Donde nace el cielo Capítulo 7. #2
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Capítulo 7. #2

—No se preocupe, Antonia, yo me arreglo. Váyanse a descansar. El viaje ha sido largo. Seguro que mañana nos vemos —dije sabiendo de antemano que no iba a poder librarme de ella ni con agua caliente.

—¡Tonterías! ¡Esperamos por ti! Total, con esto del cambio horario no tengo sueño y Paco ya tendrá tiempo para dormir después.

Me resigné. Sabía que era una batalla perdida. También Paco se resignó. Me miró con lástima y se encogió de hombros.

Yo no pude más que sonreír. Estaba claro que en aquel matrimonio era Antonia la que llevaba los pantalones. Compadecí al pobre hombre en pensamientos.

—Buenas noches. Tengo una reserva a nombre de Alejandra Álvarez y Jaime de Betanzos —dije al fin ante la mirada interrogante de Jimena—. Creo que es una suite nupcial —aclaré bajando la voz con la esperanza de que Antonia, que tenía la antena puesta, no escuchara la última parte.

—Sí, aquí está. Necesitaré su documentación y la del señor.

La exclamación sorda de asombro de mi indiscreta compañera de viaje apostada a mi lado no me pasó desapercibida.

—Vengo sola. Por motivos de trabajo, un imprevisto de última hora ha obligado a mi marido a quedarse en España. Viajará para reunirse conmigo dentro de unos días —expliqué mintiendo vilmente y visiblemente avergonzada.

Jimena realizó las gestiones necesarias y en un santiamén me ofreció la llave dorada que correspondía a una de las mejores habitaciones del hotel.

«Suite nupcial Nº 23», rezaba el llavero también dorado. Acaricié con el índice el número en relieve siguiendo su contorno y cogí aire. Luego, con mi mejor sonrisa abordé a Antonia con la intención de darle largas antes de que se ofreciera a acompañarme a mi habitación.

—Bueno…, llegó el momento de la despedida, me ha encantado conocerlos —dije cortésmente—. Espero que disfruten mucho de su viaje. Seguro que coincidimos en el hotel y tal vez en alguna excursión —dije tendiéndole la mano a Paco.

Sabía que él era la parte blanda de la pareja y que me devolvería la mano sin alargar la despedida, lo que dejaría a Antonia fuera de juego. Temía que ella no captara la indirecta.

—Disfruta mucho tú también. Si necesitas cualquier cosa no dudes en buscarnos —respondió Paco sin hacer alusión a la luna de miel ni a Jaime.

—¡Pero, bueno, habrase visto! ¡Valiente luna de miel, criatura!

¡Pues ese marido tuyo no goza de mi simpatía!

¡Dejarte plantada en el viaje de novios por trabajo!

¡Ni aunque la supervivencia del mundo dependiera de su trabajo lo vería bien!

¡Ay, chiquilla, no me extraña que estés disgustada!

—exclamó Antonia indignada—. Nuestra habitación es la cuatrocientos veinte.

Búscanos mañana. No me parece bien que una mujer recién casada tenga que pasar sus primeros días de la luna de miel sola.

—Quiero aprovechar para descansar. No creo que Jaime tarde mucho en reunirse conmigo y la soledad me va a venir bien para poner mis pensamientos en orden —me excusé.

—Algo no debe andar muy bien cuando estando recién casada necesitas ordenar tus pensamientos, chiquilla.

Me da a mí en la nariz que ese marido tuyo no va a hacerte demasiado feliz, y perdona que me entrometa, pero créeme que conozco bien la vida.

¡Sabe más el diablo por viejo que por diablo! —repuso meneando la cabeza lastimera.

Paco le dio un codazo para intentar que cerrara la bocaza y la reprendió con la mirada. Luego me dirigió un gesto de disculpa y yo no pude más que tranquilizarle con una sonrisa sincera.

Para mi sorpresa, Antonia se despidió sin aspavientos después de reiterarme el ofrecimiento de que me uniera a ellos en cualquier momento si necesitaba compañía.

Me abrazó como si me conociera de siempre.

Después, enfiló el hall hacia el ascensor.

La vi alejarse tambaleándose con su cojera mal disimulada, un poco cabizbaja.

Se giró para saludarme con la mano una vez más y me invadió la ternura.

Sonreí. Me remordía un poco la conciencia.

A pesar de su indiscreción y de su parlanchineo insufrible, parecía buena persona.

Salí por la misma puerta que había entrado para ubicar mi reserva tal y como Jimena me había indicado.

Mi habitación en realidad no era tal. Las suites nupciales eran unos apartamentos independientes que se encontraban fuera del edificio del hotel, estaban situados en un vergel tropical.

Disfrutaba también de un jardín privado y vistas a las piscinas, que por una ilusión óptica estratégicamente medida se fundían con el mar infinito al fondo.

Abrí la puerta emocionada. El interior me hizo exclamar con sorpresa y regocijo.

—¡Dios! Esto es precioso —dije a viva voz, dándole las gracias a la bruja de mi exsuegra por tanta generosidad.

Sin duda, pensaba disfrutar de cada céntimo que se había gastado. Tal vez más tarde desvalijara el minibar.

Cogí la botella de champán que el hotel nos obsequiaba como bienvenida y que esperaba sobre la mesa dentro de una cubitera. Me serví una copa y exploré el alojamiento como una niña con zapatos nuevos.

El espacio era diáfano y enorme. Contaba con una salita decorada con un estilo moderno y funcional a la que no le faltaba detalle, una habitación gigante con una cama igual de grande, adornada con un edredón carmesí y un gran ventanal con vistas al mar.

Disponía también de un baño en suite casi tan grande como la salita, todo de mármol y porcelana blanca y negra, un jacuzzi y una sauna.

Detrás del ventanal de la habitación descubrí un pequeño balcón y en la fachada unas escaleras que me llevaron a una enorme terraza que ocupaba toda la planta de la vivienda.

Me tumbé sobre una de las hamacas que había colgadas, que era de lo poco tradicional que había en la decoración, y disfruté del cielo oscuro y estrellado sobre mi cabeza.

Me desperté con las primeras luces, con el cuerpo entumecido y los brazos comidos por los mosquitos.

El repelente que me había comprado no parecía muy efectivo.

Me esforcé en no rascarme, sabía que si lo hacía terminaría con las picaduras enrojecidas y los brazos como bollos.

Al fondo, el mar brillaba cómo una lámina aturquesada que empezaba a colorearse a la par que el cielo.

Me embebí de la sensación extraña que me atenazaba, de la humedad que impregnaba el ambiente y hacía que tuviera una mayor conciencia de mi cuerpo, y de la quietud del aire. Inhalé profundo y exhalé mis miedos.

No podía negar que estaba en un lugar completamente diferente, hasta el olor a tierra y hierba que me llegaba aumentado por efecto de los aspersores que humedecían el césped con el riego era desconocido.

Tenía todo un mes para explorar la Riviera y para buscar dentro de mí. Ya no tenía sueño y decidí salir a dar una vuelta. Antes necesitaba darme una ducha. El calor sofocante me hacía estar pegajosa y mi cuerpo desprendía un olor dulzón.

La primera sorpresa vino después de la ducha, al abrir la maleta para cambiarme de ropa.

—Pero ¡qué diablos…! —La llave no entraba en el candado.

Desconcertada volví a intentarlo, pero no tardé en darme cuenta de que aquel candado no era el mío.

—¿En serio? —grité desesperada.

Al mirar la parte de atrás de la maleta había descubierto que no era mi nombre el que estaba escrito en el lugar dispuesto para ello.

¿Cuántas probabilidades había de que en mi vuelo viajara otra persona con exactamente la misma maleta? ¡Parecía imposible! No se me había ocurrido comprobar en la cinta que aquel era mi equipaje, pero es que mi maleta era ¡roja y con sandías! ¿Podía tener peor suerte?

—Tal vez haya algo dentro que me sirva —me dije resignada, y con una horquilla traté de abrir el candadito que cedió después de un par de vueltas.

Había aprendido a abrir candados con horquillas de pequeña, cuando fisgaba lo que escribía mi hermana en su diario y abría a escondidas su caja de los secretos.

Dentro de la maleta descubrí tres bikinis, un par de pantalones cortos, cuatro camisetas de tirantes y un montón de vestidos, el problema era que toda aquella ropa, que por cierto estaba seleccionada con muy buen gusto, era de la talla catorce.

Me desmoroné sobre la cama. Cedí al histerismo, maldije, pataleé y lloré como una magdalena.

Después de calmarme sopesé la situación. Tampoco era demasiado grave. Llamaría a la compañía, explicaría lo sucedido y recuperaría mi equipaje. Mientras tanto, algo podría hacer con aquello.

—¡La maleta de una niña! —No pude más que reírme—. ¡Madre mía, Álex! ¡Lo que te faltaba!

El espejo me devolvió una imagen bastante curiosa de mí misma.

Me había colocado con calzador unos pantalones cortos elásticos de algodón que me entraban de milagro y me dejaban medio culo al aire. Los había combinado con una camiseta de tirantes de color morado que me quedaba tan corta que parecía un top.

—¡Spice Girl al poder! —me burlé al verme de esa guisa.