Capítulo 6.
Cosas extrañas
La llamada de Enrico en mitad de la noche me despertó de pronto. Tuve que buscar el teléfono a tientas por la casa, no sabía dónde lo había dejado.
—Oriol, ¿estás ahí? —la voz de Enrico sonaba apresurada y lejana. Escuchaba movimiento a través del aparato. Su voz se entrecortaba y no lograba entender lo que decía.
Miré la hora. Eran las tres de la madrugada.
Enrico prefería conducir de noche. Siempre se marchaba el domingo después de cenar.
De esa manera aprovechábamos más el tiempo que teníamos para estar juntos el fin de semana que venía de visita.
Hacía casi tres horas que se había montado en el jeep para regresar a Punta Allen, debía ir conduciendo todavía.
—¿Estas bien? ¿Qué sucede? —pregunté alarmado cuando conseguí descolgar.
—Te estoy mandando el vídeo de la incursión de hoy desde la cámara gopro —dijo de sopetón.
Hablaba de forma inconexa—. Asegúrate de activar los datos del teléfono y descargarlo en cuanto llegue.
Mételo en un pendrive y mándaselo a don Emeterio.
Aquí pasa algo raro, primo, y creo que tiene que ver con los huesos.
Me están siguiendo. Esto me da mala espina —gritaba más que hablaba y su tono de voz empezaba a inquietarme.
—Enrico, ¿cómo que te están siguiendo? ¿Quién? ¡Explícate, por Dios, no entiendo ni una sola palabra de lo que dices!
Mi primo era quien se encargaba de grabar y registrar nuestras expediciones. Yo recogía muestras y las catalogaba, pero no tenía ni idea de tecnología y él lo sabía. ¿A qué venía aquella llamada pidiéndome todas esas cosas extrañas? ¿Se había vuelto loco?
Un ruido molesto se escuchó al otro lado del aparato. La voz de Enrico sonaba cada vez más lejana. Debía estar en medio de la selva y la señal hacía que la comunicación se interrumpiera a cada rato.
—Enrico, ¿sigues ahí? ¿Quién te está siguiendo? —La desesperación empezaba a apoderarse de mí. No conseguía entenderle, pero por su tono de voz me quedaba claro que había motivos para alarmarse.
—Es un coche negro. Con las lunas tintadas.
Me sigue desde que salí de Tulum. Creo que no es casualidad que nos interceptaran a la salida de Dos Ojos.
¡Oriol, aquí hay algo extraño! Haz lo que te digo y ten cuidado.
Voy a tratar de acelerar para tomar ventaja y deshacerme de la cámara.
Descarga lo que te he mandado. Ya está enviado.
El ruido del motor acelerando me llegaba nítido a pesar de las interferencias.
Hice lo que Enrico me pedía. Activé los datos y en la pantalla apareció el icono que indicaba que había recibido un vídeo.
Lo descargué de inmediato. Mientras, trataba de hablar con mi primo, pero cada vez le resultaba más complicado mantener la comunicación.
—¡Ya está! —dije cuando la descarga se hubo completado—. Ya lo tengo, Enrico, ¿estás ahí?
—¡Bien! Voy a tirar la cámara. Oriol, antes de mandárselo al profesor haz una copia y guárdala en un lugar seguro. —Unos golpes metálicos me llegaron a través del aparato—. ¡Mierda! ¡Mierda!
—¡Enrico! ¿Estás ahí? ¡Dime algo, Enrico!
La conexión se había cortado. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién perseguía a Enrico? Caminé por la casa en círculos tratando de ordenar mis pensamientos.
Con impaciencia volví a marcar el número de mi primo, pero el teléfono no daba señal.
Traté de tranquilizarme. Tal vez mi cabeza me estaba jugando una mala pasada.
Enrico era propenso a imaginar historias.
Puede que el coche no le siguiera y simplemente fuera una coincidencia que hubiera tomado la misma ruta.
Puede que estuviera atravesando la zona de los manglares.
Allí no llegaba la señal y no había cobertura. Eso lo explicaba todo.
—Todo menos su nerviosismo. ¿Y aquel ruido metálico? ¿Qué había sido? —me dije alarmado en voz alta en contra del argumento racional que mi cabeza se empeñaba en abanderar.
Recordé a los dos policías que nos habían dado el alto a la salida del Cenote Dos ojos.
Habían inspeccionado con ahínco las mochilas y nos habían pedido que abriéramos el maletero.
Por suerte, Enrico había guardado nada más verlos la cámara y los dos trozos de hueso que habíamos recogido para analizar dentro de uno de los neoprenos.
A pesar de que buceábamos con frecuencia y la mayoría de las veces lo hacíamos en lugares de acceso prohibido, era la primera vez que nos daban el alto para un registro.
Los registros eran normales en la Riviera, sobre todo a turistas, pues tenían la mala costumbre de llevarse como souvenirs corales del mar, huevos de tortuga y trozos de estalactitas de los cenotes.
Los extranjeros eran además los más fáciles —y rentables— de extorsionar.
Más de un policía se sacaba un sobresueldo interesante a base de «favores» a los mismos turistas a los que registraban.
Pero a los habitantes de la zona solían respetarnos.
Normalmente con enseñar mi carnet de buceador autorizado era suficiente, pero en esta ocasión parecía que estaban buscando algo.
El incidente me había parecido normal al principio, un registro casual, pero ahora empezaba a tener mis dudas de que hubiera sido solo eso.
¿Y si nos estaban esperando? ¿Cómo podían saber que estábamos allí y lo que habíamos encontrado?
¡Aquello era imposible! ¡Debía dejar de hacer conjeturas absurdas!
Respiré profundo y traté de centrarme en los detalles de la conversación.
Recordé el vídeo. ¿Y si Enrico tenía razón y aquel coche negro le estaba persiguiendo?
Los huesos que habíamos encontrado parecían antiguos.
Alguien debía haberlos trasladado a la cavidad y los había amontonado, ¡aquella gruta parecía un vertedero de huesos!
Daba la impresión de que querían deshacerse de ellos.
Estaba claro que no estaban allí por casualidad.
Eran demasiadas cosas extrañas para ser solo un cúmulo de casualidades.
Estaba cada vez más inquieto. Debía mantener la calma.
—Tranquilízate, Oriol. Seguro que todo tiene una explicación —me dije en voz baja mientras cogía aire y lo expulsaba lentamente.
Volví a intentar contactar con Enrico. Su teléfono seguía sin dar tono.
Inmediatamente busqué en el correo el contacto del profesor Emeterio.
Debía mandarle el vídeo y acordarme de hacer una copia utilizando el ordenador del hotel al día siguiente.
Adjunté el vídeo al email, pero la conexión era muy lenta y las imágenes ocupaban demasiado espacio.
El mensaje de error en el envío no se hizo esperar. Maldije en voz alta.
Solía utilizar el Wi-fi del hotel cuando quería conectarme a internet y por eso mi tarifa no contaba con un servicio eficiente en lo que a red de datos se refería.
Si hubiera tenido un coche a mano hubiera salido a buscar a Enrico sin demora, pero mi primo y yo compartíamos el jeep en el que él se había marchado.
Lo habíamos comprado de segunda mano entre los dos y normalmente Enrico se lo llevaba a Punta Allen, pues era él quien solía hacer el trayecto entre el poblado y la costa, y dado que a mí la empresa me proporcionaba el transporte para llegar al trabajo no lo necesitaba.
Decidí llamar al profesor. Tal vez si le contaba lo que habíamos descubierto él me ayudaría a esclarecer las cosas.
El teléfono sonó varias veces antes de que la voz del profesor sonara al otro lado.
—«Soy el profesor Emeterio, por favor, si es importante deja tu mensaje después de la señal… Piiiiii…».
Volví a maldecir a viva voz y comencé a hablar tratando de ser lo más concreto que podía dada la situación.
—Profesor… don, Soy Oriol. Necesito su ayuda.
¿Recuerda la gruta de Cenote Dos Ojos? ¿La que estaba oculta detrás de una roca?
Enrico y yo la hemos inspeccionado y hemos encontrado algo extraño allí.
No consigo contactar con Enrico. Iba de camino a Punta Allen y me ha llamado porque decía que le estaban persiguiendo.
Tengo un mal presentimiento. Por favor, llámeme. Es urgente.
Agobiado, me pasé las manos por el pelo y resoplé. Estaba bloqueado, no se me ocurría la forma de salir de aquella incertidumbre. Y ahora, ¿qué demonios hacía?