que eres un gilipollas! —le grité en un arrebato que no sé de dónde salió. La mirada reprobatoria de los que habían presenciado la escena me indicó que era mejor dejar las cosas como estaban.
Me sacudí el golpe, apreté los dientes y tirando de la exigua tela del pantalón hacia abajo me serví otro café para tomar asiento en la mesa más cercana.
En mi cabeza la imagen de los ojos negros y rasgados de aquel desalmado no quería abandonarme.
Además de la furia contenida algo más había anidado en mi estómago.
—¡Será gilipollas el tío! —repetí entre dientes. Esperaba no volver a encontrármelo nunca más.