Capítulo 7.
Una luna sin miel
Lo mejor de viajar con una maleta cantosa es lo sencillo que resulta encontrarla en la cinta del equipaje cuando desembarcas.
El rojo brillante y los dibujitos de sandias no se hicieron esperar. Mi maleta fue de las primeras en salir del avión.
La recogí tan rápido como apareció y con paso ligero me dirigí a la puerta de salida para pasar el control. Quería adelantarme a la avalancha de turistas que como yo estarían deseosos de encontrar un taxi libre para llegar a sus hoteles.
Fuera del aeropuerto los coches recogían a los viajeros con una eficiencia asombrosa. Me sorprendió lo bien organizados que estaban.
Me puse en la cola. Delante de mí una pareja discutía sobre si hacía más bochorno que humedad o al revés. La mujer le atusaba el pelo al hombre con brío y él sonreía como un chiquillo.
—Este hombre no sabe lo que es peinarse —me dijo al ver que los observaba—. Si no fuera por mí iría por la vida en pantalones roídos y pantuflas.
Él se encogió de hombros y me guiñó un ojo.
—Mujer, pero para que me voy a peinar, si ya solo me quedan cuatro pelos —respondió a la esposa zalamero.
La reacción de ella no se hizo esperar. Colleja entre oreja y oreja y un pesconazo que me hizo sonreír sin miramientos.
—¡Que te peines, te he dicho! —le ordenó con voz estridente y después, convertida nuevamente en todo dulzura, se volvió nuevamente hacia mí—.
Celebramos nuestras bodas de oro y mis hijos nos han regalado este viaje.
Cuando nos casamos no pudimos ir de luna de miel, en aquella época venir a México era impensable, pero yo siempre había querido conocer el Caribe.
Lo que no sabía es que aquí hacía tanto calor.
¡Virgencita santa, estoy sudando sin moverme! ¡Y yo que me quejaba del verano en Badajoz!
Los miré con curiosidad. Ella, con su pelo corto teñido de rojo de peluquería de pueblo, bajita y delgada, él, de la misma estatura, con el gesto amable, el abdomen prominente y la tez morena.
Por un momento me vi tentada a hacer oídos sordos y comportarme como una estirada para evitar entablar conversación, pero me pudo la ternura y los ojos vivarachos de ella que esperaban impacientes a que yo dijera algo.
—¡Felicidades! ¡Cincuenta años son toda una vida! ¡Hacen ustedes
una pareja encantadora! —dije al fin.
Por mucho que lo intentara no me salía de dentro ser maleducada.
—En realidad él es más bien feuquillo, pero en aquel entonces era lo que había y después de tantos años una se acostumbra.
A mí me gustaban más altos, pero una propone y la vida dispone, hija.
Tú asegúrate de encontrar un buen espécimen, el tiempo se encarga de echarlos a perder y adornarlos con barriga cervecera.
—¡Pero, mujer, qué ibas a hacer tú sin mí! —intervino él tocándose la panza—. ¡Como si encontrar a otro tonto que te aguante fuera tan fácil!
—Mira, Paco, no me hagas hablar, que yo tenía un ingeniero agrónomo que me hacía la corte y bebía los vientos por mí, pero tuviste que venir tú con tu picha rápida a preñarme.
—¡Vaya, hombre! ¡Ahora resulta que yo te preñé por ciencia infusa! Mírala a la pobrecita, como si ella no hubiera tenido nada que ver con la barriga.
—In-ge-nie-ro y no un pobre diablo como tú. Hasta con el bombo vino a buscarme para pedirme que me casara con él. ¡Pero me quedé contigo! Si lo hubiera sabido…
—¡Te quejaras tú de la vida que has tenido a costa de las espaldas de este pobre desgraciado! ¡Si has vivido toda tu vida como una marquesa sin dar un palo al agua!
—¿Sin dar un palo al agua? Siete hijos he criado, ¡si-e-te!
Los dos seguían con aquél toma y daca con tanta naturalidad —y seguramente costumbre— que, a pesar de las burradas que se decían, parecían una pareja bien avenida.
Sonreí para mis adentros. Tal vez el matrimonio se trataba de aguantar y aparentar, de esforzarse en convivir lo más amistosamente posible una vez que se pasaba la fase de enamoramiento.
Puede que el amor estuviera sobrevalorado.
¿En que estaría pensando yo cuando acepte casarme con Jaime?
Traté de imaginarnos celebrando nuestras bodas de oro y fui incapaz de conseguirlo.
Su sola imagen me daba nauseas. Hice el ejercicio sumario de imaginarlo cuando hubieran pasado cincuenta años, con barriga cervecera y cuatro pelos repegados en la calva —que a buen seguro tendría, pues ya gozaba de unas entradas incipientes—.
Lo vi con Patricia cogida de su brazo. Ella estaba arrugada, con la piel renegrida por los rayos uva, la cara deformada por el bótox y con los pelos rubios desvaídos como los de una fregona vieja. No pude evitar que me diera la risa.
—¡Oh, gracias vida! —susurré por lo bajo.
Me había librado de una vida de apariencias que no deseaba, lo que al principio me había parecido una hecatombe cada vez me parecía más una liberación.
Miré alrededor. Fijando mi vista sobre el resto de personas que nos rodeaban. Era algo singular. Parecía que en aquel lugar todo el mundo viajaba en pareja. Me sentía un poco extraña.
Paco y esposa seguían tan enfrascados en sus reproches mutuos que no se habían dado cuenta de que no estaba acompañada.
Por suerte, no se les ocurrió preguntar qué hacía una chica como yo sola en un lugar como aquel, lo que me ahorró tener que dar explicaciones o inventar alguna mentira piadosa que no me hiciera parecer a los ojos del mundo una pobrecita novia abandonada y despechada.
—¡Mira a mis niños! —La mujer había vuelto a centrarse en mí.
Había sacado del bolso una cartera y comenzado a sacar fotos de sus nietos. «¿Cómo podían entrar todas en un monedero tan pequeño?». Me las enseñó una a una, con el orgullo de abuela enardecido.
—Por suerte todos se parecen más a mí que a su abuelo.
Bueno, todos menos Fernandito. El pobre heredó la cara de tonto de su padre y él es igualito a mi marido.
Qué le vamos a hacer, hija, la naturaleza a veces es así de cruel —añadió metiéndose una vez más con el hombre, que estoico aguantaba las arremetidas como si le resbalaran sobre una capa de resignación invisible.
La cola seguía avanzando y en poco tiempo la puerta del taxi se abrió delante de ellos.
Paco la sujetó con caballerosidad para dejar pasar a su mujer.
Le tendió el brazo para ayudarla y ella se sujetó a él para entrar en el coche.
Hasta ese momento no me había fijado en que ella cojeaba de una pierna.
—¿A dónde vas tú, chiquilla? —me preguntó antes de subir con voz dulce.
—A Tulum, me alojo en el Tulum Bahía Resort.
—¡Que maravillosa casualidad! ¡Nosotros también! ¡Sube, hay sitio, si te parece compartimos el transporte!
Dudé durante unos segundos, pero la amabilidad de la mujer a la par que su carita de súplica terminó por convencerme para aceptar el ofrecimiento. Me hubiera gustado decir que no, pero no encontré el valor. No tenía escapatoria, suspiré resignada.
En menos que canta un gallo me vi subida en compañía de la pareja en el monovolumen que arranco sin demora.
El camino hasta el hotel fue un monólogo incansable de Antonia, que era como se llamaba la mujer. En media hora me había puesto al corriente del nombre, ocupación y vida de cada una de sus criaturas.
Paco me miraba de soslayo con un gesto de disculpa pintado en el rostro.
Intervino tratando de hacerla callar, pero después de varios intentos infructuosos donde había salido escaldado —y de recibir varias collejas— decidió callarse y abandonarme a mi suerte.
¡Aquel hombre tenía el cielo ganado y se merecía una estatua!
Yo la escuchaba y asentía, desconectando de vez en cuando para observar por la ventanilla el paisaje inacabable de luces que iluminaban la noche de la Riviera.
Primero fue el destello de la hilera de hoteles y construcciones de la ciudad de Cancún, después las luces de los complejos hoteleros que se extendían por toda la costa hasta Playa del Carmen y finalmente las de la zona turística de Tulum.
Parecían grupúsculos de luciérnagas iluminando en la oscuridad.
El coche ralentizó la marcha, lo que indicaba que ya estábamos cerca y noté la emoción que empezaba a embargarme.
Mi estado de ánimo había ido mejorando a medida que pasaban las horas y estaba inmersa ya en la excitación propia de la novedad cuando el taxi se detuvo a las puertas de la recepción del hotel.
Expectante, observé alrededor. El complejo hotelero era enorme.
Me regocijé en la visión de las dos piscinas turquesas convenientemente iluminadas antes de entrar en el edificio principal y mi asombro fue en aumento cuando al acceder al interior me encontré como bienvenida un palmeral en un jardín lleno de flores y aves tropicales que iluminadas por la luz artificial volaban algarabiadas de un lugar a otro ajenas a que afuera era ya de noche.
Una chica morena y esbelta, con rasgos indígenas, nos saludó con amabilidad.
—¡Bienvenidos al complejo hotelero Tulum Bahía! Yo soy Jimena, encantada de atenderles. Díganme nombre y apellidos para localizar la reserva, por favor.
—Ustedes primero —ofrecí a Paco y a Antonia, y me hice discretamente a un lado para darles intimidad esperando que ellos hicieran lo mismo cuando me tocara a mí.
La verdad es que agradecía haber compartido el trayecto con ellos y haber llegado al hotel en compañía, pero ahora todo lo que deseaba era irme a mi habitación y descansar.
Necesitaba estar sola. Digerir todo lo que había pasado y prepararme para afrontar un mes conmigo misma que esperaba me sirviera para decidir cómo plantearme la vida a partir de ese momento.
Las voces de la recepcionista me llegaban a unos metros y en pocos minutos mis improvisados compañeros tuvieron la llave de su habitación en la mano.
Era mi turno. Tal y como suponía, Antonia no pensaba retirarse del mostrador hasta que yo tuviera mi gestión resuelta.
—Es tu turno, chiquilla. ¡Vamos! Paco y yo te esperamos. No son horas de andar sola por ahí. ¿A qué esperas criatura?