Donde nace el cielo Capítulo 5.
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Capítulo 5.

Un vuelo de altas miras

Esther había fruncido el entrecejo ante mi ocurrencia. Conocía bien ese gesto, indicaba que no estaba de acuerdo, pero no había podido disuadirme de mi idea.

comencé a caminar.

Me acomodé la pamela. Me sentía un poco ridícula con ella, pero no me entraba en la maleta, así que había optado por llevarla puesta.

Noté que los demás viajeros me miraban. Debía tener una pinta un poco rara con aquel sombrero enorme y las gafas de sol oscuras que desentonaban con mi atuendo cómodo e informal. A juzgar por las miradas y los cuchicheos, creo que algunos me tomaron por una cantante famosa.

Lo cierto es que parecía que iba de incógnito, pero me había puesto las gafas para disimular los ojos hinchados que se escondían debajo y no dejaban de escocerme por efecto del llanto.

Después de que Esther me dejara en casa, había llorado hasta quedarme dormida.

Me había levantado a media tarde con la resaca palpitándome en las sienes.

Las dos horas que me quedaban antes del viaje las había pasado dubitativa, debatiéndome entre quedarme y afrontar lo ocurrido, o coger aquel vuelo y huir de aquella maldita pesadilla.

Había optado por la huida, no me apetecía ni ir de mártir ni de héroe por la vida.

¡En México nadie me conocía, podía pasarme un mes entero sin dar explicaciones!

La azafata me pidió el billete y con una gran sonrisa me indicó el asiento que me correspondía. Lo ocupé de inmediato. Parecía incómodo y estrecho. Era una suerte que Jaime no estuviera conmigo, su asiento libre me daría margen para viajar más cómoda.

El comandante del vuelo nos dio la bienvenida por megafonía.

Yo me agarraba a mi asiento. No me daba miedo volar, pero odiaba el momento del despegue. Mi estómago no estaba para muchos trotes después de la intoxicación etílica del día anterior.

Una vez en el aire, la señal luminosa indicó que podíamos quitarnos los cinturones.

Yo no me inmuté. Me disponía a echarme una cabezada que aligerara las tediosas doce horas de vuelo que tenía por delante cuando la megafonía comenzó a sonar nuevamente.

Reproducía la marcha nupcial y una de las azafatas daba con voz metálica la enhorabuena a las tres parejas de recién casados que volaban con la compañía para disfrutar de su viaje de novios.

—¡Enhorabuena y una larga y feliz vida de casados a Lucas y María, a Sebastián y Tania, y a Jaime y Alejandra! ¡Esperamos que disfruten del vuelo y nos sentimos orgullosos de transportarles al inicio de una vida donde esperamos que cada día sea una luna de miel!

Una gran ovación resonó en la cabina mientras las azafatas buscaban los asientos de los matrimonios recién estrenados con una botella de champán francés y dos copas.

Yo me hundí en mi sitio como si el sillón que ocupaba estuviera formado por arenas movedizas.

La chica alta y morena se quedó con cara de desconcierto al verme negar con la cabeza con expresión horrorizada. Era demasiado tarde. Ya los pasajeros se habían levantado y nos vitoreaban a mí y a mi esposo. Se habían colocado alrededor de nuestros asientos.

—Pero ¿dónde está el novio? —preguntó a voz en grito una señora entrada en años que de puntillas trataba de atisbarnos por entre el corrillo de curiosos.

—Habrá ido al baño —dijo una voz de hombre.

—Igual es tímido —adujo otro viajero mirando hacia la puerta del aseo donde el cartel de ocupado permanecía iluminado.

Todos los presentes esperaban expectantes que apareciera el flamante marido y una exclamación quedó en el aire cuando un viejecillo arrugado, de pelo cano y con barriga cervecera salió por fin del baño.

La azafata seguía mirándome boquiabierta con las cejas levantadas. Todos los demás miraban alternativamente al hombre que caminaba por el pasillo en dirección a mi asiento y a mí, que incapaz de reaccionar solo pensaba: «¡Tierra trágame!».

Un suspiro de alivio inundó el aire cuando el hombre se sentó tres

filas antes de llegar a donde yo me encontraba.

La mujer morena se dio cuenta entonces de la metedura de pata y con un gesto de la cabeza me interrogó sobre mi acompañante. Yo negué sin decir ni una palabra. Ella ojeó el listado de pasajeros y, abriendo mucho los ojos, cayó de inmediato en el error. El novio no había embarcado. Yo estaba sola.

—¡Vamos, vamos, todo el mundo a sus asientos, por favor! —espoleó a los pasajeros que me rodeaban lanzándome una mirada de lástima que me sobrecogió.

A regañadientes, todos fueron ocupando nuevamente su lugar.

Las otras parejas, instadas por el sobrecargo que acababa de darse cuenta de la situación, se levantaron y dijeron unas palabras centrando en ellos toda la atención del pasaje, momento que yo aproveché para escabullirme hacia el baño del lado contrario.

Unos golpes en la puerta del servicio me alertaron de que llevaba dentro demasiado tiempo.

No podía pasarme el vuelo entero encerrada allí.

Cabizbaja, salí apresuradamente y arrastré los pies en silencio por el pasillo hasta acomodarme en mi sitio.

Por suerte, ya todo el mundo se había olvidado del incidente y solo un par de miradas me siguieron con curiosidad.

Me coloqué la cazadora vaquera por encima y me calé la pamela hasta las cejas. Solo quería dormir y pasar desapercibida.

—¿Está usted bien, señorita Álvarez? —escuché preguntar por lo bajito pasado ya bastante rato.

Una mano se posó con delicadeza sobre mi hombro. Era la azafata morena de antes.

No, no estaba bien. Mi novio me había dejado el día de la boda plantada en el altar y lo había pillado fornicando con mi mejor amiga. La verdad es que estaba hecha una mierda, pero no tenía ganas de hablar de ello con una desconocida.

Pensé en hacerme la dormida y no contestar, pero la chica se había sentado a mi lado y hubiera sido muy mal educado por mi parte ignorarla.

—Podemos tomárnosla nosotras —dijo señalando la botella de champán—. Está incluida en el precio del billete, sería un desperdicio no aprovecharla. —Me guiñó un ojo con dulzura y descorchó la botella—.

¡Por la soltería! ¿Quién quiere un marido pudiendo tener un succionador de clítoris?

—Brindó levantando su copa haciéndome salir de mi ostracismo—.

¡Por todas las cosas que no te matan y te hacen más fuerte!

— añadió—. Por cierto, soy Sarah. —Me tendió la mano y apuró su copa como si ella necesitara aquel trago más que yo.

La imité y me bebí el champán de un trago.

—Yo soy Alejandra. Álex, para los amigos. —Por primera vez en todo el día sonreí sinceramente.

Bebimos en silencio hasta vaciar la botella. Agradecí que no hiciera preguntas, no me apetecía hablar de Jaime.

El ruido de los luminosos que se encendían esporádicamente me despojó de su compañía.

—Debo volver al trabajo —aclaró. Parecía que nos conociéramos de toda la vida. Es curioso cómo en ocasiones se cruzan personas en nuestro camino con las que de inmediato conectamos de una forma especial. —¿Estarás sola en Cancún? —me preguntó antes de marcharse.

Asentí forzando una sonrisa de circunstancias. No lo había pensado demasiado, pero la realidad es que estaría un mes en la Riviera Maya completamente sola. La idea de tumbarme al sol y disfrutar de las cálidas aguas del Caribe día tras día empezó a agobiarme un poco.

—¿Dónde te alojas? —volvió a preguntar Sarah.

—En Tulum, en el Bahía Resort —dije al fin.

—Nosotros estaremos en la Riviera cinco días.

No volamos de regreso hasta el viernes. Nos alojamos en Cancún, pero solemos hacer excursiones.

Mi pareja y yo tenemos previsto ir a Tulum con unos amigos, si quieres puedes unirte.

—Su sonrisa me indicó que la invitación era sincera y un agradecimiento intenso creció dentro de mí.

—Me encantaría, la verdad es que me vendrá bien hacer cosas en compañía, tengo todo un mes por delante.

—¡Perfecto! Luego intercambiamos números, aprovecha para dormir un poco, yo voy a seguir con el servicio.

Vi alejarse sus piernas largas pasillo adelante y di gracias a los dioses por mi suerte.

¡Aquella mujer era un ángel! La perspectiva de tener planes en Tulum antes incluso de aterrizar me regocijó y me hizo envalentonarme.

¿Quién decía que tenía que pasar el mes en solitario? ¿Acaso estaba de penitencia?

De pronto, la idea de ponerme la pulserita y tumbarme vuelta y vuelta a torrarme en la arena se me antojó burda.

Ese era el plan de Jaime y no el mío. Yo quería hacer turismo por Yucatán, ver todas las ruinas mayas, visitar ciudades y museos y nadar en los cenotes. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Apoyé la cabeza en la exigua ventanilla. Fuera todo estaba oscuro. Todavía era de noche. Sentí la necesidad de hacer balance de los últimos años y me rendí a ella. ¿En quién me había convertido? Aquella mujer no era yo, al menos no la Álex que vivía dentro de mí.

Jaime me había anulado por completo y yo me había acomodado a su imagen ideal de mujer.

Había renunciado a mi pelo anaranjado porque no era lo suficientemente elegante, había abandonado mi carrera de periodismo porque no encajaba en su mundo y aceptado trabajar para su tío porque era lo apropiado a su estatus, había dejado de salir a correr por la ribera del Guadalquivir para acudir a un gimnasio pestilente lleno de pijas.

¡Hasta iba a casarme con un vestido que no me gustaba solo por satisfacerle!

¿Qué pasaba conmigo? ¿Dónde estaban mis necesidades y mis sueños? ¿Cómo había sido tan idiota?

«¿Qué estabas haciendo contigo, Alejandra?». La pregunta resonó en mi cabeza y se repitió como un eco durante el resto del viaje.

Había estado a punto de cometer el mayor error de mi vida. Jaime nunca me había querido. Al menos no a la persona que realmente vivía debajo de mi piel. ¿Cómo había tardado tanto en darme cuenta?

Él había intentado cambiarme. Lo había hecho desde el principio, al inicio de forma sutil, después aplastándome hasta convertirme en una sombra.

Yo lo había permitido. Había llegado a detestarme, odiando en secreto el reflejo que me devolvía el espejo cada mañana.

Mi interior lo sabía y por eso se revelaba.

Por eso, el día de la boda no me sentía feliz, de ahí aquella ansiedad que no comprendía.

¡En el fondo no quería casarme con Jaime!

Suspiré aliviada, como si el gran peso que acumulaba sobre los hombros se hubiera convertido de repente en un puñado de hojas secas que ahora caían sobre mí con ligereza. Las lágrimas rodaban en silencio por mis mejillas, pero esta vez no dolían.

Volvía a ser libre. El destino acababa de salvarme. Con Jaime me hubiera visto obligada a convertirme en alguien que no era y vivir perennemente dentro de aquella mentira. Por fin lo comprendía todo.